lunes, 16 de marzo de 2026

Pabellón de cáncer de Alexandr Solzhenitsyn

Estas semanas he estado viviendo en un lugar en principio desolador, un pabellón de enfermos de cáncer en Taskent, la capital de una república soviética, Uzbekistán, al poco de morir Stalin, pero me he sentido como a gusto allí, una sensación rara, porque me horrorizan los hospitales y más el mundo del cáncer, pero el autor lo hace todo tan cercano, tan cotidiano, en su horror, contando la vida de los enfermos, los médicos, los sanitarios, que te acabas encontrando allí como uno más, queriendo oír de ellos, del protagonista Kostoglótov, que claramente es un trasunto del autor (soldado en la segunda Guerra Mundial, preso en el Gulag luego, deportado permanentemente a continuación, con cáncer), de la médico Dantart, de Rusánov, hombre del régimen, que está inquieto porque percibe cambios en el establishment tras la muerte de Stalin y teme que liberen a algunos que él mandó con sus delaciones a prisión: es el estalinista, la figura instalada, que tiene un marco mental donde todo son enemigos de clase, sin preocupación en absoluto por las personas particulares, en favor de la marcha de la historia, que curiosamente coincide con lo que decidía Stalin.

Yo Pabellón de cáncer lo había leído lo menos hace 30 años. Ahí sí que tuvo mérito, porque entonces la mera palabra cáncer ya me creaba grandes temores. Entre medias pasé yo por uno y aquí estoy, no sin miedo, pero viéndolo de otra manera. El libro lo vi en una librería de viejo y decidí comprarlo y releerlo. Ha sido como una lectura nueva.

Hay "novelistas de pura cepa": uno es Solzhenitsyn. Basta que leas algo suyo para que se abra un mundo de personas vivas, de relaciones, de ambientes. Te instalas con el libro y vives esas vidas.

Me ha sorprendido la serenidad con la que actúan todos. Yo estaría, en su caso, en un estado de paroxismo o desesperación: aquí todo viene como toca, y a muchos les ha tocado una situación extremadamente difícil: guerra, purgas, hambre, dictadura. Por lo demás, todo parece normal, la gente vive con normalidad (o Solzhenitsyn lo cuenta así, en la medida en que puede) y no hay más perspectivas que el corto plazo. Tampoco nadie se queja, no se habla de que se aburran: alguno lee, los demás están allí, esperando lo que venga.

Al final está la esperanza, la personal de Kostoglótov, y la de los personajes en conjunto, en una época que, dentro de la dictadura soviética, fue de inicio de un deshielo. Es una esperanza pequeñita, eso sí,

viernes, 13 de marzo de 2026

Un trozo de cielo

En la Avenida de Coimbra, junto a un camelio enclenque, pero florecido, vi la pared de las Clarisas con esa chimenea tan tremenda, pero en lo que me fijaba era en el cielo muy azul: ventajas de pasarse meses sin verlo, porque llovió, llueve y parece que va a seguir lloviendo, a ver si logramos un record.

Ayer el cielo azul al que le hice esta foto era muy azul y, por ventura, la foto le hace justicia:

jueves, 12 de marzo de 2026

De Souvirón a d'Ors

Jose María Souvirón escribe esto con 56 años:

Me han enviado tres fotografías que me sacaron durante mi conferencia del lunes. Tres instantáneas bien hechas, en tres actitudes, bastante vivas las tres. He quedado sorprendido exactamente con las tres fotos. Soy mucho más viejo de lo que me creo. Si la gente me ve como estoy en esas fotos, no me extrañan muchas cosas que «suceden», y ciertas decepciones que me llevo al juzgar como respeto lo que solo es distancia. Soy un señor, un «don» José María inevitable. Pero por dentro sigo tan tontamente joven, que aún me creo capaz de producir impresión de juventud a la juventud. (...)

Lo malo -¿o lo bueno?- es que este contraste entre mis arrugas y surcos, entre la calva y la mejilla caduca, y mis impulsos casi infantiles de alegría, comunicación y atracción deben ser muy violentos, y debo tener cuidado con lo caricaturesco que pueda salir de ese choque entre apariencia real y actitud también real, pero inverosímil. Hay peligro de ridículo. (...).

