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miércoles, 20 de abril de 2022

Kierkegaard y Bloy

Leí a la vez Ejercitación del cristianismo, de Kierkegaard y las Cartas a mi novia de Léon Bloy; la novia es Jeanne Molbach, danesa a la que se encontró providencialmente; ella acabó haciéndose católica y se casaron: un milagro y la mayor muestra de cariño de Dios a Bloy, ese milagro de que la conociera, tras una vida previa llena de errores, búsquedas y traspiés. 

Pasados los años, ya casados, vivirán dos años los Bloy en Dinamarca, que él describe en sus diarios como un horror de hipocresía. Se me ha pasado por la cabeza que los dos, Kierkegaard y Bloy, habrían podido tener conversaciones encendidas y creo que con gran sintonía de fondo: Kierkegaard habría encontrado mucho en Bloy, la verdad de lo católico. 

Curiosamente, Kierkegaard fue a clases de poesía de Christian Molbach, el padre de la mujer de Bloy (el mundo es un pañuelo):


Aquí tenéis un texto de Kierkegaard que me recuerda mucho también a la vida de Bloy: 

Yo no encontraba ningún convento donde poderme refugiar, buscando un contorno que de alguna manera correspondiese a mi ocupación interior. Por eso escogí la única salida que quedaba para mí en la cristiandad: el aparecer como el más superficial de todos, el "hacerme un loco en el mundo", para en este serio mundo poder, sin embargo, salvaguardar al máximo lo que ocultaba en mi interior más intimo, un poco de seriedad, y para que esta interioridad pudiera conseguir la paz del ensimismamiento para crecer en silencio. Viviendo de este modo, he aprendido, cabe la vacua superficialidad y satisfecha confusión de los hombres, lo que quizá así se pueda aprender mucho mejor que en el desierto y en el silencio de la noche; con esta vida en medio del tumulto humano, con esta, si se quiere, falsa vida- pues en verdad yo ocultaba otra cosa en mi interior más intimo, mas lo que yo ocultaba era lo mejor, y nunca jamás he engañado de forma que me haya hecho mejor de lo que era-, con esta vida en medio del tumulto humano, aprendí a comprender la tremenda verdad de que el rigor es lo único que puede ayudar.

Ésta ha sido mi arma. Mas yo no tengo ningún poder, ni de soldados ni de otra especie; no tengo ninguna relación de poderío, absolutamente ninguna influencia o poder sobre el destino de los demás; soy entre todos el más solitario y, entendido mundanamente, el más impotente. (226)

martes, 1 de agosto de 2023

Yo leo a Kierkegaard

En realidad no, o no ahora. Lo que he leído ha sido una biografía de Clare Carlisle, El filósofo del corazón. La inquieta vida de Søren Kierkegaard.

Le dije a mi hermana Eva que lo estaba leyendo y se acordó de un sketch con "Qué va, yo leo a Kierkegaard", de Faemino y Cansado: de ahí el título de esta entrada. 

En realidad, yo sí que había leído dos libros de él, y bien que lo conté aquí: Para un examen de sí mismo recomendado a este tiempo y Ejercitación del cristianismo. Y hasta me ponía a fantasear un imposible encuentro de este con Bloy.

Esta biografía de Carlisle no sé si la he apreciado del todo. Querría que hubiera sido más biografía de hechos, o quizá más cronológica (va en círculos, en torno a 1848), o que me hubiese explicado más del núcleo filosófico de Kierkegaard. En resumen, que me he quedado como intranquilo con el libro, sin que me haya acabado de caer en gracia.

Y quizá debería leer más a Kierkegaard mismo, sin buscar atajos. En esta biografía me ha conmovido la relación de él con Regina Olsen, pero lo grandioso es sobre todo su obra.

martes, 19 de abril de 2022

Kierkegaard - Ejercitación del cristianismo

En Ejercitación del cristianismo, Kierkegaard  dedica un tercio del libro a comentar "Y si yo fuere levantado de la tierra, atraeré a todos hacia mí" (Jn. 12, 32) y qué comentario hace, explicando que Cristo está en majestad y también en la humillación: abajado como hombre, ahora en la Gloria del Padre, quiere imitadores, no admiradores. No quiere "prosélitos de una doctrina, sino imitadores de una vida":

Cristo vino al mundo con el propósito de redimir al mundo y además con el propósito -este propósito está contenido implícitamente en el primero- de ser el «ejemplo», de dejar una huella para quien se decidiera por Él, el cual habría de ser un «imitador», como corresponde indudablemente al hecho de seguir una huella. Cabalmente por eso consintió nacer en la pequeñez, y vivió en ella pobre, abandonado, despreciado, humillado - sí, ningún hombre ha vivido tan humillado como Él; incluso el más insignificante de los hombres si comparase la situación de su vida con la de Él, tendría que concluir que a pesar de todo su vida comparada con la situación de la vida de Cristo era mucho más preferible. ¿A qué viene, pues, esta pequeñez y esta humillación? Porque Aquel que en verdad ha de ser «el modelo» y solamente busca imitadores, tiene que estar en un sentido detrás de los hombres, empujándolos hacia adelante, mientras en otro sentido está delante haciéndoles señas. Ésta es la relación de la majestad y de la pequeñez en «el modelo». La majestad no debe ser la majestad directa, la mundana, la terrenal, sino la espiritual y por ello cabalmente la negación de la elevación mundana y terrenal. La pequeñez, por el contrario, ha de ser la pequeñez directa; pues la pequeñez directa, cuando se ha de pasar a través de la misma, es cabalmente el camino, y por otra parte para el sentido mundanal y terreno es el rodeo que garantiza el que la majestad no se tome en vano. De este modo «el modelo» está situado infinitamente cerca, en la pequeñez y humillación, y con todo infinitamente lejos, en la majestad, sí, tan alejado que lo está más que si simplemente estuviese lejos en la majestad; pues para alcanzarlo, para determinarse a asemejarlo, hay que pasar a través de la pequeñez y la humillación, y puesto que no hay otro camino, éste se hace todavía más largo que si se tratase propiamente de la infinita lejanía. Y de este modo «el modelo» está en un sentido situado atrás, hundido profundamente en la pequeñez y la humillación como ningún otro hombre lo ha estado jamás, y en otro sentido está delante, infinitamente elevado. Pero «el modelo» tiene que quedar atrás para poder ser alcanzado y captado por todos; si se diese un único hombre que pudiese regatear y zambullirse más por debajo, manifestando que en la pequeñez y humillación había estado instalado todavía más abajo, entonces el modelo dejaría de ser «el modelo», no sería más que un modelo imperfecto, es decir, solamente modelo para una gran multitud de hombres. El modelo ha de estar absolutamente detrás, detrás de todos, y debe estar detrás para empujar a los que han de ser conformados con Él hacia adelante. (234-235)

viernes, 25 de marzo de 2005

Eliade y Kierkegaard sobre Pedro

De Mircea Eliade, Diario portugués*:

Interesante la observación de Kierkegaard (L'école du christianisme, p. 128, libro excelente desde todos los puntos de vista) de que Pedro no habría negado a Cristo si lo hubiera considerado simplemente un hombre, por perfecto que se quiera, pero sólo un hombre. Lo que inquietaba a Pedro era que el Hijo de Dios, del que nunca había dudado, estuviese impotente o paralizado, al igual que cualquier hombre. A Pedro no le impresionaba el que Jesús se hubiese dejado prender, sino que lo niega en el momento en que ve que el Hijo de Dios, que habría podido barrerlos a todos con un solo dedo, se comportaba como un prisionero cualquiera. No fue el miedo lo que le hizo negarlo sino un "desatino", es decir, su gran duda, su falta de fe. Si en su lugar, Jesús hubiese sido un zelote de tantos y Pedro hubiese sido su discípulo, habría estado a su lado en la pasión y en la muerte. En el fondo, ¿acaso hoy todos los líderes políticos del mundo no tienen adeptos que soportan, por su fe en el jefe, las más terribles torturas? ¿No habría tenido Pedro la fortaleza de un SS o de un joven comunista? Por supuesto, se trata de otra cosa completamente distinta: de un fallo de fe en Jesús como Hijo de Dios.

*traducción de Joaquín Garrigós, Kairós, Barcelona, 2001, p. 186, anotación del 20 de enero de 1945.

domingo, 30 de diciembre de 2012

Cómo leer la Palabra

Leí con gran interés los trozos que puso cb de Para un examen de sí mismo recomendado a este tiempo, de Søren Kierkegaard y vi que lo teníamos en casa y me lo leí, lo primero que leía de él: resulto ser UNA MARAVILLA.
Compradlo, leedlo. Qué bien escribe, qué gracia tiene, qué plástico es. Qué hondo y qué sencillo.

Os pongo estos textos, quizá demasiado largos para poner aquí, pero me arriesgo. Por ejemplo esto sobre cómo leer la palabra de Dios y los riesgos de la erudición (44-45):
Imagínate a un enamorado que ha recibido una carta de su amada- tan preciosa como es esta carta para el enamorado, tan preciosa, supongo yo, es esta carta para ti, la Palabra de Dios; así como el enamorado lee esta carta, así, supongo yo, tú lees y tú entiendes que debes leer la Palabra de Dios.
Pero quizá digas: «Sí, pero la Sagrada Escritura está escrita en un idioma extraño». En realidad, son más bien los eruditos quienes necesitan leer la Escritura en el idioma original; pero, si tú no lo quieres de otro modo, si quieres insistir en que debes leer la Escritura en el idioma original bien podemos quedarnos con la imagen de la carta de la amada, y sólo agregar una pequeña precisión.
Supongo entonces que esta carta de la amada está escrita en un idioma que el enamorado no entiende; y no hay nadie que se la pueda traducir y quizás él ni siquiera desee tal ayuda para evitar que un extraño conozca sus secretos. ¿Qué hace entonces? Toma un diccionario, se sienta a descifrar la carta, busca en él cada palabra para lograr así una traducción. Supongamos ahora que, mientras está ocupado con esta tarea, llega un conocido suyo, que sabe que esta carta ha llegado, mira hacia la mesa, la ve ahí y dice: «Mmm ... ¿estás leyendo la carta que recibiste de tu amada?». ¿Qué crees tú que dirá el otro? Responderá: «¡Estás loco si crees que estoy leyendo una carta de mi amada! No, amigo mío, estoy aquí quemándome las pestañas para poder traducirla con la ayuda de un diccionario y a veces estoy a punto de estallar de impaciencia, la sangre se me sube a la cabeza y me dan ganas de lanzar el diccionario al suelo - ¿y tú llamas a esto leer?, ¿te burlas de mí? Pronto, gracias a Dios, habré terminado con la traducción y entonces, sí, sólo entonces, podré leer la carta de la amada. Esto es otra cosa- pero a quién le estoy hablando ... , pedazo de idiota, apártate de mi vista, no quiero ni verte, a ti que te atreviste a ofendernos de tal modo a mi amada y a mí que a esto le llamas leer una carta suya. Pero, quédate, quédate, sabes bien que es sólo una de mis bromas; me gustaría que te quedaras, pero sinceramente no tengo tiempo, todavía me queda algo por traducir y estoy ansioso de poder leerla- no te enfades, pero vete, y así termino de una vez».
Pues bien, el enamorado distingue, respecto de la carta de la amada, entre leer y leer, entre leer con el diccionario y leer la carta de la amada. La sangre se le sube de impaciencia a la cabeza mientras hace magia para leer con diccionario, se pone furioso cuando el amigo se atreve a identificar esta lectura erudita con la lectura de la carta de la amada. Ahora terminó la traducción - ahora lee la carta de la amada. Él consideraba todo este trabajo preparatorio erudito, si me permites, como un mal necesario que le haría posible llegar a leer la carta de la amada.
Y más (51-52), sobre qué pasa con la Sagrada Escritura en manos de la erudición:

Imagina un país. Se comunica una orden del rey a todos los funcionarios, a los súbditos, en fin, a toda la población ¿Qué sucede? Se produce en todos un extraño cambio: todos se transforman en intérpretes; los funcionarios se convierten en escritores; una interpretación más erudita, más perspicaz, más elegante, más profunda, más ingeniosa, más maravillosa, más hermosa y más maravillosamente hermosa que la otra, aparece cada bendito día. La crítica, que debe mantener la visión de conjunto, no puede hacerlo con tan enorme literatura; sí, la crítica misma se convierte en una literatura tan vasta que es imposible mantener la visión de conjunto con la crítica: todo es interpretación -pero nadie leyó la orden del rey ni la cumplió. Y no sólo todo se convirtió en interpretación, sino que también se desplazó el criterio de seriedad y estar ocupado con la interpretación pasó a ser la verdadera seriedad.
Y qué imagen del niño con capas de toallas (53):
Es humano pedirle a Dios que tenga compasión, porque la exigencia es demasiado alta para uno: aunque ningún otro quiera reconocer esto de sí mismo, yo reconozco que lo hago. Pero no es humano dar al asunto un giro totalmente distinto: que yo con astucia intercale una capa tras otra de interpretación y ciencia y otra vez ciencia (más o menos como un niño que coloca una o más toallas debajo de su casaca, antes de recibir la paliza) - que intercale todo eso entre la Palabra y yo y entonces a esta interpretación y cientificidad le nombre de seriedad y celo por la verdad, y entonces permita que este ajetreo tome tales dimensiones que nunca logre recibir la impresión de la Palabra de Dios, que nunca logre llegar a contemplarme en el espejo.

jueves, 26 de noviembre de 2009

La sacralidad en las lenguas

Quizá merezca la pena empezar con un poco de historia personal:
1. Los nombres sagrados y las lenguas sagradas: En la carrera en Valladolid tuve de profesor a don Manuel García Teijeiro, un sabio; él era el que nos llamaba la atención sobre el cuento de Rapunzel (Rumpelstizchen), la muchacha que sólo consigue librarse de un enano cabrón que la chantajea cuando descubre cuál es el nombre auténtico de él; y lo relacionaba con esas menciones de Homero a una lengua de los dioses distinta de la de los hombres (por ejemplo, la planta μῶλυ - moly, Od. 10.305). Con él tuve también un curso de doctorado sobre papiros mágicos griegos, donde era central la cuestión del modo de dominar a los dioses pronunciando sus nombres sagrados y escondidos.
2. La perniciosa influencia del Romanticismo: cuando estudié (es un decir) Filología Alemana, algo empecé a oír sobre los mitos románticos de la identidad entre lenguas y "pueblos"; tenía nociones más bien vagas sobre Schlegel y Herder, pero ya aquello me empezó a oler mal. Por desgracia ya me había creído eso de los miles de nombres para nieve de los inuits, que tardé mucho en descubrir que era una leyenda urbana, o para decirlo más rápido: una mentira como una casa.
3. La laicización de las lenguas: por suerte -y gracias a la influencia de autores como Girard- la noción de que lo sagrado es algo distinto, separado, no tiene ya mucho sentido. Desde que Cristo se hizo hombre, todas las lenguas son sagradas* (es decir, que ninguna lo es).

Así que ahora me cuesta mucho que me vendan la burra de los valores sagrados, distintivos y específicos de cualquier lengua. Y cuando digo cualquiera, digo cualquiera, sea griego clásico, bantú, castellano o gallego: todas las lenguas son comunicables y lo más importante se puede comunicar en todas. Yo puedo vivir feliz conociendo unas pocas -y conozco varias- porque la vida es corta y lo importante lo puedo aprender en esas pocas. Qué duda cabe que me haría mucho bien saber japonés y entender mejor los haikus, o danés para profundizar mejor en Kierkegaard -pero quizá mejor sería que lo empezase a leer, en traducción, claro, que para eso están-. El hecho es que debería bastar muy poco para una vida feliz y nos lían con delirios de lenguas incomunicables.
*****
Corolarios:
1. Las lenguas clásicas no son 'mejores' que  las demás. Lo importante es las literaturas que surgieron de ellas y el hecho de que son previas y base de todas las demás de Occidente. Yo no defiendo la Filología Clásica por unos valores mágicos o preternaturales, la defiendo por su prioridad temporal y modélica -clásica- sobre las demás y porque permite leer despacio. Y luego está el hecho evidente de que hay lenguas concretas con un corpus de textos literarios más valioso que otras*: el swahili es estupendo y merece todos mis respetos, pero mi interés por su literatura es escaso; prefiero la literatura alemana, japonesa, francesa o inglesa o española o portuguesa o italiana. Otra cosa es que si veo a alguien reírse de alguien que habla en swahili porque habla en swahili, me parezca un perfecto idiota.
2. De lo específico de cada lengua, me basta con aprenderme cuatro palabras; por ejemplo en gallego, con morriña y a modiño voy apañado. Del castellano, si me acuerdo de palabras que usábamos de pequeños en el pueblo -como borratajo o abulto- me hace ilusión acordarme y ya está, pero no construyo con ellas un paraíso perdido incomunicable, ni exijo estatuto de autonomía. Si las oligarquías quieren repartirse el pastel, pueden usar la lengua como excusa, pero están mintiendo y yo no voy a hacerles el juego.
En resumen, me enferma toda esa parafernalia a propósito de la capacidad de una lengua para conservar las esencias de los pueblos, por unos supuestos valores mágicos e incomunicables de las palabras.
Y lo que quiero recordar aquí es que no hay lenguas mejores que otras, pero sí literaturas más valiosas en conjunto que otras. Los desniveles entre ellas se solventan gracias a la traducción. Por eso me apena que los niños gallegos dediquen tantas horas exclusivamente a los autores de la literatura gallega, pudiendo leer a otros; no me importa que los lean en traducciones al gallego, pero que los lean: a Shakespeare, Homero, Mario Quintana, qué sé yo, pero que a los niños los saquen de ese cerco de autores mediocres (salvando a Rosalía, Pimentel y dos más, claro está).

