martes, 19 de septiembre de 2017

Jerusalén 10 - Mea Shearim

El primer sábado ya en Jerusalén me acerqué al barrio de Mea Shearim, que estaba cerca: quería ver cómo es el Shabbat para los hasidim, los judíos del este de Europa que acabaron siguiendo a rabinos carismáticos y que siguen vistiendo como hace dos siglos. Sí, esos que llaman «ultraortodoxos».
Lo que vi primero fue a un grupo de chavales con la vestimenta característica (y las da igual el calor que haga, visten igual que en Vilna o Lodz en pleno agosto en Jerusalén) que gritaban «Shabbes» a los coches. Unos soldados mantenían las cosas en sus justos límites:



Yo me acerqué a un grupo que estaba enfrente y le pregunté a uno que se estaba fumando un pitillo. Eran la oposición: judíos liberales que no debían tener nada mejor que hacer que tocar las narices a los ultraortodoxos encendiendo pitillos (algo prohibido en shabbat) en sus narices. Y habrá que preguntarse quiénes son los frikis ahí.

En donde estábamos resultó ser la calle de los Profetas, el primer ensanche de Jerusalén a finales del XIX, con su barrio etíope y casas de ingleses: una era nada más y nada menos que la del prerrafaelita Holman Hunt. Y así vamos de ilusión en ilusión.



Por allí me metí en Mea Shearim. Gracias a Dios no saqué el móvil ni hice fotos, algo que no está permitido en sábado. Era un barrio de casas viejas, cutres. En las paredes, grandes carteles en hebreo que me hubiera encantado poder leer: ahí descubrí las amarguras del analfabeto.
Había grupos de familias hasidim paseando por las calles vacías, el padre con la gabardina y el sombrero, la madre tapada hasta los pies (no van a tener cáncer de piel) y los cinco, siete, ocho hijos alrededor, siempre en grandísima armonía. Ni gritos, ni carreras, ni broncas. Podéis llamarles lo que queráis, pero amor por sus muchos hijos lo tienen por arrobas y eso a mí me impresionó mucho, también entre los palestinos. A diferencia de España, los niños son queridos en Israel.

lunes, 18 de septiembre de 2017

Oxford 1 - Media vita

De camino a Londres desde Oxford (este relato, que iré mezclando con el de Jerusalén, vuelvo a empezarlo por el final), al comprar el billete del autobús me preguntó el chaval, después de decirle que sí, que yo quería un solo billete (estaba sólo yo solo), me preguntó, digo, que si yo era senior. Jo, cómo dolió, aunque ahora piense que me lo dijo formulariamente, por agotar todas las posibilidades de descuentos posibles. También pienso que era un poco cortito (pero lo pienso ahora con amargura y un poco de rencor) y un espíritu gregario, que diría a todos lo mismo.
En Israel ya tuve una experiencia similar: me preguntaron en un Museo si era senior, pero eso lo puedo explicar. Llevaba, por si acaso, un billete usado por otro, un jubilado, porque da derecho a una reducción en la segunda visita. No me había atrevido a sacarlo, pero me lo vieron y me preguntaron si yo era un jubilado. Creo (o eso espero) que lo dijeron con bastante incredulidad.

Pero es la primera campanada del resto de mi vida, ahora sí (media vita, etc.).

En la Catedral anglicana de Oxford estaba esta lápida bajo el busto:



No sabía de quién era pero me llamó la atención el texto, este:
Paucis notus, paucioribus ignotus
Hic iacet Democritus iunior
Cui vitam dedit et mortem melancholia

De pocos conocido, de menos todavía ¿desconocido / perdonado?
Aquí yace Demócrito el joven
al que vida dio y muerte la melancolía
Y busco ahora en google, a ver si encuentro algo y resulta que es el famosísismo Robert Burton, el autor de la Anatomía de la melancolía, libro del que he oído hablar tanto. Bueno, yo melancólico no soy, creo, o no mucho, pero un poco de Memento mori sí que me viene bien.

miércoles, 13 de septiembre de 2017

Para redondear tres meses gloriosos

Me voy a Oxford a un Congreso.
Estos tres meses redondos empezaron a finales de junio en Sevilla, luego vino Italia, luego Jerusalén. No me puedo quejar. Ya contaré a partir del lunes. Os dejo esto de la última noche de los Proms:



martes, 12 de septiembre de 2017

Jerusalén 9 - Yad Vashem

El Museo del Holocausto está en un monte singular, donde está enterrado Herzl, el sionista padre intelectual del moderno estado de Israel, además de personalidades políticas, militares y víctimas de las guerras y el terrorismo. El sionismo, que en principio era una utopía nacionalista-socialista bastante ridícula, desde mi punto de vista, quedó en algo secundario desde el momento en que la realidad del Holocausto obligó a encontrar un refugio en la tierra: si a los judíos los estaban matando en todo el mundo, empezando por el país que estaba en la cima de la cultura ilustrada, Alemania, al menos tiene todo el sentido encontrar un lugar donde esconderse, por mucho que les pesase a quienes vivían allí, los palestinos. Pero es que los judíos, si lo son, es también por ese trozo de tierra que les ha marcado para siempre. Por otro lado, los palestinos podrían haber vivido bien con los judíos si no hubiesen decidido en 1948 exterminarlos también ellos.

El complejo esimpresionante, con el Museo en el centro, subterráneo, recorrido por un prisma triangular que da acceso a las salas, en un recorrido en zigzag y que acaba en un mirador abierto: tienes que coger aire después de la visita y al final también está la esperanza, gracias a Dios.


[La foto, de la web del arquitecto]

Lo que hace este Museo es mostrar lo más claramente y objetivamente posible cómo se produjo el sistemático asesinato de judíos por parte de los nazis. Desde el pasillo central uno va en zigzag, recorriendo las salas



Entras y te encuentras con los antecedentes. Allí hay esvásticas, toda la parafernalia, cosas horrorosas de la propaganda de la época. Eché de menos algo más de las causas intelectuales del nazismo: la culpa se la quedaba todo una especie de antisemitismo histórico que se ligaba sólo al cristianismo, algo a todas luces injusto. No aparecían por ahí mencionados algunos filósofos y algunos ideólogos:


Lógicamente, está prohibido hacer fotos en ese Museo. Yo cojo estas de su web, que os recomiendo.

El Museo es magnífico y está organizado admirablemente. Se sigue muy bien la información general sobre el proceso -tan científicamente diabólico- de aniquilación de los judíos, que se complementa con paneles centrados en historias personales y vídeos de testimonios de víctimas.

Es desgarrador. Para mí fue una experiencia devastadora, como debe ser, aunque la última sala, dedicada a los Justos de las Naciones, esas personas que arriesgaron sus vidas por salvar judíos, me dio mucho ánimo. Creía que serían unas decenas y resulta que son unas decenas de miles, gracias a Dios. El mal parece que puede vencer, pero no, al final no.

Luego está el gran archivo con todos los nombres de las víctimas. Se dice, y ahora me parece que con gran frivolidad, que los judíos no olvidan: yo me alegré de estar en aquel espacio donde guardan todos los nombres de los que murieron.

Y fuera hay un memorial, como una cueva subterránea, donde casi a oscuras oyes leer nombres del medio millón de niños muertos a manos de esos monstruos, los nazis.

lunes, 11 de septiembre de 2017

Jerusalén 8 - Mar de Galilea 3

En un kibbutz tenían organizados paseos en por el Mar de Galilea. Claramente querían agradar al público: nada más embarcar, viendo que éramos españoles, en los altavoces empezó a sonar la «canción de la barca», que (espero no molestar con esto) está en la lista de mis diez canciones más detestadas (en todos los géneros). Luego, izaron la bandera de España. Parecían perplejos al ver que no hacíamos nada de lo que suele hacer la gente que no tiene una relación tan conflictiva con su patria como los españoles. Les agradecimos la fineza, de todos modos. Fuimos viendo las costas, el lago de aguas verdes y disfrutando de la brisa (cuando nos movíamos).



De vuelta a tierra, fuimos al monte de las Bienaventuranzas. Yo ahí no estuve tan emotivo, lo que me llevó a pensar si sería porque «cojeo» por ese lado. La verdad es que hacía un increíble calor, así que tendría que haber sido como los nacionalistas enloquecidos (pleonasmo) con sus «patrias» para entusiasmarme con nada a aquellas horas y con aquellos calores. Las buganvillas, de más colores de los que yo conocía, estallaban por todos los lados y le daban color a todo, pero aun así. Y claro que estoy a favor de los bienaventuranzas, faltaría más. También hay que tener en cuenta que el santuario, dentro del ranking de veracidad está solo en el grado «posiblemente y con dudas»; ni siquiera «probablemente». Vamos, que era un sitio con buena vista y ya está. Me senté dentro, pegado a un
ventilador y seguía sudando como un pollo.

