viernes, 20 de febrero de 2026

Elpénor en Boston

Ayer hablaba del episodio de Elpénor en el canto XI de la Odisea.

Esta es una pelike (una jarra para vino o aceite), del pintor de Licaón (muchas fotos y una descripción detallada, en la web del Museum of Fine Arts de Boston). 

A la izquierda está el muerto Elpénor, desnudo, mirando a su señor, Ulises sentado, que tiene la espada extendida defendiendo el hoyo con sangres que ha hecho. Ulises navegó hasta allí pero Elpénor suponemos que ha llegado volando, o mejor, su alma con forma corporal, pero que no es cuerpo, porque el cuerpo físico permanece donde murió, sin enterrar todavía. En medio de ambos están las ovejas sacrificadas a los muertos. Detrás, y esto es novedoso respecto al pasaje de la Odisea donde se describe esta escena, está el dios Hermes, que es el encargado de lleva a las almas al mundo de los muertos, pero no aquí sino en el canto XXIV.

Una descripción excelente de la técnica artística de esta pelike está en este enlace. Allí ponen esta imagen donde se ve las líneas de los juncos y la roca en que sujeta las manos Elpénor:


Hay un vídeo de un minuto del Museum of Fine Arts de Boston, que muestra todavía mejor las líneas que se han perdido en buena parte: los juncos entre los que está Elpénor y rocas en las que sujeta ambas manos. De las ovejas gotea sangre. Es impresionante.

Si os interesa la figura de Elpénor, el mejor artículo que he leído sobre él es de Jonathan Burgess: lo podéis leer entero en este enlace. Quizá antes podáis leer un estudio de Marco Antonio Santamaría, aunque trata a Elpénor con demasiada dureza, me parece, pero el estudio en conjunto es excelente, sobre diálogos entre vivos y muertos en los textos homéricos: también está en línea.

jueves, 19 de febrero de 2026

Elpénor contando sus cosas

Estoy disfrutando mucho con el comentario en clase del canto XI de la Odisea. Yo ya lo había leído cuando hacía la carrera, pero es como verlo de nuevas. Me ha impresionado primero el episodio de Elpénor, que quedó muerto en el palacio de Circe y al que no echaron en falta cuando partieron navegando al mundo de los muertos. Al llegar allí, Ulises hace un agujero en el suelo con la espada, realiza libaciones y sacrifica unas ovejas. Justo entonces, mientras se arremolinan las almas de los muertos deseando beber la sangre, Ulises ve a Elpénor, que le pide que cuando vuelva al palacio de Circe lo entierre y lo llore, o más exactamente, que no lo deje ἄκλαυτον ἄθαπτον (áclauton áthapton) sin llorarle, sin enterrarle. Le tiene que hacer un túmulo funerario y plantar allí el remo de un hombre desgraciado del que recibirán noticias los hombres venideros (ἀνδρὸς δυστήνοιο καὶ ἐσσομένοισι πυθέσθαι 76).

Lo que más me conmueve son los tres últimos versos, donde dice que conversan los dos, sentados, pero de Elpénor dice que, εἴδωλον δ᾽ ἑτέρωθεν ἑταίρου πόλλ᾽ ἀγόρευεν, la sombra de mi amigo seguía al otro lado sus largas razones, en la traducción de José Manuel Pabón; en la de Segalá, hablaba largamente. Eso es lo que me deja hundido, que el pobre Elpénor siga ahí, hablando y hablando, ya muerto. Pero a continuaciòn, Odiseo le deja con la palabra en la boca, porque con quien ha ido a hablar es con el adivino Tiresias. 

Mañana os pongo una cerámica que representa la escena impresionantemente. Hoy, un grabado de su entierro, que se cuenta en el canto XII:

martes, 17 de febrero de 2026

Otra foto a lo Jeff Wall

Una de las caminatas, hace una semana, fue, bajo la lluvia, por detrás del Centro Comercial de As Cancelas, donde están terminando el nuevo edificio de la Guardia Civil. Me alegro de que puedan vivir en condiciones humanas, superando el siglo XX, marcado por aquellas penosas casas cuartel.

