jueves, 11 de junio de 2026

Leyendo la Vida de Cristo de fray Justo Pérez de Urbel

En realidad, como todo últimamente, en realidad estoy releyendo la Vida de Cristo escrita por fray Justo Pérez de Urbel, insigne burgalés. Me gustó ya mucho entonces y me está gustando ahora: es un realato vivo, es muy evocadora, describe muy bien. Pongo aquí un retrato de trazos fuertes de Juan el Bautista, que yo creo que le hubiera gustado a Flannery O'Connor:

Y un día el solitario apareció en el valle de Jericó (...), Grave, austero, medio desnudo, transfigurado por la penitencia, quemadas las carnes por el sol del desierto, abrasada el alma por el deseo del reino, sus pupilas relampaguean, su larga cabellera flota por la espalda, espesa barba le cubre el rostro, y de su boca brotan palabras punzantes e inflamadas. Trae a la vez esperanzas y anatemas, consuelos y terrores. Su ademán avasalla, su presencia impone, su austeridad espanta, y una fuerza magnética se desprende de sus ojos. Ante el acento de aquella voz, Israel se conmueve, y sale en busca del último de los profetas. Juan recibe a las gentes a las orillas del río, y empieza a cumplir su misión de precursor. Fulmina, exhorta, consuela, bautiza. Áspero e iracundo, ni sonríe ni acaricia; habla un lenguaje recio, en el que centellean vivas imágenes, arrancadas al mundo del hogar o a la naturaleza del desierto (93).

miércoles, 10 de junio de 2026

Talar madera de Aida Míguez

Son libritos finos, pero así a lo tonto este ya es el cuarto que leo de Aida Míguez Barciela: Talar madera. Naturaleza y límite en el pensamiento griego antiguo (Madrid, La Oficina, 2017).

Quizá sea un libro más misceláneo, se nota que procede de varios artículos, como explica al principio. También explica que no es que quiera investigar algo y lo busque en varios textos y eso dé para varios artículos que luego junte en un libro: ella lo que hace es leer textos; a mí me impresiona como los va siguiendo muy palabra a palabra, cómo hace una lectura muy detenida de ellos. Y de ahí van saliendo comentarios: a poemas corales, a tragedias (aquí Filoctetes), a poemas épicos.

El problema aquí es que en el centro del libro están varios poemas de Píndaro, autor difícil donde los haya. Aunque intente contextualizar los elementos complejos que conforman esos poemas, queda todo un poco oscuro. No es moco de pavo comentar a Píndaro. Quizá hubiese necesitado más espacio.

El libro tiene como hilo (ya digo que no en el sentido de una tesis previa o de un argumento que se quiere comprobar en distintos sitios), la cuestión de la demarcación de los ámbitos en un espacio que se crea: lo que corresponde a los dioses se empieza a distinguir de lo que marca el ámbito humano. Por eso está en el centro la naturaleza que es sagrada y lo que tenemos que entender es cómo la entendían los griegos y cómo la entendemos nosotros: aquí se va creando un espacio, talando bosques, abriendo claros, físicos y conceptuales.

martes, 9 de junio de 2026

Camino arriba y abajo

Por ponerme estupendo con una frase de Heráclito de que el camino arriba y abajo es uno y el mismo, pero este camino por el que paso, arriba de la avenida de Castelao, tiene unas escaleras flanqueadas por árboles, ahora frondosos, que miré también desde el camino que va por abajo:


lunes, 8 de junio de 2026

El gatopardo (la novela sobre todo)

Había leído hace muchos años El gatopardo en la edición de Letras Universales de Cátedra. Me había dejado poca impresión: supongo que es un libro para la edad madura.

Este año vi la espléndida película de Visconti, que me espoleó a releer la novela. Ha sido casi una nueva lectura, pero casi más una revisión de la película, o al menos  en la parte de la novela que aparece en la película, porque los últimos capítulos no están filmados, con lo que cambia completamente la perspectiva. 

Ahora con lo que me quedo es con la película, porque la novela me ha dejado un sabor amargo: es desolada, bien escrita, muy melancólica, con escenarios conmovedores y personajes con muy poco movimiento, figuras esculpidas, formando todos un retrato familiar con esa amargura de La familia de Carlos IV de Goya.

No hay nada permanente: quizá Sicilia solo, esa inercia histórica presentada como una gran pasividad, un dejarse morir mientras pasan reinos e invasores. No sé qué pensarán los sicilianos del roto que les hace Lampedusa aquí: a mí no me gustaría que me retrataran de ese modo. No sé si son así, pero lo dudo mucho, porque no hay colectividades, creo, que se dejen morir en la pura negatividad, africanos asándose bajo un sol inclemente, en una pobreza subsahariana y con unos nobles acartonados y la iglesia pudriéndose.

La filosofía de la historia, todo igual aunque/para que todo cambie, ese planteamiento cíclico es lo menos conservador que se podría imaginar, salvo que el Remolino Universal como explicación de la realidad cambiante, tal como lo planteaba Empédocles, sea "conservar". Lo que a mí me fascina en la película, esos palacios, esos paisajes de grandes lontananzas, hasta el amor que podría imaginarse que podría florecer entre una Claudia Cardinale y un Alain Delon de novela, las estancias con frescos, la figura bien plantada en su madurez de Burt Lancaster, los jardines descuidados y hermosos, las iglesias barrocas, los perros de caza: todo eso en la novela es reducido al polvo, terminando con esa tremenda escena final de echar a la basura al perro disecado. Un capítulo último es una burda crítica al ridículo oratorio que las hijas del príncipe de Salina hacen en su palacio de Palermo a principios del siglo XX, con reliquias de pega y un cuadro de una muchacha con una carta confundido con una Madonna: qué ridículo. Qué dice de todo el libro un episodio tan absurdo [y resulta, según una carta del autor recogida en el prólogo, que el episodio es histórico, con lo que lo que se cuenta de antes queda desenfocado, si la familia era tan cutre a principios del siglo XX]. 

