viernes, 10 de julio de 2026
El museo Kimbell de Louis Kahn y un Rafael de la Casa de Alba
jueves, 9 de julio de 2026
Jünger en la caza sutil
En Radiaciones I menciona muchas veces Ernst Jünger lo que llama "caza sutil": es la de insectos. La hace por ejemplo en el Cáucaso:
A continuación en la hondonada del Pshish, para la caza sutil. En un tocón podrido un nido de Diaperis boleti de patas encarnadas - es la variedad caucasiana. El estudio de los insectos ha devorado mucho tiempo en mi vida pero es preciso ver esa ocupación como un palenque en el cual se entrena uno en las más finas artes de la diferenciación. Tales artes permiten echar una mirada al interior de los rasgos más delicados de los paisajes. Al cabo de cuarenta años lee uno textos en los élitros como un chino que conoce cien mil ideogramas. Ejércitos de maestrillos y de pedantes han ideado el sistema en un trabajo que pronto hará doscientos años que empezó.
miércoles, 8 de julio de 2026
Vate, luego adivino
Me llamó la atención que la conocida puntillosidad de Miguel d'Ors, de la que da cuenta en sus libros, cuando se queja de que citen mal sus poemas, se le revolviese contra sí mismo, como detalla en sus Últimas virutas de taller: ahí explica lo que le dolió cometer nuevas erratas en la edición de sus Poesías completas: es como pasarse en la revisión, pero por el otro lado.
Lo mejor que puedo hacer yo, para no caer en falta, es poner aquí una foto de un poema suyo de Viaje de invierno y que parece (es muy fácil decirlo post eventum, pero se podía suponer), claramente profético:
«Tres deseos» contiene, como otros muchos poemas míos, un final inesperado. En este caso, más inesperado que nunca, me parece, ya que, después de introducir al lector en un clima muy lírico, lo pone de sopetón ante un tema abiertamente ideológico (aunque, en lo que a mí respecta, no menos emocional y sentido). A ver qué argumentos de orden literario se sacan de la manga ciertos críticos progre-chinches para repudiar sin pasar por «contenidistas» esos versos que en el orden político les llevan la contraria.
martes, 7 de julio de 2026
Jünger sobre Bloy
En el Paris ocupado por los nazis, tal como recoge en Radiaciones I, el oficial Ernst Jünger lee los diarios de Léon Bloy, al principio con distancia y cierta incomprensión, pero esto es lo que dice al concluirlos, que en cierto modo es un autorretrato de sí mismo:
Acabado: La porte des humbles, de Léon Bloy. En esta obra se nota que el viejo león se ha vuelto más manso; un mosto tan fuerte como éste necesita setenta años para eliminar las heces.
La lectura de este libro me ha procurado goces numerosos, especialmente en los descansos del mediodía. El verdadero encanto de los diarios no está en las noticias extravagantes e insólitas. Mucho más difícil resulta describir el simple decurso de la existencia cotidiana, la regla fija que la vida ha llegado a adquirir. Todo esto se halla bellamente conseguido en esta obra; participamos con el autor en el discurrir de sus días. De este modo vuelven los años idos a colmarnos de regalos, de igual manera que más de un verano sigue calentándonos en la leña que arde en la chimenea.
(...) La vida de Léon Bloy es un ejemplo de que no son los errores los que ponen en peligro nuestra soberanía en el momento de cruzar aquel último arco de triunfo a que se encamina anhelante nuestro espíritu. Podría ser, antes por el contrario, la ausencia de errores lo que se sintiese en ese momento como desnudez. Nos despojamos de nuestros errores como se despojaba Don Quijote de su armadura; y ese quitarnos la máscara va acompañado de alegría (Paris, 6 de octubre de 1942, 367).
lunes, 6 de julio de 2026
Ernst Jünger, Radiaciones I
Pues ya considero a Jünger como mío. Es como que me hubiese tocado la lotería: se me abre un mundo de lecturas de sus obras. Era cuestión de esperar: llevaba mucho tiempo oyendo mencionar a Jünger y me parecía que me podría interesar, pero todavía no lo leía. Había comenzado hace años sus Diarios de la Primera Guerra Mundial, que me abrumaron, esa vida tremenda de las trincheras, pero los había dejado a medias.
