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jueves, 12 de junio de 2025

Intimidad, de Raymond Carver

Sigo releyendo, a poquitos, los relatos de Raymond Carver. Hay días que me basta con uno y está bien así: son relatos de gentes dañadas, con un lenguaje sin florituras (y por eso los puedo leer en inglés), pero de grandísima eficacia narrativa. No voy a ser yo el que descubra a estas alturas a Raymond Carver.

Pero por si queréis leer uno, tenéis en línea Intimidad (o en inglés Intimacy, en pdf). Es un alegato de una ex-mujer a su ex-marido, que podría ser perfectamente el propio Raymond Carver, porque ese narrador se ha convertido en un escritor exitoso y la va a visitar cuatro años después de su último encuentro. A mí me parece desgarrador el dolor que muestra ella y me pasma cómo se puede llegar a esas situaciones entre dos personas que han tenido tal grado de intimidad. De eso va este relato, tan impresionante.

Me impresiona especialmente el final del cuento. Me resulta conmovedor: quizá a alguien le pueda parecer sentimental, no sé. Yo creo que no.

miércoles, 30 de abril de 2025

Cajas de Raymond Carver

Los Reyes Magos me trajeron hace algún tiempo la edición de The Library of America de los Cuentos Completos (Collected Stories) de Raymond Carver, que había leído entero en traducción. Es un mundo el que describe de gente con problemas de alcohol, de relaciones rotas, de un mundo muy a ras de suelo, pero me gustaba mucho cómo lo describía, sin énfasis, con concisión. En algunos momentos se intuía algo, un instante de revelación (por ejemplo en Catedral, uno de sus mejores cuentos).

Últimamente me he ido leyendo cuentos sueltos, uno por día más o menos. El último fue Cajas (Boxes), que me dio por pensar en si era una anti-Odisea, seguramente porque justo habíamos traducido en clase el pasaje en el que Calipso se queja de que Ulises la abandona por volver con Penélope, que objetivamente es menos guapa que ella y además mortal, a su casa, una isla normalita como mucho, frente a la isla paradisiaca de Ogigia en la que vive Calipso.

En el cuento de Carver se cuenta de la madre del protagonista que no hace más que cambiarse de casa, un proceso que comenzó cuando todavía no estaba viuda, pero que ahora que está sola también sigue practicando. El último traslado ha sido desde California a la ciudad donde vive su hijo, se supone que en Oregon (Carver sitúa allí muchos de sus cuentos: de allí era). El hijo está viviendo desde hace unos meses con Jill, una mujer dos veces divorciada. Él a su vez ha tenido varias relaciones previas, alguna tormentosa.

El cuento comienza con su madre a punto de hacer un nuevo traslado, en una marcha anunciada que se prolonga: tiene toda su casa llena de cajas desde hace meses. Van a comer allí, de lo que se va a descongelar del frigorífico, dos días antes de que la madre se vaya definitivamente. Todo es así de despegado. La cosa es que el hijo siente en un momento como una pena de que su madre se vaya, porque lo que él no piensa es ir a visitarla a California, adonde ella se vuelve, porque le trae malos recuerdos. Todo acaba cuando la madre se marcha.

En cambio, en la Odisea lo central es volver al hogar, con la mujer, con su padre (su madre ya murió, la pudo ver en el mundo de los muertos), rodeado de un patrimonio. 

En el cuento de Carver ya no hay casa, ya no hay familia, el lazo entre la madre y el hijo es tan débil que solamente produce una reacción de pena circunstancial, que no se sabe si es un rescoldo de algo o una mala conciencia de que no haya ni rescoldo. 

Sí, todo es desolador en ese cuento, un retrato de una sociedad que podría ser en ciertos aspectos la nuestra.  

miércoles, 3 de diciembre de 2014

Carver Country

Carver Country es un gran libro, con excelentes fotos de Bob Adelman de los sitios que conoció Carver y textos alusivos muy bien seleccionados. Y es asombroso porque muchas veces son como me imaginaba que tenían que ser aquellos lugares de sus relatos. 
Acaba el libro con una semblanza de Tess Gallagher. Me emocionó especialmente esto:
Recuerdo haber leído algo que se había dicho de Chejov, de que la gente, en su presencia, se sentía tan cómoda que podía ser ella misma y tenía la seguridad de que no iba a ser juzgada por sus flaquezas. En su compañía, toda pretenciosidad, toda falsedad, toda mezquindad quedaba abolida. Tal parece ser, de una forma increíblemente precisa, el efecto que Ray causaba en la gente. Su paso por los corredores casi fatales del alcoholismo le había dejado lleno de compasión y de capacidad de amar. Y lo que resultaba una baza aún más irresistible era el hecho de que, a diferencia de tantas y tantas personas que uno encuentra en la vida, también sabía aceptar el amor. Y ello lo transmitía casi de inmediato su postura ligeramente encorvada, y la forma tímida y atenta de entablar una conversación. Lo había vivido todo, y vivía para contarlo. Jamás subestimaba el dolor o la lucha de nadie. Y al mismo tiempo nunca presumía de haber superado su alcoholismo. Sabía que era una gracia, la de haber puesto su confianza en lo que Alcohólicos Anónimos identifica como «un poder superior», y la de habérsele otorgado milagrosamente la voluntad necesaria para apartar de sí la tentación de la bebida. (166)

domingo, 11 de mayo de 2008

Paisaje para urbanitas

Bud and Olla lived twenty miles or so from town. We'd lived in that town for three years, but, damn it, Fran and I hadn't so much as taken a spin in the country. It felt good driving those winding little roads. It was early evening, nice and warm, and we saw pastures, rail fences, milk cows moving slowly toward old barns. We saw red-winged blackbirds on the fences, and pigeons circling around haylofts. There were gardens and such, wildflowers in bloom, and little houses set back from the road. I said, "I wish we had a place out here." It was just an idle thought, another wish that wouldn't amount to anything. Fran didn't answer. She was busy looking at Bud's map.
Bud y Olla vivían a unos treinta kilómetros de la ciudad. Hacía tres años que vivíamos allí, pero Fran y yo no habíamos dado ni una puñetera vuelta por el campo. Daba gusto conducir por aquellas carreteras pequeñas y sinuosas. La tarde estaba empezando, hacía bueno y veíamos campos verdes, cercas, vacas lecheras que avanzaban despacio hacia viejos establos. También mirlos de alas encarnadas posados en las cercas, y palomas dando vueltas alrededor de los heniles. Había huertas y esas cosas, flores silvestres y casitas apartadas de la carretera. Ojalá tuviéramos una casa por aquí, dije. Sólo era una idea vana, otro deseo que no iría a parte alguna. Fran no contestó. Estaba ocupada mirando el mapa de Bud.

Raymond Carver, Feathers, en Cathedral (copio de Where I'm calling from. The Selected Stories, Harvill, London, 1993, p. 274; traducción española: Plumas, en Catedral, Barcelona, Compactos Anagrama, 1992, p. 12)

domingo, 4 de mayo de 2008

En las barracas

Llamábamos barracas a las atracciones de feria. Y era como el paraíso, aunque pasabas miedo en el tren de la bruja o en esos artilugios como pulpos que te volvían el estómago del revés.
Ayer pasé por la feria en la Alameda, que está puesta desde el jueves (aquí se celebra la fiesta civil de la Ascensión -paradojas de la España convulsa postcatólica pero no del todo-).
Iba todo contento con las cartas de Florenski y el diario de Nicolae Steinhardt, que había comprado para la biblioteca. Y fue como pegarse un chapuzón de vida; me hacía falta, a mí que estoy demasiado rodeado de libros y vivo en torno a esa burbuja llamada Universidad.
Tanto darle vueltas estos días al dolor y al miedo y era una alegría ver las caras de susto y de risa de los que se habían subido en una especie de barca mecánica que les daba vueltas, les subía, bajaba y estrujaba. Los gritos de miedo -pero de mentirijillas- de los niños en una especie de toro mecánico infantil, la camaradería de los macarrillas. Y el olor a pulpo (feria autóctona), a gominolas. La noria, que aquí sirve de primer anuncio de los exámenes de junio.
Y me gustaría escribir como se merece de las barracas, como lo hizo en un cuento que recuerdo algo vagamente Ignacio Aldecoa. Y no sé por qué me acuerdo también de dos gloriosos cuentos sobre el bingo, uno de Carver y otro de una antología de relatos españoles de Pedro de Miguel y Joséluis González.
[Media hora después, descubro que hay un buen reportaje de Nacho Mirás en La voz, con dos coletillas, esta y esta].

viernes, 31 de marzo de 2006

Raymond Carver

En busca de trabajo
.

Siempre he querido trucha de montaña
de desayuno.
.
De repente, encuentro un sendero nuevo
a la cascada.
.
Empiezo a tener prisa.
Despierta,
.
dice mi mujer,
estás soñando.
.
Pero cuando intento levantarme,
la casa se ladea.
.
¿Quién está soñando?
Es mediodía, dice ella.
.
Mis zapatos nuevos esperan junto a la puerta,
relucientes.


.
Raymond Carver, Un sendero nuevo a la cascada. Últimos poemas, introducción de Tess Gallagher; traducción de Mariano Antolín Rato, Visor, Madrid, 2ª ed. 2001, p. 44.
Me gustan mucho sus libros de relatos desde hace años, y siguen gustándome. Sus poemas son 'narrativos', y muchos de ellos muy buenos, por ejemplo el que he puesto arriba.