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jueves, 30 de noviembre de 2023

Tres semanas en Zürich 19 - El cementerio de Fluntern

Es muy fácil llegar: cogiendo el tranvía al Zoo, te bajas en la última parada, porque está al lado. Yo lo tenía a diez minutos subiendo desde donde vivíamos.

Un día estuve paseando entre las tumbas cuidadísimas. Era un cementerio precioso y muy triste, pero en el mejor sentido, más civilizado, de la tristeza. Allí estaban enterrados algunos de la Obra, entre ellos Toni Zweifel, que está en proceso de canonización.

Yo iba yendo entre las tumbas del cementerio, algunas con animales representados, otras con aires egipcios, alguna con un buda. Había una zona de tumbas sin lápida, una fosa común, por decirlo así:


A mí me hizo especial ilusión visitar la tumba de Elias Canetti.

Al lado estaba la de James Joyce con su familia. Tamnién había tumbas con esculturas:

Esta con un gato:

Un caballo:

Esta es más abstracta:

Y esta es a la egipcia: 

lunes, 30 de abril de 2018

Las cocktail parties como síntoma

Quizá lo que más me interesó del libro último de memorias de Elias Canetti, apuntes parciales de su tiempo en Inglaterra, es la descripción que hace de las fiestas (las cocktail parties) que hacían en los tiempos de la Guerra relámpago, de ahí el título alemán Party im Blitz (en inglés: Party in the Blitz. The English years: aquí me he encontrado un montón de datos sobre el libro, con reseñas y de todo; es brutal). El título español es anodino Fiesta entre las bombas: sí, tenían fiestas en casas particulares, tediosas, tal como las describe, en las que el objetivo era una especie de cercanía y a la vez un escrupuloso esfuerzo por evitar la comunicación.
Es lo que me repele más del mundo anglosajón, en concreto británico, esa cortesía que tapa la frialdad, esa educación pensada para el respeto que puede salvaguardar el egoísmo. Algo de eso creo que se percibe en el caso del pobre niño Alfie Evans: lo cuidan, lo atienden, pero son implacables cuando deciden que ya no hay más que hacer. Y lo cruel es el modo en que impiden que sea llevado a otro sitio. Todos se ponen de acuerdo: no dan su brazo a torcer. Les falta ese plus de esfuerzo para intentar algo más. Les falta el cariño.

Cosas así describe, a otro nivel, Canetti:
El de la distancia es uno de los principales ejercicios de los ingleses. Evitan acercarse. No quieren, no deben acercarse. Para protegerse, la persona se envuelve en hielo. Hacia fuera se quita importancia a todo. Por dentro se tirita de frío.
La vida social consiste en vanos intentos de aproximación. Son tan tímidos como valiente es el individuo. Y lo es de verdad, porque sabe que está muy solo.
En el fondo, los ingleses se echan atrás ante todo el que viene de fuera: temen de él lo peor, que se salte las distancias. (...)
Para el inglés el control de sí mismo y la calma son los únicos medios legítimos para dominar la vida. (39-40)
Sobre las parties:
Era un requisito indispensable que se reunieran muchas personas en un espacio más bien exiguo; han de estar casi apretujadas, pero de tal modo que eviten rozarse siquiera. Se trata de estar los unos muy cerca de los otros pero sin revelar nada importante de sí mismos. Nada debe llamar la atención. Eres uno entre muchos. El que es algo especial, ha de ocultarlo cuidadosamente. (...)
Se puede preguntar mesuradamente, si se evita toda indiscreción. No se debe preguntar ni con demasiada intensidad ni con demasiada insistencia. Detrás de ello se esconde el conocimiento certero de la naturaleza de la pregunta, que es un instrumento de poder. Las personas que contestan con excesiva solicitud a preguntas sobre su trabajo son tachadas de forasteras y poco consideradas socialmente, aun cuando tengan grandes méritos (79-80).
Esto último me recuerda, no sé por qué, a Galicia.

