En mi camino de siempre a la Facultad, casi al llegar cruzo la plaza de la residencia del Burgo de las Naciones. Hay un círculo de plátanos, que sistemáticamente podaban los últimos veinte años. Este año no. Los troncos, que ahora son como de dos metros, están sosteniendo ramas de tres, haciendo un espacio denso de hojas.
He empezado a leer Radiaciones, los diarios de la Segunda Guerra Mundial de Ernst Jünger, que me están gustando mucho. Ahí me encuentro esto sobre unos árboles de la misma especie, aunque mucho más grandes:
Esta sombreada soledad, en la que Naturaleza y arte de vivir se equilibran de un modo tan bello, se extiende al borde de la Avenue Jaurès, que recorro a menudo en mi camino hacia el servicio, pero nunca sin dejar de recrear mis ojos en dos hermosos plátanos inusitadamente recios; plátanos de tales dimensiones no los he visto más que en la isla de Cos, en la de Rodas y en Esmirna. Un árbol como ése es el más bello símbolo de la actitud que por su puro existir hace presentes el poder y la dignidad; no cabe duda de que el plátano es un árbol que merece ser engalanado con cadenas de oro y que su cuidado se encomiende a guardianes especiales, como puede leerse en Heródoto.