Ahora he leído el primer volumen de Radiaciones. Diarios de la Segunda Guerra Mundial, que recoge tres libros, y me ha impresionado ese estilo limpio, esa elegancia. De los tres libros aquí recogidos, el primero, Jardines y carreteras, lo publicó en 1942 y si es clamoroso algo en él, es el silencio sobre el régimen nazi, sobre el sentido de la guerra. Van avanzando sobre Francia y él adopta un tono frío: constata lo que ve. Llama la atención el número de caballos muertos que se encuentran. Se comporta con caballerosidad en las casas donde se aloja: se ve que ama lo francés, él, uno de los ocupantes. En el segundo libro habla mucho de sus lecturas de autores franceses, la mayoría absolutamente ignorados por mí, pero también de insectos, de visitas a franceses importantes, de sus paseos por la ciudad. Pasa por una crisis dura. Cuando se instala en París parece como si fuera un flâneur, salvo cuando nos recuerda que a veces va con el uniforme. Hay dos páginas en que cuenta que le toca organizar la ejecución de un desertor alemán en un bosque: son impresionantes. El último libro es en el frente del este y es completamente distinto, en el Cáucaso, los efectos del sistema soviético en un mundo profundamente oriental, los paisajes montañosos, las penurias, la sensación de los alemanes de ir perdiendo. Acaba con su vuelta, muerto su padre: los signos ominosos se acumulan en febrero de 1943.
Por poner alguna pega, quizá preferiría que no contase tantos sueños. Tampoco me gustan las referencias oscuras, lógicas por lo demás en un oficial del ejército nazi en París que no parece estar de acuerdo con la opinión dominante en Alemania.
Aquí tenéis dos párrafos que podría ser representativos de sus días en París:
Paseo dominical, con lluvia, por el Bosque de Vincennes. Hemos dado la vuelta al Lac des Minimes, con sus islas, y luego hemos estado contemplando, en el límite del Bosque, a los jugadores de petanca; su despreocupada calma me produjo un gran deleite ya cuando los vi en otro tiempo en compañía de Höll. Las personas que allí están son hombres de edad comprendida entre los cuarenta y los sesenta años y en su mayoría son sin duda pequeños funcionarios y comerciantes. En una pista de cemento lanzan bolas de metal, que llenan aproximadamente la mano abierta, contra otra bola más pequeña, del tamaño de una mandarina, a la cual golpean siguiendo dos trazados. La impresión que se saca viéndolos es que el hundimiento de imperios, el fracaso de campañas militares son cosas que allí se perciben sólo de una manera vaga. De ahí que resulte reconfortante el contemplar esas pistas, es como acercarse a filósofos (357, Paris, 27 de septiembre de 1942).
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A última hora de la tarde en el Quai Voltaire, donde he encontrado a los hermanos Valentiner y a Poupet. Una niebla de color gris plata envolvía los edificios, y por encima de ellos las nubes eran de un gris azulado, con una orla gris que indicaba el crepúsculo. Algunos matices de color quedaban absorbidos; los claros muros de Saint-Germain-des-Prés parecían borrados y lo único que brillaba era el techo oscuro del campanario (366, París, 3 de octubre de 1942).
viernes, 3 de julio de 2026
Bajonazo final con las Memorias de Baroja
El tercer volumen de la edición de Tusquets de Desde la última vuelta del camino, de Pío Baroja, son los desechos de tienta: ha pasado meses ahí parado, en la estantería, siendo adelantado por otros libros en mis preferencias.
El domingo por la mañana me puse a leer por donde iba, un reportaje que hace Baroja siguiendo los pasos de un carlista, Gómez, que se recorrió media España, Santiago incluido, de donde cuenta dos cosas que me han llamado la atención: una que a la plaza de la Quintana la llama Plaza de Literarios (quizá la llamaban así por la placa del Batallón Literario), la otra la mención de mendigos en Platerías, igualito que ahora.
Cuando llevaba 50 páginas tras el rastro del tal Gómez es cuando empecé a leer en diagonal, señal muy mala. Terminé a las breves. Las quinientas páginas siguientes, muchas de ellas de anécdotas, de frases cortas, de pequeños episodios, pura acumulación de textos de distintos orígenes, las he dado por leídas y adiós muy buenas. Por no interesarme, no me ha interesado ni la descripción de sus pasos en la Guerra Civil, tema polémico, pero no tanto como para que yo me ponga a leer sobre ello ahora.
jueves, 2 de julio de 2026
Thalita, kumi!
De la Vida de Cristo de fray Justo Pérez de Urbel, el episodio de la resurrección de la hija de Jairo:
En medio de un estallido de risas burlonas, el taumaturgo llama a los más íntimos de sus discípulos, a Pedro, Juan y Santiago y, con ellos y los padres de la difunta, entran en la cámara mortuoria. Tendida en el lecho yace la niña, bella todavía, con la blancura del lirio en la frente y los ojos de violeta marchita. Jesús se acerca, se inclina, toma en sus manos divinas una de aquellas manos de nieve y cera, y pronuncia estas dos palabras, que el intérprete de la catequesis de Pedro nos ha conservado en su mismo sonido aramaico: «Thalita, kumi.» (Niña, levántate). Y la niña se despertó, miró en torno suyo sonriente, dejó de un lado el lecho de la muerte y empezó a correr a través de la habitación, alegre y feliz, como quien, a los doce años, ha roto las cadenas del sepulcro. Sus padres quedaron fuera de sí, termina el evangelista; pero El les ordenó que no dijesen a nadie lo que había sucedido (225).
La imagen, de Alfred Dehodencq, de aquí.




