martes, 3 de junio de 2025
Los lobos del bosque de la eternidad
jueves, 8 de mayo de 2025
La estrella de la mañana de Karl Ove Knausgård
Hace un año disfruté una barbaridad de Mi lucha, los Diarios de Karl Ove Knausgård (Uno, dos, tres, cuatro, cinco y seis y luego el Cuarteto de las estaciones, cuatro libros complementarios). Más de 4000 páginas que me leí como con prisa, porque contaba muy bien lo que decía, de modo muy crudo a veces, pero siempre interesante.
Sabía que había una novela de casi ochocientas páginas, pero me daba miedo que me decepcionara. Ahora la he leído y no, no me ha decepcionado, me va a dar qué pensar. Además, hay montones de relaciones con lo que cuenta de su vida en los Diarios: parece una trasposición ficcional de muchas cosas personales, repartidas entre varios personajes y también en la gama de cuestiones que trata.
La estrella de la mañana describe la vida de una serie de personas en torno a Bergen, en un verano muy caluroso en el que ha aparecido una estrella muy grande en el cielo.
Parece que lo que pretende en esta novela es ver si se puede salir de este mundo encerrado en una racionalidad cartesiana, donde parecería que no cabe la apertura a algo trascendente. Está el tema de la muerte (con unas páginas ensayísticas sobre ello casi al final, en boca de uno de los personajes, que podría ser el propio autor), de la existencia de fenómenos no racionales (apariciones de muertos, animales actuando de forma extraña), de la religión como posibilidad (comenta muchos textos bíblicos, hasta recoge el Credo entero, el título juega con la ambigüedad de Lucifer, el término latino para la estrella de la mañana que puede ser Cristo o Satanás). Un tema central es el viaje al mundo de los muertos: hay una catábasis muy curiosa, entre clásica y germánica.
La de Knausgård es una línea contemporánea en la que encuentro paralelos con Vodolazkin y Fosse, de forzar los límites del realismo estrecho.
Ahora me lanzaré a por la segunda novela (de una serie de cinco), que acaba de salir, Los lobos del bosque de la eternidad.
martes, 8 de octubre de 2024
Cuarteto de las estaciones de Karl Ove Knausgård
Acabada Mi lucha, miré por si había algo más, como si buscara metadona, y estaba el Cuarteto de las estaciones, cuatro libros posteriores de Karl Ove Knausgård escritos para su cuarta hija, que estaba a punto de nacer. Me he leído, demasiado rápido otra vez, los cuatro. Ha sido como tomarse unas tapas, volúmenes que pasan poco de las doscientas páginas.
Es como un menú degustación, porque se centra en lo puntual, en objetos descritos de cerca, realidades en que se fija, sobre todo en los dos primeros volúmenes, en capítulos breves, de dos o tres páginas, con ilustraciones en medio. El tercer volumen, En primavera, es un diario propiamente dicho, que era lo que yo estaba deseando leer, la continuación de sus otros diarios. El último volumen, En verano, tiene partes de pequeñas descripciones muy logradas, donde también se mete la faceta personal y diarística, y secciones de diarios en las que se entremete la ficción: quizá son demasiado meticulosos, pero fue interesante leerlos también.
Me han gustado mucho, ya se ve que tengo debilidad por Knausgård. Yo si pudiera, le diría que publicase diarios cada tres meses. Me impresiona la capacidad que tiene para mirar, para describir con sencillez lo complejo, para hablar de la realidad del mundo y de la vida humana desde su punto de vista. Teniendo muchas cosas que veo de modo diferente, me gusta mucho cómo escribe y su manera de mirar las cosas y el mundo en general.
Y como no me gusta la portada en español del primer volumen, En otoño, mejor en la lengua original:
Y luego otra portada de la edición española, con ilustraciones de obras de Anselm Kiefer:jueves, 27 de junio de 2024
Buscar sentido
De Fin, esto que dice Karl Ove Knausgård:
¿Qué buscaba entonces en el fondo?
