Una barca salvavidas. Se ahogaron 30 de los 450 que iban:
viernes, 4 de septiembre de 2026
Fui a ver el Vasa
Una barca salvavidas. Se ahogaron 30 de los 450 que iban:
jueves, 3 de septiembre de 2026
Un paseo a Bellevue
Metiéndome por calles laterales llegué pronto al final por arriba del barrio de Östermalm, donde viví esos días. Justo ahí había una entrada al gran parque que recorre Estocolmo, desde el mar hasta arriba. Era una esquina llamada Bellevue, bonita, con árboles que me impresionaban, de tan cuidados y armoniosos, quizá hasta centenarios. Por allí había un lago o podía ser el mar, con embarcaderos. Transpiraba todo de una gran serenidad: puede que dentro de casa los suecos se tiren los trastos a la cabeza, pero los parques como ese son un atisbo de un cielo pleno de armonía.
En medio estaba el taller de Carl Eldh, un escultor. Yo vi que justo al pasar lo abrían para visitas e, ingenuo de mí, pensé que sería gratis: qué va, 14 euros por ver una casita con su lugar de trabajo y unas copias en yeso. No sé si lo pagaría por el taller de Rodin (por el de Donatello sí), pero el del pobre Eldh ahí se quedó, en las uñas de mi roñosería, no visto por mis ojos, que se comerá la tierra.
Pero mirad los espacios de por allí:
A la vuelta me fijé en las vistas de Estocolmo desde uno de esos mogotes que hay desperdigados por esa llanura que es casi toda la ciudad de Estocolmo. Aquí había un depósito de agua con forma de castillo y desde el se veía el rascacielos de Koolhaas, del que ya hablaré:
miércoles, 2 de septiembre de 2026
La Biblioteca de Asplund en obras
Casi lo primero que hice en Estocolmo fue ir a volver a ver la biblioteca que hizo Gunnar Asplund en 1928: ahora está en obras y la reabrirán en su centenario: coincide con otros centenarios que yo me sé.
La recordaba, pero en mi recuerdo era más pequeña, más de juguete. Ahora me pareció más rotunda, más imposante, si me permitís que lo diga en francés. Es un cuadrado y un cilindro, aquí vistos por un lado:
Entre medias del cuadrado corría un friso que yo creí la primera vez que era jeroglíficos egipcios y no, que eran imágenes modernas con aspecto de egipcias, pero de todo tipo:
martes, 1 de septiembre de 2026
Impresiones generales de Estocolmo
Había estado hacía catorce años: guardaba un gran recuerdo. Estas tres semanas que estuve ahora me supieron a poco. Yo creo que me visualizo bien pasando los veranos en Estocolmo (y quizá también en Oslo, Copenhague o Helsinki, en ciudades grandes de ritmo reposado veraniego y temperaturas suaves).
Por destacar algunos rasgos:
Los lloros de los niños. Las risas de los niños. Familias con dos o tres o cuatro niños.
Extrema eficiencia. Gran puntualidad. Los peatones cruzaban en rojo si no había coches. La vida fluía.
Todo lo que se puede pagar, lo pagas. Todo se puede pagar con tarjeta y todo el mundo paga todo con tarjetas o con un sistema, Swish, similar, creo, a Bizum.
Yo no vi casi librerías. Solo una, de libros extranjeros, en toda la ciudad. También varias de segunda mano.
Parece que todo el mundo sabe inglés y lo pronuncian con gran perfección.
En los contenedores de reciclar hay uno para periódicos y otro para otros tipos de papel.
A mí Estocolmo me parece una ciudad noble y solemne. Tiene edificios sólidos y respetables. En algunos casos tiran a transformarse en un estilo nacional: parten del gótico o el barroco para terminar en unas formas primitivistas, pero sin frivolidades ni barbarismos.
Las iglesias son casi todas del XVIII. En las de la Iglesia de Suecia tienen cafés. También hacen yoga y organizan paseos. Había algunos conciertos de música. Me dio la impresión de que estaban bastante perdidos. Muy buena gente. Todo políticamente correcto, con las banderas que toquen en cada momento. Parece que hay mayoría de pastoras, cosa que no me extraña en absoluto.