Otro párrafo:
Yo no tenía ni idea de cuánta soberbia se ocultaba detrás de su modestia. La soberbia está tan enraizada en los ingleses que a menudo ni se nota. Son los verdaderos artistas de la soberbia (82).
Ya se ve que Canetti se quedó más ancho que largo con esto que escribió. No se dejó dentro nada, claramente. Yo lo pongo aquí porque creo que es una crítica pertinente, no sé si excesiva, pero real.

martes, 20 de marzo de 2018

Canetti 2

Que admire hasta grados superlativos el estilo literario de las Memorias de Elias Canetti no quiere decir que le tenga que admirar como persona. A mí me da escalofríos el rigor con el que escribe, que le lleva a contar cosas que no son precisamente positivas para él. La peor, seguramente, sus continuas infidelidades a su mujer, Veza (se llamaba Venetiana Täubner-Calderón, de orígenes españoles, como él), de la que escribe esto tan bien escrito, aunque no exactamente halagador:
El secreto de Veza estaba en su sonrisa. Era consciente de ella y podía convocarla, pero cuando hacía su aparición ya no era capaz de revocarla; la sonrisa permanecía y daba la impresión de ser su verdadero rostro, cuya belleza engañaba mientras no sonriera. A veces cerraba los ojos, al sonreír, y sus negras pestañas se abatían hasta rozarle las mejillas. Entonces parecía observarse desde dentro, utilizando su sonrisa como lámpara. La imagen que veía de sí misma era su secreto, pero aunque se lo guardara, uno se sentía excluido de su mundo. Su sonrisa, un arco rutilante, llegaba desde ella hasta el observador. Nada hay más irresistible que la tentación de hollar el espacio interior de un ser humano. Cuando se trata de alguien que sabe utilizar muy bien sus palabras, su silencio aumenta la tentación al máximo. Nos lanzamos a recoger sus palabras en espera de encontrarlas detrás de su sonrisa, donde aguardan al visitante (551)
Yo quería leer más memorias de Canetti, pero sólo hay un volumen de textos fragmentarios, Fiesta bajo las bombas, de recuerdos de sus años en Inglaterra, donde huyó cuando los nazis ocuparon Austria. Ahí se muestra mucho más que en los otros libros: en lo político con filias y fobias bastante ridículas (Thatcher para él es el anticristo, y con ella todos los que la ven con simpatía), en lo poético detestando a Eliot (lo puedo entender) y en lo moral contando sus líos varios. El retrato que hace de Iris Murdoch, de la que fue amante, es de las cosas más demoledoras que he leído. No parece que se esté cebando, pero la deja a la altura del betún.



lunes, 19 de marzo de 2018

Canetti 1

Me he pasado los dos últimos veranos leyendo los libros de memorias de Elias Canetti. Son tres obras (La lengua salvada, La antorcha al oído, Juego de ojos) publicadas en un volumen excelente por Galaxia Gutenberg. La traducción debió de ser un trabajo impresionante, muy laborioso, 1250 páginas; y un logro absoluto en el que colaboraron Juan José del Solar, Genoveva Dieterich y Andrés Sánchez Pascual.
He tardado en hablar aquí de ello porque no sabía cómo contar hasta qué punto me impresionó esta lectura. Una manera de explicarlo es que si quisiera ponerme negativo y buscarle faltas creo que no podría; si tuviera que eliminar frases o párrafos o páginas no sabría quitar nada, seguramente ni una coma. Yo creo que mientras lo leía hasta me debieron de dar microinfartos cerebrales, porque me quedaba sin respirar leyendo en ese estilo amplio, siempre claro pero complejo, esos recuerdos desde la infancia hasta los años treinta, que escribe con un dominio, una seguridad, una amplitud de perspectiva que a mí me daban escalofríos.

Un ejemplo, hablando de cuatro hermanas que tenían una pensión en Zürich. La mayor, la señorita Mina era pintora, pintora de flores
y las llamaba sus hijas. Había empezado haciendo ilustraciones para libros de botánica, conocía bien las particularidades de las flores y disfrutaba con la confianza de los botánicos que solicitaban su colaboración como ilustradora. (...) La señorita Mina veía en este quehacer algo solemne y sagrado, y una vez, en un momento de exaltación, me confió que era una vestal y por eso no se había casado, el que había consagrado su vida al arte debía renunciar a la dicha de las criaturas humanas comunes y corrientes.
La señorita Mina tenía un carácter pacífico y no hacía daño a nadie, eso le venía de las flores; no tenía una mala opinión de sí misma y deseaba que en su lápida grabaran una frase: «Era buena» (254-55).