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martes, 10 de junio de 2025

El cardo

De Un fulgor tan breve de José Jiménez Lozano este poema:
EL AMOR

¡Qué amargo el cardo!
Su flor morada, ¡qué adusta penitencia,
terciopelo y memoria
de mondos huesos de un asnillo
o un perro muertos a la vera
del camino de aldea! (...)
Aunque la cruz no señalara
allí donde tú yaces, esa rosa
violácea del cardo campesino
y la magarza, allí estarán.
Como la mano del Todopoderoso
áspera y torpe y olorosa:
las manos de mamá ya anciana
arropándote con su reúma.
¡Qué tarde vas a comprender
que este cardo, y magarza y los yerbajos,
el llantén, la grama, malvas,
el saúco son el amor eterno!
(en Obras completas V. Poesía, 142)

jueves, 5 de junio de 2025

Nullus mihi satis?

En La luz de una candela, dice esto José Jiménez Lozano:

Al pobre Hölderlin, dice S. Zweig que «cualquier palabra al vuelo le descorazona y le hace dudar de sus dotes», y «una evasiva de Schiller le puso enfermo durante meses enteros. Como un escolar, se inclina ante vulgares versificadores».
Así es a veces el calvario de quien escribe: un idiota puede destrozarlo. Y se trata, naturalmente, del escritor no seguro de sí, porque «los seguros» tampoco suelen tener mayor interés como escritores.
Y tanto dudaba Nietzsche, por ejemplo, que decía a propósito de los eventuales lectores de sus libros: «Pauci mihi satis, unus mihi satis, nullus mihi satis» [=pocos para mí bastan, uno para mí basta, ninguno para mí basta], / lo que no está nada mal como lección de lo que debe ser suficiente a un escritor.
Lo importante es no convertirse en un nombre, en un fonema escrito o hablado y sonando ahí por todas partes, hecho aire, puro aire y, de aire a aire, nada. O como dicen las gentes: «más el ruido que las nueces», que debió de inventarse para contraponer a la otra locución demasiado superficial: «cuando el río suena, agua lleva». Sí, pero ¿qué agua? (Diarios I, 827-828)
Y yo me pregunto, leyendo esto de Jiménez Lozano, si le valdría a mi bajísimo nivel de expectativas de audiencia, no un solo lector, sino ninguno, como decía Nietzsche.

martes, 28 de enero de 2025

Sobre la literatura

También de Una estancia holandesa esto que dice José Jiménez Lozano:

La literatura, y ella sola, puede parar la historia entera, y desde luego la propia vida y la cotidianidad del lector -porque si no, no es literatura- para que éste escuche lo que le ocurre o lo que dice el más pequeño de los seres humanos, cuya historia está leyendo. Sólo cuenta él entonces. No hay más mundo que el suyo, y el lector se siente arrastrado, invadido, como el narrador lo estuvo al escribirlo; y, si lo pensamos un poco, vemos que eso es como una compensación ética de esa vida aplastada que leemos, pero sobre todo la revelación de que el último gesto, pensamiento, alegría o sufrimiento del último de los hombres, vale más que el mundo. Lo que pasa es que para contar una historia así se necesita ser un genio. (...)

[Solamente los grandes, Esquilo, Shakespeare, Racine] pueden hablar y contar las historias de desgracia. Ya tenemos ahí una medida para categorizar (...) la capacidad para contar la desgracia, y también para desposar la alegría de esos seres (65-66).

jueves, 16 de enero de 2025

Teoría estética

He comenzado a leer Una estancia holandesa, un libro de conversaciones entre José Jiménez Lozano y Gurutze Galpasoro. Ahí me encuentro la respuesta a una pregunta sobre teoría poética:

¿Tiene una teoría estética?
No. Tengo unas cuantas cosas claras, y sobre todo ésta: que el hombre lleva unos cuantos miles de años escribiendo, tratando de apresar un trozo de vida, de sorprender el lado de atrás de la realidad, de nombrar la belleza del mundo, de guardar la mención del amor, la alegría y la pasión y muerte de los hombres, y que yo estoy en la cadena de los de ese oficio para añadir una palabra muy pequeñita, pero que sea verdadera y diga todo eso, deje traslucir toda esa hermosura. No tengo nada que teorizar. Miro simplemente a los griegos y las historias de la Biblia, y me digo: ésta es el agua clara que me gusta (23).

martes, 31 de diciembre de 2024

Fin de año 2024

Sigo leyendo sistemáticamente los Diarios de José Jiménez Lozano. 

Esto justo lo vi ayer y me gustó para ponerlo hoy, 38 años después:
Detrás de la niebla, en esta tarde del último día del año, el tintineo de las esquilas y el balido de corderos y cabritillos. Siempre parece que lloran -y, a veces, así es, desde luego, y del modo más lacerante- pero ahora se percibe bien que el rebaño vuelve contento y a paso rápido a casa.
El pastor lleva un transistor a todo volumen, y está oyendo una obra de teatro, un Auto de Navidad.
De repente, interrumpen la emisión para dar las noticias, y el pastor apaga el aparato o lo baja hasta hacerlo inaudible desde donde yo estoy, o por donde yo voy: no lejos de él, ni de su rebaño, sin embargo.
Me parece un gesto muy civilizado, refinado incluso, en el mundo en que vivimos (Segundo abecedario, anotación del 31 de diciembre de 1986, en Diarios I, 574).

viernes, 22 de noviembre de 2024

En noviembre, según José Jiménez Lozano

También de Los tres cuadernos rojos, esto de noviembre:
Una mañana de invierno, dorada y lenta, como un desfile antiguo. Ya lo decía Pavese en su poema:

Nei paesi novembre è un bel mese dell'anno:
c'è le foglie colore di térra e le nebbie al mattino.
poi c'è il solé che rompe le nebbie...

