En julio, en Burgos, estuve viendo cuadernos que estaban guardados, de cuando yo tenía 10-11 años.
De clase de Religión:

Esto era la "matemática moderna" con la que nos torturaban entonces:
En julio, en Burgos, estuve viendo cuadernos que estaban guardados, de cuando yo tenía 10-11 años.
De clase de Religión:

Ya hace 14 años fui en barco a Sandhamn, una isla en el borde del mar abierto, creo que a tres horas de Estocolmo. Esta vez no salimos tanto, llegamos a la islita de Grinda, a dos horas y media en un barco que en parte era del transporte público, con lo que nos valía la tarjeta mensual de transportes, y la otra parte nos lo acabaron perdonando a la ida porque éramos muchos y sufría la sacrosanta puntualidad y a la vuelta me cobraron, sin preguntarme, por querer pagar yo a uno mayor que venía conmigo, como jubilado también (me ha pasado ya más veces). En resumen, cinco euros por cinco horas de barco maravillosas.
A la ida íbamos hablando de pie, mirando el paisaje maravilloso. Yo hacía fotos, esperando el milagro de que salieran a la altura de mis expectativas: las casas en sitios inaccesibles por tierra, los transbordadores, el color metálico del mar o azul con brillos del sol, los embarcaderos, los árboles grandiosos, frondosos, sólidos.
Al llegar, anduvimos por la isla, que casi nos recorrimos entera en media hora, comimos, descansamos, alguno se bañó y nos volvimos. Buena parte del viaje de vuelta la hice sentado arriba, en un lado, viendo pasar el paisaje, los ferris a Finlandia, los barcos de recreo, los transbordadores, las islas mil que hay allí. No me hubiera importado que el viaje hubiese durado el doble. Yo pensaba que no hacía falta buscar más allá: para la calma contemplativa, ver pasar desde el barco el paisaje prodigioso.
Al salir, la línea de edificios de Estocolmo al fondo:
En 14 años la museología ha cambiado mucho y creo que no para bien. Lo más llamativo es poner cuadros encima de otros o encima de las puertas: tienen dos de Goya grandes y los han puesto a tres metros de altura, sobre dos grandes puertas: no ves ni casi cuál es el tema. Lo mismo pasa con un retrato de Antonio Moro que me había gustado la otra vez, o el único Greco que tienen: no lucen nada, habría que verlos con binoculares.
Por lo demás, el Museo tiene una colección floja, en la que solamente destacan algunas obras. Quieren dar protagonismo a algunos suecos, pero es que son muy normalitos. Hay mucho francés rococó (ya, no mi época favorita del arte). A veces parece como que va a haber destellos murando algunas obras concretas, pero no.
Por resumir: algo de Cranach, un retrato de Frans Hals, un san Jerónimo de Georges de la Tour, un Bellini, varios Rembrandt y ahí podríamos parar. Tampoco en las artes decorativas destaca: todo lo he visto, y mucho mejor, en otros sitios.
El san Jerónimo de Georges de la Tour:
Volvía, catorce años después. Fui la tarde que era gratis y me metí por la primera planta, donde está la sección de diseño: empezaba, muy propiamente, por los aires franceses instaurados por la monarquía sueca que comenzó en un general francés de Napoleón, Bernardotte. No hice casi fotos, algunas de objetos de cerámica, algún cuadro, poca cosa.
Mi teoría poética en la actualidad se podría formular así: Corea no, Noruega sí. En buena parte es por culpa de aquel libro horrible de Han Kang, pero también de las películas coreanas que he visto, del pop coreano, de todo producto presuntamente cultural que facturan: de todo lo de Corea me alejo. temeroso.
En cambio Noruega, no sé qué me pasa que todo lo de Noruega me interesa: Fosse, Knausgård, la película Valor sentimental. Si alguien de Noruega con dinero me lee, estaría encantado de visitar el país y continuar con mis loas en conferencias bien pagadas y con visitas a los fiordos.
Alguien me habló de los libros de Nina Lykke y probé con Estado del malestar, que es un excelente título para lo que cuenta esta novela, esa incomodidad que se ha adueñado de nuestro mundo contemporáneo tan del estado del bienestar, con todo previsto y todo regulado y las angustias y temores aplacados, cuando no suprimidos.
La protagonista, que hay que ir recordando durante la lectura que es un personaje y no la propia autora haciendo un diario, de lo natural que le sale todo y lo fácilmente que se lee lo que cuenta, es médico de atención primaria: por su consulta pasa un panorama de esa sociedad opulenta que no es feliz. La propia médico no lo es: el vino, las series, le sirven para capear unas carencias emocionales y un sinsentido vital que descubrimos que tienen profundas raíces en su madre soltera ausente y fría. A lo más que puede aspirar es a reconfigurar a lo gatopardo la situación para que todo cambie y todo siga igual de mal (o de bien): lo económico y la vivienda asegurados, la comida y los deseos cumplidos, la insatisfacción siempre presente. Y en el horizonte, la muerte. Es un libro de un nihilismo desolador. Yo me he reído unas cuantas veces, porque tiene humor, pero a la vez es una novela bien triste. El punto más bajo, para mí, es una paciente que exige un aborto porque le viene mal el embarazo justo en ese momento, que va a hacer un viaje en el Transiberiano. Así, todo.
Se me ocurría, por decir una tontería, que es Un mundo feliz de Huxley, pero de la vida cotidiana en la actualidad en Noruega. Es terrible porque es lo que vivimos, no en Noruega solo, aquí mismo. Eso es lo que nos ofrecen, un Estado del bienestar en el que lidiamos con nuestro malestar, que no tiene horizontes por encima del ombligo.