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lunes, 14 de septiembre de 2026

Una nueva forma de contemplación: viajar por el archipiélago de Estocolmo

Ya hace 14 años fui en barco a Sandhamn, una isla en el borde del mar abierto, creo que a tres horas de Estocolmo. Esta vez no salimos tanto, llegamos a la islita de Grinda, a dos horas y media en un barco que en parte era del transporte público, con lo que nos valía la tarjeta mensual de transportes, y la otra parte nos lo acabaron perdonando a la ida porque éramos muchos y sufría la sacrosanta puntualidad y a la vuelta me cobraron, sin preguntarme, por querer pagar yo a uno mayor que venía conmigo, como jubilado también (me ha pasado ya más veces). En resumen, cinco euros por cinco horas de barco maravillosas.

A la ida íbamos hablando de pie, mirando el paisaje maravilloso. Yo hacía fotos, esperando el milagro de que salieran a la altura de mis expectativas: las casas en sitios inaccesibles por tierra, los transbordadores, el color metálico del mar o azul con brillos del sol, los embarcaderos, los árboles grandiosos, frondosos, sólidos.

Al llegar, anduvimos por la isla, que casi nos recorrimos entera en media hora, comimos, descansamos, alguno se bañó y nos volvimos. Buena parte del viaje de vuelta la hice sentado arriba, en un lado, viendo pasar el paisaje, los ferris a Finlandia, los barcos de recreo, los transbordadores, las islas mil que hay allí. No me hubiera importado que el viaje hubiese durado el doble. Yo pensaba que no hacía falta buscar más allá: para la calma contemplativa, ver pasar desde el barco el paisaje prodigioso.

Al salir, la línea de edificios de Estocolmo al fondo:


En este sitio de la isla de Grinda comimos:

La isla, al irnos:

Hay muchos sitios así, con casas, árboles y embarcaderos:


Casi al llegar de vuelta, el parque de atracciones de Tivoli:

viernes, 11 de septiembre de 2026

El Museo Nacional (de vuelta y 2)

En 14 años la museología ha cambiado mucho y creo que no para bien. Lo más llamativo es poner cuadros encima de otros o encima de las puertas: tienen dos de Goya grandes y los han puesto a tres metros de altura, sobre dos grandes puertas: no ves ni casi cuál es el tema. Lo mismo pasa con un retrato de Antonio Moro que me había gustado la otra vez, o el único Greco que tienen: no lucen nada, habría que verlos con binoculares. 

Por lo demás, el Museo tiene una colección floja, en la que solamente destacan algunas obras. Quieren dar protagonismo a algunos suecos, pero es que son muy normalitos. Hay mucho francés rococó (ya, no mi época favorita del arte). A veces parece como que va a haber destellos murando algunas obras concretas, pero no.

Por resumir: algo de Cranach, un retrato de Frans Hals, un san Jerónimo de Georges de la Tour, un Bellini, varios Rembrandt y ahí podríamos parar. Tampoco en las artes decorativas destaca: todo lo he visto, y mucho mejor, en otros sitios.

El san Jerónimo de Georges de la Tour:



Un paisajito de Claudio de Lorena:

Este retrato de Frans Hals:



Rembrandt, la criada

Este es el sueco, Alexander Roslin, la mujer del velo (que es su mujer):

jueves, 10 de septiembre de 2026

El Museo Nacional (de vuelta I)

Volvía, catorce años después. Fui la tarde que era gratis y me metí por la primera planta, donde está la sección de diseño: empezaba, muy propiamente, por los aires franceses instaurados por la monarquía sueca que comenzó en un general francés de Napoleón, Bernardotte. No hice casi fotos, algunas de objetos de cerámica, algún cuadro, poca cosa.



Esto me recordó a mi madre, cuando leía el periódico a la hora del desayuno, cuando éramos pequeños, al marcharnos a la escuela:

Tema muy sueco:


Dibujos de Carl Larsson:

miércoles, 9 de septiembre de 2026

El edificio de la Seguridad Social de Lewerentz y tumbas

Busqué en Google Maps "edificio de la Seguridad Social" esperando encontrar el de Lewerentz y como era un nombre muy largo me contenté con la primera dirección que salió: resultó ser una oficina al lado de la Biblioteca de Asplund, que pudimos contemplar así de nuevo, desde otro lado, tras al visita del día anterior. Por suerte, el edificio que en realidad buscábamos no estaba tan lejos de allí.

Unos empleados que entraban nos dejaron ver el patio, ovalado y lleno de ventanas, muy chulo. Ahora es el momento en que entréis en este enlace, para ver todas las fotos del edificio y ese patio también.

Yo pongo solo algunas fotos mías: el exterior eran unas fachadas en ángulo recto sin concesiones a nada:

Algunos pensaréis: ¡qué horror! La verdad es que es un edificio en su mismidad ensimismada. En esta foto se ve una cornisa arriba, que le da un poquito de aire:

Al salir, un señor con tacatá nos preguntó que si nos interesaba la arquitectura. Resultó ser un profesor jubilado de esa materia en Bergen. Muy amable. Nos contó que en la iglesia de al lado había estado enterrado nada más y nada menos que Descartes, hasta que los franceses se lo llevaron. 
En el breve paseo por el cementerio, nos encontramos la tumba de Olof Palme, una piedra con su firma, en la lápida su nombre y el de su mujer y las fechas y un arbolito:


En la iglesia estaba un monumento de recuerdo de Descartes:

Otro día estuve viendo otras tumbas del cementerio en torno a la iglesia, por ejemplo esta que pone debajo en inglés que "no hay amor sin una canción":


Este pajarito me llamó la atención

"Hizo campaña por la paz, un mundo mejor y los derechos humanos":

viernes, 4 de septiembre de 2026

Fui a ver el Vasa

Hace 14 años no visité el Museo Vasa, aunque iba todo el mundo: pensaba que a mí no me iba a interesar. Esta vez me insistieron y al grito de oportunidad única fui: por 24 euros comprobé que no, que no me interesaba en realidad, o tanto como para estar una hora: cinco minutos quizá sí.

El Vasa fue un barco fastuoso que botaron en 1628: recorrió unos cientos de metros y empezó a oscilar y se metió agua por unas "ventanas" y el barco capotó y se hundió. 350 años después lo sacaron del fondo, en muy buen estado, eso sí. 
Han hecho un Museo en torno a él, para que puedas verlo desde varias alturas, pero sin tocarlo ni entrar, por razones de conservación. En buena parte, el Museo es un autohomenaje de los restauradores a sí mismos. 
El barco está bien, no digo que no. Pero es que a mí los barcos no me interesan mucho, la verdad, incluso uno tan barroco y tan fastuoso como este. Bueno, por lo menos puedo contarlo aquí y poner alguna foto:

De la popa, el lado noble:

El Escudo de Suecia:

La parte de debajo:

Y aquí todo a lo largo. Es un barco grandísimo:

El espolón de proa, si es eso lo que creo que es un espolón de proa:

Por troneras como estas se metió el agua, Los agujeros circulares eran para cañones:

Una barca salvavidas. Se ahogaron 30 de los 450 que iban:

jueves, 3 de septiembre de 2026

Un paseo a Bellevue

Metiéndome por calles laterales llegué pronto al final por arriba del barrio de Östermalm, donde viví esos días. Justo ahí había una entrada al gran parque que recorre Estocolmo, desde el mar hasta arriba. Era una esquina llamada Bellevue, bonita, con árboles que me impresionaban, de tan cuidados y armoniosos, quizá hasta centenarios. Por allí había un lago o podía ser el mar, con embarcaderos. Transpiraba todo de una gran serenidad: puede que dentro de casa los suecos se tiren los trastos a la cabeza, pero los parques como ese son un atisbo de un cielo pleno de armonía. 

En medio estaba el taller de Carl Eldh, un escultor. Yo vi que justo al pasar lo abrían para visitas e, ingenuo de mí, pensé que sería gratis: qué va, 14 euros por ver una casita con su lugar de trabajo y unas copias en yeso. No sé si lo pagaría por el taller de Rodin (por el de Donatello sí), pero el del pobre Eldh ahí se quedó, en las uñas de mi roñosería, no visto por mis ojos, que se comerá la tierra.

Pero mirad los espacios de por allí:



A la vuelta me fijé en las vistas de Estocolmo desde uno de esos mogotes que hay desperdigados por esa llanura que es casi toda la ciudad de Estocolmo. Aquí había un depósito de agua con forma de castillo y desde el se veía el rascacielos de Koolhaas, del que ya hablaré:

miércoles, 2 de septiembre de 2026

La Biblioteca de Asplund en obras

Casi lo primero que hice en Estocolmo fue ir a volver a ver la biblioteca que hizo Gunnar Asplund en 1928: ahora está en obras y la reabrirán en su centenario: coincide con otros centenarios que yo me sé.

