martes, 20 de noviembre de 2018

En la Cartuja de Parkminster

El otro día me sorprendió descubrir que un día de la Ascensión de 1919 Evelyn Waugh había ido de excursión a la Cartuja de Parkminster. Y eso porque he terminado hace poco An Infinity of Little Hours, un libro de Nancy Klein Maguire que sigue las vidas de cinco hombres que hicieron su noviciado en esa misma Cartuja entre 1960 y 1965.
Es un libro impresionante, porque les ves en la situación extrema (al menos eso nos lo parece al resto de los humanos), de lidiar buena parte del día con la soledad, con el silencio de estar en tu celda (aunque grande, espaciosa y con jardín) un día y otro, de dormir siempre a trozos, levantándose a las tantas de la mañana para celebrar en las naves heladas de la Iglesia la liturgia solos con Dios, pero también con el frío y el mal presentes en uno mismo. Técnicamente es como si hubieran muerto para todos los hombres, sin dejar ningún recuerdo a nadie nunca.
En cierto modo es como una película de reclutas de un cuerpo de operaciones especiales. También ahí ves, que además de unas cualidades físicas necesarias y excepcionales, el mayor problema es el coco, el darle vueltas al coco, el no saber gestionar el yo y la soledad. Aquí la confianza tiene que estar totalmente en Dios y la vocación ha de ser clara, porque es para muy, muy, muy pocos: ser cartujo no es algo para desearlo, sino para poder padecerlo.
La premisa del libro es crear cierta tensión explicando que de los cinco sólo uno se haría definitivamente cartujo. Vas viendo que hay mil cosas que lo complican todo, dificultades con las que no contaban, cosas que no se imaginaban que les pasarían.
La pena es que los nombres cambian cuando hacen la primera profesión: yo estuve buena parte del libro perdido con los nombres. No me pareció lo más importante.
A la vez es interesante porque ocurre justo antes del Vaticano II. También hasta allí se arrastra la modernidad y las novedades, por lo menos discutibles, que van apareciendo.

lunes, 19 de noviembre de 2018

Por fin vuelvo al Pórtico

Pensaba que tendría que esperar varios meses más, pero se abrió una ventana de oportunidad y la aproveché: estuve viendo el Pórtico durante una media hora, el mismo Pórtico de siempre, ahora más limpio, más claro quizá, con partes en que se ve mejor el color (y otras en las que rechinan más los repintes posteriores, sobre todo en algunos mofletes), pero el mismo Pórtico que me he perdido durante diez años (también lo visité en 2010 y otra vez, creo). Si me paro a pensar en frío, me alegro de que todo ello haya llevado a un arreglo a fondo de toda la Catedral.
El precio de diez años de cierre ha sido excesivo. El cierre efectivo y selectivo que vamos a padecer a partir de ahora me cuesta sobrellevarlo: yo quería que se pudiera deambular por allí, como fue pensado, impidiendo a los tocones manosearlo, claro, pero sin poner más barreras que las mínimas necesarias.
Ahí estaba el Cristo en majestad, con esa serenidad y esa grandeza que no he visto en muchas otras representaciones suyas, con los pies (me fijé) como sobre una especie de capitel corintio, sobre hojas que está aplastando.

viernes, 16 de noviembre de 2018

Cosas curiosas de Waugh

Del volumen de Obras completas dedicado a la obra juvenil de Waugh:

-Su padre estaba obsesionado con las mujeres en bicicleta, como el protagonista de Mr. Loveday's Little Outing (p. xxix). Esto, si habéis leído el cuento, es gracioso o muestra de un humor muy retorcido.

-Las vacaciones de Navidad en el internado en 19191 duraban 33 días, más de un mes largo (cf. p. 161 n. 193 y p. 175 n. 226), del 19 de diciembre al 23 de enero.

-Tuvo de compañero de estudios a Sir Max Mallowan, arqueólogo y marido de Agatha Christie.

-El día de la Ascensión, 13 de mayo de 1920 se fueron de excursión desde Shoreham y acabaron en la Cartuja de Parkminster. Traduzco:
Todos los monjes llevaban hábitos muy atractivos. No podíamos ver mucho pero lo que vimos nos impresionó muchísimo. Dimos toda la vuelta andando y vimos las celdas, cada una con su jardín de tal modo que ninguna ventana llegase al mundo exterior ni tampoco los jardines de los demás. Te hacía sentirte como un excursionista y un ordinario. Por supuesto nos recordó a Dowson, Monjas de la Adoración Perpetua.
Este es el poema al que se refiere, de Ernest Dowson, Nuns of the Perpetual Adoration:
Calm, sad, secure; behind high convent walls,
These watch the sacred lamp, these watch and pray:
And it is one with them when evening falls,
And one with them the cold return of day.

These heed not time; their nights and days they make
Into a long, returning rosary,
Whereon their lives are threaded for Christ's sake;
Meekness and vigilance and chastity.

A vowed patrol, in silent companies,
Life-long they keep before the living Christ.
In the dim church, their prayers and penances
Are fragrant incense to the Sacrificed.

Outside, the world is wild and passionate;
Man's weary laughter and his sick despair
Entreat at their impenetrable gate:
They heed no voices in their dream of prayer.

They saw the glory of the world displayed;
They saw the bitter of it, and the sweet;
They knew the roses of the world should fade,
And be trod under by the hurrying feet.

Therefore they rather put away desire,
And crossed their hands and came to sanctuary
And veiled their heads and put on coarse attire:
Because their comeliness was vanity.

And there they rest; they have serene insight
Of the illuminating dawn to be:
Mary's sweet Star dispels for them the night,
The proper darkness of humanity.

