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viernes, 26 de junio de 2026

El príncipe de este siglo. La literatura moderna y el demonio

A cuenta de su Diario, que tanto me gustó, alguien me habló elogiosamente de un ensayo de José María Souvirón, El príncipe de este siglo. La literatura moderna y el demonio (Madrid, Ediciones Cultura Hispánica, 1967), que fue Premio Nacional de Literatura.
Es un temón, el del demonio en la literatura. Va tratando autores que en buena parte no he leído: Víctor Hugo, Baudelaire, Rimbaud. Beckett, Valery, Huysmans, Yeats, Camus, Bernanos, Gide, Klossowsky, Genet, Jouhandeau, Sartre, Julien Green. Algunos sí que los conozco más: Dostoievsky, Poe, Kafka, Borges, Hawthorne, Henry James, Proust, Mauriac, Greene. En cualquier caso, no son el canon literario que yo suelo frecuentar.
El libro es interesante, siendo difícil para mí calibrar las lecturas que hace, pero el tema es atractivo, al final la representación o la presencia del mal, o más en concreto del demonio, en la literatura. En buena medida es una especie de guía del malditismo o de la soberbia antidivina, aunque otras veces lo que se cuestiona es la realidad del mal, algo que sí que me parece más central de la literatura.
Me hubiera gustado saber cómo hubiera reaccionado a la obra de Flannery O'Connor, donde está claramente el mal y en algunos casos la presencia del demonio es palpable, como por ejemplo al final de Los violentos lo arrebatan. Se me ocurre también que un personaje como Anthony Blanche, en Retorno a Brideshead de Evelyn Waugh podría en cierto modo y con muchas matizaciones representar lo demoniaco. 
No sé, se me ha abierto una vía de análisis. Quiero leer ahora a Bernanos. A ver, ya iré contando.

martes, 5 de mayo de 2026

Lo último de Souvirón

Tenía guardada esta última anotación del Diario de José María Souvirón:

Creo que Dios atiende directa y personalmente cada caso que el hombre coloca personalmente en sus manos. De esto no puede uno dar muchas explicaciones, pero lo sabe cuando ha conocido los casos personales así atendidos. La Salvación será un conjunto de casos personales directamente atendidos por Dios (Diario I, 93).

Me he acordado de esto leyendo el mensaje más reciente del Prelado del Opus Dei:

También ante las dificultades y los errores personales, con el Señor siempre podremos tener, junto a la paz, la alegría de sabernos «mirados amorosamente por Dios, a todas horas» ([San Josemaría] Amigos de Dios, n. 307). Contemplar al Señor y sabernos contemplados por él: esta es la seguridad, no nuestras pobres fuerzas.

martes, 14 de abril de 2026

La belleza no caduca

Del Diario IV de José María Souvirón, a propósito de una planta que ve crecer entre el Colegio Mayor Cisneros, donde vivía, y el Colegio Mayor Colombiano, en la Ciudad Universitaria de Madrid:

El otro día, al pasar por el erial que hay entre este colegio y el Colombiano, lo vi, de súbito (como si creciera a mi vista) cubierto de verdor apretado, de florecillas blancas y amarillas. Lo primero que me sorprende es ver salir esa vida de semejante tierra: un baldío duro, reseco, erosionado, con el suelo agrietado como la piel de un cocodrilo muerto, y con algunos papelajos, pedruscos, ladrillos rotos y basura. Hoy no se ve nada de esto último. Fijándome, he descubierto algún cascote entre la yerba, que lo cubre y protege. Y en seguida he pensado que ya se acercan los calores, y que todo verdor perecerá. No por ello he dejado de llenarme los ojos, golosamente, ansiosamente, con esa vida, pero en lugar de pedirle -sin resultado, claro está- duración, le he atribuido constancia. Que vuelva, y que llegue una vez en que toda la naturaleza, ya sagrada -y no menos natural-, no necesite para conmoverme o seducirme de su caducidad. Que ni el invierno ni el verano quiten y pongan, sino que todo . Y con esto me he sentido más feliz, más seguro, que pensando en el pasajero vivir de eso que hoy es pradera y ayer -y mañana- baldío (94).

lunes, 13 de abril de 2026

Diario V de José María Souvirón

Se me han acabado, con su vida, el Diario de José María Souvirón: he vivido con él una ancianidad cada vez más difícil, con problemas de salud que iban siendo cada vez más serios. Este último volumen en realidad abarca los dos años 1969 y 1970; entre 1971 y su muerte en 1973 hay unas pocas anotaciones aisladas, que en buena medida son hitos de la cercanía del fin.
En este último periodo vemos a Souvirón cada vez más centrado en lo último, con la alegría de que un hijo suyo se trasladase a vivir a España: esa soledad asumida de buena parte de su vida, la que reflejan estos diarios, se llena del consuelo de tenerlo cerca con su nuera y nietos, mientras todo lo demás da la impresión de que se desmorona: una situación política de fin de época, una Iglesia que parece que se tambalea, con sacerdotes diciendo tonterías en las homilías, música ridícula y el desprecio de todo lo noble.  
En este volumen, haciendo recapitulación de su obra a propósito del libro que estaba terminando de revisar de sus poesías completas, dice "Este Diario que puede ser mi mejor obra" (204). Acierta completamente: yo he revisado sus Poesías completas y no supe qué hacer con ellas. No me atrevo a mirar ni sus novelas ni sus ensayos, pero tengo claro que este Diario en cinco volúmenes es una de las grandes obras de la literatura española del siglo XX. No me cabe duda si me ciño al género de los Diarios: no conozco ninguno que esté a la altura en el periodo hasta 1975. Se me podría decir que El cuaderno gris de Pla. Ahora lo quiero volver a leer, porque me lo dejé a la mitad: no me acababa de enganchar, el nihilismo de Pla me echaba para atrás. En cambio el Diario de Souvirón es un monumento de expresión de la intimidad, quebradiza, con sus pesares, fallos, defectos y prejuicios, pero por eso más honda y viva y emocionante. Es impresionante al final.

Parece que tiene de modelo los diarios de Julien Green. Yo sin haberlo leído, pienso que esto hace que sea tan excepcional en el panorama español este diario. Os cito del volumen I, recién comenzado su Diario, esto:
Domingo, 9 de octubre [de 1955]
La verdad: escribo este diario para mí, pero con cierto deseo de que lo pudieran leer otras personas. Tarde lo he comenzado, sin duda. Lo que me hizo abandonar varias veces la idea, desde hace años, fue el haber leído otros muchos, famosos estos, y con tanto deleite como sorpresa, con tanto interés como desconfianza. Recuerdo, así, sin hacer mucha memoria, los de Pepys, Gide, Julien Green, Baudelaire, Kafka, Paul Léautaud. En todos hallé una mezcla de sinceridad, de confesión y literatura, escapatoria, justificación, que me atemorizaba para empezar el mío.
Por fin, me decidí, como Green, que al iniciar el suyo da por toda explicación: «En 1928 me comprometí ante mí mismo a llevar regularmente un diario y a contar en él toda mi vida.
No sé hasta qué punto lo llevaré yo regularmente ni si contaré aquí toda mi vida». Depende de la intensidad que le demos (Green y yo) a la palabra toda (92)
Por cierto que creo que también ese modelo sirve para explicar de paso algunas menciones que han sido criticadas por los que han leído este Diario de Souvirón: teniendo como referencia a Green, quizá no quería ni por asomo que lo identificaran con las menciones sexuales de este, así que de hecho carga la mano pasándose por el otro lado, en un donjuanismo más implícito que real.

Si España fuera medianamente normal, el canon de la literatura del yo del siglo XX tendría que tener en cuenta estos Diarios de Souvirón. 

