lunes, 19 de octubre de 2020

La epifanía de Pan

Entre leer todo Homero en traducción en mes y medio con los de primero, traducir la peste con los de tercero y releer la batalla de Maratón con los de segundo, estoy bastante servido. Homero lo es todo en Grecia, Tucídides es una mente analítica superior, Heródoto es el gran narrador.

Esta lectura, que es relectura de Heródoto, porque ya lo traduje en clase el año pasado, está siendo muy interesante también. Aquí me voy a parar en el viaje del correo Filípides (en un manuscrito florentino pone Fidípides, que podría ser hasta una coñita, porque significa "el que ahorra en caballos" y él iba a pie, corriendo), que se hizo doscientos kilómetros en dos días para transmitir a los espartanos la petición de que ayudaran a los atenienses contra los persas (los espartanos no fueron porque tenían que esperar a que fuera luna llena, porque estaban en medio de las fiestas de Apolo Carneo, parece: estos sí que son ultracatólicos, no yo). 

En lo que me quiero fijar es que cuando pasaba Filípides por Arcadia se le «apareció» por el monte Partenio el dios Pan, que se le quejó de que los atenienses, con todo lo que él había hecho por ellos, no le daban culto. Es una epifanía, una "aparición-sobre-un-lugar". En esta segunda lectura me he estado fijando más en cómo es exactamente esa "presentación", porque casi parece que lo que percibe Filípides es solamente la voz del dios, que le grita (βώσαντα) su mensaje . Es como un relato sobre «alrededores», donde un dios como que se presenta en un ámbito amplio, entre ecos y voces. 

En el texto, Heródoto se harta de poner la preposición peri-, empezando con la primera frase: A Filípides por (περὶ peri) el monte Partenio, Pan se le cae por ahí (περιπίπτει peripíptei): lo que solemos entender es que Pan se le "aparece", pero literalmente es que "cae por allí". Eso se replica en el discurso de Filípides a los espartanos, diciéndoles que no mirasen a los lados (περιιδεῖν periideîn) en la cuestión de que Atenas iba a caer (περιπεσοῦσαν peripesoûsan) en manos de los persas. Esto de repetir una palabra talismán estoy viendo cada vez más que es muy típico de Heródoto, estirando el chicle hasta extremos curiosos, porque el último caso, el de "caer en manos" como que está cogido con pinzas, aunque tiene paralelos en otros casos que significan "caer en desgracias".

Os pongo aquí la traducción de Bartolomé Pou, del siglo XVIII: 

... por heraldo a Fidípides, natural de Atenas, hemerodromo (o correo de profesión). Hallándose este, según él mismo decía y lo refirió a los atenienses cerca del monte Partenio, que cae cerca de Tegea, apareciósele el dios Pan, el cual habiéndole llamado con su propio nombre de Fidípides, le mandó dar quejas a los atenienses, pues en nada contaban con él, siéndoles al presente propicio, habiéndoles sido antes muchas veces favorable y estando en ánimo de serles amigo en el porvenir. Tuvieron los de Atenas por tan verdadero este aviso, que estando ya sus cosas en buen estado, levantaron en honor de Pan un templo debajo de la fortaleza, y continuaron todos los años en hacerle sacrificios desde que les envió aquella embajada, honrándole con lámparas y luminarias.
Despachado, pues, Fidípides por los generales, y haciendo el viaje en que dijo habérsele aparecido el dios Pan, llegó a Esparta el segundo día de su partida, y presentándose luego a los magistrados, hablóles de esta suerte: —«Sabed, lacedemonios, que los atenienses os piden que los socorráis, no permitiendo que su ciudad, la más antigua entre las griegas, sea por unos hombres bárbaros reducida a la esclavitud; tanto más, cuando Eretria ha sido tomada al presente y la Grecia cuenta ya de menos una de sus primeras ciudades.» Así dio Fidípides el recado que traía: los lacedemonios querían de veras enviar socorro a los de Atenas, pero les era por de pronto imposible si querían faltar a sus leyes; pues siendo aquel el día nono del mes, dijeron no poder salir de la empresa, por no estar todavía en el plenilunio, y con esto dilataron hasta él la salida (6.105-106).