Yo, sin haber querido mirar quién fue Giuseppe Tomassi di Lampedusa, más bien lo veo como alguien que mira con desprecio todo lo que pudiera haber de verdaderamente bueno en Sicilia. No sé si retrata una Sicilia al gusto de los burgueses de Turín y Milán, para que confirmen sus prejuicios. Quizá no han tenido en Sicilia una a modo de Flannery O'Connor que les hiciera justicia, pero falta les hace. Esta es la Sicilia que miran los progres con conmiseración, con la Iglesia inmovilista como parte del problema. En pendant, parece haber como una nostalgia de una ilustración que no existió. Hasta asoma la patita el marqués de Sade, lo que me parece el colmo de la estupidez. En medio de todo ello hay una figura curiosa, el jesuita que funge de capellán, demasiado personal como para no ser un retrato de alguien concreto, complaciente con el príncipe de Salina y al final un quedabién [vaya, en el prólogo, que leo ahora, recogen una carta en la que dicen que era un personaje concreto, como el príncipe de Salina era el abuelo de Lampedusa: lo que no me cuadra, ni de lejos, es que se lo llevase el príncipe para ir él a sus amoríos, sabiendo los dos de qué iba todo: muy burdo, también eso]. 

Los olores son de pudrición, de orinales, de habitaciones cerradas, de polvo y sudor.

A mí ahora Sicilia me parece un enigma todavía mayor. Cómo me gustaría visitarla, en marzo quizá, en días de no frío. Yo no renegaría de la Sicilia griega, de la Sicilia española, eso no.

jueves, 4 de junio de 2026

Los cuatro lados del zaguán

Es el zaguán que da paso a la Sala Capitular de Toledo. Han quitado dos armarios enormes de los lados y ahora se puede ver todas las pinturas murales, un espacio maravilloso debe ser, un jardín con muros y macetas y plantas de todas clases. Lo pintó no, como dicen todos, Juan de Borgoña, al que le queda muy grande hacer algo de tal finura, sino Lorenzo de Ávila, que aparece documentado trabajando en la Catedral de Toledo y tiene que ser el autor tanto de este zaguán como de la Sala Capitular. Cuando se fue de Toledo, todo lo que hizo Juan de Borgoña, que esté documentado, era bien flojito. Todo esto no es la versión más aceptada, pero en este dossier se documenta muy bien.

Ya me gustaría visitar el zaguán y entrar por él para ver despacio la Sala Capitular. Ahora hay una exposición sobre los 800 años de la Catedral, además. Y hoy es el Corpus en Toledo.




miércoles, 3 de junio de 2026

Mil millas de Aida Míguez

Mil millas. Trastorno, trauma y paranoia en "Las nubes" de Aristófanes, de Aida Míguez Barciela, es el tercer libro que leo de ella, tras los estupendos que hizo sobre la Ilíada y sobre la Odisea

Este lo que me ha dado es unas grandes ganas de montar una asignatura monográfica sobre esa comedia, para poder leerla, traducirla, comentarla y comprender, en la línea de lo que ella desbroza, el enorme cambio que documenta en esa Atenas en puro torbellino, justamente el paso del mundo de los dioses y las normas ancestrales y las medidas humanas (el codo, el pie) a otro en el que se puede discutir sobre medir el salto de una pulga, donde reinan las nubes que o son fenómenos meteorológicos o las nuevas divinidades de la impermanencia y donde lo que importa es vencer con el argumento peor, hasta llegar al extremo cómico, pero tremendo, del hijo que pega a su padre y le argumenta que es por su bien.

Es interesante que no entre en ningún momento en la cuestión de cómo es presentado Sócrates en esta obra, que daría para otro libro. Aquí se va mucho más al fondo, es como plantear "el paso del mito y logos", esa parodia que le compró todo el mundo a Nestle y con la que empiezan muchas historias de la filosofía, y replantear la cuestión sobre otras bases, sobre dónde están los fundamentos, si podemos encontrarlos. Es un libro que no da soluciones, sino que hace una lectura honda de una obra literaria que supo reírse de lo que era decisivo en aquella hora crucial de Atenas y el mundo. Mucho que darle vueltas aquí. Y me van a oír en clase sobre esto, no hay duda.

martes, 2 de junio de 2026

Recuerdos de mi padre, Ángel Ruiz Garrastacho

Me encontré, poniéndome a buscar a ver si había por ahí algo sobre los artilugios que con cañas hacía mi padre, una crónica que hizo Lázaro de Castro García, amigo suyo, de la publicación de un artículo de Alfonso E. Pérez Sánchez, una de las grandes figuras de la historia del arte en España en el siglo XX, con el documento que le pasaron los dos sobre la iglesia de Villaveta (de la que dejé algunas fotos aquí), al lado de Castrojeriz, donde vivíamos.

Ya casi no me acordaba de si había hablado de ello, pero sí, hace casi veinte años leí el artículo y dejé el texto de los azotes que dieron a los niños al empezar a hacer la iglesia, para perpetuo recuerdo, sobre todo  suyo, mientras vivieron y en la crónica que de ello dejaron. También me hice eco de otro texto posterior sobre las levas y cargas a los habitantes del pueblo en época de Felipe V.


Esta es la primera página de la crónica que hizo de ello Lázaro de Castro, el amigo de mi padre:

Por volver al principio, pregunté a mis hermanas si sabían algo de esos artilugios que hacía mi padre y me mandaron una foto de uno. Como se ve, está hecho con un cardo: dándole vueltas, golpea la caña central en los lados haciendo ruido: