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lunes, 19 de abril de 2021

La vuelta a la patria

Yo descubrí un pelín de la añoranza de España las pocas veces que he estado cierto tiempo fuera, que nunca ha sido mucho. A mí me conmueve la actitud de los exiliados españoles, por ejemplo en las cartas entre Ramón Gaya, José Bergamín y María Zambrano, los amigos que se escriben.

Me parece especialmente emocionante lo que le dice Bergamín a Gaya contándole sus primeros días de vuelta, en 1959:

Todo el tiempo me parece poco «para sentir» este Madrid, esta España. No puedes figurarte lo que es, sin estar presente, sin vivirlo. Lo que es, sobre todo para nosotros después de veinte años. Yo tampoco me lo figuraba. Es una realidad que sobrepasa nuestros recuerdos, nuestras esperanzas, nuestros sueños. Tienes que venir. Estar aquí. Es «lo único que importa»- No puedo decirte por qué. Sólo sentirlo. Te escribiré más. Ahora solamente decirte que te recuerdo y muchísimo (83).

Le dice María Zambrano a Ramón Gaya el mismo año, desde Roma:

Esto ha sido atroz, atroz, atroz. Y mi situación sigue siendo mal, muy. Pero algo se arreglará. Y España, su idioma, su luz, su promesa se abre y nosotros somos algo en ella o de ella. Te doy un abrazo en esta alegría que tanta noche nos ha costado el atravesar. ¡Y aún! (103)

Y medio año después:

Cuando recibí la tarjeta de Segovia del 14 de abril - que llegó el 12 de mayo-, se me desbordó el alma y escribí a Pepe [Bergamín], y le decía que quiero ir al Madrid de mi alma; te lo digo a ti, sí: me ha nacido como una flor alta desde el fondo del corazón. No es deseo, ni nostalgia, sino amor, amor, amor. (145)

Gaya volvió por primera vez a España en 1960. María Zambrano, en 1984.

jueves, 15 de abril de 2021

La vocación de pintor

Carta de Ramón Gaya a María Zambrano. México, 22 de junio de 1949. 

En una cosa me siento cada vez más fuerte: mi pintura. Y cada vez me siento más comprometido. Es una alegría sentir que no somos libres. Sí, gracias a Dios, no tenemos esa monstruosidad vacía que se llama Libertad (28).

En la Nochebuena de 1958, en una tarjeta, ella le desea, entre otras cosas, 

la paciencia para padecer Tu obra bajo la luz y la sombra del Misterio que hoy se canta. 

Y termina así:

Ya sabes: Verbum caro factum est [bueno, pone carnum: los filósofos son de poco latín]. 

En María Zambrano-Ramón Gaya, Y así nos entendimos (Correspondencia 1949-1990), Pre-textos, Valencia, 2018, 28 y 81.


miércoles, 14 de abril de 2021

María Zambrano en sus cartas

He terminado de leer el libro de cartas entre María Zambrano y Ramón Gaya. Sobre él escribió una reseña preciosa Enrique García-Máiquez, a la que os remito.

Como volumen, es un librito editado con gran elegancia y finura, es como un breviario. El contenido  tiene mucho y bueno, la amistad en cartas entre ambos, rodeada de otras de amigos comunes que ayudan a dar contexto. 

He descubierto aquí a María Zambrano, que escribe por lo alto, pero con qué hondura a veces. Demasiado filósofa para mí, pero en estas cartas está más cercana. Por ejemplo a Gaya, que siente el desgarro de una soledad estando con su hija, a la que llevaba muchos años sin ver, que le había dicho: «cuando se fue me dejó muchísimo más solo de lo que he podido estar quizá nunca» (70), le contesta:

Pero estas extremas situaciones y sentires, no lo tomes como consuelo, purifican; es lo que más purifica, y por tanto fortifica. De la verdad vivimos, sobre todo cuando nos han quitado la realidad (74).

Y continúa con unas afirmaciones que son como hondas, pero muy peculiares:

He visto algunas cosas claras en este tiempo. Por ejemplo: que los italianos se pierden en la belleza o en la práctica -los romanos esto último sobre todo-. Que los griegos no se perdieron en la belleza y, sin embargo, sólo el amor los salvaba. Que los italianos no se pierden jamás en el amor y por él se han salvado: Dante, sus Santos: Francisco, Catalina y otros menores.

Que las gentes del Norte se pierden en el amor; que el Amor es perdición que arrastra en la Mitología del Mediterráneo del Norte -Tristán e Isolda- y salva en la del Mediterráneo sin más.

¿Dónde nos perderemos los del Mediterráneo? En la belleza a veces; en lo práctico, otras. En la nada, los españoles; esa tentadora. Y en el matar: el amor, la vida, el tiempo. Al prójimo, "sin más, a uno mismo".*

*Si un español no mata, cree que no existe. Sólo pocos se salvan y no por amor. Pues que el amor mata (75).

A mí este tipo de afirmaciones, tan intuitivas, tan infalsables, seguramente en otro creo que hasta me disgustarían. En cambio las leo aquí y me pasmo ante María Zambrano, porque hay verdad ahí.

viernes, 23 de marzo de 2018

Sobre el perejil, otra vez

Ya hace tiempo me fijé en las referencias que Juan Ramón hacía al perejil como premio a los espartanos (luego, pasados los años, ese era el único premio que querría).

