No sabía cómo iba a ir todo. Tenía un recuerdo de regusto amargo de las muchas dificultades que pusieron desde varios frentes cuando vino Benedicto XVI a Santiago en 2010 y me temía algo así. Pero ha sido completamente distinto: nadie ha puesto trabas, todo ha contribuido a que el viaje del papa León haya sido gozoso, al menos esa es mi impresión.
Lo que más me sorprende es que lo que más me haya gustado haya sido el verle bendecir tantos niños. O esa conversación en la cabina del avión con el piloto y la copiloto, mientras saludaba al caza que volaba en paralelo. A otro nivel, claro, estaba el silencio de la exposición del Santísimo en medio de Madrid, la procesión del Corpus por las calles el domingo, la celebración litúrgica en la Sagrada Familia.
Cosas coyunturales:
-hubo actos que tenían formatos quizá demasiado indefinidos. Lo bueno era la sensación de cercanía con el Papa. Quizá podrían haberlos pensado un poco más (lo comentan en Aceprensa a propósito del musical que representaron antes de la Vigilia).
-En ellos a veces cantaban canciones religiosas de la vertiente "melódico-musitada-intensita" actual. Yo, cuarenta años oyendo música indie, no puedo estar más lejos musicalmente. Por suerte para mí, me basta con no oírlas.
-los nacionalistas han conseguido sorprenderme una vez más, y yo que pensaba que no tenían ya sorpresas para mí. Es una clarísima religión de sustitución, el nacionalismo, pero con un dios ridículo, el de la nación inventada que ciega la vista de Dios. Por suerte, no llegaron a estropear el acto en la Sagrada Familia.
Ahora estoy leyendo los textos. Ya he terminado los de Madrid. Destaca el del Congreso, es una referencia a la que volver cuando tengamos que pensar sobre religión y política. Yo os pongo aquí un pasaje de la Homilía en la fiesta del Corpus:
Por tanto, he aquí una encomienda para la España de hoy y de mañana: que la religiosidad que desde hace siglos anima este país no sea un museo del pasado que visitar, sino una escuela de fe de la que beber también hoy. Una escuela que nos enseña a arrodillarnos ante Dios y ante el prójimo, porque nadie puede arrodillarse ante el Señor y despreciar al hermano; una escuela que nos enseña la gratitud del amor que se hace don, para que circule entre nosotros y rompa las cadenas de todo egoísmo; una escuela de la que aprendemos que Dios es presencia real y que también nosotros estamos llamados a estar presentes en las situaciones y en los desafíos de la sociedad, a no huir, a comprometernos personalmente en la construcción del bien común.










