Aquí en directo, cantada con una facilidad y una hondura impresionantes:
Aquí la versión del disco:
Aquí en directo, cantada con una facilidad y una hondura impresionantes:
Aquí la versión del disco:
Esta otra exposición era un trabajo ingente de pintar lo que habría podido ser fotos: una pared con una chimenea, una entrada de un edificio con la puerta en medio, pero dibujado, que te da como pena del enorme esfuerzo para ... ¿qué?
Se me ocurre una distinción en las exposiciones de arte contemporáneo: las hay WTF (what the fuck; en castizo =pero de qué van) y las hay WF (what for; en cheli, pero tanto para qué).
Esta era WF: ¿todo esto, para qué?
Poéticos los cuadros no eran. Tenían algo de titánicos. El rollito de fondo no lo compré mucho, aunque me dibujasen las puertas donde hicieron los juicios de Nuremberg y luego en el folleto de la exposición me lo expliquasen como algo fundamental.
Por ejemplo, veis lo que ocupa toda esta pared, de 3 por 6 metros, que parece una foto: pues está todo hecho por el artista reproduciendo una foto, me imagino: ¡cómo os quedáis!


Hacía mucho que no iba. Ni ganas, ni curiosidad, ni expectativas. Pero el domingo ajusté el paseo y acabé allí. Había en el sótano una exposición de Alexandra Ranner, alemana de mi edad, que se curra mucho hacer espacios, maquetas, proyecciones, figuritas: salen imágenes medio difusas de espacios un poco entre tediosos e irreales.
Yo me pego grandes alegrías cuando las exposiciones de arte contemporáneo me gustan, porque me parece como que he llegado a un nivel superior. Pensaba ayer que si fuera filósofo todo lo que veía me produciría un maremágnum de pensamientos profundísimos, pero el hecho es que me quedé frío.
Casi solamente me paré en una proyección: una cabeza cortada que giraba en círculos flotando sobre el agua cantaba, de una cantata de Bach, el aria Ich habe genug: todo aquello era entre ridículo y grandilocuente. A mí casi me da ahora la risa recordarlo.
Lo mío con Galicia era como un contrato de alquiler: no acababa de estar cómodo, pero me valía, entre quejas.
Hace unos días estuve en Valladolid y tuve un encontronazo que me despertó de una cierta idealización del que fue durante 11 años mi lugar de estudios universitarios y doctorado. Eso, de rebote, ha hecho que mire con más cariño el modo de vida en Galicia, no tan brusco, más secundario, no tan primario, con una delicadeza que no puedes dar por supuesta en Valladolid (estoy generalizando, aquí está por ejemplo una pequeña biografía de una gran señora vallisoletana que conocí entonces, madre de un amigo, a la que solamente recuerdo sonriendo).
El hecho es que el otro día el mero hecho de ver las rosquillas en la feria de la Alameda de Santiago me conmovió, y mira que no soy demasiado partidario de esos dulces, pero es que están en todas las ferias de Galicia y los miro ya con un poquito de cariño:
Mi caminata de ayer -el endocrino acecha- la hice pasando por la Alameda. Era un día festivo, el de la feria caballar y de ganado de la Asunción. Pasé al lado del Presidente de la Xunta -tan inane como Feijóo- rodeado de cámaras, me di un garbeo por las cuatro casetas de la Feria del libro, más de ocasión que del libro antiguo, y crucé entre las "barracas", los tenderetes donde la gente comía pulpo, los puestos de tiro al blanco, las tómbolas. En el tren de la bruja me acordé de la emoción que sentíamos cuando éramos pequeños, ese miedo controlado en el túnel oscuro. Me fijé y los más ilusionados eran los padres subidos en el trencito con sus hijos: esa imagen me alegró la mañana. Antes había hecho una foto de la noria un poco al buen tuntún y al mirarla me sentí orgulloso.
Aquí la tenéis:
José Luis comentó ayer -es el que está pendiente todos los años- que ya había visto vencejos, no aislados, un buen grupo.
Sé que se marchan de aquí a principios de agosto, así que voy a tener que hacer un esfuerzo consciente de mirar al cielo estos tres meses, a ver deslizarse los vencejos tan grácilmente, porque si no, como estoy ciego a los pájaros y sordo a su canto, ni me enteraré.
Hoy me he fijado en la Avenida de Coimbra y nada. Luego, en la Avenida de Castelao, casi junto a la Escuela de Idiomas he oído lo que siempre he pensado que son gorriones, pero vete a saber.