Es el segundo libro de Cormac McCarthy que leo, tras Todos los hermosos caballos, buena novela pero que recuerdo, 25 años después, como abrumadora: el desierto mejicano, la soledad, el polvo.
La carretera es otra cosa, una impresionante novela de párrafos breves, de pequeñas escenas, de conversaciones mínimas y apremiantes. Lo abrumador es al final la expresión completa de la realidad de protector, de devoción, de educación, del padre protagonista, que me ha impresionado. Es un logro memorable, me parece. El escenario apocalíptico es para mí secundario, importante en la medida en que permite hacer posible esa relación tan estrecha, única, entre un padre agobiado por la desesperación, y su hijo niño todavía, que depende en todo de él y a la vez es capaz ya de juzgarlo y de intervenir en el proceso de su formación humana.
También el escenario apocalíptico da el tono, el color, el espacio donde sucede la acción. El pesimismo sobre la condición humana puesta a prueba (y he leído el libro después del Covid) deja algunos atisbos de esperanza, sobre todo al final. En un mundo que agoniza en todos los sentidos, es posible el bien, el darse, la entrega.
Quizá es una cuestión menor, pero me irritaba encontrarme palabras que no había oído nunca. Hacia el final del libro me puse a apuntarlas: quimbombó, caballón, raquero, isoclina, arrufo, pampootie, alcorza. ¿De quién es la culpa, de McCarthy, o de Luis Murillo Fort, el traductor? A mí me fastidia encontrarme palabras raras, especialmente en una novela de un marco tan realista como esta, con diálogos casi en exclusiva entre un padre y su hijo pequeño que, como es lógico, son muy sencillos. Algunos párrafos descriptivos son o de aire poético o de prosa un poco llevada a tensiones que no son exactamente lo que más me gusta. Pero el libro me ha gustado, me ha impresionado, sí.




