Volvía, catorce años después. Fui la tarde que era gratis y me metí por la primera planta, donde está la sección de diseño: empezaba, muy propiamente, por los aires franceses instaurados por la monarquía sueca que comenzó en un general francés de Napoleón, Bernardotte. No hice casi fotos, algunas de objetos de cerámica, algún cuadro, poca cosa.
jueves, 10 de septiembre de 2026
El Museo Nacional (de vuelta I)
miércoles, 9 de septiembre de 2026
El edificio de la Seguridad Social de Lewerentz y tumbas
martes, 8 de septiembre de 2026
Estado del malestar, de Nina Lykke
Mi teoría poética en la actualidad se podría formular así: Corea no, Noruega sí. En buena parte es por culpa de aquel libro horrible de Han Kang, pero también de las películas coreanas que he visto, del pop coreano, de todo producto presuntamente cultural que facturan: de todo lo de Corea me alejo. temeroso.
En cambio Noruega, no sé qué me pasa que todo lo de Noruega me interesa: Fosse, Knausgård, la película Valor sentimental. Si alguien de Noruega con dinero me lee, estaría encantado de visitar el país y continuar con mis loas en conferencias bien pagadas y con visitas a los fiordos.
Alguien me habló de los libros de Nina Lykke y probé con Estado del malestar, que es un excelente título para lo que cuenta esta novela, esa incomodidad que se ha adueñado de nuestro mundo contemporáneo tan del estado del bienestar, con todo previsto y todo regulado y las angustias y temores aplacados, cuando no suprimidos.
La protagonista, que hay que ir recordando durante la lectura que es un personaje y no la propia autora haciendo un diario, de lo natural que le sale todo y lo fácilmente que se lee lo que cuenta, es médico de atención primaria: por su consulta pasa un panorama de esa sociedad opulenta que no es feliz. La propia médico no lo es: el vino, las series, le sirven para capear unas carencias emocionales y un sinsentido vital que descubrimos que tienen profundas raíces en su madre soltera ausente y fría. A lo más que puede aspirar es a reconfigurar a lo gatopardo la situación para que todo cambie y todo siga igual de mal (o de bien): lo económico y la vivienda asegurados, la comida y los deseos cumplidos, la insatisfacción siempre presente. Y en el horizonte, la muerte. Es un libro de un nihilismo desolador. Yo me he reído unas cuantas veces, porque tiene humor, pero a la vez es una novela bien triste. El punto más bajo, para mí, es una paciente que exige un aborto porque le viene mal el embarazo justo en ese momento, que va a hacer un viaje en el Transiberiano. Así, todo.
Se me ocurría, por decir una tontería, que es Un mundo feliz de Huxley, pero de la vida cotidiana en la actualidad en Noruega. Es terrible porque es lo que vivimos, no en Noruega solo, aquí mismo. Eso es lo que nos ofrecen, un Estado del bienestar en el que lidiamos con nuestro malestar, que no tiene horizontes por encima del ombligo.
lunes, 7 de septiembre de 2026
Madres jóvenes, la última película de los hermanos Dardenne
viernes, 4 de septiembre de 2026
Fui a ver el Vasa
Una barca salvavidas. Se ahogaron 30 de los 450 que iban:
jueves, 3 de septiembre de 2026
Un paseo a Bellevue
Metiéndome por calles laterales llegué pronto al final por arriba del barrio de Östermalm, donde viví esos días. Justo ahí había una entrada al gran parque que recorre Estocolmo, desde el mar hasta arriba. Era una esquina llamada Bellevue, bonita, con árboles que me impresionaban, de tan cuidados y armoniosos, quizá hasta centenarios. Por allí había un lago o podía ser el mar, con embarcaderos. Transpiraba todo de una gran serenidad: puede que dentro de casa los suecos se tiren los trastos a la cabeza, pero los parques como ese son un atisbo de un cielo pleno de armonía.
En medio estaba el taller de Carl Eldh, un escultor. Yo vi que justo al pasar lo abrían para visitas e, ingenuo de mí, pensé que sería gratis: qué va, 14 euros por ver una casita con su lugar de trabajo y unas copias en yeso. No sé si lo pagaría por el taller de Rodin (por el de Donatello sí), pero el del pobre Eldh ahí se quedó, en las uñas de mi roñosería, no visto por mis ojos, que se comerá la tierra.
Pero mirad los espacios de por allí:
A la vuelta me fijé en las vistas de Estocolmo desde uno de esos mogotes que hay desperdigados por esa llanura que es casi toda la ciudad de Estocolmo. Aquí había un depósito de agua con forma de castillo y desde el se veía el rascacielos de Koolhaas, del que ya hablaré:
miércoles, 2 de septiembre de 2026
La Biblioteca de Asplund en obras
Casi lo primero que hice en Estocolmo fue ir a volver a ver la biblioteca que hizo Gunnar Asplund en 1928: ahora está en obras y la reabrirán en su centenario: coincide con otros centenarios que yo me sé.
La recordaba, pero en mi recuerdo era más pequeña, más de juguete. Ahora me pareció más rotunda, más imposante, si me permitís que lo diga en francés. Es un cuadrado y un cilindro, aquí vistos por un lado:
Entre medias del cuadrado corría un friso que yo creí la primera vez que era jeroglíficos egipcios y no, que eran imágenes modernas con aspecto de egipcias, pero de todo tipo:



