Lo que quiero decir es que Pan "se aparece por ahí": no es que lo vea Filípides frente a él, con las patas de cabra y todo. Por otro lado es fascinante el tono quejoso de Pan, que no castiga como otros dioses, sino que se queja de no ser reconocido, él que es un dios terrorífico, que da un miedo especial, un miedo pánico

viernes, 16 de octubre de 2020

Whitney - Rain (Official Audio)

No sé si me va a dar por ponerme revivalista, pero esta canción de Whitney me parece como si fuera de hace mucho tiempo, siendo nueva [Actualización, un día después: es una versión de una canción de SWV, de los noventa: la mejora un montón]: También me gusta esta versión de Take me home, country roads:

jueves, 15 de octubre de 2020

Tucídides sobre la peste 4

Continúa Tucídides describiendo más síntomas tremendos de la enfermedad. Sigo con la traducción de Francisco Romero Cruz con algunos cambios míos: 

Exteriormente, su cuerpo, si lo tocabas, no estaba demasiado caliente; tampoco pálido, sino sonrosado, lívido, con florecimientos de pequeñas pústulas y llagas. Por dentro, en cambio, estaba tan ardiente que no soportaban ponerse encima ni la ropa más fina ni sábanas ni otra cosa que no fuera estar desnudos, y con gusto se arrojarían al agua fría. Muchos, al no tener quien les cuidara, se tiraron a pozos, dominados por una sed insaciable; lo mismo daba el mucho beber o poco.
A esto se añadía una desazón e insomnio permanentes. El cuerpo tampoco se agotaba mientras estaba en su apogeo la enfermedad, sino que resistía al sufrimiento, contra lo que se pudiera esperar, hasta el punto de que la mayoría moría a los siete o nueve días por efecto de la quemazón interior, conservando algunas fuerzas, o si se libraban, al afectar la enfermedad a los intestinos y producirse una fuerte ulceración al mismo tiempo que le acometía una diarrea líquida, la mayoría perecía después, de la debilidad causada por ella.
El mal, que se localizaba primero en la cabeza, recorría a partir de ahí todo el cuerpo, y si uno sobrevivía a los ataques mas graves, la afección de las extremidades era signo de su presencia, pues se cebaba en los genitales y en las puntas de manos y pies, y muchos se salvaban tras perder esos, algunos hasta los ojos. De los convalecientes se apoderaba al instante una amnesia general y ni se conocían a si mismos ni a sus deudos (2.49.2-8).

La traducción de Diego Gracián es preciosa: 

El cuerpo por fuera no estaba muy caliente ni amarillo, y la piel poníase como rubia y cárdena, llena de pústulas pequeñas: por dentro sentían tan gran calor que no podían sufrir un lienzo encima de la carne, estando desnudos y descubiertos. El mayor alivio era meterse en agua fría, de manera que muchos que no tenían guardas se lanzaban dentro de los pozos, forzados por el calor y la sed, aunque tanto les aprovechara beber mucho como poco. Sin reposo en sus miembros, no podían dormir y, aunque el mal se agravase, no enflaquecía mucho el cuerpo, antes resistían a la dolencia más que se puede pensar. Algunos morían de aquel gran calor, que les abrasaba las entrañas a los siete días, y otros dentro de los nueve conservaban alguna fuerza y vigor. Si pasaban de este término, descendía el mal al vientre, causándoles flujo con dolor continuo, muriendo muchos de extenuación. Esta infección se engendraba primeramente en la cabeza y después discurría por todo el cuerpo. La vehemencia de la enfermedad se mostraba, en los que curaban, en las partes extremas del cuerpo, porque descendía hasta las partes vergonzosas y a los pies y las manos. Algunos los perdían; otros perdían los ojos, y otros, cuando les dejaba el mal, habían perdido la memoria de todas las cosas y no conocían a sus deudos ni a sí mismos.

Yo me he permitido traducir la palabra exanthema (de anthos, flor), por florecimientos en vez de erupciones, que es lo que ponía Romero Cruz, para recoger lo que me parece un antecedente interesante del género de terror, ese ir detallando lo sanguinolento. No creo que Tucídides buscara un efecto truculento, pero veo en los del género del gore características similares.

De todos los síntomas, tremendos, el de la amnesia es el que más me ha tocado, porque no recuerdo en absoluto los primeros días de la UCI: como que se me han robado. Tengo como dos o tres fotogramas. Todo esto lo digo porque esta lectura de Tucídides no está siendo en absoluto neutra para mí.

Lucrecio (1205-12) lo recogió en su obra, interpretando como mutilaciones voluntarias las de las extremidades. He encontrado la traducción del abate Marchena, de 1791, que recoge también lo que fui poniendo estos días anteriores. No me da la vida para comparar con el latín de Lucrecio ahora, pero lo podéis leer, que es interesante:


                Las extremidades
De sus cuerpos no obstante parecían
Estar no muy ardientes, ofreciendo
Tibia impresión al tacto: al mismo tiempo
Estaba colorado todo el cuerpo,
Con úlceras así como inflamadas,
Como si hubiera sido derramado
Fuego de San Antón sobre sus miembros.
Un ardor interior los devoraba
Hasta los mismos huesos, y la llama
En su estómago ardía como hornaza:
La más ligera ropa los ahogaba;
Al aire y frío expuesto de continuo,
Unos a helados ríos se tiraban
A causa de aquel fuego en que se ardían,
En las aguas más frías zabullendo;
Desnudo el cuerpo se arrojaban otros
En hondos pozos; con la boca abierta,
Ansiosos de beber, a ellos venían,
Y su insaciable sed no distinguía
Las aguas abundantes de una gota 
Cuando sus cuerpos áridos metían:
Ningún descanso el mal les otorgaba;
Tendido estaba el cuerpo fatigado;
La medicina al lado barbotaba
Con temor silencioso: revolvían 
Noches enteras sus ardientes ojos
A un lado y otro sin probar el sueño.
(...)
Atacaba los nervios, se extendía
El morbo por los miembros, y cogía
Hasta las mismas partes genitales:
Y unos, temiendo la cercana muerte,
Vivían por el hierro mutilados
De su virilidad; privados otros
De manos y de pies, quedaban vivos;
Y perdían, en fin, otros la vista:
Tan poderoso miedo de la muerte
Cogió a estos infelices, y hubo algunos
Que perdieron del todo la memoria
Y aun a sí mismos no se conocían. (1777-88)

miércoles, 14 de octubre de 2020

Tucídides sobre la peste 3

El relato que hace Tucídides de la peste hace un gran travelling, como una a modo de vista de pájaro que va desde Etiopía hasta Atenas. Luego entra en la persona enferma y va bajando de la cabeza hasta las extremidades (salvo si el paciente muere antes). 

Es una enfermedad (se ha sugerido que sería sarampión, tifus, paperas) de efectos tremendos y tremenda mortalidad, mucho peor que el COVID, dónde va a parar.

Sigo con la traducción de Francisco Romero Cruz, con pequeños cambios, de la primera parte de los síntomas, hasta que llegaba al estómago:

Aquel año, como se reconocía generalmente, resultó ser especialmente benigno en lo que concierne a las restantes afecciones, pero si se padecía con anterioridad alguna de ellas, en esta todas las demás abocaban. En cuanto a los demás, a los antes sanos, sin causa aparente, de pronto les entraban primero fiebres intensas que afectaban a la cabeza, enrojecimiento e inflamación de los ojos, y, por dentro, la garganta y la lengua se volvían sanguinolentas y exhalaban un aliento extraño y pestilente. Luego, a partir de esos síntomas, sobrevenían estornudos y ronqueras y, en no mucho tiempo, la afección bajaba al pecho acompañada de fuerte tos; cuando se fijaba en el estómago lo trastornaba y producía vómitos de bilis de cuantas clases son mencionadas por los médicos, acompañados de gran malestar. A la mayoría de los enfermos les daban arcadas que causaban fuertes convulsiones, a unos después de debilitarse los síntomas, a otros mucho después (2.49.1-2).

Por seguir con la comparativa de la traducción de Diego Gracián, es precioso ver con qué maravillosas palabras describe los síntomas: 

Primero, sentían un fuerte y excesivo calor en la cabeza; los ojos se les ponían colorados e hinchados; la lengua y la garganta, sanguinolentas, y el aliento hediondo y difícil de salir, produciendo continuo estornudar; la voz se enronquecía, y, descendiendo el mal al pecho, producía gran tos, que causaba un dolor muy agudo; y, cuando la materia venía a las partes del corazón, provocaba un vómito de cólera que los médicos llamaban apocatarsis, por el cual con un dolor vehemente lanzaban por la boca humores hediondos y amargos; seguía en algunos un sollozo vano, produciéndoles un pasmo que se les pasaba pronto a unos, y a otros les duraba más. 

La gran discusión en este pasaje es cómo traducir kardía, que en principio significa corazón pero que aquí parece que en realidad es el estómago. Gracián se queda con el corazón; Romero con el estómago. 

"Sollozo vano" no sé qué es (quizá él tampoco), pero es sugerente. Lo que no recoge Gracián es eso de que había "vómitos de bilis de todas las clases que han identificado los médicos"; él habla de "apocatarsis" y supongo que ese será un buen indicio para saber de dónde tomó el texto de Tucídides y si de verdad lo que seguía era una traducción latina.

martes, 13 de octubre de 2020

Pintadas de mi Facultad - Technicolor

 La verdad es que últimamente el nivel había bajado mucho, pero el otro día hicieron esta pintada, muy currada, los comunistas/indepes-lusistas:


Mucho mejor, como veis, que las otras. En el contenido, igual de mal o peor, pero eso ya se sabe:


lunes, 12 de octubre de 2020

Un artículo sobre José Jiménez Lozano

Al hilo de lo que estuve mirando en mi reseña/cabreo del libro de Ignacio Peyró, he rescatado este artículo que salió publicado en 2013 en Suma Cultural, porque no parece que ya esté en línea. Aquí lo dejo, en su menesterosidad. A mí, releído, me ha gustado:

José Jiménez Lozano, por amor al arte

Ángel Ruiz

Primero, me pondré la venda: en esto del arte soy –ya me parece mucho- un amateur. Por eso, no voy a poder hacerle justicia a la visión del arte de José Jiménez Lozano; y como ni en mil años llegaría a creador (como mucho, a crítico, uno de esos que «entienden de lo que no comprenden», en frase dolorosamente certera de Ramón Gaya), tampoco por la vía de la afinidad –en cualquiera de las artes- iba a conseguir llegar al núcleo tan valioso de su visión del arte.

Al menos sí que puedo dar un consejo: Retratos y naturalezas muertas, del año 2000, es su libro sobre arte que prefiero, la culminación por ahora de un interés sostenido, que coronaba otros logros admirables previos, bien tangibles por lo demás; en buena parte gracias a él surgió el proyecto de Las Edades del Hombre, en torno al arte de las diócesis de Castilla y León. Quedan para la memoria una serie de exposiciones y algunas publicaciones memorables, especialmente su libro Los ojos del icono, de 1988, la guía de referencia de todo el proyecto, y Estampas y memorias, de 1990, para el que escribió un grandioso texto liminar. Aquello fue mucho más que una exposición de arte religioso siendo solo eso; más adelante explicó él que «nunca quisimos otra cosa que mostrar cosas hermosas» y a fe que lo lograron. Ya había dicho antes que «la pretensión espontánea de belleza (…) es la única razón de ser y la única ética de una pintura» (Los ojos del icono, 33), pero qué emocionante fue aquella primera exposición en la Catedral de Valladolid, quizá por eso mismo: porque no se instrumentalizaba el arte por la vía de las buenas intenciones, al fin y al cabo secundarias respecto a lo primero en el orden de la creación, el bien de la obra de arte en sí misma, algo que no se cansó de recordar su muy querida Flannery O'Connor. Por otro lado, a las críticas de Port-Royal al arte como engaño contra la verdad, les contesta: «yo soy más papista, lo que quiere decir, naturalmente, más griego, y que la belleza no es para mí, entonces un artificio, sino un trascendental del ser al igual que la verdad y la bondad. La belleza no es un instrumento o artificio para deleitar o embellecer y de este modo hacer bello lo que no es. Porque lo que no es no es, y no hay que dar la sensación de que es con cosméticos de ninguna clase, y en este sentido sí recojo con mucho gusto las advertencias de Port-Royal» (Retratos, 91).

Seguramente él nunca se haya planteado decir palabras definitivas sobre arte. Pero así es como las dice: recordando las limitaciones de este, por más que algunas veces bien que nos ayude y consuele el arte entre las dificultades de este camino de la vida. La suya es una mirada atenta, contemplativa y apreciativa, llena de comprensión a todo lo que el hombre ha querido crear. «Nada», repetía san Juan de la Cruz, pero repitiendo esas «nadas» en un emocionante dibujo esquemático que nos recuerda repetidamente Jiménez Lozano para que comprendamos la paradoja. Es esa misma aparente contradicción que san Bernardo intentó conjurar despojando al Císter de decoración «y quizá así le parece que ha conjurado a esa belleza, pero en realidad lo que ha hecho ha sido alcanzar la más alta y la más pura estética». Quedan solo los muros de piedra: «y los monjes tratarán a estas piedras como reliquias; no porque sean sagradas, sino porque son hermosas y llevan, además, en ellas las huellas del trabajo humano (Los ojos del icono, 32). A veces, al final se encuentra la belleza, pero la estética no es el fin y por eso hay que renunciar a centrarse en ella, para que quede la verdad, que es, paradójicamente, bella.

Y así ocurre con las imágenes, los «iconos» que tan magistralmente trató en sus libros de finales de los años ochenta: «El relato que nos hace el icono paraliza la historia entera y torna ceniza al mundo y a sus poderes –"como si no hubiera mundo", decía Teresa de Ávila- cuando ponemos los ojos sobre esos otros ojos, unas manos, un llanto, una sonrisa, una llaga, un ángel, una partera, un niño, un verdugo, un pez, un perro, un asno o la ballena Leviathan. La historia entera se relativiza y se desquicia: vemos la trama de la mentira y sufrimiento sobre la que está construida y de la que se alimenta; y vemos también lo que debería y debe ser antes de que acabe en catástrofe. Con toda claridad lo vemos: como a la luz de la candela que hacía traslúcidas, cual si fueran de alabastro rojo, nuestras manos infantiles. Y entonces, esperamos. Porque este es el poder y la gloria del icono» (Estampas y memorias 38-39).

