Al hilo de lo que estuve mirando en mi reseña/cabreo del libro de Ignacio Peyró, he rescatado este artículo que salió publicado en 2013 en Suma Cultural, porque no parece que ya esté en línea. Aquí lo dejo, en su menesterosidad. A mí, releído, me ha gustado:
José Jiménez Lozano, por amor al arte
Ángel Ruiz
Primero, me pondré la venda: en esto del arte soy –ya me parece mucho- un amateur. Por eso, no voy a poder hacerle
justicia a la visión del arte de José Jiménez Lozano; y como ni en mil años
llegaría a creador (como mucho, a crítico, uno de esos que «entienden de lo que
no comprenden», en frase dolorosamente certera de Ramón Gaya), tampoco por la
vía de la afinidad –en cualquiera de las artes- iba a conseguir llegar al
núcleo tan valioso de su visión del arte.
Al menos sí que puedo dar un consejo: Retratos y naturalezas muertas, del año 2000, es su libro sobre arte que
prefiero, la culminación por ahora de un interés sostenido, que coronaba otros logros
admirables previos, bien tangibles por lo demás; en buena parte gracias a él
surgió el proyecto de Las Edades del
Hombre, en torno al arte de las diócesis de Castilla y León. Quedan para la
memoria una serie de exposiciones y algunas publicaciones memorables, especialmente
su libro Los ojos del icono, de 1988,
la guía de referencia de todo el proyecto, y Estampas y memorias, de 1990, para el que escribió un grandioso texto
liminar. Aquello fue mucho más que una exposición de arte religioso siendo solo
eso; más adelante explicó él que «nunca quisimos otra cosa que mostrar
cosas hermosas» y a fe que lo lograron. Ya había dicho antes que «la pretensión
espontánea de belleza (…) es la única razón de ser y la única ética de una
pintura» (Los ojos del icono, 33),
pero qué emocionante fue aquella primera exposición en la Catedral de
Valladolid, quizá por eso mismo: porque no se instrumentalizaba el arte por la
vía de las buenas intenciones, al fin y al cabo secundarias respecto a lo
primero en el orden de la creación, el bien de la obra de arte en sí misma,
algo que no se cansó de recordar su muy querida Flannery O'Connor. Por otro
lado, a las críticas de Port-Royal al arte como engaño contra la verdad, les
contesta: «yo soy más papista, lo que quiere decir, naturalmente, más griego, y
que la belleza no es para mí, entonces un artificio, sino un trascendental del
ser al igual que la verdad y la bondad. La belleza no es un instrumento o
artificio para deleitar o embellecer y de este modo hacer bello lo que no es.
Porque lo que no es no es, y no hay que dar la sensación de que es con
cosméticos de ninguna clase, y en este sentido sí recojo con mucho gusto las advertencias
de Port-Royal» (Retratos, 91).
Seguramente él nunca se haya planteado decir palabras definitivas sobre arte.
Pero así es como las dice: recordando las limitaciones de este, por más que algunas
veces bien que nos ayude y consuele el arte entre las dificultades de este
camino de la vida. La suya es una mirada atenta, contemplativa y apreciativa, llena
de comprensión a todo lo que el hombre ha querido crear. «Nada», repetía san Juan
de la Cruz, pero repitiendo esas «nadas» en un emocionante dibujo esquemático
que nos recuerda repetidamente Jiménez Lozano para que comprendamos la
paradoja. Es esa misma aparente contradicción que san Bernardo intentó conjurar
despojando al Císter de decoración «y quizá así le parece que ha conjurado a esa
belleza, pero en realidad lo que ha hecho ha sido alcanzar la más alta y la más
pura estética». Quedan solo los muros de piedra: «y los monjes tratarán a estas
piedras como reliquias; no porque sean sagradas, sino porque son hermosas y
llevan, además, en ellas las huellas del trabajo humano (Los ojos del icono, 32). A veces, al final se encuentra la belleza,
pero la estética no es el fin y por eso hay que renunciar a centrarse en ella,
para que quede la verdad, que es, paradójicamente, bella.
Y así ocurre
con las imágenes, los «iconos» que tan magistralmente trató en sus libros de
finales de los años ochenta: «El relato que nos hace el icono paraliza
la historia entera y torna ceniza al mundo y a sus poderes –"como si no
hubiera mundo", decía Teresa de Ávila- cuando ponemos los ojos sobre esos
otros ojos, unas manos, un llanto, una sonrisa, una llaga, un ángel, una
partera, un niño, un verdugo, un pez, un perro, un asno o la ballena Leviathan.
