Había estado hacía catorce años: guardaba un gran recuerdo. Estas tres semanas que estuve ahora me supieron a poco. Yo creo que me visualizo bien pasando los veranos en Estocolmo (y quizá también en Oslo, Copenhague o Helsinki, en ciudades grandes de ritmo reposado veraniego y temperaturas suaves).
Por destacar algunos rasgos:
Los lloros de los niños. Las risas de los niños. Familias con dos o tres o cuatro niños.
Extrema eficiencia. Gran puntualidad. Los peatones cruzaban en rojo si no había coches. La vida fluía.
Todo lo que se puede pagar, lo pagas. Todo se puede pagar con tarjeta y todo el mundo paga todo con tarjetas o con un sistema, Swish, similar, creo, a Bizum.
Yo no vi casi librerías. Solo una, de libros extranjeros, en toda la ciudad. También varias de segunda mano.
Parece que todo el mundo sabe inglés y lo pronuncian con gran perfección.
En los contenedores de reciclar hay uno para periódicos y otro para otros tipos de papel.
A mí Estocolmo me parece una ciudad noble y solemne. Tiene edificios sólidos y respetables. En algunos casos tiran a transformarse en un estilo nacional: parten del gótico o el barroco para terminar en unas formas primitivistas, pero sin frivolidades ni barbarismos.
Las iglesias son casi todas del XVIII. En las de la Iglesia de Suecia tienen cafés. También hacen yoga y organizan paseos. Había algunos conciertos de música. Me dio la impresión de que estaban bastante perdidos. Muy buena gente. Todo políticamente correcto, con las banderas que toquen en cada momento. Parece que hay mayoría de pastoras, cosa que no me extraña en absoluto.
Este es el café de una iglesia:










