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jueves, 18 de junio de 2020

Wittgenstein: sus ideales educativos

Tras la Primera Guerra Mundial, Wittgenstein se decide por ser maestro de escuela y hace el CAP de la época. Le destinan a un pueblo de montaña y luego a otro. La experiencia acaba siendo frustrante: parece que se fijaba con preferencia en los buenos alumnos. También le acusaron de malos tratos a alguno. Él quería mejorar "internamente" a los niños a base de matemáticas, los clásicos de la lengua alemana y la lectura de la Biblia. Dice Monk
Su objetivo no era arrancarles de la pobreza; tampoco veía la educación como un medio para prepararles para una vida mejor en la ciudad. En lugar de eso pretendía inculcar en ellos el valor del logro intelectual como un fin en sí mismo, al igual que, a la inversa, posteriormente inculcaría en sus estudiantes de Cambridge el valor inherente al trabajo manual (189).
A mí me pasma que algunos de sus mejores alumnos de Cambridge llegaran, por consejo de él, a trabajar en fábricas. Es, creo, la misma actitud de Simone Weil, profundamente equivocada en ambos casos, me parece, pero conmovedora (de alguna manera).
Lo que ahora no tengo en absoluto claro es el ideal ético de Wittgenstein: supongo que era ese Evangelio abreviado de Tolstoi que tanto le marcó. Claramente era un ideal ascético y antimoderno.

martes, 9 de junio de 2020

Wittgenstein e Inglaterra

Cuenta Monk que Wittgenstein llegó de joven a Manchester para hacer motores de aviones y en Inglaterra murió, muchos años después, pero no parece que le gustase mucho. Siempre que podía se iba, a Noruega, a Irlanda o incluso a Gales.
Es como Canetti, que acabó allí pero no paró de criticar a Inglaterra. Los dos son austriacos, no de Málaga, así es que no debe de ser que echasen de menos la Feria o una cervecita en la playa; deberían estar acostumbrados, pienso yo, a una cierta (o mucha) frialdad. El hecho es que a los dos su estancia en Inglaterra les salvó de una muerte muy probable a manos de los nazis, así que deberían estar al menos agradecidos, pero no se les nota mucho, la verdad.

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Me hizo gracia que Wittgenstein se cabrease al leer La rama dorada de Frazer, porque a mí me pasó lo mismo. A él básicamente le molestó que Frazer tratase la religiosidad de los hombres del pasado de modo condescendiente, porque a Frazer solamente le cabe en la cabeza una religiosidad pseudo-pagana:
Frazer es incapaz de imaginar un sacerdote que no sea básicamente un párroco inglés de nuestro tiempo, con toda su estupidez y debilidad...
Frazer es mucho más salvaje que la mayoría de los salvajes, pues estos salvajes no estarían tan lejos de comprender temas espirituales como lo está un inglés del siglo XX. Sus explicaciones de las costumbres son mucho más crudas que las propias costumbres (291).
Quizá esto es lo que le echase para atrás de Inglaterra. El problema es que nosotros estamos ahora por ahí, más o menos por donde estaba Frazer entonces.

jueves, 28 de mayo de 2020

Wittgenstein y lo confesional en la filosofía

Monk, a propósito de la cita de las Confesiones de san Agustín con la que abre las Investigaciones filosóficas Wittgenstein, explica que para este toda filosofía tiene que comenzar con una confesión, porque en ella es mucho más importante la voluntad que el intelecto:
la voluntad de resistir la tentación de malinterpretar, la voluntad de resistir la superficialidad. Lo que con frecuencia se interpone en el camino de la verdadera comprensión de los problemas no es la falta de inteligencia sino el propio orgullo.
Por eso, para Wittgenstein, el esfuerzo de reflexión (y también de escritura) filosófica ha de empezar desarmando el propio orgullo:
Mentirse a sí mismo acerca de sí mismo, engañarse acerca de cuáles son las verdaderas intenciones de la propia voluntad, es algo que ha de ejercer una influencia dañina en el [propio] estilo; pues el resultado será que no se podrá distinguir qué es verdadero en ese estilo y qué falso (339). 
Le mandé esto a Gregorio Luri, porque vi que estaba dándole vueltas a lo biográfico en la filosofía (por ejemplo en figuras como Foucault o Rousseau) y me contestó esto. Yo lo pongo aquí sin preguntarle:

¡Qué cuestión la de la voluntad de verdad! A mi modo de ver, sólo se entiende bien cuando se sitúa en su contexto natural, que es el de la virtud bíblica de la probidad. Fuera de allí, la voluntad de verdad, la voluntad de poder y el eros platónico se nos presentan -o yo intuyo que se nos presentan- como un intento de recuperar a Dios, buscando un fundamento en el que tener fe sin necesidad de creer que tenemos fe.