Pero cada día es distinto, y el sol no ha necesitado hoy difuminar ni romper la niebla. Todo parecía ya dispuesto para ese tránsito tranquilo de su rueda. Y. en silencio; como si fuera un monje. Sólo se oyen los moscones de los coches, pero como fuera de la muralla de silencio del pueblo: como ajenos a este mundo, aun pasando tan cerca. Y, de repente, sobre su mosconeo los gritos de los niños que salen al recreo en el patio de la escuela y que son como un contrapunto lleno de alegría: como todo un estrépito de invisibles cristales que, al caer, se estrellasen sobre el suelo con su sonido líquido y agudo (348).

jueves, 21 de noviembre de 2024

Jiménez Lozano sobre Castilla

Estoy leyendo los primeros diarios de José Jiménez Lozano. Lo que copio abajo es del primer volumen, Los tres cuadernos rojos, en concreto de una entrada datada en 1983. Creo que se refiere a la Guía espiritual de Castilla, ese gran libro suyo publicado en 1984, quizá el mejor que escribió:

Estoy esbozando un libro sobre Castilla, que, para mí, dice su secreto en «un pequeño rincón» donde hay árboles y agua, y un morabito en un cenobio, quizás con un gorrión en la ventana o en los escaramujos, o una chova en el tejado.

No es adusta Castilla, ni cuando es terrible. Es femenina. Y memoria de acarreos por sus veredas: Europa y el Oriente. Lo importante es acertar a decirlo (339).

viernes, 25 de octubre de 2024

Sobre la Biblia y JJL

He leído El viaje a Oxford que nunca tuvo lugar. Un diálogo tranquilo y casero en torno a la Biblia, que publicó S. Stuart Park tras la muerte de José Jiménez Lozano. En él recoge los textos de ambos básicamente en torno a la Biblia y a su importancia (o las carencias que se observan en) la cultura española, con la inglesa como término de comparación. 

Es un librito que se lee con gusto. A mí me daban ganas como de intervenir en la conversación, comentando por ejemplo que a George Borrow, el famoso repartidor de biblias que escribió La Biblia en España no lo miraba con buenos ojos Luis Usoz, uno de los protestantes más significados del siglo XIX, porque consideraba que pecaba de fantasioso. También me hubiera gustado intervenir diciendo que la prohibición de la Biblia en lengua vulgar en el XVI se compensaba con los comentarios y citas (a veces muy largas, por ejemplo en las obras de fray Luis de Granada), que seguro que leían con pasión.  Y luego estaban los sermones, que duraban horas: podéis mirar los miles de páginas de san Juan de Ávila, por no repetir a fray Luis de Granada. Y a toda la literatura espiritual del XVI, de un volumen impresionante. Claro que conocían la Sagrada Escritura en la España del siglo de Oro.

Pero ya digo que yo intervendría, en un contexto de conversación amigable, por ejemplo en el Lyon d'Or de Valladolid, donde quedaron los dos por primera vez, dejando yo claro que había ido allí a aprender, no a aportar, porque el tema me apasiona, pero no lo conozco a fondo (a veces me parece que nadie lo conoce a fondo, pero quizá sea una sensación mía falsa). 

Otra cuestión es la influencia de la Biblia en la literatura española, que yo creo que en esta conversación no lo saben torear. Supongo que daría para mucho. No vale solamente medirlo todo como si la traducción del rey James fuera la regla áurea de la verdad eterna, cosa que no es. 



martes, 6 de febrero de 2024

Una historia de Occidente

Continúo con el segundo volumen de diarios de José Jiménez Lozano y ya estoy en Cavilaciones y melancolías. Esto es de 2016, hablando de aquellos mandarines de simpatías maoístas que han dominado Occidente. Luego hace una reflexión sobre los que pasamos de liberales, sin saber qué era aquello, a conservadores "sin tener nada que conservar" (y, añado yo ahora, ya no estamos en ninguno de los dos sitios):

Realmente nosotros no contábamos, porque iba de suyo, y no es que nosotros fuéramos, ni seamos, mejores o peores que esta privilegiada aristocracia intelectual y luego política, sino que nadie nos ofreció nada, y a ellos sí. Eran ricos y tenían becas porque eran inteligentes y listos, y la vanguardia de la historia, la flor y nata de la sociedad y de los ministerios; y nosotros no éramos ricos ni tampoco inteligentes ni listos comme il faut, no entramos en los ministerios y, menos, en otros salones más importantes sino por una condescendencia, como mucho; y lógicamente nadie nos propuso nada nunca. Muy mayores ya, todavía eran maoístas, como en París, pero no olvidaban la bufanda de gamuza para ir a hacer la revolución, y todavía no habían adoptado las vulgaridades demagógicas de más tarde. Así eran las cosas, y no las juzgo; ni tampoco nos juzgo. Nosotros éramos liberales que no sabíamos bien lo que era, luego hemos pasado a ser tenidos por conservadores, sin tener nada que conservar. Ni siquiera el mundo de la cultura, a cuya liquidación nos parece asistir, o al menos al triunfo de las propuestas de la señora Mao, advirtiendo que cuantos más libros se leyesen más idiota se volvería uno (722).

miércoles, 10 de enero de 2024

La nieve

Sigo leyendo el segundo volumen de Diarios de José Jiménez Lozano. Esta escena de nieve es de Impresiones provinciales:

Nevada que cuaja, lo que es, para estas tierras, algo muy raro. Así que el espectáculo es la maravilla de las maravillas, como de un estreno del mundo; y me parece que así cae la alegría en nuestra alma, como la nieve, y así nos blanquea.

Si hubiera nevado y helado un poco más, los pinos que hay junto a la casa se hubieran convertido en caprichos de cristal; pero, de todas formas, es formidable ver a una urraca en una rama y, por lo tanto, en medio del blancor deslumbrante. Debe de estar sorprendida (581).


 

martes, 20 de diciembre de 2022

Impresiones provinciales

Me he terminado Impresiones provinciales. 2010-2014, un libro de diarios de José Jiménez Lozano que todavía no había leído. Al terminarlo, pensaba lo que echaba de menos leer su obra. Es una mirada la suya llena de piedad, sin huir de cuestiones espinosas: en este volumen se lamenta sobre el aborto de niños con síndrome de Down, sobre la eutanasia, algo que no haría ya casi nadie: tan bajo hemos caído. No pretende, claramente, ser un quedabien, siendo como era un hombre de gran compresión de toda debilidad humana.

Me impresionó algo que recoge de Soma Morgenstern, una anécdota del emperador Francisco José que en los actos públicos decía siempre "Fue muy hermoso, me ha encantado", porque de los arquitectos de la Ópera de Viena, uno enloqueció por una canción popular que criticaba el edificio y otro se suicidó cuando ese emperador le dijo que quedaba un poco bajo el edificio. Desde entonces ya solamente dijo eso el emperador, preso del peso de sus palabras.

miércoles, 18 de mayo de 2022

José Jiménez Lozano en el siglo XVII francés

En el anterior viaje a Burgos, oí la segunda conferencia (aquí hablaba de ella) y en este de ahora, las dos últimas que José Jiménez Lozano dio, de un ciclo de cuatro, en 1996, en la Fundación Juan March: Paisajes interiores del siglo XVII: hay mucha Francia (y también hay España, como paralelo sobre todo).

Son una maravilla, el texto y cómo lo lee y qué está queriendo decir ahí, de esa manera tan sobria, sin levantar la voz. Con ellas creo que hizo uno de sus libros más admirables, Retratos y naturalezas muertas, del que hice hace años una reseña entusiasta

La tercera conferencia se titula Las estancias y las cosas y habla de la relación que tenían con los objetos, más íntima que la nuestra. Habla de naturalezas muertas y bodegones y critica algunos de ellos por barrocos. De paso, me sorprendió que le pusiera pegas a los cuatro cacharros de Zurbarán. Creo que tiene algo de razón.

La última, Los susurros y las palabras, hace justicia a todos, pone en su lugar a los más grandes (como Pascal) y se refiere a los demás con cuidado, teniéndolos en cuenta a todos, aunque no todos estén a la misma altura y alguno, como Sade, sean monstruos.

jueves, 24 de marzo de 2022

Muchos podcasts II - Una conferencia de José Jiménez Lozano

Tenía guardadas varias conferencias de un ciclo que dio en 1996 José Jiménez Lozano, sobre el siglo XVII, en la Fundación Juan March. 

En el viaje a Burgos me puse a escuchar la segunda, Los países de la fiebre, sobre la actitud ante la enfermedad. Se centró en sus franceses amigos: las monjas de Port-Royal, Pascal. Me emocioné oyéndolo: el texto era precioso y JJL lo leía con una delicadeza extraordinaria. 

El centro estaba en el cuadro de Philippe de Champaigne. Señalaba JJL su carácter de exvoto, de documento y a la vez ponía el acento en la sonrisa esbozada de la monja que vivió el milagro, que además era la hija del pintor. Y citó en el texto lo que aquella monja, recién curada, que da testimonio del milagro, dice al final: se iterum offert, que se ofrece de nuevo a Dios, incluyendo también ahí la posibilidad de volver a caer en la enfermedad.

miércoles, 7 de abril de 2021

José Jiménez Lozano y Américo Castro

La correspondencia entre ambos me interesaba por Jiménez Lozano, porque de Américo Castro no he leído nada y, más que ideas, de su obra lo que tengo son cuatro nociones tópicas, quizá hasta falsas. En sus polémicas yo siempre me habría puesto del lado de Sánchez Albornoz, al que tampoco he leído. Ahora esas discusiones sobre el ser último de España me pillan más bien cansado.

Estas cartas no me han ayudado a acercarme a Ámerico Castro, que aparece en ellas como un viejo aviejado, susceptible, siempre quejoso de lo que digan de él, pendiente de guerras académicas reales o ficticias, que pueden venir de decenios atrás, con otros catedráticos*. Todo esto escribiendo a un periodista como JJL, al que le debían importar muy poco esas peleas universitarias: de hecho, nunca entra al trapo.

Yo de esas cartas saco la bonhomía de Jiménez Lozano. Aquí le escribe a Castro unas cartas muy bonitas, llenas de deferencia y respeto. Da la impresión de que ha enlazado con lo que puede que fuera lo más valioso de este, su interés por las personas perseguidas, silenciadas, de la historia de España. Jiménez Lozano con ello lograría una síntesis única, por encima de confrontaciones, poniendo la atención en lo pequeño: la vida de la gente y las figuras verdaderamente grandes como san Juan de la Cruz, fray Luis de León o santa Teresa, porque aúnan todo y acogen todo, la grandeza de España y la ruindad y persecución, de la que salieron mejorados. 

Por encima de cainismos, de ver quién gana a posteriori la guerra o la historia de España, la atención de José Jiménez Lozano va a los débiles. Para mí, es un modelo de apertura de mente y de capacidad de fijarse en todo y en todos, pero poniendo la atención en lo verdaderamente valioso, por encima de los oropeles del prestigio vano.

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*En el lío mete además al Opus Dei: se le nota a Castro un recelo muy típicamente institucionista. En esas cartas lo que hay es críticas a un catedrático concreto: los editores, en vez de ver esos recelos genéricos y peleas concretas con catedráticos concretos, le compran el argumento en bloque y lo dan como un hecho en la introducción: el Opus Dei contra Américo Castro.

lunes, 12 de octubre de 2020

Un artículo sobre José Jiménez Lozano

Al hilo de lo que estuve mirando en mi reseña/cabreo del libro de Ignacio Peyró, he rescatado este artículo que salió publicado en 2013 en Suma Cultural, porque no parece que ya esté en línea. Aquí lo dejo, en su menesterosidad. A mí, releído, me ha gustado:

José Jiménez Lozano, por amor al arte

Ángel Ruiz

Primero, me pondré la venda: en esto del arte soy –ya me parece mucho- un amateur. Por eso, no voy a poder hacerle justicia a la visión del arte de José Jiménez Lozano; y como ni en mil años llegaría a creador (como mucho, a crítico, uno de esos que «entienden de lo que no comprenden», en frase dolorosamente certera de Ramón Gaya), tampoco por la vía de la afinidad –en cualquiera de las artes- iba a conseguir llegar al núcleo tan valioso de su visión del arte.

Al menos sí que puedo dar un consejo: Retratos y naturalezas muertas, del año 2000, es su libro sobre arte que prefiero, la culminación por ahora de un interés sostenido, que coronaba otros logros admirables previos, bien tangibles por lo demás; en buena parte gracias a él surgió el proyecto de Las Edades del Hombre, en torno al arte de las diócesis de Castilla y León. Quedan para la memoria una serie de exposiciones y algunas publicaciones memorables, especialmente su libro Los ojos del icono, de 1988, la guía de referencia de todo el proyecto, y Estampas y memorias, de 1990, para el que escribió un grandioso texto liminar. Aquello fue mucho más que una exposición de arte religioso siendo solo eso; más adelante explicó él que «nunca quisimos otra cosa que mostrar cosas hermosas» y a fe que lo lograron. Ya había dicho antes que «la pretensión espontánea de belleza (…) es la única razón de ser y la única ética de una pintura» (Los ojos del icono, 33), pero qué emocionante fue aquella primera exposición en la Catedral de Valladolid, quizá por eso mismo: porque no se instrumentalizaba el arte por la vía de las buenas intenciones, al fin y al cabo secundarias respecto a lo primero en el orden de la creación, el bien de la obra de arte en sí misma, algo que no se cansó de recordar su muy querida Flannery O'Connor. Por otro lado, a las críticas de Port-Royal al arte como engaño contra la verdad, les contesta: «yo soy más papista, lo que quiere decir, naturalmente, más griego, y que la belleza no es para mí, entonces un artificio, sino un trascendental del ser al igual que la verdad y la bondad. La belleza no es un instrumento o artificio para deleitar o embellecer y de este modo hacer bello lo que no es. Porque lo que no es no es, y no hay que dar la sensación de que es con cosméticos de ninguna clase, y en este sentido sí recojo con mucho gusto las advertencias de Port-Royal» (Retratos, 91).

Seguramente él nunca se haya planteado decir palabras definitivas sobre arte. Pero así es como las dice: recordando las limitaciones de este, por más que algunas veces bien que nos ayude y consuele el arte entre las dificultades de este camino de la vida. La suya es una mirada atenta, contemplativa y apreciativa, llena de comprensión a todo lo que el hombre ha querido crear. «Nada», repetía san Juan de la Cruz, pero repitiendo esas «nadas» en un emocionante dibujo esquemático que nos recuerda repetidamente Jiménez Lozano para que comprendamos la paradoja. Es esa misma aparente contradicción que san Bernardo intentó conjurar despojando al Císter de decoración «y quizá así le parece que ha conjurado a esa belleza, pero en realidad lo que ha hecho ha sido alcanzar la más alta y la más pura estética». Quedan solo los muros de piedra: «y los monjes tratarán a estas piedras como reliquias; no porque sean sagradas, sino porque son hermosas y llevan, además, en ellas las huellas del trabajo humano (Los ojos del icono, 32). A veces, al final se encuentra la belleza, pero la estética no es el fin y por eso hay que renunciar a centrarse en ella, para que quede la verdad, que es, paradójicamente, bella.

Y así ocurre con las imágenes, los «iconos» que tan magistralmente trató en sus libros de finales de los años ochenta: «El relato que nos hace el icono paraliza la historia entera y torna ceniza al mundo y a sus poderes –"como si no hubiera mundo", decía Teresa de Ávila- cuando ponemos los ojos sobre esos otros ojos, unas manos, un llanto, una sonrisa, una llaga, un ángel, una partera, un niño, un verdugo, un pez, un perro, un asno o la ballena Leviathan. La historia entera se relativiza y se desquicia: vemos la trama de la mentira y sufrimiento sobre la que está construida y de la que se alimenta; y vemos también lo que debería y debe ser antes de que acabe en catástrofe. Con toda claridad lo vemos: como a la luz de la candela que hacía traslúcidas, cual si fueran de alabastro rojo, nuestras manos infantiles. Y entonces, esperamos. Porque este es el poder y la gloria del icono» (Estampas y memorias 38-39).

Y aquí aparece la luz de la candela, imagen central en toda su obra. Donde otros buscan tenebrismo o efectos de luz, él ve recuerdos de niñez, la mirada cercana a lo iluminado precariamente, las caras con fiebre y miedo y la palidez de los círculos rojos en las mejillas. Pero no es sentimentalista de la infancia; menos de la patria, pequeña o grande: su Guía espiritual de Castilla, de 1984, el otro libro que hay que recordar aquí como fundamental para su visión del arte, no es una glorificación ni del pasado ni de lo local ni de lo propio. Es reflexión sobre el dolor acumulado en siglos: judíos y criptojudíos, mudéjares (sus edificios de ladrillo entre Valladolid y Ávila son su mundo de niño), cristianos nuevos, todas las pobres gentes que dejan a veces solo el recuerdo de unas lozas con una línea azul sencilla, o una pared de adobe en un suelo de tierra. La huella del arte en lo pequeño. Pero eso mismo lo busca en las cajas de Cornell, en todo Georges de la Tour, por las estancias holandesas de Pieter de Hooch, y nos hace sentirnos a gusto –quién nos lo iba a decir- en Port-Royal y allí nos pasmamos de la serenidad que trasluce un exvoto de Philippe de Champaigne. Nos hace fijarnos en Gerrit Dou o en Paul Klee, en las iglesias vacías de Saerendam, en un cuadro sobre Judith en el que nos descubre el drama de dolor de su autora, Artemisia Gentileschi. O nos señala los pájaros del cuadro de los cazadores en la nieve de Brueghel el Viejo. Y volvemos a san Baudelio de Berlanga y a Santiago de Peñalba y a las ilustraciones de los Beatos milenaristas. Y las celdas de los carmelos teresianos, pura sobriedad, y los castillos interiores de costosísimos materiales preciosos que describe –otra paradoja- la propia santa.

Son caminos los suyos no seguidos por el gusto dominante y menos por las modas de círculos buscadamente minoritarios y exquisitos. La suya es una «conciencia de soledad, de marginalidad producida por el hecho de que mi universo, mi visión del mundo y mi mirada sobre él son diferentes y quizás demasiado singulares; mis intereses intelectuales distintos, mi concepción estética, mi tradición y mi familia espiritual extrañas a la cultura española convencional, y también anacrónica o pura alteridad respecto al "espíritu del tiempo" y la modernidad y postmodernidad triunfantes» (Unas cuantas confidencias, 1993, 23).

Ante el peligro de esas tormentas cíclicas del gusto que parecen conseguir imponerse, «los alejandrinismos, las diversiones o masoquismos barrocos» y que especialmente en nuestro mundo corremos el peligro cierto de que se conviertan en «un gran pedrisco en mayo, habrá que meter los tiestos a cubierto: Spinoza, Kierkegaard, Juan de la Cruz, Hegel, Simone Weil, Melville, Flannery O'Connor y los otros» (Unas cuantas confidencias, 27). En literatura tenemos refugios así; también el arte nos lleva al principio: «la experiencia estética en sí misma: no un láudano para olvidar, ni retórica que embellezca, o falsee, o evada la realidad, sino una necesidad humana elemental» (Los ojos del icono, 29). Ni engaño, pues, ni droga, ni adornos: la atención –mucho habló de ello Simone Weil- es una necesidad humana básica, «aguzar la mirada humana sobre el mundo e irse librando de todo lo que se interpone entre ambos», incluyendo ahí «nuestra propia sensibilidad estética» por refinada que sea: «la belleza es de un instante. A los hombres no se nos ofrece otra belleza u otra posibilidad de captarla más que en un instante. Y todos buscamos su permanencia» (Unas cuantas confidencias, 14).

Otro peligro sería, huyendo del sentimentalismo, correr lejos del sentimiento: «se tiene la sensación de que solamente la dulzura que emana de ciertas Vírgenes románicas o góticas, de grandes ojos y encantadora sonrisa, ha sostenido a los hombres de la cristiandad occidental en esa larga noche infernal». Se está refiriendo a la crisis en torno a la Peste Negra, pero también pone de ejemplo a fray Luis en la cárcel, que «no encuentra en su acerbo encierro inquisitorial de Valladolid otro consuelo o asidero para soportar su vida que recurrir a la figura de la Virgen en unos espléndidos versos» (Los ojos del icono 77-78).

Anhelo de verdad, conciencia de fugacidad pero a la vez del consuelo verdadero que tienen las cosas, aprender a mirar con ojos atentos. Quizá estas sean claves para intentar precisar cómo considera José Jiménez Lozano el arte. Explícitamente lo dice en una definición que hace de «una teoría de la literatura: sólo lo que es lejano o débil es importante, sólo lo que es pobre o frágil es hermoso, y la extrema belleza nunca es obvia, ni fulgura» (Unas cuantas confidencias, 33).

Todo ello está en Retratos y naturalezas muertas, el libro de arte de Jiménez Lozano que me atreví a recomendar especialmente, así como en ficción guardo un recuerdo especial de El mudejarillo o Los grandes relatos, o como elogié repetidamente su biografía de fray Luis de León o, de entre sus Diarios, Loscuadernos de letra pequeña. Y en poesía, todo (y por fortuna ahora tenemos al alcance de la mano, en una excelente selección, la antología El precio). En este Retratos llega a una serenidad quizá lograda por el recurso al diálogo, un diálogo consigo mismo, interior pero pacífico, que es meditación a partir de lo mejor de la Francia del siglo XVII: los Pensamientos de Pascal, las pinturas de Philippe de Champaigne, los cuadros de Georges de la Tour, por ejemplo la Magdalena Terf, de la que había escrito un poema que comienza así: «La lamparilla, el libro, / la mano en la mejilla, pensarosa; / la redondez de la rodilla tan rotunda, / tan leve la del vientre, y la otra mano / sobre la calavera en su regazo» (El tiempo de Eurídice, de 1996). A propósito de ese cuadro recoge lo que dice Pascal Quignard de que la obra de este pintor se resume en «confrontar al hombre consigo mismo con ayuda de una llama». Y a ese propósito, escribe este texto admirable sobre lo que era la luz de la candela en su infancia: «Los niños (...) acercaban sus manos a la llama, y éstas se volvían rojas y traslúcidas, dejaban ver el armazón de sus huesos; los rostros de las muchachas se sofocaban como sólo el amor podría colorearlos más tarde, y de bien distinto modo, aunque no menos hermoso que como el aire helado del invierno ponía rojo en sus mejillas extendiendo la palidez en torno» (Retratos, 16).

El arte es la luz y el calor de una candela. Hasta de las Meninas lo que importa al final es que la princesa protagonista murió. Y el arte es camino. Dos poemas de Elegías menores, de 2002, lo explican mejor:

 

Las meninas

Le dijiste al crítico de arte:

Está bien su explicación, pero

yo sólo vengo a ver a María Bárbola,

a Nicolasillo Pertusato, al perro,

y a ver abrir la puerta al Intendente Nieto.

Te callaste

que en aquella habitación no se respira;

la Princesita bebe agua ¡Pobre!

¿Y si me preguntase?

Yo he visto su sepulcro en Viena.

 

Oficio matutino

La pobre mujeruca, anciana,

pisada como aceituna en la almazara de la vida,

con sus duras arrugas en el rostro,

sus sarmentosas manos, lentos

y aguzados, al mirar, sus ojos,

acude con el alba a la iglesita,

pintada y de brillantes cristaleras.

Y allí mira a los santos en derredor de Cristo

caballeros y reyes, obispos con sus vestiduras refulgentes,

filósofos, y el último, con su mano en el rostro,

sentado en su silla de oro, está Agustín:

luego hay un príncipe, una dama

con su armiño, y ángeles y arcángeles

y su propia silla –la de la mujeruca-, allí junto,

para cuando pase de esta vida.

Sonríe y sale luego, bendecida y solemne

y ¡con qué cortesía trata a las gentes

del mundo! A las palomas y gallinas

al perro y a los pájaros. ¡Con cuánta

misericordia y alegría va cargada!


martes, 10 de marzo de 2020

Dos cartas de José Jiménez Lozano

José Jiménez me escribió dos veces, a mano, con letra pequeña. Contestaba a cartas mías: la primera es respuesta a mi envío de dos trabajos sobre fray Luis. Creo recordar que yo acababa de leer su libro y supuse que podía interesarle un trabajo mío sobre una mención en De los nombres de Cristo, a un innominado poeta griego, que descubrí que era una cita de Sófocles vía Filón de Alejandría. Quizá le mandé también mi trabajo sobre citas en fray Luis de León de poetas griegos.

Alcazarén (Valladolid) 10-dic-07
Sr. D. Angel Ruiz
Santiago de Compostela

Mi estimado amigo – si me permite llamarle así, ya que sus letras y su envío son tan amistosos-, en primer lugar quiero pedirle excusas por mi tardanza en contestarle, y es ahora cuando me percato de que en su tarjeta incluye su dirección electrónica, porque, de otro modo, le hubiera enviado el recibo de su envío.
Este pasado mes de noviembre, y hasta la fecha, se me han juntado unas cuantas charletas y corrección de pruebas, y no podía leer los trabajos que usted me envía con un poco, siquiera el mínimo, sosiego y atención. Me di cuenta, en seguida, que son una hermosura. Es una hermosura esa búsqueda y tanteo de unos versos, de un poema, de una idea o de una formulación. A menos que –y le pregunto al decirle esto- un determinado número de experiencias humanas se expresen del mismo modo en todas las culturas, a través de las mismas imágenes y de formulaciones similares.
Por ejemplo, teniendo por mi parte esta intuición, quedé muy confirmado en ella, cuando estuve en una tesis en Israel, en Bar-Ilam, cuya autora sostenía y probaba que las imágenes de “Las Moradas” de Santa Teresa eran las mismas en culturas no europeas ni cristianas, cuando se trataba de la expresión de una experiencia interior. Como ocurre, pongamos por caso, con sentirse en un pozo, o en una noche, variando luego, naturalmente, el vigor, la dulzura o delicadeza, según las posibilidades del idioma y la subjetividad del escritor o poeta.
Y no es el caso, sin duda, de fray Luis, porque me parece que usted muestra la conexión con la literatura clásica, dependencia que les importaba a esos escritores, ya que eran capaces de su reformulación de lo mismo con un poder y un lirismo admirable. y de veras que he disfrutado sus trabajos. Gracias por enviármelos. Los repasaré con mucho gusto.
Esperemos que este no sea un contacto esporádico, y que incluso lleguemos a conocernos alguna vez y que esto no sea muy tarde.

Aquí me tiene, con mi amistad, y un cordialísimo saludo

José J. Lozano
Mi correo electrónico: jjimenezlozano@telefonica.net

La segunda es contestación a otro trabajo mío, sobre la visión del paisaje en los escritores del 98 en relación con ideales bucólicos (en línea, en mi academia.eduen línea está un trabajo previo, sobre Galdós):

Alcazarén (Valladolid) 24, dic, 09

A Ángel Ruiz
Santiago de Compostela

Mi estimado amigo, gracias muy de veras por su recuerdo en esta Navidad, que es como una fuente y tejadillo de alegría y esperanza. ¡ojalá le acompañen! Y luego lo mejor para usted y los suyos.
Le agradezco también su trabajo sobre el bucolismo de Castilla en esos escritores. ¿No le parece que hay una especie de incapacidad española para ver un paisaje, y más el castellano quizás? Los amigos mismos del 98 ¿no retorizaron o ideologizaron el paisaje que veían?
Espero que algún día podamos echar una charleta sobre esta y otras cosas.

Con un fuerte abrazo
José J. Lozano


Son dos cartas llenas de bonhomía, de amabilidad, de detalles finos de aprecio (sin conocerme). Y con una delicadeza extraordinaria.

lunes, 9 de marzo de 2020

José Jiménez Lozano

Me acabo de enterar de que se ha muerto don José Jiménez Lozano. Ahora hago lo que todos, rebobinar: considerar que él estaba -eso me parece- muy bien preparado para la muerte; valorarlo como uno de los grandes escritores españoles de la historia, y luego hacer algo que no es tan pertinente, mirarme a mí en relación con él; recordar las dos veces que estuve con él en su casa de Alcazarén, acordarme de que hace una semana escuchaba una conferencia suya de 1996 y que la disfrutaba una barbaridad, mientras cruzaba los campos verdes de Palencia, hacer un repaso de lo que puse aquí (bien poco para la importancia que ha tenido en mi vida) de algunos libros suyos: Los cementerios civiles, Las llagas y colores del mundo (el libro de conversaciones con Guadalupe Arbona), Retratos y naturalezas muertas, Los cuadernos de Rembrandt, Advenimientos, Anunciaciones, Libro de visitantes, La estación que gusta al cuco, Guía espiritual de Castilla, Los ojos del icono, Fray Luis de León. Pero qué poco para lo que eran.

Y no encuentro nada en este blog de libros suyos que son importantísimos para mí, como El mudejarillo o Los grandes relatos.

Me he acordado también de que me escribió dos veces: voy a buscar sus cartas. Mañana las pongo.

Me llegaban sus artículos (un fiel seguidor suyo nos los enviaba a unos cuantos) y hace poco también la información de un Congreso dedicado a su obra en julio.

Descanse en paz: qué alegría va a tener en el cielo tan grande.

lunes, 4 de febrero de 2013

Soeur Catherine de Sainte-Suzanne

Este cuadro lo había visto siempre con perplejidad, como poca cosa, o no sé. Después de lo que dice José Jiménez Lozano en Retratos y naturalezas muertas (113-119: leedlo entero), ya no:


Un rayo de luz tenue cae de lo alto, simbólico sin duda de la gracia o don de curación, y no alumbra la estancia; remite a la iluminación interior obviamente. No hay candela, ni fuego alguno a cuyo resplandor se destaquen las figuras y el espacio. Vemos como en una estancia flamenca muy clara, aunque la luz queda absorbida en buena parte por el matiz gris de los muros (115).
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Y la fiebre, cuando se retira, deja «carucha», una palidez y una suave apuramiento de las formas del rostro, como se ve ahí mismo en el de Soeur Catherine de Sainte-Suzanne: es la huella de la «consumición» de la fiebre. Como si ésta fuese la llama de una candela que se nutriese de la corporeidad hasta agotarla a veces, y así decimos: «consumido por la fiebre». La palidez que deja, o las sombras tan tenues que pone en torno a los ojos, son la palidez y los ensombrecimientos del amor (118).
En el libro está de fondo la cuestión del porqué de Port-Royal y una comparación implícita con la estética del Carmelo español, donde la igual pobreza no es igual en el terreno de las imágenes literarias (el Castillo Interior de santa Teresa, encantado y de cristal) ni Dios se encuentra entre los pucheros (139).

miércoles, 9 de enero de 2013

Retratos y naturalezas muertas de José Jiménez Lozano

Retratos y naturalezas muertas, de José Jiménez Lozano (Trotta, Madrid, 2000) es uno de los mejores libros que he leído en mi vida.

En forma de diálogo consigo mismo, se dedica a meditar (es la mejor palabra para explicar lo que pasa en este prodigioso libro) en el ámbito de la Francia del siglo XVII: Georges de la Tour, los Pensamientos de Pascal, pinturas de Philippe de Champaigne.

A propósito de Georges de la Tour (en el libro habla mucho de la Magdalena Terff, que pudimos ver en su visita a El Prado y a la que hizo un poema), dice que su obra se resume en «confrontar al hombre consigo mismo con ayuda de una llama». 



Ahí es donde escribe este texto admirable sobre lo que era la luz de la candela en aquellos tiempos:
Los niños (...) acercaban sus manos a la llama, y éstas se volvían rojas y traslúcidas, dejaban ver el armazón de sus huesos; los rostros de las muchachas se sofocaban como sólo el amor podría colorearlos más tarde, y de bien distinto modo, aunque no menos hermoso que como el aire helado del invierno ponía rojo en sus mejillas extendiendo la palidez en torno (16).
Ahí es donde explica que así son los rostros de las Vírgenes en la Anunciación, de sofoco o por la palidez del frío y eso es lo que explica esos círculos rojos que le pintaban.
Poco después, esto:
Mi infancia, desde luego, ha transcurrido en la convivencia con la luz de las candelas o las llamas, y las sombras en torno. Yo he visto rondas nocturnas, como en Rembrandt; el alzarse un farol en las dependencias de servicio de la casa, en los corrales o en el campo, a la vez que una pregunta: «¿Quién anda ahí?»; el acompañamiento del Viático, llevado a un moribundo con faroles y candelas, la lamparita sobre la mesita de noche, o ante una imagen: el amortajamiento de un cadáver a la luz de unas velas, que era un juego entre blancos y sombras, y la amarillez del cuerpo; un muerto puesto en el suelo sobre una colcha blanquísima y con una palmatoria encendida como vigilante. Resplandores de cuerpos desnudos como si fuesen relámpagos, o como carne cenicienta y cárdena, si el resplandor era de quinqué o de carburo. Faroles y lamparillas luciendo, a prima noche, en el camposanto aldeano; faroles de los coches de caballos que eran luz tan incierta, tan misteriosa si se veía de lejos. Ya nunca habrá regresos tan esperados como aquellos, visitas de médico llamado urgentemente, que se anuncien con esas tenues, lejanas, luces oscilantes: no se sabría con qué paso lento avanzan la alegría o la esperanza; ni tampoco se adentrará tan tempranamente en el ánima la perfecta conciencia de la sombra que somos, si ya no puede verse a alguien subiendo una escalera con una candela en la mano y el juego de lentitudes y escorzos grotescos o graves de una sombra en la pared (16-17). 
Y explica luego qué es la luz en el Oficio de Tinieblas, otro de sus grandes temas:
Las velas del tenebrario se iban apagando, una a una, a cada final de aquel lacerante canto de las endechas del profeta Jeremías, y, al cabo, sólo quedaba encendida una candela que el celebrante ocultaba como se cela una esperanza muy pequeña; y la noche y el estrépito caían sobre el corazón: ¿Era eso lo que podía esperarse de la vida? ¿«Embriaguez de adelfa», como dice el profeta mismo? (20)

miércoles, 31 de octubre de 2012

Un regalo

Alguien me dejó esto de José Jimenez Lozano en un comentario a aquella entrada del otro día; y cómo me alegró y cómo me consoló:
LAS MENINAS
Le dijiste al crítico de arte:
Está bien su explicación, pero
yo sólo vengo a ver a María Bárbola,
a Nicolasillo Pertusato, al perro,
y a ver abrir la puerta al Intendente Nieto.

Te callaste
que en aquella habitación no se respira;
la Princesita bebe agua ¡Pobre!
¿Y si me preguntase?
Yo he visto su sepulcro en Viena.
Es de Elegías menores. Y sobre ello escribe en otro texto suyo, ahora en prosa.

Me siento muy orgulloso de haber aprendido esta difícil lección de maestro tan bueno. De saber no sé, pero de maestros sí que presumo.