Sentido. Así de sencillo. En el día a día me sentía lleno de una especie de tedio completamente soportable, nunca amenazador o destructivo, más bien una sombra que se posaba sobre la vida, cuya última consecuencia era una especie de añoranza pasiva de la muerte, que a bordo de un avión, por ejemplo, de repente fuera capaz de pensar que no tenía nada en contra de que se cayera, aunque jamás se me hubiera ocurrido soñar con hacer algo para extinguirme a mi mismo. Dentro de ese tedio podía estallar de pronto algo de sentido. Era como si me encontrara fuera de algo radicalmente lleno de sentido, dentro de lo que de repente estaba incluido, y luego vuelto a expulsar. Como si el sentido estuviera allí todo el tiempo y fuéramos yo y mi modo de ver las cosas lo que me mantenía fuera de él. ¿Era así? ¿Había algo ahí fuera, algo objetivamente verdadero y real, una constancia de la vida y de lo vivo que siempre estaba ahí, pero a lo que yo rara vez, por no decir nunca, tenía acceso? ¿O sólo era algo que había dentro de mí?
Podría haberme arrodillado, juntado las manos y dirigido a Dios, Nuestro Señor, vibrantes plegarias y lamentos, pero vivía en la época equivocada, porque cuando levantaba la vista hacia el cielo no veía más que un enorme espacio vacío. Y cuando miraba a mi alrededor veía una sociedad decidida a adormecernos, a hacernos pensar en otra cosa, a entretenernos. Lo cómodo y lo agradable, lo suave y lo cálido, eso era lo que queríamos, y eso era lo que recibíamos. El único espacio que quedaba entonces, donde todavía se podía encontrar fundamento en la vida, era el arte. En el arte yo sólo buscaba eso, es decir, plenitud vital. Belleza y plenitud vital. Lo encontraba de vez en cuando y se apoderaba totalmente de mí, pero no conducía a nada, tal vez no fueran más que descargas de un alma exaltada, pequeños rayos en la oscuridad de la mente (557).
miércoles, 26 de junio de 2024
Knausgård sobre sentirse forastero
Sigo dándole vueltas a por qué me ha dado tan fuerte con Knausgård. Es casi contemporáneo mío, hay algún detalle en el que coincidimos, pero más bien somos opuestos, aunque no en todo. Aquí quería recoger algunas sintonías.
En Fin, el sexto volumen de sus diarios, dice esto sobre su infancia y juventud, que me resulta en algún aspecto cercano:
Yo nunca me he sentido parte de un nosotros; siempre, desde que era pequeño, me he sentido marginado. No es que me creyera mejor y por eso me sintiera marginado, nada de eso, siempre ha sido al revés: no me he sentido lo bastante bueno como para formar parte de un nosotros, no me lo merecía. Tampoco siento ninguna pertenencia a un lugar determinado; en Tromøya, donde me crié, éramos forasteros, no tenía y no tengo ningún derecho a decir que soy de allí. El sentimiento de ser forastero me llegó con más fuerza en el instituto, todos vieron que yo no era lo suficientemente bueno, y ese sentimiento reforzó la sensación de forastero, yo era un extraño. Ay, me colmaba de felicidad cuando hacía algo con otros, por ejemplo, ese coche que compartíamos para las celebraciones del fin del bachillerato, a la vez que sabía que en realidad no estaba con ellos, sólo conmigo mismo. Siempre he tenido un solo amigo, nunca varios a la vez, nunca un nosotros. Cuando empecé en la universidad me acostumbré a ello, dejé de esperar otra cosa, me pegaba siempre a mi hermano, tocaba en su banda, sabía que por eso me dejaban estar con ellos. Me salvó el papel de escritor, porque ya era legítimo estar solo, yo era algo propio, un artista (708).Hay un volumen, La isla de la infancia, sobre cuando vivían en Tromøya, de muy niños y luego de casi adolescentes. De ahí me apunté detalles que me lo hacían cercano, como el hecho de poner la cartera el primero de la fila al entrar en clase, algo que yo hice en 4º de Primaria, aterrorizado de pensar que podría llegar tarde a clase con doña Tomasa, a la que tenía un miedo atroz. También habla de que la cartera tenía espacios para cosas pequeñas y yo me acordé de eso; mira que no soy muy de importarme mucho cómo son las cosas, pero me acuerdo de esos espacios en la parte de delante de la cartera. Cuanta también que rondaban un basurero, donde encontraban cosas que mejor no deberían haber visto. Les daban leche en la escuela, algo que también hacían con nosotros.
martes, 25 de junio de 2024
Fin de Karl Ove Knausgård
Me he quedado como viudo al terminar el sexto y último volumen de Mi lucha, la obra gigantesca en páginas (4000) y en ambición: contar una vida, la propia vida, hasta el detalle, incluso mostrando a familiares y gente cercana en situaciones negativas, con todo lo que eso supone, sin parase en barras.
