Hace 14 años no fui a ninguna celebración religiosa de la Iglesia de Suecia, y no por falta de curiosidad: me parecía como que no debía meterme a husmear en algo que además no me parece ni de lejos lo que es la Misa en la Iglesia Católica; en la Iglesia de Suecia como mucho se hace presente Cristo en la palabra, que algo es, y aun mucho, pero no está ahí Cristo mismo, en la Eucaristía.
Enfrente de donde vivía tenía la iglesia de Engelbrekt, un hito de la ciudad de Estocolmo. A mí me gustaba bastante, en ese estilo como nacional con aires góticos quizá, que imita la rudeza de lo vikingo y con unos frescos muy buenos.
Un domingo pensé ir a la celebración religiosa principal pero llegué tarde: era como después de la homilía (no me importó mucho: era en sueco). El pastor recitaba oraciones junto a un altar (no en el original grande y elevado, sino debajo); también nos pasa aquí eso). Mientras los treinta que estábamos allí, desperdigados por la gigantesca iglesia, permanecíamos sentados. El cáliz tenía puesto un cubrecáliz, extendió una tela a modo de corporal, encima colocó el pan y el cáliz y pronunció las palabras de la Última Cena. Todos seguíamos sentados. Luego nos pusimos en pie. Llegó el momento de comer el pan: los que se acercaron, cogían un trozo y lo mojaban en el cáliz. Acabado todo, hubo lo que parecía una bendición (algunos se santiguaron) y nos quedamos sentados, mientras el imponente órgano tocaba con gran delicadeza. Fue un prodigio de serenidad, contención y sobriedad. No era una Misa, no se hacia presente Cristo con su Cuerpo y con su Sangre, con su Alma y con su Divinidad. Yo sentí pena por ellos, que con buena conciencia quieren amar a Dios en Cristo y no tienen la Misa y no pueden comulgar su Cuerpo y beber su Sangre. Dios encontrará el modo de unirse a ellos, quizá como en Emaús, porque de su parte ponen mucho, pero no están donde mejor podrían estar, sin saberlo seguramente.




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