Por ahí vi un sitio, cerca del camping, que no conocía, que me pareció fotogénico a su modo. Lo miro ahora y se me da un aire a foto de Jeff Wall, lo cual es mucho decir en mi apreciación (ya comenté en detalle aquí lo que me gustó su exposición en el CGAC, luego lo he intentado imitar por ejemplo en esta foto, o en esta foto en Zagreben esta otra foto en Lisboa). Pues esta es la foto:

lunes, 16 de febrero de 2026

Los nietos del Cid de Andrés Trapiello

No sé por qué no había leído antes Los nietos del Cid. La nueva edad de oro de la literatura española (1898-1914), de Andrés Trapiello, aunque ahora me alegro de que justo lo haya hecho cuando estoy enfrascado en las memorias de Baroja, que me han puesto en medio de ese ambiente.

Lo malo, es que salió una segunda edición actualizada en 2023 y he caído en la cuenta al entrar en la nueva web del escritor y ver en el apartado de bibliografía. Qué fallo garrafal el mío, porque he cogido de la biblioteca de la Facultad la edición de 1999 y esa es la que he leído. 

Allí anunciaba un grupo de obras en el apartado España, sueño y verdad. Un siglo de vida española, donde está Las armas y las letras y dos libros en proyecto: Los modernos de antaño. Vanguardia y literatura, sobre el periodo entre 1914 y 1936, y La paz y la palabra. Las tres Españas, dedicado a los años entre 1939 y 1959. Ojalá salgan, porque los iba a disfrutar mucho, seguro, y aprendería también mucho, tanto como con este libro, en el que muestra un criterio admirable para la valoración de los escritores, mayores y menores, de ese periodo.

No soy quién para dilucidar si nos da una visión historiográfica novedosa sobre el periodo entre 1898 y 1914. No se preocupa mucho de etiquetas: la de Generación del 98 no le convence, como a nadie, pero ahí está y de algo sirve; el Modernismo es otra etiqueta. Que otros se pongan a discutir, porque a mí me bastan ambos, con todos los distingos y precisiones que haya que hacer. Luego está el comentario de las obras, personal, sin el envaramiento que ponen los profesores cuando tocan estos temas, aunque se me ocurría que Andrés Trapiello tiene mucho mejor currículo que la mayoría de los profesores de Literatura Española Contemporánea. Para empezar, ha leído mucho de lo que se escribió y tiene gusto, criterio, conocimiento de las circunstancias históricas, biográficas y editoriales como para dar una versión personal como esta de lo que considera valioso en ese periodo.

No es sorprendente que destaque a Baroja, Azorín, Unamuno (más el poeta que el ensayista), los Machado, Juan Ramón. No sé qué habrá cambiado en la edición revisada- Yo de esta me apunté, para explorar, el epistolario de Ganivet y varios poetas: Díez Canedo, Enrique de Mesa, Fernando Fortún.


jueves, 12 de febrero de 2026

La lluvia inexpresable

Tenía que ir al CHUS, había huelga de autobuses, llovía, había alerta amarilla por viento además. No me quedó otra que ir en coche, si no quería llegar calado: estaba Virgen de la Cerca atascada, no por los habituales autobuses escolares que bloquean esa única calle que rodea la almendra del casco antiguo (y que -qué cachondos son en el Ayuntamiento- la quieren cerrar también al tráfico: tendremos que ir volando con autogiros), sino por los coches de gente que no podía recurrir a los autobuses.

Ni podía aparcar cerca del hospital. Ya sabía que incluso el de pago estaría lleno: de la imposibilidad de aparcar por allí ya me quejé aquí en 2007, cuando lo del tiroides, y nadie ha hecho nada: Santiago es una ciudad paralizada para lo importante, toda postureo y desmoronándose. 

Para tener donde aparcar, me fui por primera vez en mi vida al del CITIUS, un centro de investigación superferolítica de la Universidad (los proletarios universitarios damos clase sin más y publicamos cosas sin más) y allí metí el coche, sin aclararme mucho de por dónde ir o no entre los sótanos: la mitad de mis giros debieron de ser por direcciones prohibidas.

Llegué al hospital, esperé una hora (lo normal), y al salir volví a sentir el alivio que tan bien recreó Woody Allen en una escena que recuerdo en esos casos, que expresa admirablemente la libertad condicional de cuando sales de una consulta médica con bien. Mi problema además es que ahora estoy leyendo (releyendo, para más inri) Pabellón de cáncer, de Solzhenitsyn. Pues el hecho es que salí alegre y aliviado del Hospital.

Cien metros más adelante, pisé en la calle una baldosa suelta y me caló por los tobillos.