Yo estaré un poco pez en filosofía, pero qué amigos tan buenos tengo, que me van haciendo ver dónde están los problemas.

viernes, 22 de mayo de 2020

Wittgenstein sobre la señora Clement

De la biografía de Monk ya conté que Wittgenstein se alojó con los Clement en Swansea: estos son los del parchís. Al principio eran solamente vecinos y se hizo amigo de la señora, que le invitaba a comer:
-¿No es un ángel?, dijo de ella a su marido el domingo. 
-¿Lo es?, contestó Mr. Clement.
¡Maldita sea, hombre! ¡Naturalmente que lo es!, tronó Wittgenstein.  
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En esta línea, me llamó la atención que Wittgenstein se compraba todas las semanas una revista de relatos policiacos, tipo Chandler o Hammett. Estuvo a punto de escribir a Norbert Davis para felicitarle por una novela que le había gustado especialmente: Rendevouz with Fear. No lo hizo. Y aquí el plot twist: Davis murió al año siguiente en la pobreza, sin saber que era el escritor favorito de uno de los filósofos más importantes del siglo XX.

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Me resultó interesante su falta de sintonía con Shakespeare (513), porque me parece que la comparto. En cambio de Dickens se sabía casi de memoría el Cuento de Navidad.

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Todo esto lo veo yo como vías para no morirse, para librarse de la intensidad total que dominaba su vida: hasta sus amigos filósofos se agotaban cuando trataban algún tema filosófico con él. La mujer de G. E. Moore, cuando este estaba muy mal, le dejaba a Wittgenstein estar con él como máximo media hora. Esto no le gustaba nada: Moore «debería discutir tanto como deseara, y si se excitaba o cansaba y sufría una apoplejía ... bueno, sería una manera decente de morir: con las botas puestas» (432).
Cuando estuvo en Estados Unidos, un profesor de filosofía de Cornell, John Nelson, tuvo una conversación con él de dos horas: "las dos horas filosóficamente más agotadoras que he pasado en mi vida" (500).

Él llegó a decir, en una línea que me recuerda a Simone Weil, lo siguiente:
Deberías permitirte entrar en tu corazón. No deberías tener miedo de la locura. Quizá viene a ti como amiga y no como enemiga, y lo único malo será tu resistencia. Permite que la aflicción entre en tu corazón. No le cierres la puerta. Ahí fuera, ante la puerta, en la mente, da miedo, pero no el el corazón (483).

lunes, 11 de mayo de 2020

Wittgenstein y el parchís

Cuando leí el libro sobre la familia Wittgenstein, un amigo me habló de la biografía dedicada a Ludwig, el filósofo, de Ray Monk: la acabé el último día de hospital. Es un gran libro.
A Ludwig Wittgenstein he acabado por tenerle un gran aprecio, porque es un monstruo de la atención, casi una víctima de la filosofía, porque para él nunca fue cuestión de oficio: siempre quiso desligarse de lo académico; nada de hacer carrera. Acabó en Cambridge como sustituto de Bertrand Russell pero con la idea de solucionar algunos problemas que le parecía que dificultaban los prolegómenos a la filosofía (si es que lo he entendido bien), no por un deseo de "ser filósofo" o, menos todavía, "profesor de filosofía".
Me ha dado por pensar que el no que no fuera a un Gymnasium, el lugar tradicional de segunda enseñanza en la línea del estudio de los clásicos, sino a una Realschule, más orientada a lo científico (donde coincidió con Hitler, por cierto) es clave para entenderle: da la impresión de que es un filósofo que lo plantea todo como si fuese el primero en verlo, a diferencia de otros, que entran en cuestión con las grandes figuras del pasado como primera medida: con Platón o Aristóteles o los modernos, pero en una línea de Gran conversación.
De la filosofía de Wittgenstein sigo casi pez. Incluso soy incapaz de ver al conejo en el dibujo del pato-conejo. Me parecía como que iba a pillar la diferencia entre mostrar (zeigen) y decir (sagen), pero tampoco. Por no hablar de la fundamentación filosófica de las matemáticas, que es, en mi caso, como enseñarle a un cerdo ballet. Yo tenía un interés más biográfico.

Todo esto para decir que hace unos días me llevé una alegría que os podrá parecer tonta. Es lo siguiente, de cuando estaba en la costa de Gales, en Swansea, alojado con la familia Clement, que tenía dos hijas pequeñas, de once y nueve años:
En particular le gustaba jugar al parchís y al sube y baja con las chicas, tanto que, en una ocasión en que la partida de sube y baja -en la que Wittgenstein se hallaba particularmente absorto- duraba ya más de dos horas, las chicas tuvieron que rogarle que abandonaran el juego antes de acabarlo, a lo que Wittgenstein consintió contra su voluntad (425).
He encontrado la versión original y lo del Sube y baja es un juego que en inglés se llama Snakes and Ladders.