viernes, 20 de marzo de 2026

El lamento de la ninfa en bucle

La tarde del día festivo de san José oí otra versión del Lamento de la ninfa de Monteverdi, que había escuchado el domingo en Sunday Morning de la BBC 3. De la versión que habían puesto, que esta vez no me convenció tanto, pasé a otras de la infinita oferta de Youtube, en un bucle de audición en el que el lamento se multiplicaba, mientras mi corazón se iba haciendo papilla.

Recordaba otros momentos de emoción con esa misma canción. Me puse a buscar de cuando lo puse en este blog por primera vez: en 2015 fue, nada menos. Incluí luego más versiones y también en 2017 la que sale en la película de El puente de las artes

Luego me fui a andar, una hora. La vuelta, en cuesta, la Avenida de Castelao, que se las trae. Quise adelantar, a mi paso rápido, a uno, pero no lo lograba, hasta que me dirigió la palabra: era un argentino de Córdoba, muy simpático, que me fue contando cosas de su vida, con gran amplitud retórica, como corresponde. Al llegar al final de la cuesta, se declaró agotado: le había llevado yo a un ritmo rompepiernas.

Os pongo esta versión instrumental, que es tan emocionante casi como la cantada:
 

miércoles, 18 de marzo de 2026

La Cúpula de la Catedral de Florencia

Aquí se superan los de Smarthistory, explicando la cúpula de la Catedral de Florencia (mi favorita mundial sin duda):
 

martes, 17 de marzo de 2026

Sobre Los domingos

Me gustó mucho, mucho la película Los domingos. Creo que es una de las mejores películas españolas de los últimos años, al menos del siglo XXI no se me ocurre ninguna a su altura.

Me ha resultado muy iluminador un artículo de don Lucas Buch, que podéis leer en este enlace de la revista Omnes y también en su página original en academia.edu. Gracias a él he descubierto aspectos que la película no llega a describir en toda su hondura, en torno al proceso vocacional que está en el centro de la trama. No es una película sobre una vocación, sino cómo es recibida en una familia entre neutra y hostil, pero lo que señala don Lucas son puntos dignos de considerarse en una valoración de la película en su conjunto. 

Lo comentaba con alguien y es verdad que puede que ese caso, describiendo mucho mejor lo que es, de dónde surge y lo que supone una vocación, la película no hubiese logrado la práctica unanimidad de aceptación que ha tenido, porque, tal como es, ayuda a encontrarse todos en torno a algo que, sin esos ingredientes, podría haber sido rechazado por algunos. 

Yo el punto de vista de la tía Maite lo veo perfectamente reflejado en la película, porque por lo demás es el hegemónico. Seguramente un público de tías Maites es al que se dirige sobre todo la película. Lo fascinante es que los que estamos tristemente acostumbrados a lo contrario, veamos la perspectiva católica aquí presentada de un modo serio, ni ridiculizada ni parodiada ni reducida a esquematismos paródicos. Es algo tan raro que nos llena de asombro. Normalmente en las películas españolas las monjas aparecen como actrices disfrazadas de disfraz de monja, con la toca mal puesta, con cara de ajo. 

No es ni una película católica ni de una directora católica ni pretende ser católica. No pretende ser una película apologética del cristianismo, muestra un conflicto y lo hace con seriedad, aunque a mí me cueste creerme la posibilidad real de una situación así en una familia como esa: eso también lo explica, creo, el artículo de don Lucas Buch muy bien. 

Escrito todo esto, he oído el podcast Para no hablar del tiempo, que le dedica un monográfico a la película: excelente, muchos comentarios estupendos. Muy bien.+

lunes, 16 de marzo de 2026

Pabellón de cáncer de Alexandr Solzhenitsyn

Estas semanas he estado viviendo en un lugar en principio desolador, un pabellón de enfermos de cáncer en Taskent, la capital de una república soviética, Uzbekistán, al poco de morir Stalin, pero me he sentido como a gusto allí, una sensación rara, porque me horrorizan los hospitales y más el mundo del cáncer, pero el autor lo hace todo tan cercano, tan cotidiano, en su horror, contando la vida de los enfermos, los médicos, los sanitarios, que te acabas encontrando allí como uno más, queriendo oír de ellos, del protagonista Kostoglótov, que claramente es un trasunto del autor (soldado en la segunda Guerra Mundial, preso en el Gulag luego, deportado permanentemente a continuación, con cáncer), de la médico Dantart, de Rusánov, hombre del régimen, que está inquieto porque percibe cambios en el establishment tras la muerte de Stalin y teme que liberen a algunos que él mandó con sus delaciones a prisión: es el estalinista, la figura instalada, que tiene un marco mental donde todo son enemigos de clase, sin preocupación en absoluto por las personas particulares, en favor de la marcha de la historia, que curiosamente coincide con lo que decidía Stalin.

