Estas semanas he estado viviendo en un lugar en principio desolador, un pabellón de enfermos de cáncer en Taskent, la capital de una república soviética, Uzbekistán, al poco de morir Stalin, pero me he sentido como a gusto allí, una sensación rara, porque me horrorizan los hospitales y más el mundo del cáncer, pero el autor lo hace todo tan cercano, tan cotidiano, en su horror, contando la vida de los enfermos, los médicos, los sanitarios, que te acabas encontrando allí como uno más, queriendo oír de ellos, del protagonista Kostoglótov, que claramente es un trasunto del autor (soldado en la segunda Guerra Mundial, preso en el Gulag luego, deportado permanentemente a continuación, con cáncer), de la médico Dantart, de Rusánov, hombre del régimen, que está inquieto porque percibe cambios en el establishment tras la muerte de Stalin y teme que liberen a algunos que él mandó con sus delaciones a prisión: es el estalinista, la figura instalada, que tiene un marco mental donde todo son enemigos de clase, sin preocupación en absoluto por las personas particulares, en favor de la marcha de la historia, que curiosamente coincide con lo que decidía Stalin.
Yo Pabellón de cáncer lo había leído lo menos hace 30 años. Ahí sí que tuvo mérito, porque entonces la mera palabra cáncer ya me creaba grandes temores. Entre medias pasé yo por uno y aquí estoy, no sin miedo, pero viéndolo de otra manera. El libro lo vi en una librería de viejo y decidí comprarlo y releerlo. Ha sido como una lectura nueva.
Hay "novelistas de pura cepa": uno es Solzhenitsyn. Basta que leas algo suyo para que se abra un mundo de personas vivas, de relaciones, de ambientes. Te instalas con el libro y vives esas vidas.
Me ha sorprendido la serenidad con la que actúan todos. Yo estaría, en su caso, en un estado de paroxismo o desesperación: aquí todo viene como toca, y a muchos les ha tocado una situación extremadamente difícil: guerra, purgas, hambre, dictadura. Por lo demás, todo parece normal, la gente vive con normalidad (o Solzhenitsyn lo cuenta así, en la medida en que puede) y no hay más perspectivas que el corto plazo. Tampoco nadie se queja, no se habla de que se aburran: alguno lee, los demás están allí, esperando lo que venga.
Al final está la esperanza, la personal de Kostoglótov, y la de los personajes en conjunto, en una época que, dentro de la dictadura soviética, fue de inicio de un deshielo. Es una esperanza pequeñita, eso sí,