Ahora recupero otro detalle, mínimo, pero bonito, de Ramón Gaya, en las Cartas a sus amigos:
[Con ocasión de un centenario de Mozart] me fui a comprar una postal de uno de esos retratos dudosos o falsos (qué importa, mientras que yo sepa que es él), y le puse laurel y, claro, perejil –que según J. R. es lo que ponían a los héroes en Grecia- (444).
Y otra vez pongo esta portada, que, se me ocurre ahora, podría ser la mejor de la historia de la edición en España, con dibujo de perejil a cargo del propio Gaya:


De dónde sacaría Juan Ramón la referencia, sigo sin saberlo. Me imagino que sería de algún libro divulgativo.
Hace unos meses me encontré, buscando otra cosa, este texto, nada menos que en los escolios (=anotaciones escritas al margen de un manuscrito) que hizo un tal Elías a los Discursos de san Gregorio Nacianceno (PG 36, 862, F 50r), esto:
La corona de acebuche (el olivo silvestre), se daba en Olimpia y las manzanas se daban en los Juegos Píticos que organizaban los de Delfos a Apolo. La piña era el premio en los Ístmicos, esos Juegos Ístmicos que hacían a Posidón los corintios en el Istmo; más tarde se daba perejil en esos mismos del Istmo de Corinto; el perejil como premio se daba en los nemeos (los Juegos Nemeos los hacían los nemeatas a Heracles en Nemea de Argólide) - Son así el acebuche, las manzanas, la piña y el perejil.





Sigo igual que entonces, pero bueno, me gusta dar vueltas en torno al perejil.

lunes, 26 de febrero de 2018

Francia y España, Simone Weil y Bloy en Gaya

Acabo aquí con las cosas que marqué en las Cartas a sus amigos de Gaya. En este caso el hilo común es Francia:
En una carta a Salvador Moreno, sobre una foto de Simone Weil que le había mandado, le dice:
(ya está clavada en mi cuarto de Cuernavaca, junto a Pastora [Imperio] y cerca de la crucecita que pintaste); la mirada es estupenda, claro, y desde luego no la encuentro nada fea (por lo menos como me habían dicho) aunque le da un aire a Carmela. Por cierto que empecé estos días una cosa sobre ella, o mejor, sobre alguna de sus iluminaciones geniales (222).
En esta carta a Juan Gil-Albert dice algo seguramente discutible hasta el infinito, pero interesante:
Lo que te fascina, por lo visto, de Francia (...) es su posibilidad de reflexión, que los españoles, desde luego, no tenemos. Esa condición reflexiva, tan distante de nosotros, se te presenta con un prestigio y consistencia de pensamiento, como si fuera pensamiento, pero no es así. La reflexión es una cosa que se hace –siempre de manera un tanto forzada- y el pensamiento es una cosa que se vive –cuando se tiene-, sin necesidad de reflexionarlo, sino de sentirlo y vivirlo.
Los franceses tienen, en efecto, reflexión, pero no tienen pensamiento (...); en cambio eso que tú, confundido, llamas “conocimiento de la vida” en La Celestina, en El Quijote, es, exactamente, el pensamiento verdadero. Es cierto que en lo español se parte muchas veces, siempre, si tú quieres, de “tradición tomada como premisa”, de “dogma como punto de apoyo”, pero de todas esas prisiones se parte –revisa a Quevedo, a Velázquez, a Cervantes, a san Juan, a Fray Luis- siempre hacia una libertad suprema (384-5).
Lo último que recojo me sirve para relacionar a Gaya con Bloy. Es una carta, que merecería citarse entera, a Fernando Rodríguez Miaja, al que pide ayuda económica para seguir pintando, aunque más que pedir lo que hace, con infinita elegancia y autoridad, es concederle la posibilidad de que le financie un año entero en Europa para dedicarlo a pintar  En cualquier otro caso podríamos hablar de caradura, pero ni Bloy ni Gaya lo son cuando exigen de sus amigos dinero: es una oferta que estos no pueden rechazar, sabedores del regalo que supone. Ambos tienen una conciencia suprema de su vocación y del don que supone, por lo cual es lo más natural que los demás les ayuden:
Contesta, por favor, a vuelta de correo, o por telegrama si es posible, diciéndome que sí aceptas, ya que necesito con urgencia saber a qué atenerme. No me falles (607).
En una nota a pie los editores recogen la contestación de Rodríguez Miaja: “Cuenta con mi ayuda durante seis meses”.

viernes, 23 de febrero de 2018

Ramón Gaya sobre Cristo y el catolicismo

En una carta a Antonio Sánchez Barbudo, en la que están discutiendo amigablemente y con su punto de broma sobre catolicismo y protestantismo dice, después de explicarle que no se considera católico en sentido de pertenecer a un grupo:
Me repugna, eso sí, el Protestantismo por su mezquindad, por su regateo, por su falsedad, por su perfección –todo lo que es perfecto es que es falso-, por su puritanismo, en suma (los puritanos me repugnan todos y en todas sus medidas; creo, realmente, que es lo más traidor que hay en el hombre), y, entrando en otro terreno, me repugna también la cobardía de lo que sucede en la Misa Protestante (como seguramente sabes, en la Misa Protestante no están ni el cuerpo ni la sangre de Cristo propiamente, sino sus representaciones, sus símbolos, sus metáforas, mientras que en la Misa Católica no hay metáforas, sino cuerpo y sangre verdaderos; desde fuera de la fe quizá parezca más sensata la precaución protestante, porque así es seguro que no se engaña a nadie, puesto que lo que se maneja son convenciones nada más, pero desde la Fe resulta muy pobre, muy rebajado, completamente vacío (390-1).
El texto que más me impresionó de todo el libro de Cartas a sus amigos es este, que no sé si llego a entender de verdad, pero que me parece profundo:
[Habla sobre san Francisco de Asís] Seguí pensando en Il poverello, y lo veo muy diferente a Cristo, en nada parecido, aunque obedezca a Cristo. El único que encuentro parecido (igual, si fuese Divino como el Cristo, pero, claro, no lo es, y por eso tuvo que enloquecer) es Nietzsche, El Soberbio. Y una prueba –aunque yo no necesito de esas cosas- de la Divinidad de Cristo la veo en eso, que no enloqueció como su hermano Nietzsche (589).


jueves, 22 de febrero de 2018

Ramón Gaya sobre arte

En las Cartas a sus amigos hay muchas referencias al arte, como es lógico. Yo sólo me apunte algún detalle. En las tres primeras escribe a Tomás Segovia sobre visitas al Louvre y la última es para Juan Gil-Albert:

Un Rubens (su mujer con sus hijos) que sin duda se trata de un verdadero milagro, sin más, y por tanto de nada nos sirve lamentarnos de su barroquismo, de su exceso, de su mal gusto sobrante: los milagros son como son. (235)
Los impresionistas, como ya venía sospechando, son eso que se llama un fenómeno interesante, una empresa interesante, pero un tanto ... vana. Sisley es, desde luego, el mejor –quizá gracias a su pasado inglés-, con Constable y Turner a la espalda. (237)
He visto en el Louvre un trozo original del Partenón que me dejó tieso; cuando uno ve piezas así, deja de repente de entender de arte (238).
[Sobre una visita a Manzù] De temperamento, de naturaleza somos muy distintos, aunque coincidimos en una especie de actitud (frente al arte moderno), y en pertenecer, uno y otro, a esa línea que yo llamo del sentimiento, para diferenciarla de la otra, más llevada hoy, de la expresividad (524).

miércoles, 21 de febrero de 2018

Lo prometido es deuda

Yo me leí las Cartas a sus amigos de Ramón Gaya en agosto de 2016. Hablé de ello aquí. Al final prometía recoger algunas de las cosas que me había anotado. Cogí el libro, lo puse en la estantería y ahí se quedó hasta que lo vi este fin de semana. Os voy a ir poniendo algunas, empezando por esta de agradecimiento a un amigo:
[A Tomás Segovia] En cuanto a lo ocioso que te parece decirme que siempre te sorprende mi comprensión, no creas que es tan ocioso, pues toda mi vida he sido castigado –por parte de las pocas personas que creían algo en mí o me conocían más a fondo- de ese desdichado aforismo, de que por sabido se calla; no, hijo, no, ahora sobre todo, que no me conoce nadie, necesito de vez en cuando oír ciertos elogios, siempre que no sean exagerados (357).
Estas dos tienen que ver con Galicia:
[En una postal de la fachada de la Catedral a Luis Cernuda 10.09.1933] Saludos desde este Santiago de cuatro horas. Lo encuentro algo angustioso aunque bellísimo, no sé, quizá la precipitación del viaje influya más de lo que yo suponía (171).
[A Tomás Segovia sobre Caxías, cerca de Lisboa, donde vivía su hija, en la desembocadura del Tajo] Es algo muy español, algo como una ría gallega cruzada con un pueblo gaditano, Cádiz y Lugo mezclados, si es que puedes imaginar algo con estos datos (287).

miércoles, 30 de agosto de 2017

Al final del viaje de vuelta

Quizá, puestos a empezar realmente por el final, tendría que haber contado ayer que al final del viaje de vuelta, en el avión a Santiago, terminé La felicidad de los pececillos, de Simón Leys. Como me estaba gustando mucho su Breviario de saberes inútiles, me había llevado los dos libros a Jerusalén, aunque el otro es muy breve y por eso lo terminé primero. Explicaciones prolijas e innecesarias, ya lo sé; y sin ningún interés: que al menos me sirven para resaltar a Simon Leys: es un gran escritor, me cae muy bien y noto repetidamente una enorme sintonía con todo lo que escribe, sean ensayos largos o artículos breves. En uno habla del cuento que Chejov prefería de los suyos, El estudiante.

Leedlo aquí, es muy breve.

Cuenta Leys que Harold Bloom no entendía esa predilección de Chejov, que le parecía «irracional». Yo creo que a Bloom le cuadra bien esa definición de Ramón Gaya que cita tanto A. T., de los críticos, eso de que «entienden de lo que no comprenden». Le pasa lo mismo con Flannery O'Connor: le estoy muy agradecido por haber contribuido enormemente a que fuera reconocida en el canon norteamericano moderno, pero lees lo que escribe de ella y notas una incomprensión radical, como le pasa con este cuento de Chejov.

A mí me emocionó leerlo, era como un resumen de estas tres semanas en Jerusalén: la alegría de haber tocado esa cadena de la que habla al estar en los sitios donde estuvo el Señor. Yo leía los textos evangélicos allí y era como leerlos de nuevo, como la primera vez. Bueno, eso siempre pasa con ellos, pero quizá todavía un poquito más. Además, creo que conseguí librarme de lupas filológicas y preocupaciones arqueológicas allí. Y qué alegría:
Una súbita alegría agitó su alma, e incluso tuvo que pararse para recobrar el aliento. “El pasado -pensó- y el presente están unidos por una cadena ininterrumpida de acontecimientos que surgen unos de otros”. Y le pareció que acababa de ver los dos extremos de esa cadena: al tocar uno de ellos, vibraba el otro.

Luego, cruzó el río en una balsa y después, al subir la colina, contempló su aldea natal y el poniente, donde en la raya del ocaso brillaba una luz púrpura y fría. Entonces pensó que la verdad y la belleza que habían orientado la vida humana en el huerto y en el palacio del sumo pontífice, habían continuado sin interrupción hasta el tiempo presente y siempre constituirían lo más importante de la vida humana y de toda la tierra. Un sentimiento de juventud, de salud, de fuerza (sólo tenía veintidós años), y una inefable y dulce esperanza de felicidad, de una misteriosa y desconocida felicidad, se apoderaron poco a poco de él, y la vida le pareció admirable, encantadora, llena de un elevado sentido.

jueves, 24 de noviembre de 2016

Memorias de un güelfo desterrado

Lo único que me preocupó del texto que escribió hace dos días Cavalcanti sobre este blog, que tanto me gustó, fue pensar que yo tenía previsto hablar de su último libro hoy (es la presentación hoy en Sevilla): no querría que parezca que esto es una competición de bombos mutuos (por otro lado, ni él ni yo somos el Babelia). Tampoco me voy a poner a rebajar los elogios que quería hacerle por dar una «impresión de objetividad» basada en el distanciamiento: el hecho es que su libro me parece muy bueno; lo he disfrutado un montón y me alegra muchísimo que le haya salido tan bien.