Ya de vuelta, en la Facultad estaba el aparcamiento repleto, también el reservado a los profesores: de milagro encontré un sitio en plena calle. Llovía. Viento. Piensas: -Señor, cuánto más durará esto.

Toca Homero, la maravilla del canto XI de la Odisea. Habla Elpénor y atribuye su muerte al vino ἀθέσφατον (11.61). Buscándolo en Logeion, me encontré con que se usa en la Ilíada (3.4), aplicado a la lluvia: inexpresable (por su cantidad), dice el DGE para traducir ἀθέσφατον ὄμβρον: la lluvia inexpresable (por la mucha que cae). Qué bien lo dice todo Homero.

La Virgen de la Cerca, que nos cuide a los que nos estamos quejando del tráfico por su calle

miércoles, 11 de febrero de 2026

Los pantanos y los conciudadanos

A mí me alegró ayer la mañana recibir el informe semanal de Embalses.net. La semana anterior también: es recordar que llueve con un porqué.

Hace una semana un ocho por ciento, esta un diez por ciento, una cosa increíble, superando todos los máximos. También podría llover ahora en la otra parte de España y darnos un respiro a los que estamos en la línea de choque de las tormentas que llegan aquí desde el Atlántico. Que entre el nublado por Almería y Murcia y suba para arriba, no como hace una y otra vez ahora.

Por lo menos por la tarde no llovía, chispeaba nada más: fui a un seminario sobre la ciudadanía en Platón, que no tiene nada que ver, me pareció, con la de ese lema de la revolución francesa de libertad, igualdad y fraternidad. Discutimos si existía el concepto de conciudadano en Platón, y no. Existe el término sympolítes συμπολίτης, pero es una palabra que sale una vez en una tragedia de Eurípides y luego ya mucho más tarde, en un pasaje muy interesante de san Pablo, en la Carta a los Efesios, cuando dice que "ya no sois extranjeros ni forasteros, sino conciudadanos de los santos y miembros de la familia de Dios" (ἄρα οὖν οὐκέτι ἐστὲ ξένοι καὶ πάροικοι, ἀλλὰ ἐστὲ συμπολῖται τῶν ἁγίων καὶ οἰκεῖοι τοῦ Θεοῦ).  

martes, 10 de febrero de 2026

La dignidad del mediocre de Gregorio Luri

La dignidad del mediocre. Pequeña filosofía de lo inacabado, es un ensayo filosófico de Gregorio Luri, en el que recurre a un procedimiento que a mí me ha gustado: hacer capítulos breves, de una página o dos, de temas que van sucediéndose y entrelazándose, hasta llegar al final a un capítulo más largo que recoge todos los hilos y los lleva a su culminación, acabando otra vez con unos pocos capítulos breves.

El libro es como me imagino yo una sinfonía contemporánea: muchos temas musicales, algunos que parecen distorsionados o que cuesta seguir (en concreto los de mayor peso ontológico, en los que menciona repetidamente a Heidegger), pero todo armonizándose en torno a un tema central, el de la situación de estar a medio camino, la realidad del estar "entre medias". Eso es lo que significa mediocris en latín, aunque juega con el significado negativo para resaltar eso que se quiere afirmar: que por muy medianejos que seamos, el impulso ha de ser hacia arriba, que estamos en camino, pero podemos ir mucho más allá. No querría dar la impresión de que es un libro de moralejas: lo importante es la reflexión a lo largo de esos capítulos, esa situación de la búsqueda filosófica en cada capítulo que exige el esfuerzo de constatar lo que no se sabe, lo que se entrevé con dificultad, el notar a veces que no tenemos dónde agarrarnos, que las certezas no lo son tanto en este mundo en el que vamos pasando de un punto a otro, en distintos aspectos vitales.

El libro lo he leído muy a gusto, con hallazgos extraordinarios, como este: "El auténtico Sísifo es el escarabajo pelotero" (11) y cosas que he leído como un guiño bromista, como el supuesto diálogo atribuido a Hegesias. Me ha gustado ver el ejemplo de la manzana como un modo, también con su punto bromista gráfico, de explicar la realidad del ser y el devenir. Hay muchas palabras griegas bien traídas y mucha discusión en torno a Platón, y con todo eso he disfrutado también mucho. Es un libro muy leedero y a mí me ha ayudado a ver las cosas con una actitud activa, en el presente, pero impulsado hacia lo alto.