Me he acabado demasiado pronto el volumen III de los Diarios de José María Souvirón, donde han reunido los cuadernos VII y VIII, entre 1960 y 1965: ya no escribe tan de seguido, hay algunas lagunas de periodos vacíos y llamativamente se produce un proceso de entrada en el interior, de despreocupación creciente de lo exterior, lo social, el mundo literario. Quizá tenga que ver en buena parte la muerte inesperada de Leopoldo Panero y el distanciamiento, que no es definitivo, con Luis Rosales: eran sus mejores amigos.
Sigue viviendo en el Colegio Mayor Cisneros, sigue trabajando en el Instituto de Cultura Hispánica (con un periodo de trabajo, que le había conseguido Leopoldo Panero, en Selecciones del Reader's Digest, aunque pronto lo deja, un motivo de fricción con Rosales), pasa los veranos viviendo en la casa de una hermana en Málaga y tiene ocasión de ver a sus hijos, por un viaje suyo a Chile y por los que ellos hacen a España.
Es la vida de un hombre que ha elegido la soledad. No es lo que habría querido, pero es con lo que se ha encontrado y lo que ha ido aceptando en su vida, como explica al final de este volumen. Cada vez más centrado en su trabajo y su dedicación a la escritura, sus anotaciones son aquí cada vez más de su vida interna, de lo que percibe en su interior, cada vez más hondo en sus reflexiones y menos interesado en la vida externa.
Este volumen abarca los años que lo hacen contemporáneo mío: cada vez se va despojando de más cosas y mirando las cosas con más despego. Se siente mayor, lo que me ayuda a mí a recolocarme en mi edad actual, de la que tiendo a olvidarme.
Este texto, un apunte del sábado, 10 de octubre de 1965 (363-364) da el tono del volumen:
Esta tarde salí a pasear. Me fui por un camino, hacia el río, que nunca había recorrido. El paisaje estaba tierno y crepuscular y los edificios, lejanos. Delante de mí, a unos cien metros, caminaba un hombre de mi edad, que llevaba abrigo. Andaba como a saltitos. Todo estaba tranquilo y glorioso. De pronto me dio una gran pena de aquel hombre. ¿Por qué? Tal vez porque me daba pena de mí, que iba, como él, solo por un camino solo. Pero el hombre a lo mejor era feliz -como yo- en esos momentos. Las matas ya otoñales, en los terraplenes de los dos lados del camino, se movían muy dulcemente, como meciéndose a sí mismas para dormir. Se me vino a la memoria no sé qué música antigua y me puse a tararearla. Luego, como por un raro pudor, me callé. Y a todo esto, mi paso más rápido me había hecho alcanzar al hombre. Cuando pasé por su lado, adelantándole, oí que él también tarareaba, mejor dicho, canturreaba. Y lo hacía como con técnica, como un tenor jubilado, quizás de iglesia, de esos que cantan contratados en bodas y funerales. Y entonces yo volví a tararear, y a lo lejos, un tren -ese tren que tantas veces pasa, lejos, en mis paseos- se puso a tocar su trompeta y la tarde se lleno de músicas malas y separadas, de músicas verdaderas e instintivas, y se fue haciendo noche. ¿Me habrá compadecido ese hombre o se habrá alegrado conmigo?




