lunes, 18 de octubre de 2021

Hacia Madrid y en El Prado 4 - Poussin

Me subí al piso de arriba del Museo y me dio por meterme donde la pintura francesa. Yo he visto pintura francesa en Londres, pero casi es mejor la colección del Prado, que resulta que es de la colección real ya desde el XVII. Rodeos que hacemos.

No es que me vuelva loco Poussin, pero hice por verlo y me acabó gustando más de lo que me gustaba. El Paisaje con ruinas tenía un mundo construido con edificios clásicos (y tumbas etruscas) y unas nubes excelentes, con un cielo azul esplendoroso y un monte verde y terroso "muy bien". Los árboles son como un poco peores que los de Claudio de Lorena:

En la Caza de Meleagro había al fondo, junto a las nubes muy buenas, unas buenas esculturas clásicas. También buenos perros y buenas telas. Muy compleja la composición, como se ve:


Y aquí tenéis una muy buena explicación del episodio, en latín nada menos, pero que se entiende bastante. Y si no lo entendéis, al menos veréis muchos detalles del cuadro de cerca:

Del cuadro El Parnaso lo mejor eran unos angelitos muy bien logrados. Y mira que los putti son malos de pintar. La de cuadros que han estropeado: 

Y ahora mi opinión polémica: creo que me va gustando más que su casi contemporáneo Caravaggio.

jueves, 14 de octubre de 2021

Hacía Madrid y en El Prado 3

En la sala de pintura italiana del Quattrocento sí que disfruté. Ya conocía bien El tránsito de la Virgen de Mantegna, pero qué importa, siempre es una maravilla. Esta vez miraba además desde la ventana el paisaje que vi desde el palacio de Mantua donde se hizo el cuadro. Es una tontada, pero todo ayuda. Y el hecho de que es un paisaje maravilloso, maravillosamente pintado (en la web del Museo lo podéis ver muy en detalle):


Había varias obras de Antoniazzo Romano, que me gustaron: una Virgen con el Niño que, no sé cómo decirlo era elegantísima: era dulce, eran muy claras las líneas del dibujo, era elegante y solemne y me recordaba a lo que vi en Florencia. Muy bien, es un cuadro que robaría para quedármelo. También había un tríptico, pero con cinco tablas, muy bueno, con fondos de oro, gran delicadeza en las figuras, enorme serenidad. 


El cuadro más importante de la sala era la Anunciación de fra Angelico. Oí a varios hablar mientras estaba allí y era de llorar de pena, ese tonillo condescendiente: el Espíritu Santo les parece algo cómico, a esos extremos hemos llegado: al único pecado imperdonable.  

Yo no había caído en que es un cuadro para Fiesole, de donde era él y donde estuve yo. El cuadro está restaurado y no sé si chirría un poco de tan limpio, sobre todo el suelo, con vetas de mármol demasiado coloridas. El oro de lo rayos del Padre al Espíritu Santo brillaba muchísimo. También me fijé en que las columnas que pinta son demasiado finas, que el rosa era demasiado rosa. Pero bien. En un lado habían puesto la predela, con escenas de la vida de la Virgen. Me entró un estendalazo de nostalgia de tener un  estendalazo en Florencia. En una escena me pareció que representaba San Miniato al monte:

En otras escenas los cielos eran azules oscuros, muy oscuros, los prados, muy verdes. Había una especie de san Pietro in Montorio, pero abierto, avant la lettre. Qué bien.

Y estaba yo extrañado de no encontrar en la web del Museo imágenes de la predela y resulta que han puesto un vídeo de la restauración, donde se ven muy en detalle las escenas:

miércoles, 13 de octubre de 2021

Hacia Madrid y en El Prado 2

Desde la Biblioteca Nacional fui paseando hasta el Museo del Prado. Justo detrás, en el Arqueológico, había una exposición de muy buena pinta sobre arqueología en Rumania: los dacios, los escitas quizá, los tracios quizá. Pero en esta vida hay que elegir y yo tenía dos horas en Madrid y no estaba en El Prado desde hacía mucho.

Era una tarde luminosa, de un cielo muy azul. Era una delicia. Pero no me hizo tanta gracia hacer cola al sol. Había una chica, del tipo de guapa hispánica racial morena, con su novio, que parecía guiri: estaban como despistados, puestos de lado. Acabé adelantándome un metro porque me estaban hartando. Ahí la chica se picó, porque eso de que se le colase alguien no lo podía soportar: yo me puse a conversar con ella sin levantar la voz, pero con tonillo condescendiente. El novio guiri no decía nada. Luego, sacada mi entrada gratuita, les saludé y el novio guiri, un bendito, me saludó.  