Y aquí aparece la luz de la candela, imagen central en toda su obra. Donde otros buscan tenebrismo o efectos de luz, él ve recuerdos de niñez, la mirada cercana a lo iluminado precariamente, las caras con fiebre y miedo y la palidez de los círculos rojos en las mejillas. Pero no es sentimentalista de la infancia; menos de la patria, pequeña o grande: su Guía espiritual de Castilla, de 1984, el otro libro que hay que recordar aquí como fundamental para su visión del arte, no es una glorificación ni del pasado ni de lo local ni de lo propio. Es reflexión sobre el dolor acumulado en siglos: judíos y criptojudíos, mudéjares (sus edificios de ladrillo entre Valladolid y Ávila son su mundo de niño), cristianos nuevos, todas las pobres gentes que dejan a veces solo el recuerdo de unas lozas con una línea azul sencilla, o una pared de adobe en un suelo de tierra. La huella del arte en lo pequeño. Pero eso mismo lo busca en las cajas de Cornell, en todo Georges de la Tour, por las estancias holandesas de Pieter de Hooch, y nos hace sentirnos a gusto –quién nos lo iba a decir- en Port-Royal y allí nos pasmamos de la serenidad que trasluce un exvoto de Philippe de Champaigne. Nos hace fijarnos en Gerrit Dou o en Paul Klee, en las iglesias vacías de Saerendam, en un cuadro sobre Judith en el que nos descubre el drama de dolor de su autora, Artemisia Gentileschi. O nos señala los pájaros del cuadro de los cazadores en la nieve de Brueghel el Viejo. Y volvemos a san Baudelio de Berlanga y a Santiago de Peñalba y a las ilustraciones de los Beatos milenaristas. Y las celdas de los carmelos teresianos, pura sobriedad, y los castillos interiores de costosísimos materiales preciosos que describe –otra paradoja- la propia santa.

Son caminos los suyos no seguidos por el gusto dominante y menos por las modas de círculos buscadamente minoritarios y exquisitos. La suya es una «conciencia de soledad, de marginalidad producida por el hecho de que mi universo, mi visión del mundo y mi mirada sobre él son diferentes y quizás demasiado singulares; mis intereses intelectuales distintos, mi concepción estética, mi tradición y mi familia espiritual extrañas a la cultura española convencional, y también anacrónica o pura alteridad respecto al "espíritu del tiempo" y la modernidad y postmodernidad triunfantes» (Unas cuantas confidencias, 1993, 23).

Ante el peligro de esas tormentas cíclicas del gusto que parecen conseguir imponerse, «los alejandrinismos, las diversiones o masoquismos barrocos» y que especialmente en nuestro mundo corremos el peligro cierto de que se conviertan en «un gran pedrisco en mayo, habrá que meter los tiestos a cubierto: Spinoza, Kierkegaard, Juan de la Cruz, Hegel, Simone Weil, Melville, Flannery O'Connor y los otros» (Unas cuantas confidencias, 27). En literatura tenemos refugios así; también el arte nos lleva al principio: «la experiencia estética en sí misma: no un láudano para olvidar, ni retórica que embellezca, o falsee, o evada la realidad, sino una necesidad humana elemental» (Los ojos del icono, 29). Ni engaño, pues, ni droga, ni adornos: la atención –mucho habló de ello Simone Weil- es una necesidad humana básica, «aguzar la mirada humana sobre el mundo e irse librando de todo lo que se interpone entre ambos», incluyendo ahí «nuestra propia sensibilidad estética» por refinada que sea: «la belleza es de un instante. A los hombres no se nos ofrece otra belleza u otra posibilidad de captarla más que en un instante. Y todos buscamos su permanencia» (Unas cuantas confidencias, 14).

Otro peligro sería, huyendo del sentimentalismo, correr lejos del sentimiento: «se tiene la sensación de que solamente la dulzura que emana de ciertas Vírgenes románicas o góticas, de grandes ojos y encantadora sonrisa, ha sostenido a los hombres de la cristiandad occidental en esa larga noche infernal». Se está refiriendo a la crisis en torno a la Peste Negra, pero también pone de ejemplo a fray Luis en la cárcel, que «no encuentra en su acerbo encierro inquisitorial de Valladolid otro consuelo o asidero para soportar su vida que recurrir a la figura de la Virgen en unos espléndidos versos» (Los ojos del icono 77-78).