Y muchas gracias a los editores, Javier La Beira y Daniel Ramos López por presentar un texto tan cuidado y tan limpio, que da gusto leer.

miércoles, 8 de abril de 2026

Souvirón sobre la providencia

Esto es del Diario IV (Martes, 2 de noviembre, de 1965):

Hoy he estado atribulado. La sombra de ese pleito, de ese proceso, me ha abrumado largamente. Confío. A ratos parece que Dios no se preocupa por minucias, pero se interesa por todo, y cualquier duda sobre su minuciosa atención, sobre su delicada misericordia, es perjudicial para nuestra confianza en Él. Hay que recordar que cuando le pedimos, nos oye, aunque a nosotros nos parezca que lo que pedimos no merece su atención. Todo merece su atención, todo. No nos deja ni por un instante. Si tuviéramos nuestra confianza en la medida de su cuidado, nunca nos sentiríamos huérfanos. Pero ya dijo que no nos dejaría huérfanos.

martes, 7 de abril de 2026

Diario IV de José María Souvirón

He llegado pesaroso al final de este volumen, porque se me están acabando los Diarios de José María Souvirón: solamente me falta el quinto ya. A él lo veo ya como alguien cercano, a base de leer sus confidencias, pero sé que murió en 1973 y que le queda poco de vida. 

Este volumen IV abarca desde finales de 1965 a principios de 1969, cuando él tenía entre 61 y casi 65 años. En ciento modo me está preparando para años que yo tengo por delante, si Dios quiere, pero tendencialmente con actitudes que encuentro ya en mí, a mis 58 años: un mayor despego, un deseo de más serenidad, de paz, un miedo a novedades y un temor difuso a dificultades que pudieran ir surgiendo: está como anunciando una vejez que se acerca, por más que pensemos ahora que no somos tan viejos y que los que lo son realmente son los de ochenta y tantos.

En cierto modo todo lo que cuenta lo leo como una novela, en el mejor sentido de la palabra. El personaje, tan bien perfilado, hasta intuyo en qué momentos va a correr peligro. En este volumen el mayor riesgo es su cercanía creciente a Felicidad Blanc, la viuda de Leopoldo Panero: como lo conocíamos como hombre que en otros momentos de su vida había estado flirteando con mujeres cercanas, pero con la decisión de no pasar de un límite, por saberse casado ante Dios con su mujer chilena, pasamos miedo de que se precipite en un impulso que sabemos erróneo, no solamente desde el punto de vista del matrimonio católico -y Souvirón es uno de esos hombres mártires de la indisolubilidad- sino hasta del de la sensatez más de tejas abajo: una vida tan hecha no pega con unos amoríos de vejez, que de ningún modo podrían encajar en su modo de vivir. Es interesante ver cómo, paralelamente, su práctica religiosa llega a su punto más bajo en este volumen. Como advertencia, menciona él mismo a otra mujer con la que estuvo tonteando años antes, que descubre ahora, por una confidencia, que estuvo perdidamente enamorada de él y que por suerte pudo superar aquello, que para él fue un tontear egoísta en el fondo, y casarse con otro.

Me ha resultado tremendamente interesante la descripción de la descomposición progresiva del régimen. Describe muy bien cómo algunos que se habían beneficiado del sistema empiezan a ponerse de perfil a la espera de lo que vendrá. Es especialmente interesante, al menos para mí, la descripción de la situación de la Iglesia y de la vida religiosa en esos años. Me parece que da un contexto clave para lo que a mí me resulta un gran enigma: de dónde surgió la revolución del 68, un misterio de larguísimas consecuencias que cuajó en estos años.

También merecería la pena una investigación más detallada sobre lo que cuenta de la vida literaria de la época, con especial protagonismo de la literatura hispanoamericana. Es muy fino también en sus comentarios de cine y también al hablar de música clásica.

viernes, 27 de marzo de 2026

José María Souvirón en su cuarto

Esto es como lo de Pascal ("Toda la desgracia de los hombres proviene de no saber permanecer en reposo en una habitación"), pero en positivo, en el tercer volumen de su Diario:

Diez días aquí, muy plácidos, llenos de sabrosa monotonía, interrumpida solo por un par de salidas breves que me hacen volver con más gusto a mi aislamiento (306; martes, 21 de julio de 1964). 
Sigo en paz. No salgo ni me aburro, acaso ni me divierto. No es necesario divertirse. Basta con estar bien donde se está, lo mejor posible, y ser lo más que se puede ser (307; viernes, 24 de julio de 1964).

Esto lo dice en verano, cuando lleva diez días en Málaga, donde veraneaba en casa de su hermana. En esos periodos sobre todo se dedicaba a escribir.

[Volveré en Pascua a felicitaros. Mientras, me voy de retiro]

martes, 24 de marzo de 2026

A la desesperación por la soberbia

Esta entrada de José María Souvirón del 19 de septiembre de 1965 (Diario III, 358-359) me ha impresionado, porque explica muy bien la tentación de la soberbia:

Terrible fuerza la de la soberbia que nos ha dejado el pecado original, aumentada por nuestros pecados «personales». Pero, sobre todo, terrible ejercicio el del demonio para inducirnos a la desesperación mediante la tentación de soberbia. Mucho me hace padecer esta tentación y mucho me confunde. Yo, que creo haber «superado» la vanidad mundana -y que, gracias al Señor, no es esta la peor de mis tentaciones ya-, me encuentro con frecuencia sometido a esa estúpida, imbécil, pero dolorosa tentación de la soberbia, que es peor. Cuando rezo el «Yo pecador y digo «por mi culpa, por mi grandísima culpa», el demonio me dice: «No será tanta tu culpa. Las circunstancias, la debilidad, la falta de ayuda...». Cuando en la misa digo con el sacerdote: «En espíritu de humildad y con ánimo contrito», el demonio me quiere hacer ver que no tengo por qué tener ese espíritu ni ese ánimo. Es la tentación que pretende fijarme en la inocencia mentirosa, como si no fuese mi culpa la que tengo que reconocer. La lucha en este sentido es dura, porque me falta humildad y porque el Malo intenta decirme que no la necesito. A veces, es un esfuerzo tremendo el que tengo que hacer para darme cuenta de mi miseria. ¡Parece mentira! Solo una iluminación de amor que me llega, Dios mío, con lucha me permite reconocer que soy un pecador, un miserable pecador, tanto más miserable cuanto mayor ayuda se me ha dado. Porque el pecado del que recibe tanta misericordia es peor que el de aquel que no se sabe ayudado. Pero el Señor es cariñoso y me ayuda, a la postre, a reconocer mi pequeñez. Dureza del corazón humano (y particularmente del mío, tan socorrido) para caer por tierra en señal de inenarrable gratitud. ¡Cómo se resiste! 

lunes, 23 de marzo de 2026

Diario III

Me he acabado demasiado pronto el volumen III de los Diarios de José María Souvirón, donde han reunido los cuadernos VII y VIII, entre 1960 y 1965: ya no escribe tan de seguido, hay algunas lagunas de periodos vacíos y llamativamente se produce un proceso de entrada en el interior, de despreocupación creciente de lo exterior, lo social, el mundo literario. Quizá tenga que ver en buena parte la muerte inesperada de Leopoldo Panero y el distanciamiento, que no es definitivo, con Luis Rosales: eran sus mejores amigos. 

Sigue viviendo en el Colegio Mayor Cisneros, sigue trabajando en el Instituto de Cultura Hispánica (con un periodo de trabajo, que le había conseguido Leopoldo Panero, en Selecciones del Reader's Digest, aunque pronto lo deja, un motivo de fricción con Rosales), pasa los veranos viviendo en la casa de una hermana en Málaga y tiene ocasión de ver a sus hijos, por un viaje suyo a Chile y por los que ellos hacen a España. 

Es la vida de un hombre que ha elegido la soledad. No es lo que habría querido, pero es con lo que se ha encontrado y lo que ha ido aceptando en su vida, como explica al final de este volumen. Cada vez más centrado en su trabajo y su dedicación a la escritura, sus anotaciones son aquí cada vez más de su vida interna, de lo que percibe en su interior, cada vez más hondo en sus reflexiones y menos interesado en la vida externa.