Pero fuera las vistas, qué vistas:

viernes, 8 de septiembre de 2017

Jerusalén 7 - Mar de Galilea 2

Llegamos al lago, a una calita de piedras donde han hecho una iglesia de fealdad increíble, pero lo importante es que puede ser el sitio donde el Señor preparó comida para los apóstoles después de la Resurrección y le preguntó a Pedro tres veces que si le quería y donde Pedro le contestó: «Señor, tú lo sabes todo, tú sabes que te amo», que es lo que decimos ahora al confesarnos.
Ahí tuvimos misa, en un altar al aire libre, mirando el lago. Yo no tenía todavía mucha experiencia de estar en sitios donde muy probablemente estuvo Jesús, pero aquí me golpeó otra vez la emoción, como en el Santo Sepulcro. Era como ver en color lo que hasta ese momento conocías, pero en blanco y negro. Y no es tanto cuestión de «conocer», «comprender» o «situarse», es de sentir, sobre todo de sentir.

De ahí fuimos a las ruinas de Cafarnaúm, con restos de una grandiosa sinagoga del III/IV d. C., pero que estaría sobre la que frecuentó Jesús y donde predicó. Al lado, estaba la casa de san Pedro (y por eso ahora entiendo todavía mejor un pasaje como este de san Lucas 4,38: «En aquel tiempo, al salir Jesús de la sinagoga, entró en casa de Simón»: pues sí, así de directo, al lado).

Ahí, nada menos, se sitúa el discurso del Pan de Vida en el evangelio de san Juan 6.22-59.

Foto de wikimedia. La especie de ovni es una iglesia sobre los restos de la casa de san Pedro.

Lo que queda de la sinagoga

Ya vi en Bruselas restos de algunas sinagogas de esas épocas, realmente suntuosas. También en el Museo de Israel había. Esta era impresionante.

Y en el terreno del reconocimento hacía ilusiòn hasta reconocer un sicomoro:


jueves, 7 de septiembre de 2017

Jerusalén 6 - Mar de Galilea 1

Un día a la semana hacíamos fiesta y nos íbamos en un microbús conducido por un árabe cristiano (tenía desplegado un mapamundi de estampitas a su alrededor) y con una guía judía muy simpática y muy competente.

Fuimos al lago de Galilea (o Mar de Tiberiades o lago de Genesaret, que todo es lo mismo: son esas las cosas tontas que uno descubre en Israel y no es poca cosa caer por fin en la cuenta).



El primer choque fue ver el desierto pegado a Jerusalén en dirección a Jericó, esa desolación en la que ¿viven? los beduinos. A la vuelta paramos en lo que caritativamente se podría llamar área de servicio, el sitio donde creo que había pasado más calor de los últimos años hasta la fecha. Lo bueno era que por ahí se sitúa la parábola del buen samaritano, de Jericó a Jerusalén. Se me ocurrió pensar que el pobre al que dejan medio muerto en esa parábola además tuvo que pasar un calor como para morirse otra vez. Y más mérito todavía del buen samaritano, ese personaje tan admirable, aunque sea una criatura que crea Jesús, una ficción que es una realidad fascinante porque es un relato inventado por Dios (y que es más verdad que todas las realidades «reales»).

Recorrimos paralelos al Jordán, pasando por Cisjordania, a través de controles militares. A los lados había plantaciones de palmeras repletas de dátiles, metidos en unos sacos de redecilla. Los lugares palestinos eran cutres, los judíos, no: esto puede fastidiar, pero es un hecho irrebatible.

Nos iba contando la guía cosas mientras, sobre los montes que veíamos al otro lado, en Jordania, sobre los caminos entre Judea y Galilea por los que llegaron además las mil invasiones que pasaron por ahí, sobre algunos lugares que aparecen en el Antiguo Testamento.

En Tiberiades en vez de romanos lo que había era judíos ortodoxos, esa extraña gente que me fascina y que parecía inmune al calor, cubiertos como iban con esas gabardinas negras ellos y ellas con medias y varias capas de ropa. Tiberiades es una ciudad turística con playas también para ellos, cosa que agradecerán los pobres, que también tienen derecho a bañarse, y en playas separadas además, que eso es lo que quieren. Me imagino a más de dos y a más de tres de por aquí que se pondrían como la niña del exorcista ante la mera mención de esta idea, así que la expongo aquí para abrirles la mente, que presumen de tolerancia, pero esas playas seguro que las prohibirían.