Anhelo de verdad, conciencia de fugacidad pero a la vez del consuelo verdadero que tienen las cosas, aprender a mirar con ojos atentos. Quizá estas sean claves para intentar precisar cómo considera José Jiménez Lozano el arte. Explícitamente lo dice en una definición que hace de «una teoría de la literatura: sólo lo que es lejano o débil es importante, sólo lo que es pobre o frágil es hermoso, y la extrema belleza nunca es obvia, ni fulgura» (Unas cuantas confidencias, 33).

Todo ello está en Retratos y naturalezas muertas, el libro de arte de Jiménez Lozano que me atreví a recomendar especialmente, así como en ficción guardo un recuerdo especial de El mudejarillo o Los grandes relatos, o como elogié repetidamente su biografía de fray Luis de León o, de entre sus Diarios, Loscuadernos de letra pequeña. Y en poesía, todo (y por fortuna ahora tenemos al alcance de la mano, en una excelente selección, la antología El precio). En este Retratos llega a una serenidad quizá lograda por el recurso al diálogo, un diálogo consigo mismo, interior pero pacífico, que es meditación a partir de lo mejor de la Francia del siglo XVII: los Pensamientos de Pascal, las pinturas de Philippe de Champaigne, los cuadros de Georges de la Tour, por ejemplo la Magdalena Terf, de la que había escrito un poema que comienza así: «La lamparilla, el libro, / la mano en la mejilla, pensarosa; / la redondez de la rodilla tan rotunda, / tan leve la del vientre, y la otra mano / sobre la calavera en su regazo» (El tiempo de Eurídice, de 1996). A propósito de ese cuadro recoge lo que dice Pascal Quignard de que la obra de este pintor se resume en «confrontar al hombre consigo mismo con ayuda de una llama». Y a ese propósito, escribe este texto admirable sobre lo que era la luz de la candela en su infancia: «Los niños (...) acercaban sus manos a la llama, y éstas se volvían rojas y traslúcidas, dejaban ver el armazón de sus huesos; los rostros de las muchachas se sofocaban como sólo el amor podría colorearlos más tarde, y de bien distinto modo, aunque no menos hermoso que como el aire helado del invierno ponía rojo en sus mejillas extendiendo la palidez en torno» (Retratos, 16).

El arte es la luz y el calor de una candela. Hasta de las Meninas lo que importa al final es que la princesa protagonista murió. Y el arte es camino. Dos poemas de Elegías menores, de 2002, lo explican mejor:

 

Las meninas

Le dijiste al crítico de arte:

Está bien su explicación, pero

yo sólo vengo a ver a María Bárbola,

a Nicolasillo Pertusato, al perro,

y a ver abrir la puerta al Intendente Nieto.

Te callaste

que en aquella habitación no se respira;

la Princesita bebe agua ¡Pobre!

¿Y si me preguntase?

Yo he visto su sepulcro en Viena.

 

Oficio matutino

La pobre mujeruca, anciana,

pisada como aceituna en la almazara de la vida,

con sus duras arrugas en el rostro,

sus sarmentosas manos, lentos

y aguzados, al mirar, sus ojos,

acude con el alba a la iglesita,

pintada y de brillantes cristaleras.

Y allí mira a los santos en derredor de Cristo

caballeros y reyes, obispos con sus vestiduras refulgentes,

filósofos, y el último, con su mano en el rostro,

sentado en su silla de oro, está Agustín:

luego hay un príncipe, una dama

con su armiño, y ángeles y arcángeles

y su propia silla –la de la mujeruca-, allí junto,

para cuando pase de esta vida.

Sonríe y sale luego, bendecida y solemne

y ¡con qué cortesía trata a las gentes

del mundo! A las palomas y gallinas

al perro y a los pájaros. ¡Con cuánta

misericordia y alegría va cargada!


viernes, 9 de octubre de 2020

«Ya sentarás cabeza», de Ignacio Peyró

Últimamente estaba desganado para leer. Tenía empezados Alcancía. Vuelta, diarios de Rosa Chacel muy bien escritos, pero con poquísima intensidad narrativa; luego las Memorias (Coces al aguijón) de Solzhenitsin, muy interesantes, pero donde se alarga una barbaridad en cómo consiguió sacar a la luz su primera novela, y además libros sobre la Guerra del Peloponeso, para leer despacio. Cuando vi que salía Ya sentarás cabeza. Cuando fuimos periodistas (2006-2011), el Diario de Ignacio Peyró, me hizo mucha ilusión, porque había visto unas páginas sueltas, que publicó hace años, y me habían gustado mucho. 