Este volumen abarca los años que lo hacen contemporáneo mío: cada vez se va despojando de más cosas y mirando las cosas con más despego. Se siente mayor, lo que me ayuda a mí a recolocarme en mi edad actual, de la que tiendo a olvidarme.

Este texto, un apunte del sábado, 10 de octubre de 1965 (363-364) da el tono del volumen:

Esta tarde salí a pasear. Me fui por un camino, hacia el río, que nunca había recorrido. El paisaje estaba tierno y crepuscular y los edificios, lejanos. Delante de mí, a unos cien metros, caminaba un hombre de mi edad, que llevaba abrigo. Andaba como a saltitos. Todo estaba tranquilo y glorioso. De pronto me dio una gran pena de aquel hombre. ¿Por qué? Tal vez porque me daba pena de mí, que iba, como él, solo por un camino solo. Pero el hombre a lo mejor era feliz -como yo- en esos momentos. Las matas ya otoñales, en los terraplenes de los dos lados del camino, se movían muy dulcemente, como meciéndose a sí mismas para dormir. Se me vino a la memoria no sé qué música antigua y me puse a tararearla. Luego, como por un raro pudor, me callé. Y a todo esto, mi paso más rápido me había hecho alcanzar al hombre. Cuando pasé por su lado, adelantándole, oí que él también tarareaba, mejor dicho, canturreaba. Y lo hacía como con técnica, como un tenor jubilado, quizás de iglesia, de esos que cantan contratados en bodas y funerales. Y entonces yo volví a tararear, y a lo lejos, un tren -ese tren que tantas veces pasa, lejos, en mis paseos- se puso a tocar su trompeta y la tarde se lleno de músicas malas y separadas, de músicas verdaderas e instintivas, y se fue haciendo noche. ¿Me habrá compadecido ese hombre o se habrá alegrado conmigo?

jueves, 12 de marzo de 2026

De Souvirón a d'Ors

Jose María Souvirón escribe esto con 56 años:

Me han enviado tres fotografías que me sacaron durante mi conferencia del lunes. Tres instantáneas bien hechas, en tres actitudes, bastante vivas las tres. He quedado sorprendido exactamente con las tres fotos. Soy mucho más viejo de lo que me creo. Si la gente me ve como estoy en esas fotos, no me extrañan muchas cosas que «suceden», y ciertas decepciones que me llevo al juzgar como respeto lo que solo es distancia. Soy un señor, un «don» José María inevitable. Pero por dentro sigo tan tontamente joven, que aún me creo capaz de producir impresión de juventud a la juventud. (...)

Lo malo -¿o lo bueno?- es que este contraste entre mis arrugas y surcos, entre la calva y la mejilla caduca, y mis impulsos casi infantiles de alegría, comunicación y atracción deben ser muy violentos, y debo tener cuidado con lo caricaturesco que pueda salir de ese choque entre apariencia real y actitud también real, pero inverosímil. Hay peligro de ridículo. (...).

Me ha recordado el poema del último libro de Miguel d'Ors, que copio de la web de la editorial:

Afeitándome

Una mañana más… No
puedo creer que sea yo
este señor gris y viejo
que aparece en el espejo
mirándome. La verdad
verdadera es que mi edad,
como otra vez escribí,
va por delante de mí
y que yo le sigo el paso
con décadas de retraso.
Qué raro sentir que voy
tan por detrás del que soy.
Qué raro, ya ante el abismo,
ser más joven que uno mismo.


martes, 10 de marzo de 2026

Solo, feliz y desdichado

Hay momentos especialmente logrados en el Diario II de José María Souvirón, en el uso de los adjetivos. Por ejemplo en una descripción breve:

el cielo castellano estaba hermoso: anubarrado, diverso, con sol en ocaso, rojo y grandes cúmulos azules, grises, dorados, negros. La carretera está mojada y brilla admirablemente, Es una de esas tardes en que todo tiene una belleza comunicada, trasmitida, compartida. Pasan unas niñas en bicicleta: son amables y bellas. Una vieja que camina: es bella y amable. Unos soldados, labradores, obreros, y todos son hermanos, amigos, todos -ellos y nosotros- estamos en la misma vida casi de paraíso que nos une, nos establece y nos comunica. En estas tardes soy tan humanamente feliz, que pienso en el cielo como esto en mejor. Da gusto haber sido creado (210-211).