La historia entera se relativiza y se desquicia: vemos la trama de la mentira y
sufrimiento sobre la que está construida y de la que se alimenta; y vemos
también lo que debería y debe ser antes de que acabe en catástrofe. Con toda
claridad lo vemos: como a la luz de la candela que hacía traslúcidas, cual si
fueran de alabastro rojo, nuestras manos infantiles. Y entonces, esperamos.
Porque este es el poder y la gloria del icono» (Estampas y memorias 38-39).
Y aquí
aparece la luz de la candela, imagen central en toda su obra. Donde otros
buscan tenebrismo o efectos de luz, él ve recuerdos de niñez, la mirada
cercana a lo iluminado precariamente, las caras con fiebre y miedo y la palidez
de los círculos rojos en las mejillas. Pero no es sentimentalista de la
infancia; menos de la patria, pequeña o grande: su Guía espiritual de Castilla, de 1984, el otro libro que hay que
recordar aquí como fundamental para su visión del arte, no es una glorificación
ni del pasado ni de lo local ni de lo propio. Es reflexión sobre el dolor
acumulado en siglos: judíos y criptojudíos, mudéjares (sus edificios de
ladrillo entre Valladolid y Ávila son su mundo de niño), cristianos nuevos, todas
las pobres gentes que dejan a veces solo el recuerdo de unas lozas con una
línea azul sencilla, o una pared de adobe en un suelo de tierra. La huella del
arte en lo pequeño. Pero eso mismo lo busca en las cajas de Cornell, en todo Georges
de la Tour, por las estancias holandesas de Pieter de Hooch, y nos hace sentirnos
a gusto –quién nos lo iba a decir- en Port-Royal y allí nos pasmamos de la serenidad
que trasluce un exvoto de Philippe de Champaigne. Nos hace fijarnos en Gerrit
Dou o en Paul Klee, en las iglesias vacías de Saerendam, en un cuadro sobre
Judith en el que nos descubre el drama de dolor de su autora, Artemisia
Gentileschi. O nos señala los pájaros del cuadro de los cazadores en la nieve
de Brueghel el Viejo. Y volvemos a san Baudelio de Berlanga y a Santiago de
Peñalba y a las
ilustraciones de los Beatos milenaristas. Y las celdas de los carmelos teresianos, pura sobriedad,
y los castillos interiores de costosísimos materiales preciosos que describe –otra
paradoja- la propia santa.
Son caminos los suyos no seguidos por el gusto
dominante y menos por las modas de círculos buscadamente minoritarios y
exquisitos. La suya es una «conciencia de soledad, de marginalidad producida
por el hecho de que mi universo, mi visión del mundo y mi mirada sobre él son
diferentes y quizás demasiado singulares; mis intereses intelectuales
distintos, mi concepción estética, mi tradición y mi familia espiritual
extrañas a la cultura española convencional, y también anacrónica o pura
alteridad respecto al "espíritu del tiempo" y la modernidad y
postmodernidad triunfantes» (Unas cuantas
confidencias, 1993, 23).
Ante el peligro de esas tormentas cíclicas del gusto
que parecen conseguir imponerse, «los alejandrinismos, las diversiones o
masoquismos barrocos» y que especialmente en nuestro mundo corremos el peligro
cierto de que se conviertan en «un gran pedrisco en mayo, habrá que meter los
tiestos a cubierto: Spinoza, Kierkegaard, Juan de la Cruz, Hegel, Simone Weil,
Melville, Flannery O'Connor y los otros» (Unas
cuantas confidencias, 27). En literatura tenemos refugios así; también el
arte nos lleva al principio: «la experiencia estética en sí misma: no un
láudano para olvidar, ni retórica que embellezca, o falsee, o evada la
realidad, sino una necesidad humana elemental» (Los ojos del icono, 29). Ni engaño, pues, ni droga, ni adornos: la
atención –mucho habló de ello Simone Weil- es una necesidad humana básica,
«aguzar la mirada humana sobre el mundo e irse librando de todo lo que se
interpone entre ambos», incluyendo ahí «nuestra propia sensibilidad estética»
por refinada que sea: «la belleza es de un instante. A los hombres no se nos
ofrece otra belleza u otra posibilidad de captarla más que en un instante. Y
todos buscamos su permanencia» (Unas
cuantas confidencias, 14).