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       * Lenguas sagradas es el nombre que algunos le dan al hebreo y al arameo y el griego, porque la Biblia está escrita en esos idiomas (y hay que recordar que el Nuevo Testamento está escrito en griego; en latín hay una traducción, la Vulgata, de especial valor para la iglesia latina, pero es eso, una traducción). Lo que se quiere decir con ello es que son Lenguas en las que se escribió originalmente la Sagrada Escritura. Y no sé si tendré que recordar otra vez que se puede ser santo siendo analfabeto: la Buena Noticia llega al oído y salva en cualquier lengua. Otra cosa es que los estudiosos de la literatura griega tengamos que saber griego, lo mismo que los biblistas: yo me estoy refiriendo aquí a la gente en general.
        ** Por eso, que los alumnos de 'letras puras' en Galicia pudieran elegir en el antiguo COU Literatura gallega (después de diez años de clases sobre el tema) en lugar de Lengua y Literatura Griega es algo que me sigue sublevando cada vez que lo pienso. Ahora a los de Humanidades les han puesto como obligatoria la Geografía, supongo que para que no se pierdan por las trochas. Ya no es sólo cuestión de qué literatura, sino de la literatura sin más: tanto pasteleo con las lenguas y al final lo que destrozan es la enseñanza de la literatura.

lunes, 7 de enero de 2013

Imparable progreso

El sábado criticaba las nostalgias de la aldea y esa misma noche vimos Qué verde era mi valle: a mí me daba hasta corte -por eso de la coherencia- quedarme, pero tenía muchas ganas de volver a verla. Y es John Ford.
Y qué de lecturas le puedes echar a esta película; nada de exaltación de la aldea bucólica, qué va: es un pueblo minero con laderas cubiertas de polvo de carbón, con una familia que se parte por la mitad entre el proteccionismo sindicalista y las lealtades tradicionales. Y qué decir de la religión, la moralidad, la búsqueda de la felicidad.
Un gran placer volver a verla. Una grandísima película, qué buena:


Hoy venía dispuesto a titular esta entrada con algo así como: "Ahí, os quedáis, huelelibros" o "Venga, dejadlo ya, que los libros son del pasado". Todo para decir que los Reyes me han traido (ya tocaba)- un kindle. Pero luego no me señaléis si me pilláis con un libro "de papel". Por ejemplo los dos de Kierkegaard que también me han traido los Reyes.

viernes, 22 de abril de 2022

Mis 10 daneses más destacados

Siempre me gustaron las listas, pero no pensaba que acabaría haciendo, en esta semana del blog tan danesa, una con los diez que más admiro de ese país, sobre todo porque pensaba que no nunca llegaría a conocer a diez daneses famosos, pero al final he llegado. Son estos, por orden de importancia:

Søren Kierkegaard

lunes, 31 de diciembre de 2012

Lo mejor de 2012

1. Cine: yo sólo sabría recomendar esta maravillosa película de Ozu. Del 2012, os podéis fiar de lo que diga Julio (de su muy meditada lista yo solo he visto Profesor Lazhar, que me gustó).

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2. Música: no sé elegir, de tantísimo bueno que he oído. Os remito a mis fuentes:
a. Me he alimentado básicamente de NPR, la Radio Pública Nacional de USA (que a su vez me han llevado a KEXP de Seattle).
b. Y un poquito todavía de Radio 3 y luego por ejemplo las recomendaciones de pop juguetón de Emilio Quintana o las de Balaverde, más country.
c. De Música Clásica: Mucho que agradecerle a Radio Clásica y a las recomendaciones de Noatodo (y otros).

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3. Libros, por orden alfabético:

Enrique Andrés Ruiz, La tristeza del mundo. Sobre la experiencia política de leer, Encuentro, Madrid, 2010

Guadalupe Arbona, Las llagas y los colores del mundo. Conversaciones literarias con José Jiménez Lozano, Encuentro, Madrid, 2011

Marie Cabaud Meaney, Simone Weil’s Apologetic Use of Literature. Her Christological Interpretations of Ancient Greek Texts, Oxford University Press, 2007

Luisa de Carvajal y Mendoza, Escritos autobiográficos, ed. Camilo Abad S. I, Juan Flor, Barcelona, 1966

Eric R. Dodds, Missing Persons, Oxford, Clarendon Press, 1978

Enrique García-Máiquez, El pábilo vacilante, Encuentro, Sevilla, 2012
Un paso atrás, Rialp. 2012

Jaime García-Máiquez, Oh, mundo, Altair, Sevilla, 2012

Cathy Gere, Knossos and the Prophets of Modernism, University of Chicago Press, 2009

José Jiménez Lozano, Retratos y naturalezas muertas, Trotta, Madrid, 2001

Jon Juaristi, Miguel de Unamuno, Taurus, Madrid, 2012

Søren Kierkegaard, Para un examen de sí mismo recomendado a este tiempo, Trotta, Madrid, 2011

Fernando López de Artieta, Grosso Modo, Siltolá, Sevilla, 2011

Gregorio Luri, Erotismo y prudencia. Biografía intelectual de Leo Strauss, Encuentro, Madrid, 2012

Alejandro Llano, Caminos de la filosofía. Conversaciones, Eunsa, Pamplona, 2012

John Henry Newman Sermones parroquiales 2/, /4 y /5, Encuentro, Madrid, 2010 y 2011, traducción de Víctor Garcia Ruiz et al.

Carlos Pujol, El corazón de Dios, Palencia, Cálamo, 2011

Iñaki Uriarte, Diarios. Segundo volumen (2004-2007), Pepitas de Calabaza, Logroño, 2011

Evelyn Waugh, Edmund Campion, Homo legens, Madrid, 2009
- Jerusalén. Viaje a los Santos Lugares, Elba, Barcelona, 2011

viernes, 23 de noviembre de 2012

El cementerio del bosque I

En Estocolmo tenía muchas ganas de visitar el Cementerio del Bosque de Asplund.
Y superó mis expectativas más delirantes* (y mira que eran bien grandes).

Sales del metro (Skogskyrkogarden**: la T azul): y en un minuto, la entrada (flecha: Huvudentré).

