viernes, 30 de octubre de 2026

Dos podcasts que oí de vuelta de Burgos

Uno era una conversación de dos periodistas que admiro, Hughes (de columnas brillantes y crónicas de partidos del Madrid superlativas) y Victor Lenore (periodista cultural de oceánica sabiduría musical y gustos muy fuera del carrilito). Dicen verdades como puños y señalan algunas cuestiones que claman al cielo:
   
El otro era una conversación en castellano de Fabrice Hadjadj en el Club Dalroy. Me parece un prodigio de finura, aunque no acabe de ver yo la importancia de la carpintería o el teatro en la formación integral:
 

jueves, 29 de octubre de 2026

Los conciertos de la Casa de conciertos de Estocolmo


El Conservatorio es literalmente Casa de Conciertos, Konserthuset, un edificio azul que es famoso porque allí es la entrega de los Premios Nobel. Cumplen ahora cien años y había jornadas de puertas abiertas y conciertos breves de chavales de 16 a 19 años. Entré y había uno empezado, de lieder de Schubert cantados por un contratenor, Matheo Vivien, y con un pianista acompañante, Otis Kenward. Se llamaban Duo Fabulae. Fue un rato muy agradable, que se me hizo corto:


Volví al día siguiente. Esta vez eran dos breves conciertos de grupos de jazz. El primero era el Trane-Miles Kvintett, que conmemoraban el centenario de Miles Davis y John Coltrane. Fue una delicia, esos veinte minutos de improvisaciones de composiciones de jazz:


Y luego, Tre mot två Kvintett, el quinteto tres y dos, de dos conversatorios distintos de Estocolmo, que tocaban jazz sueco, también muy bien. Una delicia:

miércoles, 28 de octubre de 2026

Por Djurgården


Djurgården es una isla en Estocolmo, al lado del centro. Allí hay varios museos y Skansen, un parque de casas y tradiciones suecas, que tampoco visité esta vez. Pero la mayor parte de la isla es bosque y caminos y alguna casa suelta.
 
Cogí el autobús 67 hasta el final de la isla, en Blockhusudden y me puse a volver andando por el borde, mirando el mar y la parte de abajo de Estocolmo:





Es un paseo precioso, quizá media hora hasta Waldemarsudde, un palacio en el que vivía el príncipe Eugen, que era pintor y además buen pintor, para colmo. Allí dejó su hacienda y su colección de arte al estado sueco. No entré, pero me fijé en un reloj de sol donde ponía Sole, sole gaudeo, es decir, Con el sol, con el sol me gozo:


A partir de allí el camino se mete por dentro, porque hay casas (y qué casas y qué coches tenían en las casas) y llegas a la zona de los Museos, por ejemplo el de ABBA, con cola para entrar (tampoco lo visité) hasta que se llega al parque de atracciones y oyes los gritos de terror alborozado de los que se han subido en unas atracciones tremendísimas:

martes, 27 de octubre de 2026

Manzanas

Este fin de semana en Burgos había muchas manzanas en la cocina, todas de distintos regalos de hortelanos amigos. Estaban en una caja, en cestos, también en fila encima del frigorífico. De pequeños teníamos manzanas formando una cenefa por el borde de los armarios.

Hay una bienal de arte por la ciudad (no soy muy partidario). Estaba abierta una capilla que no conocíamos, en la antigua iglesia de san Francisco, con retablos reguleras y en medio una ucraniana artista había puesto un órgano con los tubos rotos, con el transparente símbolo de la guerra de los rusos contra ellos. Vimos también un babel de sillas en equilibrio inestable en la Llana, enfrente del exterior de la capilla del Condestable, que hay que tener audacia para atreverse a equipararse. En mi antiguo instituto, en la antigua capilla, habían puesto unos ordenadores con videojuegos, supongo que vanguardistas. Eva me animó a que subiéramos al castillo, que no estaba lejos, pero no quise, por la cuesta: han puesto una estructura que lo rememoraba a base de un esqueleto metálico.

En el camino a Burgos vi tractores arando. Con ver un poco de campo cada dos meses, me basta.

Derrota sin paliativos al parchís, con resultado abultado a favor de mis hermanas. Dos veces estuvimos a un 1 de ganar, pero no.

Fuimos a la Plaza de Abastos de la zona sur y había un puesto donde vendían pollos a una velocidad pasmosa: pechugas, pollos enteros, alas, patas: asombroso. Luego, haciendo recados por el medio, llegamos a la Plaza de Abastos de la Plaza de España y en un puesto monográfico de morcillas compramos una: nos debimos confundir o se confundió la señora, porque resultó, cuando nos la comimos, que tenía pimentón. Nunca la había probado así: estaba buena.

Mi madre me hizo alubias pintas y otro día lentejas, mis caprichos. Eva hizo postres de manzana. Comimos compota de manzana, Marga ordenó las cajas de manzanas. Todo manzanas. Muy buenas.

Nos reímos mucho a cuenta de una discusión sin salida, sobre cuestiones referidas a morcillas y sus tipos y dónde las vendían. También me hizo mucha gracia una revista de un grupo literario, de gran entusiasmo y nula inspiración. Leí un cuento de una gallega despechada que le mandaba unas botellas de Albariño envenenadas de arsénico al narrador, presunto burgalés (aunque no se explicitaba), que la dejó tirada a pesar de haberle prometido matrimonio. Cómo son las gallegas, hay que ver.

Ya que no vi el castillo, pongo una foto, con la estructura metálica delante que han hecho para recuperar los volúmenes

lunes, 26 de octubre de 2026

No y mil veces no de Nina Lykke

No y mil veces no es el tercer libro de Nina Lykke que leo. Me ha dejado un poco tocado: 

Voy a contar el argumento, así que cuidado: trata de un matrimonio convencional que, cuando tienen unos cincuenta años, se rompe. Él conoce a una más joven y se lía con ella. La mujer ni reacciona: ya todo le daba bastante igual, sus hijos ya mayores, tan pasotas, realquilados en su propia casa sin hacer nada, su marido, su trabajo. Su madre se suicidó cuando ella era muy pequeña. Su padre, alcohólico, se ahogó en una borrachera. 

Ella es una fanática del control, quiere dominar todo lo que puede ocurrir y ha dedicado su vida a tenerlo todo bien, a cumplir lo que se supone que hace una familia modélica. Pero lo que les falta es vida, todo lo demás. El marido acaba descubriendo que con su nuevo ligue va a terminar acabando en otro matrimonio banal, aunque con una mujer muy joven, pero con un hijo para el que él es demasiado mayor ya: y cae en engañar con otra a la segunda, con la que sigue viviendo, y con sus dos hijos veinteañeros, en una casa en la que ya ni siquiera hay el orden de la original.

A mí el libro me resulta demoledor porque no hay horizontes. No sé si se podría hacer una correlación con la Europa actual: todo cuidadito, todo funcionando, pero sin sentido ni porqué. Es como beber nihilismo este libro. Por no tener, no tiene el humor de otros libros de ella. 

Me ha impresionado el cuadro, no sé si realista o expresionista.

viernes, 23 de octubre de 2026

Doña Inés de Azorín

Doña Inés es la última novela del volumen I de novelas de Azorín de la Biblioteca Castro, que he ido leyendo estos últimos años. Me ha gustado leer las obras en esa edición, sin introducciones ni notas, el texto limpio, aunque mira que Azorín gusta de espolvorear palabras antiguas por los textos, por lo demás tan limpios y se agradecería tener notas que las aclarasen, sin tener que recurrir al diccionario.

A mí el Doña Inés del título no me decía nada. Luego resultó que era la de don Juan Tenorio, obra que no he leído ni he visto. Esta novela trata, como el Don Juan de Azorín, sobre lo qué pasó después. Aquí se sitúa sobre todo en Segovia, en 1840. Me ha gustado leer los capítulos, breves, serenos, muy descriptivos, con ese estilo de frases breves tan característico. 

El drama surge en la última parte y se resuelve con la huida de la protagonista de la posibilidad del amor en un momento de su declinar vital, en el que ella es la que puede ser sensata. Hay una sensación de melancolía conseguida, hay otros elementos que aportan a la novela, pero creo que no acaba de cuajar. De todos modos, es una lectura interesante. 

jueves, 22 de octubre de 2026

Un concierto de órgano en Engelbrekt

Era el Sommar Orgel 2026 de la iglesia de Engelbrekt, nuestros vecinos, y fui a la sesión del 6 de agosto, "Para cuatro manos y pies", que tocaban al alimón Erik y Åsa Nyberg. Aquí los tenéis, bien majos:

No recordaba la última vez que había escuchado un órgano por escucharlo: más bien huyo de ellos, pero en Suecia todo se hace novedoso.

Me puse delante, en la segunda fila, esperando evitar ruidos, aunque suponía que estaría todo el mundo muy callado, tratándose de suecos. Justo detrás de mí se puso una pareja que resultó que hablaban en español. No fue eso lo malo, sino que poco antes de empezar aparecieron dos niñas y se sentaron al lado de sus padres. Me di por perdido: españoles con niños pequeños en un concierto de órgano, desgracia segura. Cuando la mayor empezó a dar cabezazos en el banco me salí del mío y me puse en el de delante, el primero de la iglesia. Luego, cuando la pequeña hacía ruido con el programa de mano, yo lanzaba miradas de soslayo, pero los padres se hacían los locos, como si estuvieran en La Pola.

El concierto empezó muy de órgano, muy de retumbar, con una sonata de Gustav Merkel, luego pasaron a un Adagio für die Flötenuhr, que he buscado y es "reloj de flautas", sea eso lo que sea. Dos piezas más y tocaron The stars and stripes forever, de John Philip Sousa, que no lo visualizo yo mucho para una iglesia, pero sí que debe de ser a cuatro manos, que era de lo que se trataba. Luego venía un Evensong op 68 de Charles Callahan y terminaron con nada menos que el Bolero de Ravel, para órgano a cuatro manos, claro. Me gustó, no me entusiasmó, pero lo sentía en las entrañas, era hipnótico, como es sabido. El que presentaba el concierto dijo algunas palabras previas en las que entendí "Ravel", "español" y un chiste sobre castañuelas que el organista recogió negando: sin castañuelas pues. De todos modos, este Bolero de Ravel no es muy español, es como mucho de las Mil y una noches, por decir algo.