Entré en el Prado por fin. Había que tomarse la temperatura para entrar: me fastidió. 35,8 tenía.

Me fui a ver la pintura española desde finales del XV al XVI. Ahora que sé un pelín más, tengo que decir que resulta bastante decepcionante. Hay mejor pintura en el último vídeo de Tangana (un poco cortos los del Cabildo de haber controlado mejor el proceso, todo hay que decirlo). 

Y como para contradecirme, justo hoy sacan en El Prado un vídeo sobre pintura gótica, donde se centran en la pintura del XV. El mejor, Pedro Berruguete:  

Respecto al XVI, la rotonda de abajo la tenían llena de Juan de Juanes, que blandea bastante. Solamente me gustó un retrato de caballero santiaguista, que era más vivo de lo normal, la cara al menos.

martes, 12 de octubre de 2021

Hacia Madrid y en el Prado 1

El señor del taxi que me llevó al Aeropuerto me contó que prefirió no trabajar de marzo a junio del 2020 y de octubre del 2020 a marzo del 2021. Me explicó que no quería arriesgarse y que tenía padres de 94 años los dos y que podía permitírselo. A él ya le gusta la mascarilla y no se la va a quitar. Yo estaba deseando contarle que yo había estado ingresado y hasta en la UCI, pero me aguanté, pensando en mi humildad, pero pensando a la vez en contarlo aquí. Él estaba en contra de menos medidas de seguridad. Acusaba a los chinos (no es el único, cada vez lo oigo más) de que lo habían hecho todo aposta. Decía que las autoridades no nos dicen la verdad y eso también veo que cada vez hay más gente que lo piensa. No me parece mal, porque esa obediencia ovejuna que teníamos no es sana; es mejor no fiarnos de la autoridad y ponerle los mayores balnces and checks que podamos. 

Yo llevaba más de dos años sin ir en avión y hasta me hacía ilusión. Se me quitó toda en el proceso de sacarme la tarjeta de embarque, en la que había además la oferta, que parecía medio obligatoria, de sacarse un procedimiento de reconocimiento facial que luego resultó que no funcionaba ni en Santiago ni en Barajas. No se puede todo: si nos queréis con mascarillas, tener a la vez nuestra cara monitorizada cada vez que entremos en un aeropuerto no se puede. Las indicaciones dentro del avión eran más cansinas que nunca: ahora han añadido lo de quitarse la mascarilla para ponerse la toma de aire si hay una despresurización. Que Dios nos pille confesados si hay una despresurización, es lo único que puedo aportar a la cuestión.

En mitad del vuelo, nos dijo el capitán que estábamos sobre Zamora y que a la izquierda estaba Toro y a la derecha Salamanca. Me sentí como Zeus y los demás dioses, cuando miraban Troya desde los montes, con las nubes de foulard (lI. 20.150)

Y llegué a Madrid y estuve en la exposición de Adonáis que ya conté. Aprovecho ahora para poner esta foto de una vitrina. Pues sí que editaban cosas de tomo en pleno franquismo:

lunes, 11 de octubre de 2021

Cathlick Intellectchuls

Algo así -cito de memoria su mala cita que leí ayer en Barajas, esperando el avión de vuelta- decía Flannery O'Connor cuando quería hablar de "intelectuales católicos". He estado el fin de semana en Madrid, en la sierra (pobre) de Madrid, hablando de eso, de intelecto o de cultura y de lo católico, desde nuestra esquina católica pero con mente amplia y todos hablando los codos: yo hasta tenía a veces un pitidito en el oído, del ruido de todo el mundo hablando a la vez con entusiasmo. 

Serán los aires de la Sierra, pero vuelvo a tope.

En Madrid pude estar prácticamente cuatro horas, el viernes: desde la T4 en el Cercanías llegué a Recoletos, salí en la Biblioteca Nacional y, ya que estaba, antes de ir andando al Museo del Prado (qué delicia de paseo al sol entre Cibeles y Neptuno) me metí a ver deprisa la exposición sobre los 75 años de Adonáis. Mucha de la mejor poesía de España ahí, entre los premiados, los jurados y los impulsores. Y unos cuantos cathlick intellectchuls, por suerte, también ahí. Y mucho gran poeta sin más.


No se podía hacer fotos pero yo interpreté que podía hacer una excepción por los lectores de este blog.