Dicho lo cual, pasemos a la portada



Es una foto muy chula del castillo de Úrbel y yo me atribuyo el mérito (presunto), porque él en un viaje pasó por allí pensando (erróneamente) que yo le había animado a que lo visitara. El hecho es que yo no he estado nunca en ese sitio, aunque ahora sí que quiero ir, viendo la elegancia y altura que tiene. Además, a mí me recuerda lo de Lutero (con perdón): Ein feste Burg ist unser Gott.

El libro es de estructura similar a los otros dos de la trilogía (XXI Güelfos y Teología güelfa), pero en este caso es más memorialístico: quien nos habla nos explica que está aquí incómodo, aunque por suerte acompañado. Sus anclajes están en el recuerdo de su padre y su hermano, en su madre, sus hijos, su mujer. Nos explica de su vida diaria en un mundo extraño, el del desterrado, en el que ve que su salida es la de crear un «monasterio familiar» como abrigo de los vendavales de una realidad que parece que ya se fue al garete, si se ve con unos ojos tan escrutadores y tan dotados para la indagación filosófica como los del autor, que por suerte tiene un asidero mejor arriba.

A mí lo memorialístico me gusta mucho y si es de un amigo, más, porque hemos tenido pocas ocasiones de hablar, aunque siempre muy jugosas: en el aeropuerto de Barcelona básicamente (parecemos espías). Por eso leer un párrafo como este sobre la casa de su abuela me impresiona y me divierte a la vez:
En aquellas interminables tardes infantiles de sábado, que me enseñaron el ritmo exacto del aburrimiento, me escondía solo en el mirador que daba a la calle de Velázquez y repasaba con los dedos los lomos de los libros arrinconados de Chesterton y de Balmes que mi tío había leído una y otra vez apasionadamente.
Mientras, por aquel enorme piso mi tía daba voces preguntándose dónde me había metido, sintetizadas en una frase final de impotencia: «¡Este muchacho está tan loco como su padre!». Como él, me refugiaba y me protegía de una bondad clausurada en los recuerdos de otra época. (19)
Justamente el retrato que hace de su padre es de lo más conmovedor del libro: un hombre bueno, de los «difíciles». como su hijo. Yo me acordé de aquellos de la generación del 27 que quedaron más arrinconados, como Ramón Gaya, que pagan el no amoldarse con la preterición, esos que han llamado «la generación de los difíciles», frente a los «de la amistad», tan jaleados. El autor de este libro tiene cualidades para aparecer en la portada de Babelia, pero no. Y él y yo sabemos que es mejor, porque si el mundo funcionara así, no sería el mundo que conocemos. Yo (no, no, no soy Babelia) le voy a hacer un elogio de los gordos, gordos a este respecto: en ese capítulo sobre su padre y en el de su hermano, el versículo final de Tobías (18) y el de Esaú (22) que cita son mucho más emocionantes, intensos y profundos que si se hubieran leído sin más. No es que haya superado la Escritura, es que nos ayuda a leerla con más profundidad.

Poco después cita unos versos suyos de juventud (27):
Tengo por ciertas pocas cosas,
las maneras tal vez, y la distancia
Y qué bien se retrata ahí. La distancia le permite ahondar y acertar en lo que otros no ven: el capítulo que dedica a Bob Dylan es anterior e indiferente al Nobel, pero da la clave en la evolución de la crítica literaria que hizo posible que se lo dieran. No es casualidad, son muchos años de estudio y lectura de literatura, teoría de la literaria (eso sí que tiene mérito, madre mía) y ahora cada vez más filosofía pura y dura. Ha asistido a la muerte de la literatura y nos lo cuenta.

Hay muchas otras cosas en el libro: el diagnóstico de la admiración por lo británico en lo superficial o en lo mejor (Campion), una crónica descacharrante sobre unas jornadas «pedagógicas», un comentario fascinante al estudio de Recalcati sobre Ulises y Telémaco,

Y yo voy a redondear esto, a propósito de su comentario al texto maravilloso de JRJ en Platero sobre el autor llamado loco por los niños de Moguer, con un envío al texto en paralelo de san Juan de Ávila.

viernes, 21 de octubre de 2016

Ramón Gaya sobre el reconocimiento

En una carta de 1951 desde Cuernavaca, se hace eco de una reacción parece que fría de Octavio Paz a El silencio del arte, un ensayo que acababa de publicar:
Ya sabes que no soy nada débil y que tengo una seguridad (fundada o infundada, eso no viene al caso) que me permite ir tirando sin mucha desesperación, pero la verdad es que se cansa uno de sostenerse solo, y desde dentro siempre. Ya sabes que no soy dado al éxito, al gran banquete del éxito, pero parecen estar empeñados en negarme hasta el pan, el alimento necesario, mínimo, verdadero. Quizá ese alimento es difícil y lo que yo creo modesto sea el premio máximo; posiblemente el gran banquetazo sea más fácil de conseguir. Bueno, también en esto esperaremos; pero que no tarden mucho porque no se trata, te lo aseguro, de vanidad alguna, sino de ... respiración. En España (Julián Calvo lo envió a varias personas) tampoco han dicho nada.
(Ramón Gaya, Cartas a sus amigos, 213-14)

lunes, 3 de octubre de 2016

Viena 6 (Ramón Gaya)



Al lado de la Residencia teníamos el parque de la Guarnición Turca (Türkenschanzpark), abierto en 1888 para conmemorar los 200 años del asedio último a Viena, justo en el sitio donde acamparon los malos (y en lo que ahora son alturas residenciales de la ciudad).



Es un parque a la inglesa, aunque pequeño para tener grandes praderas, con sus espacios a la romántica (grutas, estanques en fondos escénicos) y luego cada cierto tiempo el sonido amortiguado de un tren que pasaba por debajo y salía en medio del parque en una abertura central hundida.

Los árboles eran majestuosos, los prados serenos. Yo me sentaba en alguno de los bancos y leía tan ricamente.

Allí disfruté de las Cartas a sus amigos de Ramón Gaya. Para qué quiero yo novelas, cuando en ese libro, tan bien editado, se me presentaba la vida de ese pintor en comunicación verdadera (cómo impresiona lo sincero que es con sus corresponsales) con unos pocos.
Toda la primera parte la vas leyendo con admiración creciente ante una vocación tan verdadera y tan total a la pintura y un gusto tan firme y tan fino respecto a la tradición artística, hasta que caes en la cuenta que es un chaval de 18 años el que está escribiendo esas primeras cartas. Y poniéndose a la altura de los grandes de los años veinte y treinta, con la autoridad de quien es hondo.
Pasa la guerra, llega la muerte de su mujer (se habían casado en febrero de 1936; en una carta a Juan Guerrero Ruiz le pide ayuda para liquidar unos asuntos y conseguir algo de dinero y le dice: «Hágalo posible. Le prometo no volverme a casar: es para siempre» (193). Pero en marzo de 1939 ella muere en un bombardeo en la frontera francesa, camino del exilio. De allí va a Méjico: aturdido por el dolor, privado de la pintura que amaba, asido a unos pocos amigos. Y vienen las mejores partes del epistolario: su vuelta a Europa, sus comentarios de arte, las impresiones de París, Venecia, Florencia, Roma, la vuelta a España.
Yo lo leía mientras iba visitando por las mañanas el KHM, viendo a Bellini, Tintoretto, Tiziano y leyéndole hablar de los venecianos. Soy un suertudo.



El hecho es que las cartas acaban en 1978 y te quedas como huérfano: empieza otra época de su vida, en la que sus amigos los tiene al lado y ya no hacen falta cartas. Para ese tiempo tendría que haber un «Ramón Gaya de viva voz», que podrían hacer los amigos a base de los recuerdos que conserven de él. De hecho, justo a partir de ahí es cuando empieza a tener amigos más a la altura de su categoría artística y con los que pudo compartir sus ideas, intenciones, sus finísimas críticas de arte. Varios han escrito artículos, pero podrían publicar sus recuerdos más en detalle.
Yo lo que voy a hacer ahora es recomenzar sus Obras completas. Y os voy a ir poniendo los próximos días algunas de las cosas que me apunté del libro.





martes, 26 de enero de 2016

Un Museo bueno y barato

Ayer me dejé muchas cosas por comentar sobre Seré duda, por ejemplo el relato descacharrante de la vista al MUSAC de León o el del delirante Fernando Arrabal embadurnando un ejemplar de una traducción de una Historia de la literatura latina de un benemérito alemán como forma chusca de firmar al final de una comida en un pueblo manchego.

Pero lo que quería recoger aquí es algo que dice de pasada (152-3) y que sería una propuesta excelente. Que el Reina Sofía venda un Rothko o un Twombly y con ese dinero podríamos hacer (Santiago de Compostela sería un buen sitio: venderíamos toda la colección del CGAC también para contribuir) una selección bien apañada de pintura, empezando por Álvarez de Sotomayor (el relato empieza cuando AT se encuentra un montón de tarjetas de visita suyas en el Rastro) y con los siguientes pintores:

Obras asequibles de precio de Rosales, Sorolla, Beruete, Regoyos, Solana o Nonell.

Y también Ricardo Baroja, Eduardo Vicente, Bonafé y Gaya.

Y de los de ahora: Carmen Laffón, Julio López, Grau Santos, Pedro Serna.

O entre los más jóvenes: Alix, Galano, Pagola, Damián Flores.

Me parece de perlas. Yo no tengo necesidad de hacer rezos en altares del nihilismo, ante "imágenes" de Rothko (ni siquiera en la «capilla» de Dallas) ni desquiciarme ante Twombly. Y me vería muy a gusto teniendo, por ejemplo en Santiago, un Museo así, para visitarlo las tardes de domingo lluviosas.


lunes, 25 de enero de 2016

Seré duda de Andrés Trapiello

Este último volumen de sus Diarios o Novela en marcha o Spp o Salón de Pasos Perdidos o baciyelmo ha sido una delicia leerlo, aunque creo que me ha podido la ansiedad. He ido devorando las hojas (qué alegría volver a un volumen de más de 700 páginas - y que se vayan a espigar JG y JLGM) y se me ha acabado demasiado pronto. Ha sido un puro dejarse llevar, de felicidad en felicidad. Incluso la muerte de Gaya (también, en su órbita, la de Victoria de los Ángeles), tiene al final un aire de serenidad, un carácter de continuará que hace que tampoco sea triste.
A mí me gustan mucho los prólogos de AT: aquí hay seis.
Me gusta que el libro empiece y acabe en Las Viñas, me gusta volver a oír hablar a Manuel. También leer otra vez la burla del «y no escribió más nada» y reírme todas las veces que lo dice. O encontrar aquí, varios volúmenes después, a Gimferrer, gran personaje de comedia. O que aparezca el que leía El Progreso de Lugo. Sale mucho el Rastro y es especialmente gracioso esta vez todo lo que cuenta de allí, como de los bibliófilos: esos mundos de los coleccionistas, tan curiosos para los que no somos urraquistas en eso.
Hay unas páginas especialmente emocionantes sobre unas pruebas médicas, pero este volumen es una gran comedia y tiene que acabar bien. Sabemos que no siempre es así, que seguramente no durará esa felicidad para siempre, pero nos alegramos de que en ese 2005 aquello no pasase de un susto. Es muy emocionante también un momento junto a la tumba de JRJ y Zenobia, tan íntimo.

Y la sátira, como debe ser: parcere subiectis et debellare superbos, parcialidad con los sometidos y debelar a los soberbios. Eso ha sido históricamente lo más criticado de estos Diarios. En este volumen, tan cervantino, hasta G. y M. se lo critican «homodiegéticamente». Él, franciscanamente, se da golpes de pecho, pero, mientras, va haciendo alardes malabares con las siglas, X, W, Wz o todo a la vez y de despejar o no las incógnitas. A mí siempre me pareció una crítica muy saludable la que hacía AT. Ahora soy capaz de despejar muchas de las X: cuando se trata de «debelar soberbios», bueno es. No estoy de acuerdo con todo, por ejemplo en este Diario lo que dice de Juan Pablo II es muy corto de miras, pero ese es un problema de su «cosmovisión», no de poner o no X. Luego, hay unas páginas sobre un Congreso de Cervantistas en la Autónoma de Madrid que son supremas y descacharrantes. Con unas cuantas así, quizá empezásemos a hacer algo serio en esos tenderetes universitarios.

Es un libro especialmente cervantino y tiene un montón de capas: el diario original de 2005, el libro de 2015, las anotaciones de 2015 a la «transcripción» de ese diario, las menciones al blog de 2015, la preparación de un programa de Esta es mi tierra, que yo vi hace años, pero que en el libro de 2015 aparece en sus preparativos: todo se acaba confundiendo en un batiburrillo brillante. No me extraña que la PMD (o CMD) se subleve con AT, que se lo pone tan difícil en ese juego supremo entre realidad y ficción. Así no hay quien haga un artículo apañado para una revista hispánica guiri.

De los relatos de viajes, dos cumbres, Marruecos y Rumanía. Luego los que hace por la piel de toro con sus «bolos», preguntando a todo el mundo, como Cervantes, su novela, también están muy bien.

Los paisajes tal como los describe siguen siendo muy hermosos. Este de León en Navidades (706):
Nos levantamos temprano. Subimos por la ribera del Torío hasta Pontedo, y cruzamos luego por la collada de Valdeteja, para bajar por la ribera del Curueño. los árboles sin hojas, robles, chopos, negrillos, hayas, los prados verdes sin ánimo y el humo de las cocinas sin pujos. He ahí todo el paisaje, con el río a un lado siempre, un río con aguas tan frías que bajan mercuriales y duras. Aguas de color negro, pero muy limpias, de la pura nieve de la montaña. La helada de la noche había dejado los prados y montes todo blancos y el sol del mediodía no se veía capaz de devolverles la vida. Las vacas que pacían en los prados apenas podían encontrar otra cosa que no fueran cristales de hielo. Se calentaban el morro con su propio aliento. En algunos ventisqueros y cunetas quedaba nieve de una nevada reciente.
Y una palabra que me apropio: «catastrofear», que es ponerse a hablar con otro sobre lo mal que va todo. Otra parecida, «hipocritear»: conversar haciendo como que uno no se ha dado cuenta de algo que todos saben que sabe.

Y ahora, dejar pasar unos meses para volver a leerlo otra vez.

jueves, 7 de enero de 2016

Mis Reyes 2016

Yo les pedí una gorra, libros de brutalismo y el último volumen de los Diarios de AT.

Pues bien, superaron todas mis expectativas: la gorra era muy chula, nada que ver con las que lleva nuestro alcalde de Podemos-Mareas para tapar la calva.

Los libros de brutalismo fueron brutales, tanto Brutalism como sobre todo Space, Hope and Brutalism, que resultó pesar dos kilos lo menos, en una excelente conjunción de fondo y forma:



Y Seré duda.



Para que mi alborozo fuera total, vuelve a tener 700 páginas y resulta que aparece con cinco prólogos lo menos (además de esas primeras páginas que adelantó y que ya os puse aquí, el inicio de año en Las Viñas): ya los he leído (AT es un excelentísimo autor de prólogos) y estoy feliz de lo que me han gustado y de lo que me espera.
Hasta la portada, que me había dejado un poco perplejo, al saber que era uno de los últimos dibujos de Ramón Gaya me conmueve ahora. De todos modos, mirad qué otras portadas grandiosas pudo tener:



lunes, 2 de septiembre de 2013

El patio herreriano

Antes de cantar por largo las alabanzas de Valladolid, mejor es quitarnos de encima la colección de bodrios contemporáneos con pedigree pagados (y con desgravaciones: buenos son) por empresas (asesoradas' por la intelligentsia del arte) que han recalado en el patio principal de san Benito.
Lo mejor es eso, el patio, de grandísima elegancia. Pero nuestros modernos contemporáneos, que no descansan, han puesto en medio una estatua sedente de nuestros reyes, del doble del tamaño natural por lo menos, del inefable López. Frente a la proporción y la finura, el gigantismo bruto:



Me vi el museo en un rato, por contarlo aquí. Solo una cosa valía, el retrato de José Bergamín de Ramón Gaya:


Qué intensidad con qué poco.

lunes, 1 de julio de 2013

Miseria y companía de Andrés Trapiello


Se me hizo tan larga la espera de este volumen de los Diarios, que ya hasta desesperaba de que me fuese a seguir gustando. Incluso me leí Ayer no más, el principal causante del retraso, pero no: es como con Cervantes, que nos quería amigos de su Galatea, pero preferimos a su pesar el Quijote.

Así que cuando salió Miseria y compañía ni corrí a conseguirlo; cuando lo tuve, no lo empecé de golpe. Era miedo de que en estos cambios de gusto literario que he pasado en los últimos años, hasta estos Diarios empezasen a aburrirme. Y por tardar, hasta he tardado en escribir esto, pero por miedo de no saber explicar la alegría tan grande que me dio que al final me gustase tanto.

Disfruté mucho especialmente de las cien primeras páginas, empezando por el prólogo, que termina y se nos abre en una abismación en nosotros, lectores, leyéndole.

Me dio la impresión de que el color que domina es el negro, pero en absoluto un negro de tristeza. Es el color de los grabados, de las líneas claras, de la tinta china. Un ejemplo os pongo, justo a continuación del ruido de escopeta en enero que tanta alegría me da leer al principio de estos Diarios:
Los árboles parecían impresos en el aire como los aguafuertes, con su tinta más negra, y el camino con grises y azules. No había color que no fuese un gris, azul grisáceo, amarillo grisáceo, verde grisáceo. En el horizonte, por el oeste, quedaba un tenue resplandor dorado, y en lo alto, por ese lado, una estrella que destellaba y a la que seguramente nombré con el nombre equivocado (34).
O esto:
Estaba Múnich, desde el aire, en el momento de aterrizar, como los campos nevados de Brueghel, quiero decir, que los blancos parecían negros y los negros parecían blancos, sobre todo en las quimas desnudas de los árboles, tan dibujadas sobre el aire gris (68).
Y cuando no, aparece un azul fuerte o un amarillo como este:
Hacía un sol radiante, en absoluto hacía frío, y los olivares estaban cubiertos de hierba y de flores como ningún año. Millones de florecillas amarillas que los cubren como un manto, las llamadas aquí pan y quesillo, y unas como margaritas de pétalos igualmente amarillos que se conocen como giraldas, porque son de las que siguen con la cabeza al sol (19).
Me pareció que el gran tema de este volumen es el de la preparación para la ancianidad. Tres modelos ayudan a adentrarse por ese camino áspero: Ramón Gaya, sobre todo, pero también Muñoz Rojas y Sánchez Ferlosio. El relato del encuentro con Gaya lo leí con enorme emoción. Es una de las cosas más bonitas que ha escrito AT.