Me ha recordado el poema del último libro de Miguel d'Ors, que copio de la web de la editorial:

Afeitándome

Una mañana más… No
puedo creer que sea yo
este señor gris y viejo
que aparece en el espejo
mirándome. La verdad
verdadera es que mi edad,
como otra vez escribí,
va por delante de mí
y que yo le sigo el paso
con décadas de retraso.
Qué raro sentir que voy
tan por detrás del que soy.
Qué raro, ya ante el abismo,
ser más joven que uno mismo.


miércoles, 11 de marzo de 2026

A la caza de los magnolios de flor

Parece un título de Proust, pero es el resultado de la envidieja que me dio un artículo de La voz de Galicia con fotos deslumbrantes. Yo, en el paseo del sábado, fui a buscarlos a la finca de Vista Alegre, pero no había más que uno y ya casi sin flores. Luego sí que atisbé otro cruzando por las huertas de Carretas, pero al acercarme por detrás del Pazo de Rajoy estaba todo en obras, así que hice de la necesidad virtud y me salió una foto post-industrial:


Al volver, resultó que en san Francisco había tres bandas de música, porque parece que tenían un concurso. A los últimos les hice una foto. Tocaban algo como lo de Supercalifragilístico espiralidoso:

martes, 10 de marzo de 2026

Solo, feliz y desdichado

Hay momentos especialmente logrados en el Diario II de José María Souvirón, en el uso de los adjetivos. Por ejemplo en una descripción breve:

el cielo castellano estaba hermoso: anubarrado, diverso, con sol en ocaso, rojo y grandes cúmulos azules, grises, dorados, negros. La carretera está mojada y brilla admirablemente, Es una de esas tardes en que todo tiene una belleza comunicada, trasmitida, compartida. Pasan unas niñas en bicicleta: son amables y bellas. Una vieja que camina: es bella y amable. Unos soldados, labradores, obreros, y todos son hermanos, amigos, todos -ellos y nosotros- estamos en la misma vida casi de paraíso que nos une, nos establece y nos comunica. En estas tardes soy tan humanamente feliz, que pienso en el cielo como esto en mejor. Da gusto haber sido creado (210-211).

Aquí cuenta que entra en un bar donde hay alguien que toca el acordeón de modo especialmente inspirado y que acaba emocionándole:

Estoy encantado. Sueño. Pienso en mis hijos aquí. ¡Cómo gozarían con esto! La música me conquista, me domina. Belleza de lo primoroso vulgar. La noche es bella. No hace frío. Me gustaría estar acompañado. Tal vez por P. F. Pero no: mi hija, mejor, que participaría conmigo, como nadie, de este encanto de la hora extraña. El hombre que lleva el compás se ha puesto soñador hasta el colmo; ya no está ahí, sino en otra parte, con alguien que, también él, quiere que le acompañe. De pronto no puedo más. Pago y salgo corriendo, hablando solo, feliz y desdichado (147).
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[Dos días después] Me dejan en los comentarios esta escena de El Sur, de Víctor Erice, y me parece que encaja admirablemente en este pasaje, teniendo en cuenta además lo que Souvirón quería a su hija:

lunes, 9 de marzo de 2026

Diario II de José María Souvirón

Por fin he podido leer la continuación de los Diarios de José María Souvirón, después de la enorme impresión que me había dejado el Diario I.

La edición de este Diario II es excelente: el texto es pulcro, no hay erratas, no hay notas que molesten; todo facilita la lectura. Mi más calurosa enhorabuena a Javier La Beira y Daniel Ramos López. ¡Y todavía me quedan tres volúmenes por disfrutar!

Aunque quizá "disfrutar" no sea la palabra exacta. Es una disfrute la lectura por la tersura, elegancia, precisión de la prosa en la que Souvirón va documentando, reflejando, considerando su vida. Más que "disfrutar" lo que vives es la cercanía de otra vida, ofrecida con verdad. Es doloroso muchas veces, y le llena a uno de compasión, leer los muchos momentos de soledad que padece el autor, la descripción de sus serios problemas de salud, la fuerte sensación de separación respecto a su familia en Chile, sobre todo de su hija, que se convierte en madre a su vez en ese periodo concreto: en estos tres cuadernos se abarca el periodo entre 1958 y 1960, cuando tenía entre 54 y 56 años. La separación definitiva de su esposa se hace todavía más definitiva en el viaje a Chile que está en el medio de este libro. Su amor por su hija es central para él, pero su vida está en España, donde tiene un trabajo en el Instituto de Cultura Hispánica y donde puede desarrollar su labor literaria, aunque quejándose del poco eco de su obra, sobre todo de su poesía, en los círculos culturales.