Otro peligro sería, huyendo del sentimentalismo,
correr lejos del sentimiento: «se tiene la sensación de que solamente la
dulzura que emana de ciertas Vírgenes románicas o góticas, de grandes ojos y
encantadora sonrisa, ha sostenido a los hombres de la cristiandad occidental en
esa larga noche infernal». Se está refiriendo a la crisis en torno a la Peste
Negra, pero también pone de ejemplo a fray Luis en la cárcel, que «no encuentra
en su acerbo encierro inquisitorial de Valladolid otro consuelo o asidero para
soportar su vida que recurrir a la figura de la Virgen en unos espléndidos
versos» (Los ojos del icono 77-78).
Anhelo de verdad, conciencia de fugacidad pero a la
vez del consuelo verdadero que tienen las cosas, aprender a mirar con ojos atentos.
Quizá estas sean claves para intentar precisar cómo considera José Jiménez
Lozano el arte. Explícitamente lo dice en una definición que hace de «una teoría
de la literatura: sólo lo que es lejano o débil es importante, sólo lo que es
pobre o frágil es hermoso, y la extrema belleza nunca es obvia, ni fulgura» (Unas cuantas confidencias, 33).
Todo ello está en Retratos y
naturalezas muertas, el libro de arte de Jiménez Lozano que me atreví a
recomendar especialmente, así como en ficción guardo un recuerdo especial de El mudejarillo o Los grandes relatos, o como elogié repetidamente su biografía de
fray Luis de León o, de entre sus Diarios, Loscuadernos de letra pequeña. Y en poesía, todo (y por fortuna ahora tenemos al
alcance de la mano, en una excelente selección, la antología El precio). En este Retratos llega a una serenidad quizá lograda por el recurso al
diálogo, un diálogo consigo mismo, interior pero pacífico, que es meditación
a partir de lo mejor de la Francia del siglo XVII: los Pensamientos de Pascal, las pinturas de Philippe de Champaigne, los
cuadros de Georges de la Tour, por ejemplo la Magdalena Terf,
de la que había escrito un poema que comienza así: «La lamparilla, el libro, / la
mano en la mejilla, pensarosa; / la redondez de la rodilla tan rotunda, / tan
leve la del vientre, y la otra mano / sobre la calavera en su regazo» (El tiempo de Eurídice, de 1996). A propósito
de ese cuadro recoge lo que dice Pascal Quignard de que la obra de este pintor se
resume en «confrontar al hombre consigo mismo con ayuda de una llama». Y a ese
propósito, escribe este texto admirable sobre lo que era la luz de la candela
en su infancia: «Los niños (...) acercaban sus manos a la llama, y éstas se
volvían rojas y traslúcidas, dejaban ver el armazón de sus huesos; los rostros
de las muchachas se sofocaban como sólo el amor podría colorearlos más tarde, y
de bien distinto modo, aunque no menos hermoso que como el aire helado del
invierno ponía rojo en sus mejillas extendiendo la palidez en torno» (Retratos, 16).
El arte es la luz y el calor de una candela. Hasta de
las Meninas lo que importa al final es que la princesa protagonista murió. Y el
arte es camino. Dos poemas de Elegías
menores, de 2002, lo explican mejor:
Las meninas
Le dijiste al
crítico de arte:
Está bien su
explicación, pero
yo sólo vengo a ver
a María Bárbola,
a Nicolasillo
Pertusato, al perro,
y a ver abrir la
puerta al Intendente Nieto.
Te callaste
que en aquella
habitación no se respira;
la Princesita bebe
agua ¡Pobre!
¿Y si me preguntase?
Yo he visto su
sepulcro en Viena.
Oficio matutino
La pobre mujeruca,
anciana,
pisada como aceituna
en la almazara de la vida,
con sus duras
arrugas en el rostro,
sus sarmentosas
manos, lentos
y aguzados, al
mirar, sus ojos,
acude con el alba a
la iglesita,
pintada y de
brillantes cristaleras.
Y allí mira a los
santos en derredor de Cristo
caballeros y reyes,
obispos con sus vestiduras refulgentes,
filósofos, y el
último, con su mano en el rostro,
sentado en su silla
de oro, está Agustín:
luego hay un
príncipe, una dama
con su armiño, y
ángeles y arcángeles
y su propia silla
–la de la mujeruca-, allí junto,
para cuando pase de
esta vida.
Sonríe y sale luego,
bendecida y solemne
y ¡con qué cortesía
trata a las gentes
del mundo! A las
palomas y gallinas
al perro y a los
pájaros. ¡Con cuánta
misericordia y
alegría va cargada!