Yo he tenido contacto con el autor desde 2013, cuando me publicó dos artículos en Suma cultural, una revista digital que dirigía; bien es verdad que el segundo tardó tres meses en sacarlo; yo me harté y lo colgué en mi blog, y entonces me lo publicó. En ambos casos fue, me parece, por compromiso. Bien: yo soy como un jugador voluntarioso de segunda B, de un equipo como el Compostela; no me voy a quejar de que no me saque a jugar el míster en un equipo de Primera, el Getafe por ejemplo, donde tienen hasta extranjeros cobrando, pero el ego sufre. He mirado los dos artículos ahora y ambos pecan de densos y de muchas citas.

A mí me había gustado mucho su libro sobre Inglaterra, mil páginas; ya hablé todo lo elogiosamente que pude entonces. Luego tuve un choque con él: le critiqué que hubiese permitido que se publicase en su revista un artículo gravemente injurioso contra la Madre Teresa, donde se repetían las mentiras de Hitchens que Simon Leys había desmontando una a una y que había leído el autor del artículo sin molestarse en cambiar ni un milímetro su inquina a la santa de Calcuta, que -por lo que parece- es como el ajo para los vampiros del mundo del hedonismo. La reacción de Peyró fue pedirle a un amigo de ese mundillo rancio de Intereconomía que describe con tanta acidez un artículo "a favor de" la Madre Teresa. Un artículo a favor y otro en contra, qué problema hay ya, debió de pensar.

Luego descubrí en una antología de poemas sobre padres un poema suyo excelente. Hace menos tiempo di con su cuenta de instagram y hace unas fotos impresionantemente buenas. Le había leído dos traducciones de libros de Waugh muy buenas. En resumen, que yo estaba en la mejor disposición ahora, dispuesto a disfrutar de ese libro, aunque con la mosca detrás de la oreja. 

He leído el libro rápido, con curiosidad y luego por el morbo de regodearme en el mal cuerpo que me estaba quedando. Al final tenía una gran amargura. Cuento todo esto para que tengáis contexto: no puedo garantizar en absoluto objetividad en lo que voy a escribir a continuación, pero es lo que pienso en conciencia:

Es un libro que son varios libros. A veces parece, sobre todo al principio, que quiere emular a los de la prosa cipotuda (el término quedó acuñado en un artículo memorable), metiendo incluso algunas expresiones tremendamente groseras, como para demostrar que puede. Sorprende, porque el autor está muy lejos de estéticas de barbas de tres días, pero en el fondo es lo mismo: presumir de bares y de cerrar tugurios. En todo caso es la versión burguesa de derechas del cipotudismo, movimiento en principio más a la izquierda, aunque todos se acaban encontrando en un glorioso lugar común: el CENTRO, incluso el EXTREMO CENTRO. En el resto del libro sí que se repite hasta la saciedad la temática de lugares de Madrid donde beber, a los que hace sentidas elegías cuando cierran, la parte más aburrida con mucha diferencia del libro.

También es crónica política. El sábado, cuando llevaba un buen trozo leído, me empecé a sentir tristón, como si estuviera cayendo en una depresión: era por ese mundillo de Madrid, podrido, encantado de conocerse: a un lado Zapatero y al otro Rajoy. Alrededor (me dan vahídos ahora al escribirlo), Pepiño, Bono, Soraya y Cospedal y Margallo, Anasagasti y Durán (al que siempre cita sin acento, no sé por qué): ahí está disfrutando él, mientras yo no puedo pensar en una época más oscura de la historia de España (la actual es mera consecuencia). En el prólogo dice Peyró de si mismo que es wet. Tuve que buscarlo en internet: wet es una persona sin opiniones firmes. Será en lo político, donde ha logrado la perfección del extremo centro a base de escribir discursos para Cospedal (me ahogo sólo de pensarlo) y luego para Rajoy: lo hizo a partir de 2011, este libro es la crónica de cómo llegó hasta allí, igual que en el caso del Lazarillo, la cima de su honra es casarse con una barragana de Toledo. Las únicas convicciones que muestra en este libro Peyró son sobre valoraciones de diversos tipos de bebida y sobre su valía personal: todo lo demás es secundario y prescindible.

El libro es también el mundillo periodístico desde algunas cabeceras editoriales tirando a menores: da la sensación como de que está haciendo en buena parte de estos Diarios una especie de quema en efigie de aquellos que le contrataron y a los que hace en su inmensa mayoría unos retratos criminales. A los que ve con benevolencia los pone de estoicos y pánfilos. Está todo el tiempo en medio del mundo editorial de la derecha, siendo perfectamente de centro: como Rajoy, por otro lado. A esa derecha la escupe siempre que puede y ahora escupir a Intereconomía, grupo que nunca fue mucho, le debe de salir gratis. El pequeño medio digital donde comenzó es un lugar donde todos parece que están pendientes de él, mientras él es requerido por los cantos de sirena de múltiples medios que le llaman a la vez.