Lo que más me ha impresionado ha sido el análisis detallado, quirúrgico, de su intimidad, en concreto respecto a su deseo de amar y ser amado, de su necesidad de compañía, que él percibe a la vez como imposible por su situación de casado, aunque definitivamente separado de su mujer. Se muestra como un hombre que, si no fuera por lo que le dicta su conciencia, habría tenido muchos amores, o quizá un gran amor, que es lo que anhela, pero al que sabe que no debe aspirar, por la certeza tanto de fe como de prudencia humana: no sería feliz al final y no es lo que debe hacer. A la vez, tontea con mujeres, se da cuenta de que no está bien hacerlo, se confiesa, vuelve a empezar. Es titánico su esfuerzo por comportarse de acuerdo con la doctrina católica, con consecuencias tan gravosas desde una perspectiva de tejas abajo.

Esto es un autorretrato interesante:

Ayer hablaba con Pepe Coronel sobre mi soledad, mi soberbia, mis angustias, y le recordé (inoportuna, impropiamente) aquella frase de Bloy: «Me avergonzaría de tratar a un perro como Dios me trata a mí». (Lo que no deja de ser una animalada ingratísima). Pepe me dijo que en Bloy había algo de perro, de gran miseria perruna, mezclada con una grandeza profética y una Fe descomunal. Pero que yo no tenía nada de perro; más bien de gato, o de caballo de carrera. Hoy estoy hecho un gato intelectual, sin duda (207).

Sus grandes amigos son ya aquí Luis Rosales y Leopoldo Panero. A diferencia del primer volumen, este es mucho más de recuento interior que de crónica social o cultural o política, aunque sigue habiendo un trasfondo tremendamente interesante, o al menos a mí me lo parece (en una ocasión en un almuerzo están también Bergamín y Ramón Gaya). Luego yo recordé que la familia de Leopoldo Panero, que aquí aparece como modélica, fue la que luego protagonizó El desencanto, y caigo en la cuenta de que he quedado atrapado en el punto de vista de Souvirón, que quizá no fue capaz de caer en la cuenta de la trastienda de aquella familia, por ejemplo.

Hay algún puntito de humor, como cuando describe a Julián Marías como un "marista palentino" (151): la pinta la clava.

He encontrado otra reseña, de Javier Gallego, que aporta puntos de vista y datos complementarios a los míos.

Aquí una hoja de los Diarios manuscritos, que tomo de la noticia de la edición de este volumen por parte de la Diputación de Málaga:

viernes, 6 de marzo de 2026

Conversaciones sobre Machado

En su Diario II (161-162) recoge José María Souvirón impresiones no literales de una tarde de conversación con Luis Rosales, Leopoldo Panero, José Bergamín y José Escassi. Hablaron sobre los Machado. 

De lo que dijo Bergamín destaca: el "tremendo jacobinismo (honrado pero intenso)" de Antonio Machado y "su sentido romántico, decimonónico, de la Revolución". 

En la conversación entre todos se comenta el anticatolicismo de Antonio Machado y que era "un cristiano ... hasta el Calvario": Cruz, no. También hablaron de su gran honradez "turbada solo (si acaso) por su «institucionismo»" (a la ILE la definen como hipócrita y sectaria). Critican su poesía de la época de la guerra: se le había acabado la inspiración en Baeza y la guerra no contribuyó a despertarla. Están de acuerdo en reivindicar a Manuel Machado, que "era también un gran poeta".

Acaban hablando de la generación del 27, criticando que no había amistad realmente entre ellos. Cuenta que hacen una "especie de suertes virgilianas" con Maremagnum, un libro de Jorge Guillén: "abrimos el libro al azar, barajando, y leemos sucesivamente, en alta voz. Nos tronchamos de risa con esta poesía".

En medio, José María Souvirón. A los lados Leopoldo Panero y Luis Rosales. Están saludando a Azorín.