Tenía media hora para llegar a la clase que tenía que dar, así que me lancé.
Y fui avanzando por pueblos feos como demonios, sin saber cuántos kilómetros quedaban y si mi proverbial puntualidad iba a sufrir un duro golpe.
Llegué al pueblo de San Miguel de Escalada: y lo crucé, asustado -y debería estar vacunado con el feísmo endémico gallego, pero ya se ve que no- de tanta fealdad de ladrillos sin enfoscar y tanto abandono.
Y al final del pueblo, encaré una curva que por suerte lo tapó. Una cuesta empinada me lanzó a la cuarta dimensión del misterio: en la ladera, escondido, un monasterio con un atrio de arcos mozárabes:
En la puerta la chica guardesa estaba a punto de cerrar, pero me dejó entrar un minuto.
Segundos para ver el prodigio:
Mi foto es tan mala que es hasta poética (buenas fotos aquí y también aquí y aquí con explicaciones).
Le pregunté a la fiera posteenager, ansiosa -supongo- por huir de aquella soledad, por el mejor camino a León.
Me animó a volver por la ruta feísta.
Y yo me fui por la otra, la peor asfaltada.
Y ya el salir por arriba tuvo premio instantáneo: vi la ventana con la columna.
Y la carretera era mala, pero el paisaje era para guardarlo en una caja y abrirlo en peores momentos: sol entre nubes a las seis de la tarde, por viñedos y encinas sueltas, entre campos verdes brillantes.
Y hasta los nombres de los pueblos acompañaban: Mellanzos, Santa Olaja de Eslonza, Villarmún, Palazuelo de Eslonza.
Pero el sortilegio se rompió al pasar Puente de Villarente.
Y casi al llegar a León uno de los nombres más feos que he visto en mi vida: Golpejar de la Sobarriba.