Y luego el viaje que hacen todos siguiendo a Palladio es de las páginas más felices -por tono y por alegría- de todos estos Diarios. Yo lo disfruté tanto, tanto, tanto. Y eso que no había imágenes: era como me contaran a mí, recién ciego -apoyado en recuerdos de fotos de imágenes vistas en libros- el prodigio de aquellas villas que fue haciendo Palladio por Vicenza. Es el viaje que a mí me gustaría hacer. Hacerlo, incluso vicariamente, fue una alegría muy grande.

Si fuese profesor de teoría de la literatura (no, por Dios) comentaría aquí algo que se me ocurrió hace poco: que estos Diarios son como las buenas series de televisión. El tono -la cinematografía- está ya logrado y es lo que da la unidad al conjunto. A diferencia de las novelas/películas hay espacio de sobra para mostrar a los personajes sin prisas. Tampoco importa ni la novedad ni los golpes de efecto ni los giros dramáticos. Lo que queremos es caminar por ese paisaje familiar, escuchar lo que el narrador nos quiere contar, ver cómo evolucionan los personajes, a los que les hemos cogido cariño (aunque duela ver a M. corriendo a manifestarse el 12M a la calle Génova o den ganas de gritarles a R. y G. que ir a afiliarse al PSOE del tipejo de entonces es una gran tontería), y de los que disfrutamos hasta de los flashback, por ejemplo este con paralelos sorprendentes:
Me acordé de las manos de R. cuando era un niño de tres o cuatro años. Las dejaba sobre el embozo, y parecían, en efecto, dos mazapanes de Toledo. Creo que lo que Tirso [de Molina] ve muy bien es esa parte comestible que nos arranca las efusiones sentimentales, de donde nació ese «comer a besos» que decimos de aquellas personas a las que nos parece insuficiente querer solo, necesitando la antropofagia. Y lo mismo diríamos de Cristo, salvadas también las distancias, queriendo darse él como manjar (36).
Digo que no querría ser profesor de teoría de la literatura porque entonces no leería estos Diarios. Un profesor de Teoría de la Literatura que los leyera (un oxímoron) seguramente se vería retratado en el tipo de lector de este fino apunte:
A un filósofo convencional y académico como X le preocupará un problema, al que dedicará años de estudio. Al creador le preocuparán los pliegues del problema, que es donde nace sin problemas la vida. La hierba nace en las llagas, no nace de las losas de granito, sino en el espacio que hay entre ellas. Y así, cuando vemos que a los filósofos les interesan tales o cuales escritores u obras, Bartleby o Baudelaire, como a X., no les interesa tanto la poesía o la literatura, como aquello que les permita pensar un problema, en este caso la modernidad como problema, y dentro de la modernidad la imposibilidad de escribir. Si les interesara la poesía se dedicarían a hablar de Homero, de Shakespeare, de Cervantes o de Leopardi, pero no (87).
[Lo de los asteriscos me parece un error colosal. Da pudor decirlo: hay que quitarlos, eso de poner «l*s amig*s» no tiene un pase. Las feministas en esto del lenguaje simplemente deliran.]

miércoles, 24 de octubre de 2012

Melancólica visita a El Prado (1 de 2)

Iba relamiéndome ante la mañana que esperaba pasar en El Prado. Y llegué a las diez y ya había cola (que cobren 30 euros la entrada, pensé, y que sigan dejándome a mí entrar gratis: sí, ahí se notan mis pulsiones dictatoriales, que tanto intento tapar aquí).
Y entré -error- por la puerta de Jerónimos, porque di en la pintura del XIX, que me interesó mucho (y eso que todavía no se había abierto la exposición próxima de Martín Rico, del que tengo un vago recuerdo pero muy bueno), pero que marcó la pauta de la mañana.
Primero me di con una pequeña exposición de pintura histórica religiosa, muy bien, sí [aquí un vídeo muy bueno], aunque me descolocó el Tobías y el ángel de Rosales. No supe qué hacer con ese cuadro y el otro de Rosales: y tenía en la cabeza los elogios que le hizo Ramón Gaya, que a mí me importan mucho.

Pasé rápido por Sorolla (aunque luego me llamó la atencíón una Santa en oración que le da mil vueltas a Klimt), un poco más despacio por Beruete, y me quedé parado largo rato ante el fusilamiento de Torrijos. Estuve fijándome en las caras de los que van a ser fusilados, en los capuchinos que les tapan los ojos, en esa iglesia de espaldas al fondo, en los excelentes escorzos de los muertos en primer plano, en el hombre de la barretina, en los dos que se abrazan, en la mano que se ve abajo, junto al sombrero, recortada ¿con mirada fotográfica?, en la mirada de los soldados que van a fusilarlos.
Y la de detalles que podría poneros si me hubiesen dejado hacer fotos (me dijo la señora que con la de veces que le hacían fotos con flash a las Meninas aquello había que solucionarlo; y lo solucionaron a la española: prohibición total).
Un grandísimo cuadro, lleno de carga política, sí: podrían verlo todos los que se reclamen de esa línea política, a ver si tienen esa altura de miras y conseguimos superar a ese monstruo que tanto hizo por destrozar España (sí, me refiero a aquel tipejo que se hizo famoso por la zeta).

Pero detrás de mí un señor le explicaba a voz en grito a un matrimonio yanqui otro cuadro. Yo les echaba miradas asesinas -mientras intentaba concentrarme en entender España- y solo la mujer se dio cuenta (sacad la moraleja que queráis). Al final tuve que pedir silencio, pero ya me lo habían estropeado un poco: el señor me dijo que ante las Meninas el ruido que había era todavía peor (lo dijo para excusarse). Ya digo: 50 euros por entrar al Prado. O mejor, que me dejen a mí solo a mi placer, pensando en lo excelente y profundo que soy mientras contemplo pintura de fondo político.

Y me apunté también a Serafín Avendaño (un paisaje de Tiglieto) y los grandes cuadros de Carlos de Haes (y sus cuadritos), y la maestría de Raimundo de Madrazo y la delicadeza de los cuadros de marroquíes de Fortuny, y un retrato de un niño de Victor Manzano, y la Venus de Esquivel.
Y la Juana la Loca de Pradilla y el Testamento de Isabel la Católica de Rosales.

Y La muerte de Lucrecia de Rosales, esa fue la segunda vez que me quedé descolocado. No, no se puede decir que me gustase. Pero había leído tanto a Gaya sobre ese cuadro, sobre ese brazo de Lucrecia muerto. Vi claro que ahí estaba ya por ejemplo Gutiérrez Solana y mucho arte del siglo XX, pero no sé si eso me consoló.

Pero mañana sigo.

viernes, 11 de mayo de 2012

La tristeza del mundo

Fructífera -espero, tengo que asimilarla despacio- lectura de La tristeza del mundo. Sobre la experiencia política de leer, un ensayo muy profundo -fruto, se ve, de un pensamiento hondo, reposado y agudo-  de Enrique Andrés Ruiz (Encuentro, Madrid, 2010).
Lo he disfrutado mucho aunque perdí pie varias veces: me falta conocimiento filosófico y lo leí más deprisa de lo que debería, comiéndome la argumentación como el mal vallista que no mide sus pasos: tampoco ayudaba la abundancia de comas y guiones que mete por el camino, quizá para obligarnos a leer despacio, esa ardua labor.

Es un libro sobre la lectura en el que no hay ni uno de esos tópicos con los que nos afligen los supuestos expertos de los periódicos. Parece imposible, pero así es: pero es que aquí hay alguien que sabe y piensa  (leed su maravilloso prólogo a la Antología de Julio Martínez Mesanza o un artículo sobre Gaya).

Su punto de partida es ese apetito que se nos abre al entrar en las librerias. El de llegada es el de la lectura como inspiración, como algo que nos sucede en cuanto lectores a veces, en momentos muy especiales, cuando se abre una experiencia única que no es mero gustirrinín: es el conocimiento como una ventana que se abre a la luz.
Pero eso no tiene nada que ver con la «dinámica cultural dominante» que anima a leer como anima a ser positivos, por puro slogan, por puro voluntarismo, puesto que nada vale nada (pero no lo digáis delante de los niños, que se podrían asustar). Aquí un párrafo (donde se ve también lo que decía antes de los guiones, comas e incisos):
La emancipación cultural del espíritu -la liberal- digan lo que digan los liberales de los nuevos centrismos políticos, no tiene otro sentido que serlo como liberación, justamente, de todo valor, de tal modo que la desactivación de la palabra hacia la infinita indeterminación o labilidad del significado, no puede tener otro destino que el consumo -la cesta de la compra literaria del señor Azaña-, por la sencilla razón de que no existe otra emancipación de los valores que la colocación, ante todos y sobre todos, de uno solo de ellos por antonomasia neutralizante, como es el dinero (p. 34).
Y sobre todo me quedo con el análisis que hace a partir de san Agustín de la noción de permanencia, el verbo griego menein (μένειν, permanecer), que san Juan repite tanto, ese mantenerse en esta travesía del ya pero todavía no:
El centro de nuestra vida no puede ser cosa de la historia. Y aquí se encuentra la legitimación cristiana de la seriedad de toda nostalgia y de todo recuerdo, desde el momento en que estos sentimientos no parecen mirar hacia atrás, sino el eje central sobre el que el tiempo gira, perseverantes en él.
Asimismo, de aquí viene la llamada a volver, que en realidad significa quedarse. No es, pues, exactamente, volver al paraíso de un origen que está en el pasado, sino al paraíso que siempre se encuentra donde Dios se encuentra, En esto consiste el «descanso de Dios» de que habla Hebreos. A la idea histórica o progresiva del tiempo, le resulta francamente difícil comprenderlo. (...) Para el tiempo cristiano «permanecer» es mantenerse leal a una promesa que se sabe cumplida (p. 87-88)
Pero me he dejado el libro vivo, sin desollar. Leedlo vosotros, que yo quiero darle una segunda vuelta: y luego lo comentamos.

martes, 6 de marzo de 2012

Mejores pintores desde Goya

De aquella otra lista que hice, me quedó la pena de no poner casi a ningún pintor de después de Goya. Pero aquí va esta lista de pintores no españoles, aunque solo sea como borrador, a la espera de poderlos ver en directo en algún sitio o descubrir a otros mejores (acepto sugerencias):
John Constable
Camille Corot
Vincent van Gogh
William Holman Hunt
Thomas Lawrence
Jonh Everett Millais
Camille Pissarro
Alfred Sisley
JMW Turner
En el banquillo, a la espera de otra oportunidad: Paul Klee, Georges Rouault, August Macke, Egon Schiele, Marc Chagall, Winslow Homer, Morandi, George Grosz, Jean Dubuffet.

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Y ya hice una lista general de mis mejores pintores españoles. Con esta intento acercarme más al presente:
Ramón Gaya
José Gutiérrez Solana
José Ortega Muñoz
Pablo Picasso
Alfonso Rodríguez Castelao
Eduardo Rosales
Mariano Fortuny

En el banquillo, a la espera de otra oportunidad: Joaquín Sorolla, Carmen Laffon, Zuloaga, Ramón Casas, los Madrazo.