Tampoco es que haya leído sesudas interpretaciones sobre por qué Asplund hizo cada cosa, pero el sentido de la entrada me parece palmario; en cuesta, abierta, tiene en la pared de la izquierda una estructura clásica, el Nymfeum (con agua que corre por detrás) que prepara para eso, para pasar a un cementerio: hay que limpiarse. Además, lo clásico queda así de prólogo, no vamos a encontrárnoslo de frente (aquí no hay nada de puertas monumentales a la "ciudad de los muertos" -necrópolis): esto es un jardín-de-atrio-de-iglesia convertido en cementerio de bosque.




[fotos de aquí]


[en cambio, esta foto es mía]

*Para puristas: estoy traduciendo del inglés: my wildest expectations.
*Skog= bosque; kyrkogarden = Kierkegaard (danés): jardín de iglesia; cf. Kirchhof (patio de iglesia: alemán) Churchyard (patio de iglesia: inglés).

viernes, 7 de agosto de 2020

Repaso de mi blog en noviembre y diciembre de 2012

En noviembre de 2012 le dediqué cinco entradas al Cementerio del Bosque de Asplund en Estocolmo, uno de los sitios que más me han gustado en mi vida: uno, dos, tres, cuatro y cinco.

También estuve en el Museo Arqueológico, con estas cosas griegas.


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Fue entonces cuando critiqué un artículo de Javier Gomá: no le hizo ninguna gracia. Creo que mi crítica sigue siendo válida. Ahora en cambio, los dos hemos pasado por el Coronavirus, algo que me lo hace mucho más cercano.

Otra actitud muy distinta fue la de Luisa de Carvajal. En tres entradas conté algo de su impresionante vida a principios del XVII en Inglaterra: uno, dos y tres.


Una de las excursiones más bonitas de mi vida, en barco desde Estocolmo a una isla en mar abierto.



Me leí un volumen del Epistolario de JRJ, muy instructivo: aquí y aquí.

lunes, 7 de noviembre de 2022

Poética del monasterio

Quizá mi misión aquí sea facilitar la lectura de este libro, Poética del monasterio, que me parece muy importante, de un amigo al que admiro, que escribe desde unas coordenadas y con unos planteamientos y un estilo que hacen necesario un esfuerzo inicial para llegar al meollo de lo que quiere transmitir.




Armando Pego, pertenece, como yo, a una generación postergada por el dominio, de puño de hierro, de la generación de los alrededores del 68, que todavía, y estamos en 2022, se resiste a retirarse. Nosotros somos maduros ya y seguimos soportando sus complejos, que todavía dominan el ámbito ideológico: en lo civil, el dominante PSOE State of Mind: una élite socialdemócrata, instalada, liberal-individualista, partidaria del estado burocrático y el centro centrado, en la que dominan pedagogos delirantes y economistas con teorías sostenidas por prestigiosas escuelas de negocios, que profetizan lo que nunca ocurre (y que luego explican con tono condescendiente lo que de hecho ocurrió), y en la Iglesia obispos, religiosos y sacerdotes que con lo que ellos ven como diálogo y buen rollo están al mando de una envejecida grey. El mal no es solamente de esa generación, ojalá: estamos instalados en él y nosotros también participamos de ello.

Su formación es de filólogo. Es Catedrático de Humanidades. Él tiende, me parece, a la parte más teórica de la filología, a la más cercana a la filosofía: no quiere como objetivo de sus esfuerzos la acribia filológica o el punto de detalle de crítica textual, quiere leer los textos a fondo, pero no por erudición, sino como documentos de lo humano. Por decirlo con nombres: su libro está más cerca de George Steiner que de Menéndez Pidal, de lo filosófico-filológico que de lo filológico-literario.
Armando se dirige a todos, pero no escribe etsi Deus non daretur, como si Dios no existiera. no es escritor civil a la moda, entendiendo por tal al que en la práctica es laicista: él sabe que nuestra conversación está en los cielos. Su dominio de la historia cultural, de los textos decisivos de Occidente, de Kierkegaard a Freud y de Deleuze a Agamben, le posibilita hacer una lectura en diálogo con la filosofía actual, pero de modo personal, apasionado (aunque en un estilo que prefiere lo oscuro a lo energuménico), más radical y más hondo de lo que algunos podemos atisbar.

Escribe aquí una poética, un tratado de poesía sobre el ámbito donde se da el amor a las letras y el deseo de Dios, parafraseando el título del libro de Leclercq. Quizá sea bueno también decir lo que no es este libro: no es -al menos directamente- una propuesta política al estilo de Rod Dreher. Tampoco es un libro de espiritualidad para terciarios de alguna orden religiosa. No es un tratado sobre el gregoriano. No aspira a revivir la Edad Media. No es un monje el que escribe aquí, es un padre de familia. 

La suya es una poética y por eso trata de textos; es una propuesta que parte desde el principio de la realidad de la Caída, y que está por ello muy lejos de presentismos, progresismos y wokismos. Lo que quiere es esto:

La escritura era una oración. Elevaba la mente a Dios para que Él leyese lo que había escrito en el libro de su Creación. Leer no podría dejar de ser entonces el acto, siempre penúltimo, de la nueva (re)creación (11).

Una poética de la escritura y de la lectura es, pues, Dios oyéndonos y nosotros hablándole. 

No es un libro tradicionalista ni reaccionario. En todo caso, sería recusante, como aquellos católicos ingleses que se retiraron a sus casas desde el siglo XVI, ante la debacle. No es un libro que dé por descontada la modernidad y la asuma. Trata de

aplicar sin desanimarse los conocimientos y las técnicas que una Tradición despreciada guarda como un instrumental precioso para roturar lo imprevisto que ofrece el futuro (11).

Se dirige contra un tiempo que ha decidido cortar las amarras con la eternidad (14).

Como habla desde una generación -la mía- que ya ha nacido instalada en el Postconcilio y que no añora nada de los decenios previos, porque intuye que los que los suspiran por el pasado lo idealizan sin razón (o eso al menos es lo que me parece a mí), al ver ahora "la aceleración del proceso revolucionario, que desde hace dos siglos caracteriza nuestra contemporaneidad" (17); al notar ahora que, "si no existe más realidad que la construida socialmente, solo la ciencia -y un modelo histórico y cultural muy concreto de ciencia- justifica la noción misma de realidad" (18), reacciona dirigiendo la mirada a los primeros monjes. Lo monástico tiene en su núcleo recordar a todo cristiano que una sola cosa es necesaria: "escuchar la palabra y meditarla sin descanso" (22). 

Pero estamos enredados en las redes de la interpretación, de la cita, del intertexto, que se remiten a sí mismos y nos impiden eso, escuchar la palabra y meditarla. De esto se ocupa el primer capítulo, difícil, que se centra en la cita y en la dificultad de la lectura: hablamos a Dios pero los textos nos sirven de trampa, parapeto o velo.

El capítulo II es el más largo, el que más contempla el presente, el que se detiene a hablar de la familia, de la escuela, de la figura paterna. Es un diagnóstico, es una geografía de la situación actual: por qué hemos arrumbado la memoria, por qué la figura de la madre está perdiendo sus perfiles decisivos, por qué la escuela es -ay- un parque de atracciones. Por qué falta el padre.

El capítulo III. "Los umbrales de Troya" es desasosegante y a la vez deslumbrante: en el monasterio se crea el espacio para la familia y la escuela; en este capítulo se pasa de la Odisea a la Eneida, a Abraham en el monte Moria, a la paternidad y la filiación, la maternidad de María y el rechazo de la maternidad de Medea, que se van presentando para que nos preguntemos sobre cómo somos, en el marco de una modernidad y más recientemente, de ese 68 contra el que tendríamos que hacer una revolución (perdonad, esto es una boutade mía). Los clásicos nos presentan las claves de las relaciones humanas más básicas y de la organización social: Eneas peregrino, esa es la figura que destaca. 

El otro día, hablando con unos amigos sobre las leyes más ideológicas que se van aprobando, me iba acordando de lo que estaba leyendo en este libro, no porque dé recetas, sino porque retrata la situación más allá de juegos partidistas y dimes y diretes transmitidos por los periódicos: leyéndolo, piensas que todo debe replantearse sobre su base, que es la de la lectura de esas obras que marcan a Occidente: Edipo sigue siendo una figura candente. Antígona muere y eso nos revuelve nuestras entrañas todavía.

El capítulo IV rompe el ritmo: hay 7 apólogos y luego una colección de textos breves, con citas y comentarios que se van por el lado de la oscuridad, para darles vueltas.

Y en el capítulo V se vuelve a la reflexión sobre otra modernidad que alboreó en el siglo XVI y que el autor estudió en su tesis, la que se documenta en los tratados de oración. Ahí también se reflexiona sobre la vigencia de la vida monástica y el sentido de lo monástico. A mí me gusta especialmente este párrafo:

Un misionero olvidado en los márgenes de la sociedad, una científica entregada a la búsqueda de una cura o un simple trabajador que realiza limpiamente su labor cotidiana nada tendrían en común con la vida monacal. Sin embargo, no es posible obviar que en las alabanzas, en las súplicas y en los lamentos que alzan a Dios en el coro esas comunidades de hombres y mujeres que se levantan a las cuatro de la mañana está también presente la comunión con sus angustias y sus esperanzas. Como en el sepulcro de Cristo, olvidados y apartados del mundo, confían en el cumplimiento definitivo del misterio del padecimiento y de la exaltación de Cristo (193).

Lo que me gustaría ver más desarrollado es cómo se funda el ora et labora en la vida humana no monástica, pero en cierto modo lo está tratando en todo el libro.

El capítulo VI se sitúa en el sábado, pero no el sábado de la ausencia de Dios, sino el sábado de la espera. Es un capítulo donde se desarrolla mejor la poética del monasterio, en unas páginas especialmente logradas, aunque tiene partes de una dificultad para mí que yo podría comparar a la sensación de estar perdiendo pie en el agua, cuando no te atreves a nadar. No importa: ahí nos está queriendo expresar algo que nos cuesta entender, por ejemplo la distinción entre consideración y contemplación: ya le seguiremos dando vueltas a todo ello, hasta que quizá lo entendamos.

Por suerte, el capítulo VII es de recapitulación y consuelo: al recordar todo lo que se ha ido mostrando, da alegría ver lo valioso que ha sido el camino, aunque uno a veces se haya sentido un poco perdido. Me gusta especialmente este párrafo sobre lo que se busca aquí:

No es el suyo un repliegue a una espiritualidad intimista que rehúye el compromiso, alejándose de los ecos de las voces sufrientes. Al contrario, su búsqueda más auténtica constituyó el testimonio de una enseñanza que desafía las apariencias. «Quien quiera salvar su vida, la perderá; pero el que la pierda por mí, la encontrará» (Mt 16,25). El monacato decidió sepultarse con Cristo para resucitar con él. Su luz vacilante no es un signo inútil; su debilidad es también su fuerza. Que se llegase a extinguir físicamente en Occidente seguiría sin cuestionar el fondo de su desafío. Esta opción puede no entenderse y hasta puede rechazarse, pero plantea con toda la seriedad la posibilidad de vivir para los demás negándose uno a sí mismo y ofreciéndose por completo a Dios. En ella crepita la llama de una esperanza escatológica: la vida es el soplo fresco de una plenitud que no se agota aquí ni ahora (238).

lunes, 12 de octubre de 2020

Un artículo sobre José Jiménez Lozano

Al hilo de lo que estuve mirando en mi reseña/cabreo del libro de Ignacio Peyró, he rescatado este artículo que salió publicado en 2013 en Suma Cultural, porque no parece que ya esté en línea. Aquí lo dejo, en su menesterosidad. A mí, releído, me ha gustado:

José Jiménez Lozano, por amor al arte

Ángel Ruiz

Primero, me pondré la venda: en esto del arte soy –ya me parece mucho- un amateur. Por eso, no voy a poder hacerle justicia a la visión del arte de José Jiménez Lozano; y como ni en mil años llegaría a creador (como mucho, a crítico, uno de esos que «entienden de lo que no comprenden», en frase dolorosamente certera de Ramón Gaya), tampoco por la vía de la afinidad –en cualquiera de las artes- iba a conseguir llegar al núcleo tan valioso de su visión del arte.

Al menos sí que puedo dar un consejo: Retratos y naturalezas muertas, del año 2000, es su libro sobre arte que prefiero, la culminación por ahora de un interés sostenido, que coronaba otros logros admirables previos, bien tangibles por lo demás; en buena parte gracias a él surgió el proyecto de Las Edades del Hombre, en torno al arte de las diócesis de Castilla y León. Quedan para la memoria una serie de exposiciones y algunas publicaciones memorables, especialmente su libro Los ojos del icono, de 1988, la guía de referencia de todo el proyecto, y Estampas y memorias, de 1990, para el que escribió un grandioso texto liminar. Aquello fue mucho más que una exposición de arte religioso siendo solo eso; más adelante explicó él que «nunca quisimos otra cosa que mostrar cosas hermosas» y a fe que lo lograron. Ya había dicho antes que «la pretensión espontánea de belleza (…) es la única razón de ser y la única ética de una pintura» (Los ojos del icono, 33), pero qué emocionante fue aquella primera exposición en la Catedral de Valladolid, quizá por eso mismo: porque no se instrumentalizaba el arte por la vía de las buenas intenciones, al fin y al cabo secundarias respecto a lo primero en el orden de la creación, el bien de la obra de arte en sí misma, algo que no se cansó de recordar su muy querida Flannery O'Connor. Por otro lado, a las críticas de Port-Royal al arte como engaño contra la verdad, les contesta: «yo soy más papista, lo que quiere decir, naturalmente, más griego, y que la belleza no es para mí, entonces un artificio, sino un trascendental del ser al igual que la verdad y la bondad. La belleza no es un instrumento o artificio para deleitar o embellecer y de este modo hacer bello lo que no es. Porque lo que no es no es, y no hay que dar la sensación de que es con cosméticos de ninguna clase, y en este sentido sí recojo con mucho gusto las advertencias de Port-Royal» (Retratos, 91).

Seguramente él nunca se haya planteado decir palabras definitivas sobre arte. Pero así es como las dice: recordando las limitaciones de este, por más que algunas veces bien que nos ayude y consuele el arte entre las dificultades de este camino de la vida. La suya es una mirada atenta, contemplativa y apreciativa, llena de comprensión a todo lo que el hombre ha querido crear. «Nada», repetía san Juan de la Cruz, pero repitiendo esas «nadas» en un emocionante dibujo esquemático que nos recuerda repetidamente Jiménez Lozano para que comprendamos la paradoja. Es esa misma aparente contradicción que san Bernardo intentó conjurar despojando al Císter de decoración «y quizá así le parece que ha conjurado a esa belleza, pero en realidad lo que ha hecho ha sido alcanzar la más alta y la más pura estética». Quedan solo los muros de piedra: «y los monjes tratarán a estas piedras como reliquias; no porque sean sagradas, sino porque son hermosas y llevan, además, en ellas las huellas del trabajo humano (Los ojos del icono, 32). A veces, al final se encuentra la belleza, pero la estética no es el fin y por eso hay que renunciar a centrarse en ella, para que quede la verdad, que es, paradójicamente, bella.

Y así ocurre con las imágenes, los «iconos» que tan magistralmente trató en sus libros de finales de los años ochenta: «El relato que nos hace el icono paraliza la historia entera y torna ceniza al mundo y a sus poderes –"como si no hubiera mundo", decía Teresa de Ávila- cuando ponemos los ojos sobre esos otros ojos, unas manos, un llanto, una sonrisa, una llaga, un ángel, una partera, un niño, un verdugo, un pez, un perro, un asno o la ballena Leviathan. La historia entera se relativiza y se desquicia: vemos la trama de la mentira y sufrimiento sobre la que está construida y de la que se alimenta; y vemos también lo que debería y debe ser antes de que acabe en catástrofe. Con toda claridad lo vemos: como a la luz de la candela que hacía traslúcidas, cual si fueran de alabastro rojo, nuestras manos infantiles. Y entonces, esperamos. Porque este es el poder y la gloria del icono» (Estampas y memorias 38-39).

Y aquí aparece la luz de la candela, imagen central en toda su obra. Donde otros buscan tenebrismo o efectos de luz, él ve recuerdos de niñez, la mirada cercana a lo iluminado precariamente, las caras con fiebre y miedo y la palidez de los círculos rojos en las mejillas. Pero no es sentimentalista de la infancia; menos de la patria, pequeña o grande: su Guía espiritual de Castilla, de 1984, el otro libro que hay que recordar aquí como fundamental para su visión del arte, no es una glorificación ni del pasado ni de lo local ni de lo propio. Es reflexión sobre el dolor acumulado en siglos: judíos y criptojudíos, mudéjares (sus edificios de ladrillo entre Valladolid y Ávila son su mundo de niño), cristianos nuevos, todas las pobres gentes que dejan a veces solo el recuerdo de unas lozas con una línea azul sencilla, o una pared de adobe en un suelo de tierra. La huella del arte en lo pequeño. Pero eso mismo lo busca en las cajas de Cornell, en todo Georges de la Tour, por las estancias holandesas de Pieter de Hooch, y nos hace sentirnos a gusto –quién nos lo iba a decir- en Port-Royal y allí nos pasmamos de la serenidad que trasluce un exvoto de Philippe de Champaigne. Nos hace fijarnos en Gerrit Dou o en Paul Klee, en las iglesias vacías de Saerendam, en un cuadro sobre Judith en el que nos descubre el drama de dolor de su autora, Artemisia Gentileschi. O nos señala los pájaros del cuadro de los cazadores en la nieve de Brueghel el Viejo. Y volvemos a san Baudelio de Berlanga y a Santiago de Peñalba y a las ilustraciones de los Beatos milenaristas. Y las celdas de los carmelos teresianos, pura sobriedad, y los castillos interiores de costosísimos materiales preciosos que describe –otra paradoja- la propia santa.

Son caminos los suyos no seguidos por el gusto dominante y menos por las modas de círculos buscadamente minoritarios y exquisitos. La suya es una «conciencia de soledad, de marginalidad producida por el hecho de que mi universo, mi visión del mundo y mi mirada sobre él son diferentes y quizás demasiado singulares; mis intereses intelectuales distintos, mi concepción estética, mi tradición y mi familia espiritual extrañas a la cultura española convencional, y también anacrónica o pura alteridad respecto al "espíritu del tiempo" y la modernidad y postmodernidad triunfantes» (Unas cuantas confidencias, 1993, 23).

Ante el peligro de esas tormentas cíclicas del gusto que parecen conseguir imponerse, «los alejandrinismos, las diversiones o masoquismos barrocos» y que especialmente en nuestro mundo corremos el peligro cierto de que se conviertan en «un gran pedrisco en mayo, habrá que meter los tiestos a cubierto: Spinoza, Kierkegaard, Juan de la Cruz, Hegel, Simone Weil, Melville, Flannery O'Connor y los otros» (Unas cuantas confidencias, 27). En literatura tenemos refugios así; también el arte nos lleva al principio: «la experiencia estética en sí misma: no un láudano para olvidar, ni retórica que embellezca, o falsee, o evada la realidad, sino una necesidad humana elemental» (Los ojos del icono, 29). Ni engaño, pues, ni droga, ni adornos: la atención –mucho habló de ello Simone Weil- es una necesidad humana básica, «aguzar la mirada humana sobre el mundo e irse librando de todo lo que se interpone entre ambos», incluyendo ahí «nuestra propia sensibilidad estética» por refinada que sea: «la belleza es de un instante. A los hombres no se nos ofrece otra belleza u otra posibilidad de captarla más que en un instante. Y todos buscamos su permanencia» (Unas cuantas confidencias, 14).

Otro peligro sería, huyendo del sentimentalismo, correr lejos del sentimiento: «se tiene la sensación de que solamente la dulzura que emana de ciertas Vírgenes románicas o góticas, de grandes ojos y encantadora sonrisa, ha sostenido a los hombres de la cristiandad occidental en esa larga noche infernal». Se está refiriendo a la crisis en torno a la Peste Negra, pero también pone de ejemplo a fray Luis en la cárcel, que «no encuentra en su acerbo encierro inquisitorial de Valladolid otro consuelo o asidero para soportar su vida que recurrir a la figura de la Virgen en unos espléndidos versos» (Los ojos del icono 77-78).

Anhelo de verdad, conciencia de fugacidad pero a la vez del consuelo verdadero que tienen las cosas, aprender a mirar con ojos atentos. Quizá estas sean claves para intentar precisar cómo considera José Jiménez Lozano el arte. Explícitamente lo dice en una definición que hace de «una teoría de la literatura: sólo lo que es lejano o débil es importante, sólo lo que es pobre o frágil es hermoso, y la extrema belleza nunca es obvia, ni fulgura» (Unas cuantas confidencias, 33).

Todo ello está en Retratos y naturalezas muertas, el libro de arte de Jiménez Lozano que me atreví a recomendar especialmente, así como en ficción guardo un recuerdo especial de El mudejarillo o Los grandes relatos, o como elogié repetidamente su biografía de fray Luis de León o, de entre sus Diarios, Loscuadernos de letra pequeña. Y en poesía, todo (y por fortuna ahora tenemos al alcance de la mano, en una excelente selección, la antología El precio). En este Retratos llega a una serenidad quizá lograda por el recurso al diálogo, un diálogo consigo mismo, interior pero pacífico, que es meditación a partir de lo mejor de la Francia del siglo XVII: los Pensamientos de Pascal, las pinturas de Philippe de Champaigne, los cuadros de Georges de la Tour, por ejemplo la Magdalena Terf, de la que había escrito un poema que comienza así: «La lamparilla, el libro, / la mano en la mejilla, pensarosa; / la redondez de la rodilla tan rotunda, / tan leve la del vientre, y la otra mano / sobre la calavera en su regazo» (El tiempo de Eurídice, de 1996). A propósito de ese cuadro recoge lo que dice Pascal Quignard de que la obra de este pintor se resume en «confrontar al hombre consigo mismo con ayuda de una llama». Y a ese propósito, escribe este texto admirable sobre lo que era la luz de la candela en su infancia: «Los niños (...) acercaban sus manos a la llama, y éstas se volvían rojas y traslúcidas, dejaban ver el armazón de sus huesos; los rostros de las muchachas se sofocaban como sólo el amor podría colorearlos más tarde, y de bien distinto modo, aunque no menos hermoso que como el aire helado del invierno ponía rojo en sus mejillas extendiendo la palidez en torno» (Retratos, 16).

El arte es la luz y el calor de una candela. Hasta de las Meninas lo que importa al final es que la princesa protagonista murió. Y el arte es camino. Dos poemas de Elegías menores, de 2002, lo explican mejor:

 

Las meninas

Le dijiste al crítico de arte:

Está bien su explicación, pero

yo sólo vengo a ver a María Bárbola,

a Nicolasillo Pertusato, al perro,

y a ver abrir la puerta al Intendente Nieto.

Te callaste

que en aquella habitación no se respira;

la Princesita bebe agua ¡Pobre!

¿Y si me preguntase?

Yo he visto su sepulcro en Viena.

 

Oficio matutino

La pobre mujeruca, anciana,

pisada como aceituna en la almazara de la vida,

con sus duras arrugas en el rostro,

sus sarmentosas manos, lentos

y aguzados, al mirar, sus ojos,

acude con el alba a la iglesita,

pintada y de brillantes cristaleras.

Y allí mira a los santos en derredor de Cristo

caballeros y reyes, obispos con sus vestiduras refulgentes,

filósofos, y el último, con su mano en el rostro,

sentado en su silla de oro, está Agustín:

luego hay un príncipe, una dama

con su armiño, y ángeles y arcángeles

y su propia silla –la de la mujeruca-, allí junto,

para cuando pase de esta vida.

Sonríe y sale luego, bendecida y solemne

y ¡con qué cortesía trata a las gentes

del mundo! A las palomas y gallinas

al perro y a los pájaros. ¡Con cuánta

misericordia y alegría va cargada!