lunes, 21 de septiembre de 2026

Radiaciones II de Ernst Jünger

Salí contento de la lectura de Radiaciones I, que recoge los primeros volúmenes de diarios de la Segunda Guerra Mundial de Ernst Jünger y cogí con ilusión el segundo volumen, que con el título de Radiaciones II. Diarios de la segunda guerra mundial (1943-1948), recoge tres obras (Segundo diario de París, Hojas de Kirchhorst y La cabaña en la viña, años de ocupación).

Ha sido una lectura muy frustrante. Me parece que se escapan por los resquicios de estas anotaciones muchos elementos que a mí me interesarían, pero que Jünger parece no valorar para confiarlos al papel: qué piensa él de la caída del régimen nazi, por qué no explica más la distancia que de hecho había entre el estado alemán en conjunto (ejército incluido)  y el gobierno nazi, aunque da unas indicaciones que a mí me han resultado interesantes, pero me han sabido a poco. De su vida familiar, nada sabemos de su mujer, salvo que le prepara café, de su hijo pequeño, salvo que le acompaña en algún paseo. La muerte de su hijo de 18 años es el centro de este libro, pero no sabemos casi de la reacción emocional de Jünger: hay estoicismo y menciones muy discretas a un dolor muy real, pero sin que se manifieste. Es todo como externo a él: lo que está en el centro son sus lecturas, la mayoría de ellas de obras lejanísimas a lo que me podría interesar como por ejemplo relatos de viajes a lugares remotos, obras etnográficas, libros recónditos de oscuros (puede que solo para mí) autores alemanes y franceses. 

Quizá es que yo quería otra cosa distinta: me hubiera gustado un diario más personal, más íntimo, más familiar, más emotivo. La época y el mundo en el que se mueve dan para muchísimo: el París ocupado visto por un intelectual alemán que se relaciona con la cultura francesa y sobre todo después la vida en la Alemania derrotada y ocupada del fin de la guerra: hay destellos, algunos datos, pero mira que podría haber contado más de cómo se percibía a los nazis, y luego su derrota, y después hablar sobre qué sintieron al saber del holocausto y cómo fue la brutalidad de la ocupación de Alemania. De todo eso da solamente algunos detalles, escalofriantes, pero detalles. Tengo una fuerte sensación de ocasión perdida, pero quizá mi problema era de expectativas.

Lo que fue socavando mi interés en este libro y convirtió una lectura ilusionada en un deber oneroso de acabarlo como fuera, resultó ser sobre todo la narración continua y cada vez más detallada de los sueños que Jünger iba teniendo casi cada noche. Me he sentido como se debe de sentir un racionalista ante las vidas de santos: yo asistiendo perplejo al interés que pone en registrar en detalle lo de la noche anterior. Me ha llamado mucho la atención que haya frecuentes menciones a lo profético en esos sueños. También otras veces recoge casos de telepatía o hace relaciones esotéricas entre realidades lejanas: leyéndolo, me preguntaba por qué narices Jünger le daba importancia a cosas así: que hayan tenido por ejemplo preanuncios de la muerte de su hijo en sueños: a eso le dedica más tiempo que al propio duelo por él. 

Se me ocurrió que eso mismo ha recorrido buena parte de la cultura alemana desde el Romanticismo: inteligencias muy afiladas, conocimientos científicos precisos, una organización cultural muy desarrollada, pero todo al servicio de lo que al final son delirios, fantasías, castillos de naipes. A mí me llevaban los demonios cuando Jünger se ponía por ejemplo a establecer relaciones entre palabras y su sonido y su sentido profundo, como si volviéramos a los logógrafos griegos más fantasiosos. ¿Eso era la cultura alemana que se hundió con el nazismo? ¿Estoy siendo injusto al generalizar a partir de lo que hace Jünger? 

La cosa es que tiene comentarios bien interesantes junto a divagaciones, teorías delirantes junto a reflexiones hondas. Por lo demás, da toda la pinta de que en alemán debe de sonar muy bien su prosa, si hay que juzgar por el interés que él pone en la forma de las palabras. Quizá es que estos diarios sean un ejercicio retórico supremo, de estilismo de la lengua alemana, pero yo necesito que me digan algo con las palabras, no solamente que las palabras me suenen bien una detrás de otra. 

Salgo muy frustrado de esta lectura: ¿seré un racionalista incapaz de percibir las honduras del idealismo de la cultura alemana? ¿Debería tener una actitud más abierta ante los sueños de la gente? ¿El irracionalismo es un humanismo y yo no soy capaz de percibirlo?