La recordaba, pero en mi recuerdo era más pequeña, más de juguete. Ahora me pareció más rotunda, más imposante, si me permitís que lo diga en francés. Es un cuadrado y un cilindro, aquí vistos por un lado:

Entre medias del cuadrado corría un friso que yo creí la primera vez que era jeroglíficos egipcios y no, que eran imágenes modernas con aspecto de egipcias, pero de todo tipo:



La pena era no poder entrar y meterse hasta el centro del círculo cubierto de libros, subiendo por la rampa, como si fuera una mastaba. Estaba todo tapado. De malísimo gusto eran las citas literarias que habían puesto, de Han Kang, Paulo Coelho, motivos vivientes para que dudes de la necesidad de que haya bibliotecas:

martes, 1 de septiembre de 2026

Impresiones generales de Estocolmo

Había estado hacía catorce años: guardaba un gran recuerdo. Estas tres semanas que estuve ahora me supieron a poco. Yo creo que me visualizo bien pasando los veranos en Estocolmo (y quizá también en Oslo, Copenhague o Helsinki, en ciudades grandes de ritmo reposado veraniego y temperaturas suaves).

Por destacar algunos rasgos: 

Los lloros de los niños. Las risas de los niños. Familias con dos o tres o cuatro niños.

Extrema eficiencia. Gran puntualidad. Los peatones cruzaban en rojo si no había coches. La vida fluía. 

Todo lo que se puede pagar, lo pagas. Todo se puede pagar con tarjeta y todo el mundo paga todo con tarjetas o con un sistema, Swish, similar, creo, a Bizum.

Yo no vi casi librerías. Solo una, de libros extranjeros, en toda la ciudad. También varias de segunda mano.

Parece que todo el mundo sabe inglés y lo pronuncian con gran perfección.

En los contenedores de reciclar hay uno para periódicos y otro para otros tipos de papel.

A mí Estocolmo me parece una ciudad noble y solemne. Tiene edificios sólidos y respetables. En algunos casos tiran a transformarse en un estilo nacional: parten del gótico o el barroco para terminar en unas formas primitivistas, pero sin frivolidades ni barbarismos.

Las iglesias son casi todas del XVIII. En las de la Iglesia de Suecia tienen cafés. También hacen yoga y organizan paseos. Había algunos conciertos de música. Me dio la impresión de que estaban bastante perdidos. Muy buena gente. Todo políticamente correcto, con las banderas que toquen en cada momento. Parece que hay mayoría de pastoras, cosa que no me extraña en absoluto. 

Este es el café de una iglesia:

viernes, 14 de diciembre de 2012

Se acabó Estocolmo

Cuatro meses dando la brasa aquí con Estocolmo. Liquido el tema con algunas fotos que no quiero dejar de poner:

1. Un día de especial luminosidad en el centro de la ciudad (a la izquierda el Museo Nacional, ese al que le dediqué 17 días en este blog):


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2. Santa Eugenia, una de las dos iglesias católicas. Mucha gente rezando, de todos los colores. En una pared había imágenes de John Henry Newman, Bernadette Soubirous, Rupert Mayer S. I., Teresa del Niño Jesús, Edith Stein y Alberto Hurtado S. I. Se estaba muy bien en este lateral donde la gente iba poniendo lamparillas a esa Virgen nórdica:

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3. En el Museo Histórico, varias imágenes medievales de Santiago peregrino:






Y san Oscar y san Olav, pisando enemigos (no solo Santiago pisa gente):

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4. El edificio del Aftonbladet:

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5. La otra iglesia católica de Estocolmo: la Catedral, estaba al sur. Cantaba tan bien una chica allí, el órgano sonaba tan bien, toda la liturgia estaba tan cuidada, la gente estaba tan atenta, que te olvidabas del horror del edificio, ampliación de una iglesita neogótica del XIX hecha por la reina Eugenia:

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6. Y al salir, en una plaza, unos entusiastas de los bailes sincronizados:

Los tres tíos que están de espaldas creo que se estaban echando unas risas. Creo que eran españoles. Hice un vídeo:



Adiós, Estocolmo: maravillosa ciudad. Mucho me quedó por ver: ojalá pudiera volver.