Yo Pabellón de cáncer lo había leído lo menos hace 30 años. Ahí sí que tuvo mérito, porque entonces la mera palabra cáncer ya me creaba grandes temores. Entre medias pasé yo por uno y aquí estoy, no sin miedo, pero viéndolo de otra manera. El libro lo vi en una librería de viejo y decidí comprarlo y releerlo. Ha sido como una lectura nueva.

Hay "novelistas de pura cepa": uno es Solzhenitsyn. Basta que leas algo suyo para que se abra un mundo de personas vivas, de relaciones, de ambientes. Te instalas con el libro y vives esas vidas.

Me ha sorprendido la serenidad con la que actúan todos. Yo estaría, en su caso, en un estado de paroxismo o desesperación: aquí todo viene como toca, y a muchos les ha tocado una situación extremadamente difícil: guerra, purgas, hambre, dictadura. Por lo demás, todo parece normal, la gente vive con normalidad (o Solzhenitsyn lo cuenta así, en la medida en que puede) y no hay más perspectivas que el corto plazo. Tampoco nadie se queja, no se habla de que se aburran: alguno lee, los demás están allí, esperando lo que venga.

Al final está la esperanza, la personal de Kostoglótov, y la de los personajes en conjunto, en una época que, dentro de la dictadura soviética, fue de inicio de un deshielo. Es una esperanza pequeñita, eso sí,

viernes, 13 de marzo de 2026

Un trozo de cielo

En la Avenida de Coimbra, junto a un camelio enclenque, pero florecido, vi la pared de las Clarisas con esa chimenea tan tremenda, pero en lo que me fijaba era en el cielo muy azul: ventajas de pasarse meses sin verlo, porque llovió, llueve y parece que va a seguir lloviendo, a ver si logramos un record.

Ayer el cielo azul al que le hice esta foto era muy azul y, por ventura, la foto le hace justicia:

jueves, 12 de marzo de 2026

De Souvirón a d'Ors

Jose María Souvirón escribe esto con 56 años:

Me han enviado tres fotografías que me sacaron durante mi conferencia del lunes. Tres instantáneas bien hechas, en tres actitudes, bastante vivas las tres. He quedado sorprendido exactamente con las tres fotos. Soy mucho más viejo de lo que me creo. Si la gente me ve como estoy en esas fotos, no me extrañan muchas cosas que «suceden», y ciertas decepciones que me llevo al juzgar como respeto lo que solo es distancia. Soy un señor, un «don» José María inevitable. Pero por dentro sigo tan tontamente joven, que aún me creo capaz de producir impresión de juventud a la juventud. (...)

Lo malo -¿o lo bueno?- es que este contraste entre mis arrugas y surcos, entre la calva y la mejilla caduca, y mis impulsos casi infantiles de alegría, comunicación y atracción deben ser muy violentos, y debo tener cuidado con lo caricaturesco que pueda salir de ese choque entre apariencia real y actitud también real, pero inverosímil. Hay peligro de ridículo. (...).

Me ha recordado el poema del último libro de Miguel d'Ors, que copio de la web de la editorial:

Afeitándome

Una mañana más… No
puedo creer que sea yo
este señor gris y viejo
que aparece en el espejo
mirándome. La verdad
verdadera es que mi edad,
como otra vez escribí,
va por delante de mí
y que yo le sigo el paso
con décadas de retraso.
Qué raro sentir que voy
tan por detrás del que soy.
Qué raro, ya ante el abismo,
ser más joven que uno mismo.


miércoles, 11 de marzo de 2026

A la caza de los magnolios de flor

Parece un título de Proust, pero es el resultado de la envidieja que me dio un artículo de La voz de Galicia con fotos deslumbrantes. Yo, en el paseo del sábado, fui a buscarlos a la finca de Vista Alegre, pero no había más que uno y ya casi sin flores. Luego sí que atisbé otro cruzando por las huertas de Carretas, pero al acercarme por detrás del Pazo de Rajoy estaba todo en obras, así que hice de la necesidad virtud y me salió una foto post-industrial:


Al volver, resultó que en san Francisco había tres bandas de música, porque parece que tenían un concurso. A los últimos les hice una foto. Tocaban algo como lo de Supercalifragilístico espiralidoso: