miércoles, 18 de marzo de 2026
La Cúpula de la Catedral de Florencia
martes, 17 de marzo de 2026
Sobre Los domingos
Me gustó mucho, mucho la película Los domingos. Creo que es una de las mejores películas españolas de los últimos años, al menos del siglo XXI no se me ocurre ninguna a su altura.
Me ha resultado muy iluminador un artículo de don Lucas Buch, que podéis leer en este enlace de la revista Omnes y también en su página original en academia.edu. Gracias a él he descubierto aspectos que la película no llega a describir en toda su hondura, en torno al proceso vocacional que está en el centro de la trama. No es una película sobre una vocación, sino cómo es recibida en una familia entre neutra y hostil, pero lo que señala don Lucas son puntos dignos de considerarse en una valoración de la película en su conjunto.
Lo comentaba con alguien y es verdad que puede que ese caso, describiendo mucho mejor lo que es, de dónde surge y lo que supone una vocación, la película no hubiese logrado la práctica unanimidad de aceptación que ha tenido, porque, tal como es, ayuda a encontrarse todos en torno a algo que, sin esos ingredientes, podría haber sido rechazado por algunos.
Yo el punto de vista de la tía Maite lo veo perfectamente reflejado en la película, porque por lo demás es el hegemónico. Seguramente un público de tías Maites es al que se dirige sobre todo la película. Lo fascinante es que los que estamos tristemente acostumbrados a lo contrario, veamos la perspectiva católica aquí presentada de un modo serio, ni ridiculizada ni parodiada ni reducida a esquematismos paródicos. Es algo tan raro que nos llena de asombro. Normalmente en las películas españolas las monjas aparecen como actrices disfrazadas de disfraz de monja, con la toca mal puesta, con cara de ajo.
No es ni una película católica ni de una directora católica ni pretende ser católica. No pretende ser una película apologética del cristianismo, muestra un conflicto y lo hace con seriedad, aunque a mí me cueste creerme la posibilidad real de una situación así en una familia como esa: eso también lo explica, creo, el artículo de don Lucas Buch muy bien.
Escrito todo esto, he oído el podcast Para no hablar del tiempo, que le dedica un monográfico a la película: excelente, muchos comentarios estupendos. Muy bien.+
lunes, 16 de marzo de 2026
Pabellón de cáncer de Alexandr Solzhenitsyn
Estas semanas he estado viviendo en un lugar en principio desolador, un pabellón de enfermos de cáncer en Taskent, la capital de una república soviética, Uzbekistán, al poco de morir Stalin, pero me he sentido como a gusto allí, una sensación rara, porque me horrorizan los hospitales y más el mundo del cáncer, pero el autor lo hace todo tan cercano, tan cotidiano, en su horror, contando la vida de los enfermos, los médicos, los sanitarios, que te acabas encontrando allí como uno más, queriendo oír de ellos, del protagonista Kostoglótov, que claramente es un trasunto del autor (soldado en la segunda Guerra Mundial, preso en el Gulag luego, deportado permanentemente a continuación, con cáncer), de la médico Dantart, de Rusánov, hombre del régimen, que está inquieto porque percibe cambios en el establishment tras la muerte de Stalin y teme que liberen a algunos que él mandó con sus delaciones a prisión: es el estalinista, la figura instalada, que tiene un marco mental donde todo son enemigos de clase, sin preocupación en absoluto por las personas particulares, en favor de la marcha de la historia, que curiosamente coincide con lo que decidía Stalin.
Yo Pabellón de cáncer lo había leído lo menos hace 30 años. Ahí sí que tuvo mérito, porque entonces la mera palabra cáncer ya me creaba grandes temores. Entre medias pasé yo por uno y aquí estoy, no sin miedo, pero viéndolo de otra manera. El libro lo vi en una librería de viejo y decidí comprarlo y releerlo. Ha sido como una lectura nueva.
Hay "novelistas de pura cepa": uno es Solzhenitsyn. Basta que leas algo suyo para que se abra un mundo de personas vivas, de relaciones, de ambientes. Te instalas con el libro y vives esas vidas.
Me ha sorprendido la serenidad con la que actúan todos. Yo estaría, en su caso, en un estado de paroxismo o desesperación: aquí todo viene como toca, y a muchos les ha tocado una situación extremadamente difícil: guerra, purgas, hambre, dictadura. Por lo demás, todo parece normal, la gente vive con normalidad (o Solzhenitsyn lo cuenta así, en la medida en que puede) y no hay más perspectivas que el corto plazo. Tampoco nadie se queja, no se habla de que se aburran: alguno lee, los demás están allí, esperando lo que venga.
Al final está la esperanza, la personal de Kostoglótov, y la de los personajes en conjunto, en una época que, dentro de la dictadura soviética, fue de inicio de un deshielo. Es una esperanza pequeñita, eso sí,
viernes, 13 de marzo de 2026
Un trozo de cielo
jueves, 12 de marzo de 2026
De Souvirón a d'Ors
Jose María Souvirón escribe esto con 56 años:
Me han enviado tres fotografías que me sacaron durante mi conferencia del lunes. Tres instantáneas bien hechas, en tres actitudes, bastante vivas las tres. He quedado sorprendido exactamente con las tres fotos. Soy mucho más viejo de lo que me creo. Si la gente me ve como estoy en esas fotos, no me extrañan muchas cosas que «suceden», y ciertas decepciones que me llevo al juzgar como respeto lo que solo es distancia. Soy un señor, un «don» José María inevitable. Pero por dentro sigo tan tontamente joven, que aún me creo capaz de producir impresión de juventud a la juventud. (...)
Lo malo -¿o lo bueno?- es que este contraste entre mis arrugas y surcos, entre la calva y la mejilla caduca, y mis impulsos casi infantiles de alegría, comunicación y atracción deben ser muy violentos, y debo tener cuidado con lo caricaturesco que pueda salir de ese choque entre apariencia real y actitud también real, pero inverosímil. Hay peligro de ridículo. (...).
Me ha recordado el poema del último libro de Miguel d'Ors, que copio de la web de la editorial:
AfeitándomeUna mañana más… No
puedo creer que sea yo
este señor gris y viejo
que aparece en el espejo
mirándome. La verdad
verdadera es que mi edad,
como otra vez escribí,
va por delante de mí
y que yo le sigo el paso
con décadas de retraso.
Qué raro sentir que voy
tan por detrás del que soy.
Qué raro, ya ante el abismo,
ser más joven que uno mismo.
miércoles, 11 de marzo de 2026
A la caza de los magnolios de flor
Parece un título de Proust, pero es el resultado de la envidieja que me dio un artículo de La voz de Galicia con fotos deslumbrantes. Yo, en el paseo del sábado, fui a buscarlos a la finca de Vista Alegre, pero no había más que uno y ya casi sin flores. Luego sí que atisbé otro cruzando por las huertas de Carretas, pero al acercarme por detrás del Pazo de Rajoy estaba todo en obras, así que hice de la necesidad virtud y me salió una foto post-industrial:
martes, 10 de marzo de 2026
Solo, feliz y desdichado
Hay momentos especialmente logrados en el Diario II de José María Souvirón, en el uso de los adjetivos. Por ejemplo en una descripción breve:
el cielo castellano estaba hermoso: anubarrado, diverso, con sol en ocaso, rojo y grandes cúmulos azules, grises, dorados, negros. La carretera está mojada y brilla admirablemente, Es una de esas tardes en que todo tiene una belleza comunicada, trasmitida, compartida. Pasan unas niñas en bicicleta: son amables y bellas. Una vieja que camina: es bella y amable. Unos soldados, labradores, obreros, y todos son hermanos, amigos, todos -ellos y nosotros- estamos en la misma vida casi de paraíso que nos une, nos establece y nos comunica. En estas tardes soy tan humanamente feliz, que pienso en el cielo como esto en mejor. Da gusto haber sido creado (210-211).
Aquí cuenta que entra en un bar donde hay alguien que toca el acordeón de modo especialmente inspirado y que acaba emocionándole:
Estoy encantado. Sueño. Pienso en mis hijos aquí. ¡Cómo gozarían con esto! La música me conquista, me domina. Belleza de lo primoroso vulgar. La noche es bella. No hace frío. Me gustaría estar acompañado. Tal vez por P. F. Pero no: mi hija, mejor, que participaría conmigo, como nadie, de este encanto de la hora extraña. El hombre que lleva el compás se ha puesto soñador hasta el colmo; ya no está ahí, sino en otra parte, con alguien que, también él, quiere que le acompañe. De pronto no puedo más. Pago y salgo corriendo, hablando solo, feliz y desdichado (147).