Hay unas cien páginas donde menudean las menciones al Opus Dei. Están los numerarios, con anillacos, fuera de época y con los pantalones demasiado cortos y las camisas no del todo planchadas y están los supernumerarios, enloquecidos, con devociones ridículas y fracasos matrimoniales al fondo. La Universidad de Navarra, donde le invitan, no le puede producir más asco. La Facultad de Periodismo es directamente la encarnación del mal. Eso acaba tiñendo a toda Navarra, una región abyecta. Luego, pasadas esas páginas, cita a personas de la Obra con las que está a buenas y no dice ni pío sobre que sean o no sean. Y qué mejor que darle palos al Opus Dei: siempre se pueden atribuir a alguna mala experiencia o explicar que las críticas son a esas personas concretas sólo. Darle cera al Opus Dei siempre da puntos, sobre todo ahora. Y tengo, ay, la certeza de que Peyró volverá a ser invitado a la Universidad de Navarra, a la Facultad de Periodismo incluso, y él mostrará su magnanimidad yendo y poniéndolos a parir después en el correspondiente volumen de los Diarios que toque. Se dejará acunar por todos los proyectos que le ofrezcan ingenuas personas de la Obra que quieren hacer el bien y si le conviene, los aceptará y los dirigirá, porque él lo vale. Y esto último no son deliquios mentales de alguien escocido como yo: así cuenta cómo acabó de director de la revista donde publicó mis artículos. El dueño, forrado a base de tener una Universidad virtual, "es impresionable para cosas de cultura (...). Da una sensación: tienen muchísimo dinero y una orientación muy poco clara de qué hacer. En el fondo, no es mala perspectiva estratégica: qué haría un caradura [se refiere a sí mismo, Peyró] con alguien rico dispuesto a ser engatusado" (494).

La cultura que quiere Peyró tiene referentes con los que coincido, como José Jiménez Lozano y Carlos Pujol, y otros que no, los fundamentales, sobre todo en la línea de Valentí Puig, básicamente escritores de centro, conservadores a lo Rajoy o Cameron, gente que sabe cómo son en realidad las cosas y que no se deja engañar por las pantallas que ellos mismos van poniendo para engatusar a los ignaros de la pasta y a los ignorantes en general. Le gustan los escritores supercultos con referentes internacionales tipo Modiano o Giono. Yo voy a caer aquí en el cipotudismo: escritores cagapoquito, con mucho viaje a París entre la niebla y que saben dónde se cocinan las mejores becadas.

Estos Diarios al fin parecen más bien servir como de curriculum vitae de alguien que quiere explicar su trayectoria anterior, para cerrarla: la juventud, todos hicimos tonterías, pelillos a la mar, ya estoy preparado para un cargo en alguna de las muchas sedes que el Estado tiene, algún Real Instituto, alguna sinecura, alguna Fundación con conexiones internacionales.

En la última parte va metiendo artículos y trozos de artículos. No acaban de encajar. Hay uno sobre Julio Iglesias de vergüenza ajena: lo pone en los cuernos de la luna. Y piensas que ha hablado (pero al principio del libro, luego ya no) de que oía Radio Clásica, así en general, para luego descubrirse que de música lo único que salen son menciones de horteradas veraniegas y lo de Julio Iglesias. En todo eso sí que es Peyró muy de derechas. Tiene un artículo contra el Power Point y contra Google, todo muy rancio, ya digo. Ahí seguro que se entenderá con amigos muy fachas que siguen atrapados en Intereconomía (o como se llame ahora). Luego tiene un artículo sorprendente contra los toros, donde el argumento principal es que perjudican a la Marca España de Margallo.

Son Diarios de cuando tenía entre 26 y 31 años, pero los revisa con 40, con suficiente edad como parar corregir mucho de lo que chirría aquí. Esta dispersión entre varios Diarios metidos en uno, sin que parezca, sobre todo al final, que haya hecho una lectura reposada del conjunto que hubiera evitado muchas repeticiones, no sé si es por los varios modelos que quiere imitar: Pla (pero le falta su finura y la agudeza), Umbral (no le salen los retratos como a él y le falta la capacidad de describir ambientes) o Trapiello (lo intenta imitar en el relato de un viaje a Galicia donde Feijoo resulta que es amiguísimo de Ariza, qué mundo más cutre). Él cita a Juan Manuel Bonet como referente: le queda demasiado grande, debería saber muchísimo más de arte y literatura, ambas parcelas conspicuamente ausentes aquí. Al único que cita casi es a Dis Berlin. Sí que dice que ha escrito cosas sobre Goya o sobre Rubens, pero poco más.

Ahora vuelvo con más ganas a Alcancía, de Rosa Chacel: menos sensacionalismo, más verdad.