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lunes, 27 de enero de 2025

La hoja roja de Miguel Delibes

Fue un libro que me gustó mucho y leí varias veces, pero hace más de treinta años. Ahora me vino la idea de volver a él, en este proceso de revisión de novelas en el que estoy metido. Sale, como en el caso de Alfanhuí, con rasguños, problemas de carrocería e incluso de motor. Funciona, pero es un coche que ha envejecido mal. 

Me voy a quedar con lo mejor: los protagonistas, don Eloy y la Desi. A mí la muchacha me conmueve, así que me rechinan los adjetivos, de "cerril" para arriba, con que la define: la simpatía con que la mira choca con la escasísima inteligencia con la que la describe, a la vez que la muestra como una persona sensible, atenta, celosa de su intimidad y deseosa de amar con todo su corazón. Sobre todo, tiene una menesterosidad y una humildad que la redimen de todos los adjetivos negativos que le pone encima el autor. Don Eloy, por su parte, es digno de compasión: nada hay positivo que le pueda pasar, al pobre. Cada capítulo acaba peor que el anterior. Es vivir en una continua decepción y yo como lector pienso que ya son demasiadas las banderillas que le ponen: hay maltrato al personaje, en conjunto.

Me dio la sensación de que es una novela demasiado trabajada, demasiado pensada, lo que la perjudica. Quizá dependa mucho del final: todo está como orientado a justificar el final, hacerlo verosímil, cuando de hecho no lo es: la soledad de dos resguardada en la compañía de dos, tan disímiles, ya es algo que se desarrolla en la novela, no hace falta forzar más todo.

Por otro lado, me chirría mucho la descripción de la vida en el campo. No diré que el campo castellano en los cincuenta fuese un paraíso, pero como niño de pueblo de los setenta, me niego a aceptar que veinte años antes todo funcionase a base de pulsiones violentas, en un espacio tradicional cogido con alfileres. Si mi experiencia vale -mi pueblo, los de mis padres que visitábamos- la vida era más alegre, más rica, más tranquila y llevada con prudencia. La religiosidad era muchísimo más honda que la elemental que enjareta Delibes a la pobre Desi. Ya que sale lo de la religiosidad, en el caso de don Eloy, es también la mínima, producto solamente del terror a la muerte: no hay más trascendencia. Eso sí que es un grave fallo, en una novela como esta, que gira en torno al temor a morir.

jueves, 9 de enero de 2025

El disputado voto del señor Cayo

No había leído, curiosamente,  El disputado voto del señor Cayo, siendo yo en tiempos tan lector de Delibes. La vi el otro día y la cogí: me parece, tras leerla, una novela fallida. Podría valer, eso sí, como documento de época de los años tras la muerte de Franco. A mí me ha servido para recordar aquel ambiente de papeletas, carteles omnipresentes pegados unos sobre otros, proclamas que tiraban a montones por las calles en las primeras elecciones que viví de niño. Seguíamos las votaciones en la escuela del pueblo, veíamos a los políticos en la tele, en la única cadena que había, oíamos lo que querían inculcarnos sobre las bondades de la democracia, el cambio político, el mundo de colores que se abría. En ese sentido, este es un libro que, leído en 2025, induce a la pura melancolía, porque venció una visión de la política que ha dominado por lo menos hasta ahora, aunque parece que podría transmutarse, Dios no lo quiera, en un régimen o con ribetes bolivarianos o quizá más perpetuarse en algo equiparable a los gobiernos de los "países avanzados", las mierdas de Macron, Starmer, Scholz, políticas de "progreso" en brazos del nihilismo postmoderno.

La novela comienza y acaba en el lugar donde se organiza la campaña electoral de un partido parecido al PSOE. En esos capítulos las conversaciones son agotadoras, el lenguaje coloquial parece vivo y a la vez es banal, triste, superficial, reflejo de los personajes, insufrible. El núcleo de la novela es la visita al pueblo casi abandonado, de los candidatos. Las conversaciones con el señor Cayo tienen una descompensación grande: el anciano aparece como una figura casi redentora, algo que se subraya repetidamente al final, como una enmienda a la totalidad del trasiego político y la falsedad de los supuestos ideales que mueven los partidos. Para colmo, muy forzadamente, aparecen justo también allí los enemigos políticos (de ahí lo del "disputado voto") y pegan una paliza al madrileño cunero que representa a la provincia y que tiene su particular revelación del núcleo de la política, o, mejor, de la prepolítica, de la vida arcádica, en el pueblo del señor Cayo. Por todo eso digo que es una novela fallida, por ese pseudomaniqueísmo que no soluciona nada, por el fondo no logrado de lo que en cierta medida ha sabido reflejar, en trazos muy oscuros, eso sí.

Para que fuese una buena novela habría hecho falta una visión más clara de lo que está en juego en esta oposición entre campo y ciudad, entre vida autosuficiente y la complejidad de las luchas políticas partidistas, habría sido necesaria una visión de la política más realista y a la vez más centrada en lo verdaderamente importante. Quizá sí que esté lograda, en el sentido de que muestra lo que había disponible en la vida pública de la época, no sé.

Con el nulo entusiasmo que siento ahora por ese mundo de por el año 1978, el régimen que se creó entonces y que parece dar sus últimos coletazos ahora, no me emociona tampoco la vida solitaria en un pueblo abandonado ni el ritmo de la vida agrícola de espaldas a lo que pasa en el mundo. Y lo que representan los tres militantes del partido es tan vomitivo en conjunto y en detalle que el libro acaba siendo de una tristeza grande. Amarga lectura.

miércoles, 2 de agosto de 2023

Y por último Diario de un jubilado

Al fin me animé a terminar de leer los tres libros con el mismo personaje de Lorenzo el cazador, aunque el recuerdo que tenía de Diario de un jubilado no podía ser peor.

Pues lo he confirmado: es un libro muy malo y lo peor es que hace peores a los dos anteriores. Uno se pregunta si entendió mal al personaje de Lorenzo. En el Diario de un cazador, sobre todo, era una persona fundamentalmente cabal, con sus defectos y atajos, pero cabal, que llegaba a una plenitud emocionante en contacto con la naturaleza, cazando. En el Diario de un emigrante ya empieza a vérsele una ambición de riquezas que tapa lo mejor de sus cualidades. Aquí, es un pre-jubilado, de 60 años, de vuelta a Valladolid, cuya mayor ambición es participar como "sufridor" en Un, dos, tres:

 

En cierto modo es un retrato de esa España tan rastrera, tan de televisión y bingo: en eso se han convertido Lorenzo y Anita. La novela no tira, es floja y ya está, como lo fueron las últimas de Galdós, que también fue un gran novelista. Una pena.

lunes, 31 de julio de 2023

Diario de un emigrante de Delibes

Creo que era la tercera vez que leí el Diario de un emigrante, de Miguel Delibes. Venía de la relectura del Diario de un cazador, mucho mejor novela con diferencia, en mi recuerdo y lo he podido comprobar ahora en la relectura de las dos.

Me preguntaba por qué: creo que es interesante la evolución del personaje: bien asentado en su realidad, la de la España, el Valladolid, el campo castellano, anterior al desarrollo, en los años 50, no le sienta nada bien el hacer las Américas, que es lo que se novela aquí: la ambición económica no puede enfrentarse al desarraigo, la nueva situación moral, más relajada, sin lazos fuertes: Lorenzo está desubicado, el paisaje no le sirve de trasfondo, la relación con los demás es problemática, todo se descabala, menos su matrimonio y la estrenada paternidad, su refugio.

Lo que más me impresiona de este libro es esa sensación de desubicación, de desarraigo. Es quizá lo que me parece más valioso. Hay detalles clave, como la canción del emigrante, que ya mencioné aquí hace un montón de tiempo.

Este Diario de un emigrante yo lo leería aunque solamente fuera porque está lleno de expresiones que me recuerdan a la infancia; otras las veo como anteriores a mí -el gilí, es la fetén, por ejemplo- pero estas que me apunté me alegra verlas:

... andan más revueltas que otro poco (28 de enero, viernes).

En menos que se tarda en decirlo (31 de enero, lunes).

Estuve cascando [=hablando] con la Anita hasta las tantas (6 de febrero, sábado).

A qué ton (10 de febrero, miércoles).

Bien creí que le daba el telele (14 marzo, martes).

Andaba casi a pre (26 de marzo, sábado).

... que se mea la perra (21 de abril, jueves).

Soplaba un viruji que se metía en los huesos (22 de agosto, domingo)

miércoles, 4 de mayo de 2022

Mi biografía académica hasta COU 3

En lo que llamaban la Segunda Etapa de EGB, de 6º a 8º, hasta los 14 años, teníamos clases con distintos profesores, por ejemplo doña Consuelo en matemáticas (y nos daba matemática moderna, lo de propiedad biyectiva y cosas así) y también don Agustín, que tenía unas gafas con cristales gordísimos. 

Mi padre nos daba Historia. Yo sacaba buenas notas y él, cuando las leía en voz alta en clase y decía que yo había sacado un sobresaliente, se veía en el deber de decir: "no es que sea mi hijo, pero lo ha hecho bien, etc.".

Yo los recuerdo como años maravillosos: no había, creo, educación física. En cambio, nunca tuvimos música, ay. Había pretecnología, pero no sé si en los cursos anteriores: era como manualidades, pero poco tiempo y soportable. Era una escuela pública, pero la formación religiosa era excelente; yo veo el panorama y me parece que crecí en una isla, la doctrina católica en su núcleo más vivo.

Volvíamos de la escuela y hacíamos los deberes rápido y merendábamos y veíamos la tele. Lo que pusieran a mí me valía, en aquella única cadena, en blanco y negro: fui un gran devorador de televisión.

Quizá en octavo, a punto de irme a Burgos, leí El camino, de Delibes, ese libro donde marcharse del pueblo a la ciudad se convierte en una tragedia; yo era en realidad un niño con mentalidad de piso que vivía en un pueblo, así que, aunque sí que me daba pena irme, también me gustaba Burgos. No me habría querido ir de Castrojeriz, pero ahora, muchos años después, no volvería yo a un pueblo, ni siquiera a mi pueblo, con lo bonito que es.

martes, 26 de enero de 2021

Otra lectura del Diario de un cazador

Ya no sé cuántas veces he leído ese libro, que me parece que es mi favorito de Delibes. Impresiona que, 75 años después, sus personajes sigan vivos, realmente vivos, cercanos. La clave es Lorenzo, un protagonista narrativamente inverosímil, porque no debía de haber muchos conserjes que escribiesen un diario (ahora en cambio los hay hasta Doctores en Letras). A Delibes le aceptamos este pacto narrativo, cómo no, porque, a cambio, nos transmite la vida viva. Eso ayuda hasta para que las descripciones sean más sencillas y por ello más eficaces:

De día es aún más hermosa la vista de la ciudad. Al pie de la casa brillan los carriles de la estación y se divisa el movimiento de los trenes sin que se oiga su jadeo. La ciudad queda enfajada por el río y de la otra orilla hay un extenso campo de remolacha, protegido por unos tesos rojizos, salpicados de vides. En las otras direcciones, la ciudad se pierde en unos arrabales polvorientos.

En esta lectura me han gustado especialmente los pasajes de caza, justo lo que antes menos me llamaba la atención. También la actitud ante la vida que se transparenta: mirando para adelante, trabajando lo que haga falta, siendo felices con poco.

Ya puse alguna, pero otras expresiones que recuperé, que antes oía normalmente y ahora ya no, son:

["Acertarse" como "sentirse a gusto con"] Yo me acierte con él [el calibre 16 de la escopeta].

- No tira la cocina. (...) Estaba hecha a la cocina de la otra casa y esta le extraña [Yo creo que debería ser «la extraña»: la madre extraña la cocina, no se acostumbra a ella; teniendo en cuenta los leísmos y laísmos de Valladolid y todo, lo que cuadra, creo, aquí es "la". "Le extraña" es el uso habitual de "le resulta raro"].

- No es el pellejo sino la acción lo que me giba.

- [como regalo de boda] compramos una panera que dice la Amparo es de mucho gusto

lunes, 23 de marzo de 2015

Miguel Delibes y Gonzalo Sobejano



A Delibes lo vi varias veces por Valladolid. Con Gonzalo Sobejano coincidí en el Congreso del Centenario de Clarín, en Oviedo, en 2001: una bellísima persona además de lo que ya sabía de él, que era un grandísimo sabio en literatura española y un crítico muy fino. Recuerdo que nos contó en un corrillo algo de la sensación de los habitantes de Nueva York justo después del 11-S.

Ahora se ha publicado un libro con las cartas* que se cruzaron. Me ha parecido admirable, desde todo punto de vista: los dos se tratan con un inmenso respeto y una admiración mutua grande. Todo lo dicen con una sobriedad enorme, sin sentimentalismos, yendo al grano. Es una relación muy de amigos hondos, muy verdadera, viril, por decirlo de alguna manera, contenida, muy castellana (en el mejor sentido de la palabra, entre un vallisoletano y un murciano). Solo se dejan llevar de una emoción contenida cuando se consuelan por la pérdida de sus respectivas mujeres: a los dos esas muertes les dejaron desmochados y tuvieron grandes dificultades de seguir con sus vidas normales después. Es muy bonito ver cómo se acercó Delibes a animar a Sobejano cuando se enteró de la muerte de su mujer (la suya había fallecido muchos años antes, muy joven): Sobejano lo agradeció infinitamente.

Pero habitualmente el contenido de las cartas es muy normal, no sé si decir vulgar: ordinario, cotidiano, sobre libros que han salido, ediciones que pueden hacer, conferencias que programan.

Un libro que me ha gustado un montón.


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*Amparo Medina-Bocos ed., Miguel Delibes, Gonzalo Sobejano. Correspondencia 1960-2009, Fundación Miguel Delibes, Universidad de Valladolid, Valladolid, 2014

jueves, 7 de julio de 2005

Norte y Sur

He acabado el libro de Ramón García Domínguez sobre Delibes: lo que en la primera parte era repetitivo y prolijo en la segunda es insufrible; coincide con el bajón de calidad de Delibes desde la muerte de su mujer; por lo que da a entender el autor, él ocupa el lugar de confidente literario que tenía la mujer de Delibes, y bien que se nota. De ese periodo yo sólo salvaría libros misceláneos como He dicho o Castilla habla y su novela Señora de rojo sobre fondo gris (curiosamente sobre su mujer, y hecha a espaldas de García Domínguez). Todo lo demás es muy mediocre; novelas como Diario de un jubilado o El hereje me parecen simplemente pésimas; la primera me enfureció, porque era como asesinar a un personaje (y muy querido por cierto), y la segunda la tuve que dejar a la mitad.
El libro cae en la hagiografía más abyecta y me ha estropeado definitivamente la imagen que tenía de Delibes, y mira que lo siento. Intentaré olvidar que he leído ese libro y recordar tantos buenos momentos con sus mejores obras.
Para quitarme el mal sabor de boca he empezado Norte y sur, de Elizabeth Gaskell, una ilustre novelista victoriana; el libro acaba de salir en la excelente colección de Alba Clásica, que dirige admirablemente Luis Magrinyà: a mí me ha descubierto tantas novelas sobresalientes. De Gaskell ya había leído Cranford, Hijas y esposas y Los amores de Sylvia, y los tres libros me parecieron maravillosos, lo mismo que la biografía que hizo de Charlotte Brontë.
Norte y sur trata de una familia del sur de Inglaterra que tiene que emigrar a una ciudad industrial del norte o cómo pasar de Orgullo y prejuicio a Oliver Twist.
La novela inglesa del XIX me parece absolutamente magistral (Austen, Dickens, las Brontë, George Eliot, Gaskell, Thomas Hardy: y todavía no he leído ni a Trollope, ni a Thackeray), lo mismo que la rusa. En cambio, casi desconozco totalmente la novela francesa del XIX; en España vamos bien servidos con Galdós y Clarín y en cierta medida con Pereda, Pardo Bazán y Valera.
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Me ha gustado la elección de Londres para los Juegos Olímpicos: no quería que ganara Madrid, ni tampoco París: mi anglofilia aumenta. ¡Tony Blair, sálvanos!
¿Y Madrid 2016 ó 2020? Voy a ponerme demagogo: ¿Por qué no hacemos unas Olimpiadas continuas para conseguir que España tenga las mejores bibliotecas del mundo? ¿Por qué tenemos que gastarnos todo el dinero en instalaciones deportivas cuando seguimos estando en el Tercer Mundo en cuanto a amor al libro y a las bibliotecas? Leo en El País de hoy que el gasto de libros al año por persona en España es de 88 céntimos de euro (más o menos lo mismo en dólares): es un dato bien elocuente. Propuestas del nuevo gobierno gallego en educación (también en El país de hoy): más becas (bien) y ¡gratuidad de los libros de texto! Con eso sólo se consigue que la gente valore cada vez menos los libros y se gaste el dinero que debería dedicar a eso a estúpidas llamadas por el móvil; mientras, la Universidad de Santiago no tiene dinero para comprar libros, pero ¿en qué se traduce eso en votos?
Propuesta: cada persona que quiera libros de texto gratuitos debería presentar una factura de teléfono: si sobrepasa el gasto en libros, perderá su derecho a la gratuidad. Touriño, te hago esta propuesta gratis, para que veas que en Galicia puede haber propuestas innovadoras.

lunes, 4 de julio de 2005

Delibes y Ángeles



Julián Marías dijo sobre la mujer de Miguel Delibes lo siguiente:
Creo que no se puede entender la obra de Delibes sin tener en cuenta la realidad de su vida familiar: la compañía de tantos años de esa alegría serena que solíamos llamar Ángeles, esa mujer, a la vez maternal y niña, sencilla y clara, que con su mera presencia aligeraba la pesadumbre de la vida.
Esto en Ramón García Domínguez, El quiosco de los helados. Miguel Delibes de cerca, Barcelona, Destino, 2005, p. 357. Lo estoy leyendo: está bien, aunque peca de prolijo y repetitivo, pero me sirve para recordar toda la obra de uno de mis novelistas favoritos [ACTUALIZACIÓN: ver lo que dije después].
Libros suyos que releo: El camino, Diario de un cazador, La hoja roja, Las ratas, Cinco horas con Mario.

lunes, 20 de diciembre de 2004

El emigrante

Me sonaba que mencionaban la canción en el Diario de un emigrante de Delibes. Es una novela en forma de diario de un español (de Valladolid) que emigra a Chile. Y sí; aquí está:

p. 31 Y Melecio tiró de armónica y se metió con El emigrante, y yo no sabía si reír o llorar, pero notaba una cosa así, sobre la parte, que casi no me dejaba respirar.


p. 98 Cuando tocaron El emigrante, se me puso una cosa así sobre la parte que yo no sé a ciencia cierta si era murria o gana de hacer del cuerpo. A la chavala se le iban las lágrimas.


p. 176 La pusimos después de cenar, y lo que son las casualidades, lo primero Cuando salí de mi tierra. ¡Anda y que tampoco tiene sentimiento la canción esa! Oyéndola se pone uno a recordar y no acaba. Terminé murrio.

Tengo que hacer un rosario
con tus dientes de marfil

para que pueda besarlo
cuando esté lejos de ti,
sobre sus cuentas divinas
hechas de nardo y jazmín
rezaré pá que me ampare
aquella que está en San Gil.
Y adiós mi España querida,
dentro de mi alma
te llevo metida,
y aunque soy un emigrante
jamás en la vida
yo podré olvidarte.
Cuando salí de mi tierra
volví la cara llorando
porque lo que más quería
atrás me lo iba dejando
,
llevaba por compañera
a mi Virgen de San Gil,
un recuerdo y una pena
y un rosario de marfil.
Y adiós mi España querida (etc.)
Yo soy un pobre emigrante
y traigo a esta tierra extraña
y en mi pecho un estandarte
con los colores de España,
con mi patria y con mi novia
y mi Virgen de San Gil
y mi rosario de cuentas
yo me quisiera morir.
Y adiós mi España querida (etc.)