sábado, 22 de diciembre de 2012

Luisa de Carvajal 2

Llegó a Inglaterra en el peor momento, poco antes de lo de Guy Fawkes. Los primeros meses se los pasó además casi sin hablar, porque no sabía la lengua: "hecha una niña en ella" (59).
Y allí se dedicó a hacer visitas a católicos presos, a dar limosnas a católicos pobres, a buscar niños para bautizar por sacerdotes católicos (66).

Impresiona saber que acompañaba a católicos condenados a muerte:
Asistilos cuanto pude, antes de su muerte. Cuando los llevaron a notificarles la sentencia, temblaba el padre Roberts tanto, que casi no se podía atar las trenzas, ni abotonar las mangas del jubón; y díjome: "¡Mire cómo tiemblo!" Y respondí yo, que me hacía acordar del Gran Capitán, que temblaba mucho armándose, y decía que sus carnes temían su corazón. –Él se rió y abajó la cabeza, como agradeciendo mi buena opinión-. Estaba humildísimo en la cárcel, y espiritual.
Cuando volvieron a oír la sentencia, no los trajeron a "Justisal", que es el lugar do están los presos por la fe, sino al otro, do están los herejes, homicidas y ladrones. Y por consolarme y consolarlos, que es fuerte paso mirado de cerca, procuré, por no sé cuántos reales, que el carcelero me dejase ir allá. [consigue además que los lleven a la otra sala; tienen una cena última:] Yo tomé la cabecera, lo cual, hasta aquella última cena, no quise hacer; y fue por confortarme con la cercanía de los dos mártires que estaban a mis dos lados, bien fuera de comer ni un bocado: parecíame imposible.
Estaba llena la mesa de alegría y devoción; y yo, sumida en un profundo pensamiento de lo que tenía delante, que me representaba vivísimamente la última cena de Cristo Nuestro Señor.
Díjome el Padre Roberts: ¿No ve cómo estoy aquí demasiado alegre, desedificándolos? ¿No será mejor irme a tener oración a un rincón désos? –Y decíale yo, que no por cierto; que no podía haber mayor ejemplo que estarle viendo con tan notable ánimo y resolución de morir por Cristo. (81)
A unos sacerdotes condenados que llevaban por la calle se lanzó a besarles los pies (82), a otros condenados a muerte les mandó unas "tortadas de peras" (83).

Es un ejemplo claro de lo que vale comulgar con frecuencia:
Con este inmenso bien, empezaron a volverme las espaldas todos los males, huyendo de mi corazón; y se sintió fortalecido en la virtud, y con menos flaqueza en las faltas y pecados ordinarios. Y en breves días me parecía que había empezado a experimentar cuál fuese aquella libertad de hijos de Dios que hace verdaderamente libres. Y mostrábaseme el amor como el sol claro, apacible y sereno; y conocía por cierto no haber en la tierra ni en el cielo más de un solo mal o un bien: para mí a lo menos yo no lo hallaba: y este era perder o poseer a Dios en aquella manera que quería ser del alma poseído (215-216).

*Vble. doña Luisa de Carvajal y Mendoza, Escritos autobiográficos, Introducción y notas de Camilo Abad S. I, Juan Flor Editor, Barcelona, 1966 (Espirituales españoles, tomo XX).

3 comentarios:

  1. Antes de ayer, cuando me hablaste de ella, no me convencía del todo de su grandeza (la puñetera perspectiva sociológica, que ya no podremos sacarnos nunca de la cabeza). Ahora, leyendo tu semblanza y sus textos, veo que tenías toda la razón ¡qué persona más admirable!

    Un abrazo

    Chema

    ResponderEliminar
  2. Qué maravilla el humor del Padre Roberts, y que la frase, brillante, del Gran Capitán sirviese para confortarle y hacerle disfrutar de su cena. Gracias, Ángel.

    ResponderEliminar
  3. Buenísimo. La realidad supera a la ficción, es cierto.

    ResponderEliminar

Vamos a contar mentiras

Cuando escribí sobre Sólo hechos , el último volumen de los Diarios de Andrés Trapiello, no quise entrar a algo que cuenta de una cena en Va...