Llevo ya, a lo tonto, casi un año con el griego moderno en Duolingo. Tres minutos al día, algunas veces cinco, incluso diez cuando estoy a punto de bajar de categoría: el riesgo de quedar atrapado como el Depor en primera preferente, me lleva a continuar haciendo ejercicios más de lo que mi pereza propondría.
No sé cuánto he aprendido. No mucho, quizá. Al menos me sigo llevando sorpresas. El otro día vi que átomo (άτομο) lo traducían por persona. Me llevé una alegría: la palabra persona está tan manoseada por los juristas que ya parece como que no significa nada. O quizá signifique solamente lo que Cándido Conde Pumpido y sus cómplices quiera que signifique: ahora en España estamos en sus manos; lo que se les ponga en las narices será constitucional y eso para muchos significará que eso es la verdad. Podrían decir que una persona es un tranvía y sería constitucional y por lo tanto verdad.
Me alegré al ver que los griegos de lo de átomo (usan también la palabra canónica prósopo πρόσωπο) para hablar de una persona porque caí en la cuenta de que así podríamos definirlo como lo que no se puede dividir (En latín individuus, indivisible). Al final es el argumento de Salomón: ¿podemos partir en dos a un niño?
Yo le preguntaría a los partidarios del aborto, a ese Macron que dice que es un derecho abortar y a todos los vergonzantes que no hacen nada para evitarlo (incluida Isabel Díaz Ayuso, que dijo que le parecía bien que abortara una chica de 16 años sin decírselo a sus padres): ¿cortarías por la mitad un embrión? Es un átomo, un individuo, no me vengas con rollos de la definición jurídica de persona.