Mientras ponía aquí mi reseña del volumen quinto estaba ya enfrascado en este sexto y último, Fin, nada menos que mil páginas. La primera parte se centraba en la actualidad, el autor a punto de publicar los volúmenes de estos diarios, pero con un grave problema con el que se tiene que enfrentar, el rechazo de su tío paterno Gunnar, que quiere que se detenga el proceso de edición, porque le parece que en estos diarios maltrata a su padre y abuela. Las trescientas cincuenta páginas iniciales son tres días en Malmö, en casa con los tres niños y la visita de Geir, el amigo tan cercano y tan sincero con él. Karl Ove está nervioso y Geir le da ánimos.
Acabada esa primera parte se inicia una sección del libro sorprendente, titulada El nombre y el número, que comienza con un comentario literario de un poema de Paul Celan, Stretta, dificilísimo pero al final, dentro de la dificultad de la explicación, impresionante, en lo que pude entrever, que en mi caso no fue mucho. De la facilidad de lectura de los diarios hasta ese momento pasamos en esta sección a otra cosa, una larga sección teórica de 400 páginas sobre la cuestión del nombre primero, sobre que significa el lenguaje y su retórica, para pasar luego a hay un estudio detallado de Mi lucha de Hitler, con comentarios tremendamente interesantes. A la vez, van apareciendo Jünger, Mann, Heidegger, Cervantes, Nietzsche, Girard, algunos autores de obras sobre el nazismo que yo conocía (Kemplerer, Sebastian Haffner): se trata de ver la obra de Hitler y, creo, establecer un paralelo con la propia obra de Knausgård, que tenía ya desde el principio ese mismo título (pero fue una sugerencia de su amigo Geir). Es decir, que en estas 400 páginas quiere pararse, mirar el proyecto de contarnos su vida en las restantes 3600 páginas y explicarnos cómo en todo ello hay más que un mero relato de acontecimientos. Se trata de la sinceridad en el modo de contar una vida y lo que eso transparenta. En el caso de Hitler no considera que refleje desde el principio una maldad absoluta, previa, demoniaca, sino que va describiendo cómo Hitler se ve en su obra y cómo llega a la situación que terminará en la Segunda Guerra Mundial y a la aniquilación de los judíos. Es tremendo todo, muy impresionante, pero creo que no le sé hacer justicia. Al final, Knausgård no acaba de terminar de poder explicar ese extremo del mal que es la Shoah, pero nos muestra muy bien lo que es y supone.
Las últimas doscientas cincuenta páginas las leí con el miedo de que se me acabaran. Están escritas desde el presente de este último volumen, en 2011, con los otros cinco ya publicados y en medio de una tremenda repercusión mediática, con la que va tratando en esta última parte de la obra. Lo más doloroso es lo que ve como consecuencias para su familia más cercana de lo que ha hecho, una obra de gran audacia, de una sinceridad brutal, pero que por eso mismo afecta a las vidas de todos los implicados. Muy impresionante.
Yo ya estoy pensando en leerme los cuatro volúmenes de anexos que publicó. Ese consuelo me queda, además de pensar en releer todo en un tiempo no muy lejano.
jueves, 20 de junio de 2024
Tiene que llover de Karl Ove Knausgård
Es el volumen 5 de sus Diarios. Se titula Tiene que llover y no sé muy bien por qué. Un título alternativo podría ser Escritor por encima de todo o también La escritura como obsesión o Escribir por vivir. Quizá es por la gran cantidad de lluvia que cae en Bergen. Son los años desde que empezó en la Escuela de Escritura que llevaba entre otros Jon Fosse; empezó luego estudios de la titulación de Literatura, lo dejó, trabajó en psiquiátricos viendo situaciones terribles, luego estudió Historia del arte, se enamoró varias veces: Ingvild, Gunvor, Tonje, enamoramientos arrasadores y entusiasmo amoroso, luego cierto acostumbramiento, infidelidades favorecidas por borracheras catastróficas, abandono. Es tremendo el modo de vida que describe, el suyo en particular y el general del ambiente. Aquí vamos acercándonos a eso, si es que no estamos ya, que yo estoy en Babia seguramente: desde los 18 años independencia total, años de borracheras y relaciones casuales, vida desarreglada, y de fondo el Estado de Bienestar que provee.
Ahí cuenta el funeral de su padre, unas páginas muy emocionantes. Es claramente el tema central de su vida: su padre, su miedo a su padre, su dolor por su padre.
En este volumen especialmente la cuestión de las borracheras es crucial. Todo el mundo bebe, él bebe hasta perder el sentido, hasta hacer algunas cosas tremendas. Su padre muere a base de borracheras. Es todo tremendo.
Es sobre todo un estudio de escritura, de sus intentos de escribir algo que perdure. En algunos casos inserta páginas de esos intentos, que son casi lo opuesto al modo de escribir estos diarios: barroquismo, intelectualismo, pose, influencias demasiado evidentes. En cambio, estos Diarios son de una tersura increíble, fluyen con una naturalidad pasmosa. Se nota todavía más con el contraste de esos esbozos juveniles.
Supongo que es también una historia de la literatura noruega en un periodo concreto. Ahí está Jon Fosse, el reciente premio Nobel, pero también sus amigos, que van publicando novelas: Espen Stueland, Tore Renberg.
miércoles, 5 de junio de 2024
Bailando en la oscuridad, de Karl Ove Knausgård
El volumen 4 de los Diarios de Karl Ove Knausgård tiene, como los otros, un título excelente: lo encontramos con 18 años, bailando solo en su casa solitaria en el extremo del mundo, ahora que su madre ha vendido la casa y se ha ido sola a un apartamento, su hermano mayor se ha independizado y su padre, cada vez más alcohólico, también se ha ido con su nueva mujer de profesor al Norte.
Karl Ove esta solo, con dieciocho años, y aprovecha que los recién salidos de bachilleres pueden dar clase en primaria, algo que me cuesta comprender, pero que así era, al menos en esos extremos del mundo, para irse con todo lo que tiene, unos discos y poco más, a pasar un año en un pueblo en una isla en el extremo norte de Noruega. Luego da un salto temporal hacia atrás y cuenta de los 16 a los 18 años, en bachillerato, escribiendo críticas de discos y relacionándose de forma que cuesta mucho comprender aquí abajo con su familia: por ejemplo, sus abuelos paternos dicen en un momento que no vuelva por su casa porque le ha molestado a su abuela que le pidiera varias veces dinero para el autobús. La relación con su padre, clave en todos estos diarios, no puede ser más extraña: las relaciones familiares en Noruega, tal como aparecen aquí, son una pesadilla, entre la indiferencia más brutal y el odio solapado.
Ya desde los dieciséis años, pero sobre todo en la isla del norte, lo que preside su vida son unas borracheras épicas, en las que pierde la conciencia con mucha frecuencia, y el deseo de sexo. Al final, lo vemos más adelante, lo que le salva es una tremenda vocación de escritor: todo, en los mejores momentos de Karl Ove, se subordina a eso. En los peores es un pelele, una especie de monstruo que se horroriza en los momentos de lucidez de lo que hace en los de oscuridad. Pero es un escritor, y ya a esa edad, muy anclado en lo biográfico: su vida es una mierda y lo que nos cuenta es eso, con obscenidad en varios momentos y especialmente al concluir este volumen, lo que nos deja con un gusto amargo, a mí al menos.
Es un libro que se hace molesto por ese mostrarnos tan descaradamente impulsos sin control. Lo único que sirve de freno moral es una decencia básica, un mínimo que está muy bajo, al menos como lo describe: por lo que parece, en Noruega la gente está desnortada, echándose unos en brazos de otros en fiestas y todos emborrachándose como si no hubiera un mañana en una oscuridad de meses. Es desolador. Lo que da miedo es que estamos llegando allí.