Ahí destacaba, como impulsor, Florentino Pérez-Embid, del que me gustaría leer una buena biografía:




jueves, 7 de octubre de 2021

«Lugares comunes» de Ricardo Calleja

Leí este verano Lugares comunes, de Ricardo Calleja y me gustó. Ahora he vuelto a él, después de la tremenda impresión del último libro de Miguel d'Ors y con el recuerdo dulce de la antología de la poesía de Andrés Trapiello. No sé si es justo, pero la poesía siempre la hemos de medir por lo más alto, por ejemplo esos dos libros. Este es un primer libro. Pocos primeros libros son extraordinarios: Don de la ebriedad, de Claudio Rodríguez es el ejemplo más claro. En cambio Juan Ramón Jiménez iba buscando ejemplares de sus dos primeros libros para destruirlos. Ricardo Calleja ha hecho un buen primer libro: yo cambiaría cosas, enfocaría otras de otro modo, pero al final, su libro se lee con gusto y aquí voy a intentar destacar lo que me ha impresionado.

Quizá con sensación de intruso, Ricardo Calleja es un lector (lo de "lector" lo tomo de una reseña de Armando Pego, ahora temporalmente no disponible) que aquí se atreve a saltar al ruedo y ponerse a torear. Los toros que tiene que torear el que quiere ser poeta son todos miuras ahora, porque todos están resabiados: hay que arriesgar para escapar de la cárcel de los Lugares comunes, que ocupan todo el mapa de la poesía. No hay espacios vírgenes ahí: todo está ya pateado.

Yo le encuentro, junto a la valentía, momentos de logro, verónicas en las que capta lo hondo, por ejemplo ese poema que comentó E. G.-M. sobre la creación inacabada o un haiku que me llama la atención entre los demás:

Higos podridos
porque nadie se atrevió
nunca a robarlos.
Quizá me paso de listo, poseído también yo de anxiety of influence, pero desde la barrera, incapaz de escribir poemas, vestido de crítico, acordándome aquí de las peras que robó san Agustín, ese momento moral de su voluntad de pecar, y de las Manzanas robadas del libro de Miguel d'Ors, que acaba un poema así: "quizá escribir versos sólo sea / otra manera de robar manzanas". Me gusta aquí sobre todo la paradoja que tan bien explicó José Jiménez Lozano de esos higos que los bárbaros ansiaban al otro lado de los muros del Imperio Romano, pudriéndose porque nadie se atreve a robarlos.

También me gustan estas dos estrofas intermedias de "Variación sobre Parada de diez minutos" (es un poema de Miguel d'Ors, donde envidia a un hombre de campo; aquí le envidia a él su modo de mirar):
No consigo dejar
de mirar los árboles como Tolkien
y mis paisajes tienen siempre
algo de romántico. 
A veces, incluso, me conmueve
la nada, nada, nada
de un erial de cantos castellanos.

Pero hoy de pronto qué deseo
de escribir un poema
que consagre el momento irrepetible
matando todo afán de épica barata
y de misticismo traspasado
para dar a luz el temblor
de lo ordinario.
Pues sí, qué grande sería escribir un poema memorable, sin sensacionalismos ni rayos de sol declinante, pero que conservase en los versos esa gloria de la creación redimida por "el temblor / de lo ordinario". Al menos que haya un poema para recordar lo bueno que sería un poema así.

Hay varios poemas religiosos. El que más me gusta es este, una oración contemplativa a Cristo, al que uno cree conocer, pero no, hay que seguir intentando conocerle de verdad, quizá hasta palpándolo, si lo que pasa es que uno está ciego de tanto mirarse a sí mismo. Se titula "Rostro":
Acostumbrado a verte el alma
con solo lanzarte una mirada
he llegado a olvidar
los paisajes de tu cara.
Repaso ahora minuciosamente
la asimetría de tu gesto y sus arrugas
y descubro
que venía inventando casi todo.
Intento mirarte con los ojos
de quienes te conocen
como si te hubieran parido.
Y también como te observaría
quien sin haberte visto nunca
te tropezara deslumbrado.
Palpo tus rasgos como un ciego
y leo con los dedos los huecos
de unas cicatrices que ignoraba.

Espero así ir logrando que tu rostro
ya no sea el espejo de mi alma.

miércoles, 6 de octubre de 2021

Por Valladolid en agosto 5 - Museo Diocesano y Catedralicio de Valladolid

Un día estuvimos un rato viendo el Museo de la Catedral de Valladolid, al que le tengo mucho cariño (aquí hablé de él en 2007 y aquí en 2013 y más).

Esta vez le hice fotos a cosas no muy llamativas, como esta fila de plañideras tirándose literalmente de los pelos:


También a este paisaje entre los dos santos Juanes:

Y a este Llanto sobre Cristo Muerto:


Y salimos y volví a pararme a ver la nave herreriana de la Catedral, con esos capiteles corintios gigantes