Quizá pueda ejemplificarlo con tres párrafos cogidos de la página 412, del 16 de mayo de 1945, con mis comentarios al final de cada uno entre corchetes:

Pero no podemos despojarnos de la pertenencia a nuestro pueblo. Está en la naturaleza de las cosas el que nos afecte con más intensidad la desgracia de la familia, el sufrimiento del hermano - y también que estemos asociados más estrechamente a su culpa. Esa culpa es la nuestra. Hemos de salir fiadores de ella, hemos de pagarla. [Un párrafo excelente sobre la culpa alemana, justo al acabar la Guerra]

También el Estado mundial estará formado de pueblos. Administrará a la humanidad en su Idea y en sus derechos fundamentales, mientras los pueblos se despojan de la piel de los Estados nacionales y destacan más decididamente en el crecimiento, en el cultivo de su tierra natal. [A continuación se lanza a hablar de un "Estado mundial" como ideal: 80 años después, da un poco de risa y pena un planteamiento así, tan poco sensato, en realidad. Podía sonar bien como manera de evitar el conflicto mundial, pero es no conocer la naturaleza humana, como mínimo]

En medio de la catástrofe nos conmueve la visión de seres humanos que andan en busca de su juez. Aunque al hacerlo caigan en las nuevas zanjas que han sido excavadas en todos los cruces de caminos, esos hombres rozan los rangos superiores y liberan pesos enormes. [Y un tercer párrafo otra vez interesante, aunque con final un poco retórico de más]

viernes, 18 de septiembre de 2026

Valor sentimental

Era apropiado ver en Suecia una película noruega: me gustó mucho Valor sentimental, con protagonista sueco, actrices noruegas sobresalientes y una yanqui también deslumbrante.

A mí casi me hubieran bastado las imágenes de la casa, de las caras de los personajes, todos extraordinarios. Ver esas miradas, esas paredes, los ventanales amplios. La película es muchísimo más, en torno a la cuestión de la paternidad, la humana y también, me parece, la de Dios: ante la ausencia de sentido, la expresión emocionalmente desgarrada de los sentimientos es un modo de gritar, que se dirige a Dios al final, cuando en lo humano no hay en qué sostenerse: a ese umbral se asoma la película, que me parece muy estimulante sobre todo por eso. 

Lo metanarrativo, lo teatral, el hecho de que se trate de hacer una película como hilo de la película no es un enredo más, sino clave de todo. 

Muy bien. Muy lograda.

 

jueves, 17 de septiembre de 2026

El Estadio Olímpico y la Universidad Politécnica

Vivía por la zona del Estadio Olímpico de 1912 y al lado de la Escuela Politécnica, pero nos fuimos fuimos a coger un barco autobús hasta la zona del teatro real en dirección a Ropsten. Como Estocolmo es una sucesión de lagos, mar e islas, también tienen barcos en la red de transporte. El trayecto fue de algo más de una hora y lo disfruté mucho. 

Esto es el Teatro Real:

Pasamos junto al parque de atracciones de Tivoli, encantador y terrorífico:


Al poco, en el otro lado, un edificio brutalista:

Llegamos a Ropsten y cogimos un autobús. Nos sentamos delante y la conductora del autobús me llamó la atención por hablar alto, la primera vez que me pasa en mi vida: no sé si esperaba que estuviésemos en silencio. De verdad que yo tiendo a hablar bajito y además se oía ruido fuerte de niños detrás (hay muchos niños y mucho ruido de niños en Estocolmo: es una lata primero y una alegría en conjunto): creo que pagué yo los platos rotos o es que en ese asiento no se debía hablar, no lo sé.

Paramos cerca del Estadio Olímpico, en el que se podía entrar, y le mandé fotos, una placa de Paavo Nurmi y una panorámica, a mi sobrino Diego, que el día anterior había ganado el bronce en 400 metros vallas en el Campeonato de España y que ese día iba a ganar otro bronce con su equipo, el Capex, en 4x400. No gano para sobrinos campeones:


Seguimos luego andando y llegamos al edificio de la Universidad Politécnica, que me gustó, en ladrillo, con bronce por los tejados:



Esto debían de ser unos laboratorios, poniéndonos positivos:

Otro día volví por la Universidad Politécnica y le hice fotos a este edificio por otro lado. Los cojines metálicos son una instalación, parecen blandos pero son sólidos:

También estuve viendo la nueva Escuela de Arquitectura, que no sé si me convence del todo:


Y luego este edificio-casa con ventanas:

miércoles, 16 de septiembre de 2026

El Ayuntamiento de Estocolmo

Tiene un gran aplomo, el Ayuntamiento de Estocolmo:

En mi primera visita, hace 14 años, me acerqué, pero sin entrar. Esta vez pensé que tenía que entrar a verlo. Ahora pienso que tenía que haber subido a la torre, porque la vista desde allí tiene que ser espectacular.

