Me acerqué una tarde al sur de Estocolmo, Södermalm, cruzando el brazo de mar.
Iba con ganas de café y justo en la iglesia lo ofrecían gratis (ponía you're welcome! junto a la cafetera). Me lo tomé sin remordimientos allí dentro, aunque con cierta sensación de transgresión, pero como era una iglesia protestante, lo mismo da; y por eso todas tienen cafetería en la parte de atrás: no está el Santísimo, es una sala para reuniones religiosas, no el lugar donde está Jesús escondido en el Sagrario.
En la cabecera de la iglesia había un fresco enorme. Lo he buscado y es de Hilding Linnqvist, de 1950-51. Me quedé perplejo porque superaba mis rutinas iconográficas. Resulta que es una recreación de Miqueas 4.3-4 "Con sus espadas forjarán arados / y podaderas con sus lanzas. / No levantará la espada una nación contra otra / ni se adiestrarán más para la guerra. 4 Cada uno se sentará bajo su parra y bajo su higuera, / sin que nadie lo perturbe, / porque ha hablado la boca del Señor / de los ejércitos." Estos protestantes, qué originales.
Esta es la explicación que dan en la web de la misma iglesia:
En el centro de la pintura vemos al herrero junto a su yunque. Unos guerreros le entregan sus armas de guerra, que él transforma en herramientas para labores pacíficas. El agricultor, sentado en los escalones, aguarda estos nuevos utensilios. Sobre ellos aparece un ángel: el espíritu de la paz. El herrero y el agricultor, junto con las tres mujeres de la izquierda —la mujer con el huso, la mujer con el cántaro de agua y la mujer con la gavilla de grano—, forman un grupo destinado a encarnar la «vida bajo un buen gobierno», es decir, las actividades pacíficas.
La madre y el niño, situados justo debajo, encarnan el concepto de la congregación y el sentido de comunidad que el artista quiso interpretar a partir del texto bíblico: «y cada uno se sentará bajo su vid y su higuera, y nadie les infundirá temor». Naturalmente, esta composición específica también incluye al pastor bajo la higuera, tocando el arpa de David; esta imagen evoca la «alabanza a Dios en la naturaleza». Las palabras de los Salmos —«Como el ciervo anhela las corrientes de agua, así mi alma te anhela a Ti, oh Dios»— vienen a la mente al contemplar el ciervo junto al arroyo, en la esquina inferior izquierda. Justo a su lado, Jesús mismo nos habla: «Yo soy el Buen Pastor». El pastor ha encontrado a la oveja perdida. En estas tres últimas imágenes —el arpa de David, el ciervo que anhela las corrientes de agua y el Buen Pastor— se encuentran el Antiguo y el Nuevo Testamento.
En la parte inferior derecha encontramos al sembrador, que esparce su semilla tanto entre los espinos como en buena tierra; es una figura que sintetiza el tema central del fresco: «sembrar y cosechar». Cerca de él vemos al «pregonero» con el «discípulo» a sus pies. El pregonero extiende los brazos hacia la llama que surge de la fragua del herrero, un fuego que aquí simboliza también el «fuego del espíritu».
En la parte superior derecha, sobre el ángel de la paz, el artista evoca la leyenda de San Martín. El caballero —ataviado con vestiduras de la época romana tardía— aparece desmontando de su caballo, rompiendo así con la tradición, para entregar su capa a Cristo, quien se presenta bajo la apariencia de un mendigo. San Martín simboliza el poder terrenal que renuncia a las empresas bélicas para ponerse al servicio del amor. Esto nos remite al profeta Miqueas: «No alzará espada nación contra nación».
Luego está la peregrinación hacia la meta radiante: la escalinata que conduce a la puerta de la eternidad. Aquí se unen a la procesión el cruzado, la mujer con el niño, los peregrinos y las vírgenes prudentes. En lo más alto, en el umbral de la puerta abierta, aguarda el esposo con las manos alzadas en señal de bienvenida. Detrás de él, más allá del portal abierto, vislumbramos la eternidad.
Este es el fresco completo:

