lunes, 6 de mayo de 2024
La isla de la infancia, de Karl Ove Knausgård
La isla de la infancia es el tercer tomo de los diarios de Karl Ove Knausgård. Las trescientas primeras páginas son impresionantes: su diario empieza, y ya es suficientemente audaz, contando de cuando tenía solamente unos meses, pero buena parte de esas trescientas páginas es el relato minucioso de unos cuantos meses de cuando él tenía siete años. Me ha impresionado la descripción que hace del niño lleno de terrores que era él. Al acabarlas, se para a reflexionar sobre la tremenda figura de su padre, del que ya conocíamos por el volumen primero su muerte y sus últimos años alcohólicos: aquí es el hombre joven, profesor, persona respetable, pero que con sus hijos es un tirano, una figura terrorífica; su madre queda oculta, una figura mucho más positiva, aunque con cosas que a cualquier persona medianamente normal le parecen como mínimo estúpidas, como comprarle a su hijo de siete años un gorro de baño de señora o encargarse de comprar los cohetes de fin de año y traer solamente uno, que además no funciona. Qué familia. Por ejemplo:
-¡Venid a cenar! -gritó mi padre desde la cocina. Cuando llegamos, había un plato con tres rebanadas de pan y un vaso de leche en nuestros sitios. Queso de comino, queso de cabra y mermelada. Mis padres estaban sentados en el salón viendo la televisión. La calle estaba gris, y también lo estaban las ramas de los árboles de la cuneta, pero sobre los árboles al otro lado del estrecho, el cielo estaba azul y abierto, como si se levantara sobre un mundo distinto a ese en el que nosotros nos encontrábamos (102).
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Salimos deslizándonos de nuestros cuartos, sacamos silenciosamente las sillas de debajo de la mesa y nos sentamos cada uno en nuestro sitio, esperando hasta que mi padre hubiese echado en nuestros platos patatas, una chuleta, un montoncito de cebolla quemada y unas zanahorias hervidas. Empezamos a comer, con la espalda recta y totalmente inmóviles, excepto los brazos, la boca y la cabeza. Ninguno de los tres dijo una palabra durante toda la comida. Cuando nuestros platos quedaron vacíos, con excepción del hueso limpio y la piel de la patata, dimos las gracias por la comida y volvimos a nuestros cuartos. Mi padre hizo café en la cocina, lo supe por el sonido silbante que salía de allí. Unos instantes después bajó a su despacho, seguramente con una taza de café en la mano (134-5).
Las doscientas páginas restantes el narrador tiene doce años y todo pasa a ser cuestiones de flirteos y tontear y cosas peores. A mí me resultó más bien desagradable, retratando un mundo sin referencias, donde todo es exposición, sin pudor.
De aquella isla donde vivían, pegada a la costa, escapa al final del libro, cuando a su padre le contratan en otro sitio.
Yo estoy pasmado de la maestría narrativa del conjunto, la frialdad expositiva, tan eficaz, el retrato que hace de una vida noruega, tan extraña a nosotros, llena de silencios entre padres e hijos, con una relación tortuosa con la verdad, idolatrada pero a la vez gélida.
De todos modos, ha habido párrafos que me han llamado la atención por su lirismo, como este:
Sin pensar, habíamos empezado a bajar. El cielo estaba gris como cemento seco. Ni un soplo de aire rozaba los árboles, todos estaban quietos, rumiando, como metidos dentro de ellos mismos. Aunque no, los pinos no, ellos estaban tan abiertos, libres y mirando al cielo como siempre. Daban más la impresión de estar tomándose una pausa. Los abetos sí estaban dentro de ellos mismos, absortos por su propia oscuridad. Los árboles caducifolios, con sus troncos finos y sus ramas divergentes, eran miedosos y vigilantes. Los viejos robles, que crecían en una parte de la pendiente al otro lado de la calle, y hacia donde nos dirigíamos, no eran miedosos, sólo solitarios. Pero soportaban la soledad, llevaban allí muchos años y allí seguirían muchos más (202-3).
lunes, 22 de abril de 2024
Un hombre enamorado de Karl Ove Knausgård
martes, 16 de enero de 2024
Requisitoria al padre
Yo les tengo mucha simpatía a los noruegos desde que en un curso de griego moderno en Tesalónica, al acabar la carrera, compartí habitación con uno, pastor luterano con novia y una hija: la combinación más asombrosa para mí, joven numerario del Opus Dei que no había ni supuesto que algo así existiese. Era un chaval de mi edad, veintitantos, excelente persona, con muchas inquietudes religiosas y dando palos que a mí me parecían de ciego. Hablamos mucho aquellos días.