El problema es cuando te fijas en el edificio de cerca. Yo tenía mis dudas, pero pagué la visita guiada (15€) y allí estaba: es un edificio que no tiene parte alguna que se pudiera llamar "bonita". Hay un gran espacio central donde hacen la gran cena de los premios Nobel, pero eso es lo más emocionante que te puedes encontrar en el edificio.

Hay salas que impresionan, en concreto la de plenos, pero nada realmente hermoso, ni siquiera la sala de mosaicos de oro, que llaman la atención de primeras, pero luego son dolorosamente feos:



Entre las imágenes de la historia de Suecia estaba la visita de la reina Cristina al Papa (todavía les duele):

Este es Carl XII matando gente:

Nada, que por mucho que esté estudiando sueco con Duolingo, todavía me confundo entre "en" = "i" y "desde", que no sé todavía cómo se dice en sueco. Desde la torre tendría que haber mirado, no dentro del edificio.

martes, 15 de septiembre de 2026

Cuadernos infantiles

En julio, en Burgos, estuve viendo cuadernos que estaban guardados, de cuando yo tenía 10-11 años.

De clase de Religión:




Esto era geografía y no sabía entonces que me iba a pasar más de 25 años en torno a ella:


Esto era la "matemática moderna" con la que nos torturaban entonces:

Aquí, ejercicios:

Yo creo que lo llamábamos "operaciones":

lunes, 14 de septiembre de 2026

Una nueva forma de contemplación: viajar por el archipiélago de Estocolmo

Ya hace 14 años fui en barco a Sandhamn, una isla en el borde del mar abierto, creo que a tres horas de Estocolmo. Esta vez no salimos tanto, llegamos a la islita de Grinda, a dos horas y media en un barco que en parte era del transporte público, con lo que nos valía la tarjeta mensual de transportes, y la otra parte nos lo acabaron perdonando a la ida porque éramos muchos y sufría la sacrosanta puntualidad y a la vuelta me cobraron, sin preguntarme, por querer pagar yo a uno mayor que venía conmigo, como jubilado también (me ha pasado ya más veces). En resumen, cinco euros por cinco horas de barco maravillosas.

A la ida íbamos hablando de pie, mirando el paisaje maravilloso. Yo hacía fotos, esperando el milagro de que salieran a la altura de mis expectativas: las casas en sitios inaccesibles por tierra, los transbordadores, el color metálico del mar o azul con brillos del sol, los embarcaderos, los árboles grandiosos, frondosos, sólidos.

Al llegar, anduvimos por la isla, que casi nos recorrimos entera en media hora, comimos, descansamos, alguno se bañó y nos volvimos. Buena parte del viaje de vuelta la hice sentado arriba, en un lado, viendo pasar el paisaje, los ferris a Finlandia, los barcos de recreo, los transbordadores, las islas mil que hay allí. No me hubiera importado que el viaje hubiese durado el doble. Yo pensaba que no hacía falta buscar más allá: para la calma contemplativa, ver pasar desde el barco el paisaje prodigioso.

Al salir, la línea de edificios de Estocolmo al fondo:


En este sitio de la isla de Grinda comimos:

La isla, al irnos:

Hay muchos sitios así, con casas, árboles y embarcaderos:


Casi al llegar de vuelta, el parque de atracciones de Tivoli:

viernes, 11 de septiembre de 2026

El Museo Nacional (de vuelta y 2)

En 14 años la museología ha cambiado mucho y creo que no para bien. Lo más llamativo es poner cuadros encima de otros o encima de las puertas: tienen dos de Goya grandes y los han puesto a tres metros de altura, sobre dos grandes puertas: no ves ni casi cuál es el tema. Lo mismo pasa con un retrato de Antonio Moro que me había gustado la otra vez, o el único Greco que tienen: no lucen nada, habría que verlos con binoculares. 

Por lo demás, el Museo tiene una colección floja, en la que solamente destacan algunas obras. Quieren dar protagonismo a algunos suecos, pero es que son muy normalitos. Hay mucho francés rococó (ya, no mi época favorita del arte). A veces parece como que va a haber destellos murando algunas obras concretas, pero no.

Por resumir: algo de Cranach, un retrato de Frans Hals, un san Jerónimo de Georges de la Tour, un Bellini, varios Rembrandt y ahí podríamos parar. Tampoco en las artes decorativas destaca: todo lo he visto, y mucho mejor, en otros sitios.

El san Jerónimo de Georges de la Tour:



Un paisajito de Claudio de Lorena:

Este retrato de Frans Hals:



Rembrandt, la criada

Este es el sueco, Alexander Roslin, la mujer del velo (que es su mujer):