Calm, sad, secure; with faces worn and mild:
Surely their choice of vigil is the best?
Yea! for our roses fade, the world is wild;
But there, beside the altar, there, is rest.

jueves, 15 de noviembre de 2018

Haciendo fotos

El escribir poesía ni se me ocurre. Novelas, ni intentarlo. Pero fotos, todo el mundo las hace. Yo ahora he empezado a ponerlas en Instagram. Es un buena experiencia, ver fotos increíbles de otros y lanzarse, temerario, a poner las pobrecicas que he hecho yo, tan menesterosas. La pena es que Instagram las recorta. Aquí las pongo enteras, de la curva de Económicas, tres intentos de que salga algo:





miércoles, 14 de noviembre de 2018

Alabar lo grande, tener lo pequeño

Siento que no he toreado en clase la Teogonía de Hesíodo como quería y la obra se merecía. Me había puesto un tope de dos clases y el hecho es que me aturullé por querer dar cuenta de tantos nombres y tantas conexiones. Como siempre, es mejor querer abarcar menos.
Hoy toca los Trabajos y los días (ya puse aquí algunas notas que tomé la última vez que lo leí). Esta vez, quizá porque lo tenía fresco de esta lectura última de la Odisea, me he fijado más en su amor a lo pequeño, al ámbito familiar, por contraposición al ancho mundo, tan inabarcable y me he vuelto a parar en este verso, el 643:
νῆ᾽ ὀλίγην αἰνεῖν, μεγάλῃ δ᾽ ἐνὶ φορτία θέσθαι·
Alabar el barco pequeño, en uno grande los fardos poner.
Me parece que hay alguna conexión con Virgilio (Georg. 2.412-413): Laudato ingentia rura, exiguum colito, es decir: Alábese los campos inmensos, uno mínimo se cultive. Lo confirma West y es interesante que recoja el testimonio de que Catón también decía algo así en su libro De agricultura.
Hesíodo le está aconsejando a su hermano Perses que no se dedique a la navegación, es decir, al comercio a gran escala, aunque si se dedica al comercio, mejor que vaya con los grandes.
Y todo esto cuando al principio del poema anima a trabajar por emulación de los pares en el oficio. Es como la fábula de la cigarra y la hormiga primigenias.
Y en el medio, está la fábula, tan amarga, del gavilán nietzscheano que alecciona al ruiseñor, al propio Hesíodo, cogido entre sus garras.

martes, 13 de noviembre de 2018

La burra de Balaam

Estoy leyendo el Antiguo Testamento en la traducción de la Universidad de Navarra (haciendo equipo) y, como se dice por aquí, me llego por el libro de los Números, que no es el más entretenido, la verdad, aunque el episodio de la burra de Balaam es extraordinario, también desde el punto de vista narrativo.
Resulta que los israelitas están rondando la Tierra Prometida, cerca de Jericó (y yo me acuerdo del calor que pasé allí y claro que me identifico con sus sufrimientos) y el rey de Moab llama a Balaam para que los maldiga.
De camino, Dios pone a un ángel con una espada en medio.  La burra lo ve (Balaam no) y se desvía por un viñedo. Balaam la golpea para que vuelva al camino, pero la burra se pega a una tapia, tanto que «le pilló la pierna contra la pared». De nuevo la golpea. Otra vez el ángel se pone delante, impidiendo el paso totalmente: la burra se echa y Balaam la golpea por tercera vez
Balaán se enfureció y apaleó a la burra. Entonces el Señor abrió la boca de la burra, que dijo a Balaán: «¿Qué te he hecho yo para que me apalees con esta ya tres veces?».
Respondió Balaán a la burra: «Porque te estás burlando de mí. Ojalá tuviera una espada en la mano; ahora mismo te mataba». Respondió la burra a Balaán: «¿No soy yo tu burra, y no me has montado desde siempre hasta el día de hoy? ¿Es que suelo portarme así contigo?». Respondió él: «No». (Num. 22, 27-30, traducción de la CEE, que es la que tengo a mano).
Ahí es cuando ve Balaam al ángel delante, que le echan en cara las tres veces que ha golpeado a la burra:
Gracias a que se ha desviado, porque si no, ya te habría matado y a ella la habría dejado con vida» (Num. 22.33).
Ahora ya está preparado Balaam para decir sólo lo que Dios quiere, unos oráculos preciosos en alabanza de Israel en los capítulos 23 y 24)

lunes, 12 de noviembre de 2018

Las gafas - valoración de usuario

A veces ya ni me doy cuenta de que las llevo puestas.
A veces me encuentro con que no me las he puesto y es una lata, porque no veo bien la letra pequeña.
Ahora con gafas leo letras muy pequeñas.
Cuando llueve -y aquí llueve mucho- se llena de gotas. Si hay mucha humedad -por ejemplo en las Carmelitas- se hacen presente el vaho a dos centímetros de mis ojos.
El viernes iba por la circunvalación de Santiago, ahora de hasta cinco carriles (a todo lujo; pero han cerrado uno para abrir una entrada a la Ciudad de la Cultura, a ver si pica la gente y la visita) y llovía tanto que me entró la duda si era yo que volvía a ver mal o es que era mejor no conducir cuando tienes una tormenta a la que le dan nombre (esta vez Betty).
Sirve como de máscara: hay algo en medio, que te tapa, aunque sea transparente. Tienes todo enmarcado además.
Yo en realidad estaba mejor como estaba de fábrica, sin gafas. Me consuelo haciendo el gesto de quitármelas. Todavía no he llegado a chupar la patilla, pero no lo descarto.