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lunes, 18 de diciembre de 2006

CGAC

A la espera de las nuevas exposiciones, cierro un tema que había quedado en el aire. A finales de septiembre comentaba una visita al CGAC, de la que salí con una queja-reclamación sobre los problemas de distinguir lo que se podía o no tocar en una de las exposiciones.
A los pocos días me llegó una carta de Manuel Olveira, director del Museo, para gran sorpresa mía y cierto remordimiento, por hacerle perder el tiempo con mis quejas.
En la carta me señalaba que había indicaciones -yo no las vi- sobre cómo se podía (o no) usar o llevarse el material. Bien, asunto zanjado y mi agradecimiento por el detalle de la carta. La próxima vez me cuidaré más de escribir quejas, que en realidad son consideraciones sobre teoría del arte, a un Museo al que voy siempre con interés, aunque con sucesivas decepciones, pero no es problema del Museo, sino del arte contemporáneo e incluso de la realidad cultural en su conjunto.
La última visita fue este viernes. Había una proyección de vídeos y vi que uno era de Bill Viola y que lo ponían al principio.
Entré a la vez que una chica cuando faltaban dos minutos: éramos dos en la sala. Menos mal que luego apareció más gente; cuando me fui, serían unos quince, o eso es lo que le estaba diciendo una mujer a una de las chicas del Museo. Ambas lo consideraron como un buen número, aunque no veo indicio mejor de la valoración del arte contemporáneo que ese.
El primer vídeo, de Chris Burden, era de 1971, muy cutre: un tío le está disparando a otro con lo que parecía una pistola de balines y le acierta en un brazo: tal cual. Pura realidad. El otro se queja y acaba el vídeo.
Segundo (My father, 1973-1975): Una japonesa (Shigeko Kubota) llora ante una televisión. Al poco nos enteramos de que cuando murió su padre una amiga le dijo que hiciera un vídeo -lo va contando en plan cartelones del cine mudo, pero con letras tipo Zx Spectrum- y eso es lo que hizo. Vamos viendo a su padre en la cama, mientras ve el típico programa cutre de fin de año y luego a ella llorando delante del mismo programa, pero sabiendo que su padre ya ha muerto. También la calidad de la imagen era pésima, pero el vídeo no dejaba de tener fuerza, aunque había algo obsceno en todo ello.
Tercero: Vicente Blanco (2002). Valor galego emergente. Dibujos tipo manga / anime o como se llame, o quizá baste decir 'línea clara', tipo Tintín: en uno un tío en el interior de una casa / en el otro un tío muerto en la nieve. Lo único que lo convertía en vídeo es que los dibujos se alternaban y en uno de ellos (el de fuera) había copos que caían y acababan cubriendo al muerto; en el otro había lo que correspondería a 'planos cortos' de la habitación. Ahí se acababa todo: que cada uno construya su historia. Veo ahora en el programa que se titula 'Paisaje nevado': muy propio.
Cuarto: Bill Viola (1989): Angel's Gate. Son escenas que se van sucediendo: una res descuartizada, un parto, el propio Bill en la cama viendo la tele, un edificio derrumbándose. Me alegró ver una de alguien bajo el agua. Aunque he pasado de un entusiasmo inicial a una visión mucho más crítica, me sigue pareciendo de lo más interesante que hay actualmente.
Y con esto cumplí con mis deberes trimestrales con la realidad contemporánea en media hora.

martes, 7 de marzo de 2006

Viaje a Madrid (IIIa)

Al día siguiente por la tarde fui al Museo Reina Sofía, porque acababan de instalar un vídeo de Bill Viola en la exposición de fondos recientes de la Colección. Pasé indiferente ante Darío Urzay, Jaume Plensa, Miquel Barceló, Tàpies et alii. Entrada gratis por ser profesor; luego vi que ponía en ella 'profesor de arte', y me hizo mucha ilusión ser eso al menos en una entrada de museo.
La instalación de Bill Viola está en una sala a oscuras y consiste en un panel que gira en el centro sobre un eje; por un lado es un espejo y por otro una pantalla. En los extremos de la sala hay dos proyectores: las imágenes se proyectan en la pared, pero cuando el panel está en el centro se reflejan en él, y cuando lo que está de cara es el espejo la imagen se refleja en la pared de enfrente. Una voz repite: "The one who finds, the one who cries, the one who dies, the one who meets", y así un montón de tiempo con un montón de verbos. Las imágenes eran confusas: una cara (quizá la del propio Bill Viola) y escenas con fuego. El resultado era bastante hipnótico, aunque algo confuso. Un poco decepcionante, a falta de más datos.

Pasé por la cuesta de Moyano, a ver libros. ¡Y premio! Me encontré Casa propia, el libro de García-Máiquez que estoy leyendo en un ejemplar de la biblioteca de la Universidad. Ahora se me plantea el dilema moral de quedármelo o regalárselo a unos amigos que se casan dentro de unos días. ¿Vencerá mi egoísmo o se lo daré?
En el metro, observando a los que están sentados enfrente. Una imagen: un padre algo mayor, con ropa verde oscura y negra, junto a su hija bastante pequeña, de rosa y rojo. Si fuera fotógrafo esta escena me habría hecho famoso: era una variante de El viejo y la niña, con colores como los de una película de Zhimou. Pero lo que lo hacía única la escena era la ternura del padre y la confianza de la niña.

martes, 29 de noviembre de 2005

Y vuelta la burra al trigo

Otra vez Bill Viola.
He encontrado una excelente página web en el Getty sobre Bill Viola. Explicaciones de cada obra, fragmentos de vídeo: extraordinaria.
De ahí enlazo la serie Catherine's Room, que hizo a partir de un cuadro de Santa Catarina de Siena rezando, de Andrea di Bartolo (ca. 1393-94):
1.

2.

3.

4.

5.

miércoles, 9 de noviembre de 2005

Bill Viola

Five Angels for the Millenium (2001): la vi en el Guggenheim de Bilbao.



En la Facultad habían comprado un libro sobre él*, así que aproveché para leerlo. En un artículo de Elizabeth ten Grotenhuis** se estudia la influencia de la espiritualidad oriental en su obra: la autora le pega varios meneos al bueno de Bill, cuyo conocimiento de ese ámbito resulta ser de segunda mano, a través de dos escritores que vivieron y tuvieron éxito en Estados Unidos (D. T. Suzuki de Japón y Ananda Coomoraswamy de Sri Lanka) porque hacían un mix con la cultura oriental y explicaban con sencillez realidades complejas como el zen, que interpretaron a su modo. Según explica ten Grotenhuis, lo mismo les pasó a los autores del Expresionismo Abstracto.
Sobre san Juan de la Cruz esto es lo que decía el bueno de Bill en una entrevista en febrero en El país:
"En un proceso de la Inquisición le torturaron durante nueve meses y no respondió con odio, con ira, sino con poesía, que creaba en su mente, que hablaban sobre todo de la liberación, del sufrimiento, de poder volar al cielo y acercarse a Dios". Compara a los místicos con los artistas del siglo XX, que más allá de la academia sentían la necesidad de un arte sin censuras, mientras que los místicos buscaban una conexión directa independiente de la jerarquía eclesiástica.
El pobre confunde los términos: san Juan fue encarcelado por los carmelitas calzados, que le trataron con enorme dureza, pero no estuvo preso por la Inquisición. Y lo siento, querido Bill, pero se ve que sólo has leído los poemas y a Gerald Brennan y te has pasado por el forro todos los tratados de san Juan de la Cruz, porque tienes de él una idea cuando menos difusa (no es excusa que esté más o menos generalizada en el mundo académico, tan banal a veces).
Bien, lo bueno es que hace instalaciones de video interesantes; lo mejor es ver cómo se desarrolla la cultura también a partir de errores de comprensión. Ya, si hubiera un gran artista que además conociera a fondo la tradición previa (también la literaria), sería la repanocha.
Yo quise ver en alguna de sus instalaciones una representación del bautismo, pero ahora me conformo con mirarlas y no hacerme muchas preguntas.
*Townsend, Chris, The Art of Bill Viola, London, Thames & Hudson, 2004
**"Something Rich and Strange: Bill Viola's Uses of Asian Spirituality", p. 160-179