Este es el café de una iglesia:
lunes, 31 de agosto de 2026
Dias de la vuelta en agosto
Me pasé los primeros días leyendo despacio una tesis. Luego, seguí revisando un artículo para adaptarlo a las normas de publicación de una revista, que mira que eran especialmente molestas: detallaban hasta qué tipo de comillas había que usar; ha sido la primera vez en que hasta limitaban el número de caracteres del título. Luego, en estos días de agosto, que por suerte no han sido especialmente calurosos, me tocó revisar otro artículo que está a punto de publicarse. A principios de agosto, en Estocolmo, había tenido que mirar las pruebas de un libro: claramente lo de la inviolabilidad de agosto a efectos académicos no se extiende a los perendengues de la edición.
Santiago estaba como muerto, aunque lleno de peregrinos y turistas en el centro y de turistófobos consumiéndose en los alrededores, por la rúa de san Pedro por ejemplo. Hubo un artículo particularmente estúpido de Sergio del Molino, doblando las fobias del conocido como Barroquista.
Pude ver algo nuevo de Santiago, porque nunca había estado en la fiesta de san Roque, patrono o protector o lo que sea de la ciudad desde 1517, al que se hace un voto en su fiesta (el alcalde de las Mareas y ahora la del Bloque se negaron, así que han puesto a alguien de la "sociedad civil"). Salían justo de la iglesia cuando los vi, no mucha gente, pero allí estaba el Arzobispo y representantes del Ayuntamiento:
Fui también un día a la Ciudad de la Cultura. Había una exposición sobre el Pacífico que no me dijo nada y que pasé a la carrera. Antes había visto la enésima exposición de arte gallego, esta vez "sobre las cuatro estaciones": whatever. Le hice una foto precisa a una foto difusa de unas frutas de Vari Caramés y a dos cuadros de Francisco Llorens:
jueves, 13 de agosto de 2026
A la altura del eclipse
Yo estaba más bien con los qué importa y para qué tanto. Volvía justo ayer de Estocolmo y caí en la cuenta de que me iba a pillar en el avión de Madrid a Santiago: bueno, no lo veré o no sé qué veré, pero mejor no mirar, no me vaya a quedar ciego.
El avión a Santiago es ahora un avioncito de Air Nostrum. No esperaba nada, salvo llegar con bien, pero resultó que nos regalaron unas gafas para mirar el eclipse, a diferencia del vuelo de Iberia de cuatro horas de Estocolmo a Madrid, donde no nos dieron ni agua.
Lo del eclipse lo comenté con la señora sentada al lado, que resultó ser una argentina encantadora que se acababa de quitar el abrigo al sentarse, porque había pasado en cinco minutos, los que recorrió fuera del aire acondicionado del aeropuerto, del invierno bonaerense a un verano sahariano. Los dos no nos atrevíamos a mirar, pero por la ventanilla yo acabé echando una mirada y se veía el sol con un trozo menos; seguí y así continuaba. Nos lo fuimos contando, lo que íbamos viendo. Yo miré por la ventanilla de delante y era el círculo completo: me dio mucha alegría verlo. Caí en la cuenta de que doy por supuestos el sol, al que llevo desde junio acusando de caluroso, y la luna, a la que ni me digno mirar. Me dio mucha alegría estar en el mundo, entre la creación. Luego me acordé del God's World, de Edna St. Vincent Millay, que nunca viene mal citar.
Al llegar a ese momento del eclipse total, como que el mundo se cubrió de oscuridad durante un minuto: luego volvimos a la luz de un día cálido de verano en que anochece tardísimo todavía en Santiago. Pregunté al llegar y habían visto el eclipse, pero no eran muy conscientes de esa noche repentina: quizá era desde arriba desde donde se notaba más. La luna debió taparnos toda la luz a esas alturas del vuelo aéreo.
Luego se acercó un señor que había llevado una cámara con un objetivo de un metro por lo menos y resultó que le habían dado permiso y había documentado todo desde el avión. Me preguntó que si quería contestar a unas preguntas y me grabó contando mis sorprendidas reacciones de entusiasmo sobrevenido. En alguna de las redes sociales apareceré, balbuceando en inglés. Casi mejor no verme.
Los días en Estocolmo han sido estupendos. Tengo mucho que contar: lo haré en septiembre. Me asomaba aquí solamente a saludar.
Hice fotos a ver qué salía y me salió esto, que no es lo que esperaba:





















