Ya hace 14 años fui en barco a Sandhamn, una isla en el borde del mar abierto, creo que a tres horas de Estocolmo. Esta vez no salimos tanto, llegamos a la islita de Grinda, a dos horas y media en un barco que en parte era del transporte público, con lo que nos valía la tarjeta mensual de transportes, y la otra parte nos lo acabaron perdonando a la ida porque éramos muchos y sufría la sacrosanta puntualidad y a la vuelta me cobraron, sin preguntarme, por querer pagar yo a uno mayor que venía conmigo, como jubilado también (me ha pasado ya más veces). En resumen, cinco euros por cinco horas de barco maravillosas.
A la ida íbamos hablando de pie, mirando el paisaje maravilloso. Yo hacía fotos, esperando el milagro de que salieran a la altura de mis expectativas: las casas en sitios inaccesibles por tierra, los transbordadores, el color metálico del mar o azul con brillos del sol, los embarcaderos, los árboles grandiosos, frondosos, sólidos.
Al llegar, anduvimos por la isla, que casi nos recorrimos entera en media hora, comimos, descansamos, alguno se bañó y nos volvimos. Buena parte del viaje de vuelta la hice sentado arriba, en un lado, viendo pasar el paisaje, los ferris a Finlandia, los barcos de recreo, los transbordadores, las islas mil que hay allí. No me hubiera importado que el viaje hubiese durado el doble. Yo pensaba que no hacía falta buscar más allá: para la calma contemplativa, ver pasar desde el barco el paisaje prodigioso.
Al salir, la línea de edificios de Estocolmo al fondo:


