Aquí cuenta que entra en un bar donde hay alguien que toca el acordeón de modo especialmente inspirado y que acaba emocionándole:

Estoy encantado. Sueño. Pienso en mis hijos aquí. ¡Cómo gozarían con esto! La música me conquista, me domina. Belleza de lo primoroso vulgar. La noche es bella. No hace frío. Me gustaría estar acompañado. Tal vez por P. F. Pero no: mi hija, mejor, que participaría conmigo, como nadie, de este encanto de la hora extraña. El hombre que lleva el compás se ha puesto soñador hasta el colmo; ya no está ahí, sino en otra parte, con alguien que, también él, quiere que le acompañe. De pronto no puedo más. Pago y salgo corriendo, hablando solo, feliz y desdichado (147).
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[Dos días después] Me dejan en los comentarios esta escena de El Sur, de Víctor Erice, y me parece que encaja admirablemente en este pasaje, teniendo en cuenta además lo que Souvirón quería a su hija:

lunes, 9 de marzo de 2026

Diario II de José María Souvirón

Por fin he podido leer la continuación de los Diarios de José María Souvirón, después de la enorme impresión que me había dejado el Diario I.

La edición de este Diario II es excelente: el texto es pulcro, no hay erratas, no hay notas que molesten; todo facilita la lectura. Mi más calurosa enhorabuena a Javier La Beira y Daniel Ramos López. ¡Y todavía me quedan tres volúmenes por disfrutar!

Aunque quizá "disfrutar" no sea la palabra exacta. Es una disfrute la lectura por la tersura, elegancia, precisión de la prosa en la que Souvirón va documentando, reflejando, considerando su vida. Más que "disfrutar" lo que vives es la cercanía de otra vida, ofrecida con verdad. Es doloroso muchas veces, y le llena a uno de compasión, leer los muchos momentos de soledad que padece el autor, la descripción de sus serios problemas de salud, la fuerte sensación de separación respecto a su familia en Chile, sobre todo de su hija, que se convierte en madre a su vez en ese periodo concreto: en estos tres cuadernos se abarca el periodo entre 1958 y 1960, cuando tenía entre 54 y 56 años. La separación definitiva de su esposa se hace todavía más definitiva en el viaje a Chile que está en el medio de este libro. Su amor por su hija es central para él, pero su vida está en España, donde tiene un trabajo en el Instituto de Cultura Hispánica y donde puede desarrollar su labor literaria, aunque quejándose del poco eco de su obra, sobre todo de su poesía, en los círculos culturales.

Lo que más me ha impresionado ha sido el análisis detallado, quirúrgico, de su intimidad, en concreto respecto a su deseo de amar y ser amado, de su necesidad de compañía, que él percibe a la vez como imposible por su situación de casado, aunque definitivamente separado de su mujer. Se muestra como un hombre que, si no fuera por lo que le dicta su conciencia, habría tenido muchos amores, o quizá un gran amor, que es lo que anhela, pero al que sabe que no debe aspirar, por la certeza tanto de fe como de prudencia humana: no sería feliz al final y no es lo que debe hacer. A la vez, tontea con mujeres, se da cuenta de que no está bien hacerlo, se confiesa, vuelve a empezar. Es titánico su esfuerzo por comportarse de acuerdo con la doctrina católica, con consecuencias tan gravosas desde una perspectiva de tejas abajo.

Esto es un autorretrato interesante:

Ayer hablaba con Pepe Coronel sobre mi soledad, mi soberbia, mis angustias, y le recordé (inoportuna, impropiamente) aquella frase de Bloy: «Me avergonzaría de tratar a un perro como Dios me trata a mí». (Lo que no deja de ser una animalada ingratísima). Pepe me dijo que en Bloy había algo de perro, de gran miseria perruna, mezclada con una grandeza profética y una Fe descomunal. Pero que yo no tenía nada de perro; más bien de gato, o de caballo de carrera. Hoy estoy hecho un gato intelectual, sin duda (207).

Sus grandes amigos son ya aquí Luis Rosales y Leopoldo Panero. A diferencia del primer volumen, este es mucho más de recuento interior que de crónica social o cultural o política, aunque sigue habiendo un trasfondo tremendamente interesante, o al menos a mí me lo parece (en una ocasión en un almuerzo están también Bergamín y Ramón Gaya). Luego yo recordé que la familia de Leopoldo Panero, que aquí aparece como modélica, fue la que luego protagonizó El desencanto, y caigo en la cuenta de que he quedado atrapado en el punto de vista de Souvirón, que quizá no fue capaz de caer en la cuenta de la trastienda de aquella familia, por ejemplo.

Hay algún puntito de humor, como cuando describe a Julián Marías como un "marista palentino" (151): la pinta la clava.

He encontrado otra reseña, de Javier Gallego, que aporta puntos de vista y datos complementarios a los míos.

Aquí una hoja de los Diarios manuscritos, que tomo de la noticia de la edición de este volumen por parte de la Diputación de Málaga:

viernes, 6 de marzo de 2026

Conversaciones sobre Machado

En su Diario II (161-162) recoge José María Souvirón impresiones no literales de una tarde de conversación con Luis Rosales, Leopoldo Panero, José Bergamín y José Escassi. Hablaron sobre los Machado. 

De lo que dijo Bergamín destaca: el "tremendo jacobinismo (honrado pero intenso)" de Antonio Machado y "su sentido romántico, decimonónico, de la Revolución". 

En la conversación entre todos se comenta el anticatolicismo de Antonio Machado y que era "un cristiano ... hasta el Calvario": Cruz, no. También hablaron de su gran honradez "turbada solo (si acaso) por su «institucionismo»" (a la ILE la definen como hipócrita y sectaria). Critican su poesía de la época de la guerra: se le había acabado la inspiración en Baeza y la guerra no contribuyó a despertarla. Están de acuerdo en reivindicar a Manuel Machado, que "era también un gran poeta".

Acaban hablando de la generación del 27, criticando que no había amistad realmente entre ellos. Cuenta que hacen una "especie de suertes virgilianas" con Maremagnum, un libro de Jorge Guillén: "abrimos el libro al azar, barajando, y leemos sucesivamente, en alta voz. Nos tronchamos de risa con esta poesía".

En medio, José María Souvirón. A los lados Leopoldo Panero y Luis Rosales. Están saludando a Azorín.

martes, 3 de marzo de 2026

Souvirón y la posteridad

En el segundo volumen de su Diario se pregunta José María Souvirón qué quedaría de su obra, después de una gestión fallida con una obra de teatro que quería que se representara:

Nieva y estoy ligeramente triste. Parece que mi comedia no la quiere hacer nadie. Veo que estoy bastante olvidado. Salen antologías, estudios sobre poetas, y me saltan con una mudez decidida. Pienso si esto obedece a mis años de ausencia (ya recobrados) o si tiene «otro motivo». ¿Cuál puede ser? ¿Que mi poesía carece de importancia? ¿Que es una poesía que no cae bien ahora? ¿Que aún no ha llegado mi momento? Acaso sea un poco tarde para que llegue ese momento. No importa. Lo que sea, sonará, si vale la pena. Y si no la vale, ¡qué puedo hacerle yo! Por otra parte, se me ocurre que dentro de unos años mi obra va a ser más grande que la de muchos que hoy están en candelero. Tengo que seguir haciendo, cada día, lo mejor que mi conciencia me señale, y nada más. En mi vida, en mi obra, en mis trabajos. Ya veremos (Lunes, 2 de febrero de 1959, en Diario II, p. 148).

No sabía él que 67 años después estaríamos leyendo su Diario con admiración. Al menos la mía la tiene, por lo que he leído hasta ahora. Las reseñas de su Diario han sido muchas y enormemente elogiosas.

En esta foto está con Ava Gardner.

lunes, 2 de marzo de 2026

Sigo con Souvirón

Tengo ya el segundo tomo del Diario de José María Souvirón, que tanto me impresionó en el primer volumen. Lo estoy disfrutando una barbaridad: es el tono, la manera de hablar de sí mismo, la confidencia serena. 

Me he llevado una alegría en una entrada de 1959, cuando cuenta que está leyendo a Rimbaud, que fue un autor que con su obra en principio blasfema curiosamente contribuyó a la conversión de Claudel. Y dice:

Por lo demás, ¿qué tiene de raro? Cuando yo me convertía, me puse a leer algunos libros «devotos». Me aburrieron.  Incluso algunos famosos y «venerables»- Hasta que un día me cayó en las manos (mejor dicho, me dio Jaime Eyzaguirre) unas páginas escogidas de León Bloy. Al día siguiente me fui a comulgar (Diario II, Málaga, 2019, p. 143, del Domingo 18 de enero de 1959).

Qué alegría me ha dado encontrarme a Bloy justo ahí.

miércoles, 10 de diciembre de 2025

Diario I de José María Souvirón

Había leído en 2019, cuando salió el primer volumen del Diario de José María Souvirón, la crítica de José Luis García Martín, donde hace una lista de todo lo que le parece desviado de su ortodoxia, aunque reconociendo el valor del diario, a pesar de todo, que me recuerda a los informes de la censura franquista y lo mismo hacen Juan Bonilla y José Manuel Benítez Ariza: en sus críticas hay primero una lista de desviaciones del buen orden y una absolución final. 

Hace menos leí la reseña de Enrique García-Máiquez, estupenda. Volvió a salir el nombre de Souvirón, aunque de pasada, en el Congreso que hicieron hace unas semanas sobre la feracidad del páramo en los años del primer franquismo. Así que me animé a leerlo.

Me ha impresionado mucho este primer volumen. Logra algo que es fundamental en un diario: un tono, una voz que se oye hablar y es verdadera. Lo que dice tiene el aire de ser verdad: yo no soy notario y no puedo certificarlo, pero creo que se nota esa sensación en algunos diarios, muy especialmente en este.

Souvirón escribe pensando en que sus anotaciones se pueden acabar publicando, pero después de su muerte, lo que le permite un tono de confesión que resuena con hondura. Vemos al hombre en un autorretrato descarnado: es un católico practicante, está separado y es consciente de que en conciencia no se puede volver a casar. Su mujer y sus hijos están en Chile: con ella no va a volver, con ellos no puede estar. Vive en un Colegio Mayor, solo, en una soledad que apena, aunque alterna con los mejores del grupo que podríamos llamar de la Falange: Luis Rosales y Leopoldo Panero sobre todo. Entre sus conocidos están Luis Felipe Vivanco, Pedro Laín Entralgo, Dámaso Alonso. Él está bien instalado en el mundo literario y sin grandes problemas con la realidad política circundante. Pero en lo hondo está su testimonio vital, un ser humano que cuenta sus ilusiones, sus motivos para vivir, sus fobias (me dio pena que una de ellas fuera el Opus Dei, que me parece que él ve como grupo enfrentado, con varios de los tópicos que se habían solidificado en los cuarenta: la ambición de poder, la hipocresía sobre el dinero. Me imagino que él identifica el Opus Dei con Calvo Serer y su grupo tradicionalista monárquico, estudiado muy bien en un libro de Onésimo Díaz y más recientemente en un artículo que está en línea y que da el trasfondo completo a estos diarios de Souvirón: la polémica entre grupos del régimen, que era cultural, era religiosa y era política).