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martes, 7 de noviembre de 2006

Hacia Cádiz (y IX)

Me despedí de Cádiz (espero que no por mucho tiempo) y llegué a Madrid hacia las tres. Tenía seis horas hasta el avión de Santiago, así que quedé con Antón a las cuatro y media en la parada de metro de Ópera.
En el metro me sentí como Hercules in bivio; a un lado una adolescente que bailaba al ritmo de su ipod, ajena a todo. Era muy guapa, pero con pinta de que le vendría bien una visita al psicólogo; bailaba sola sin darse cuenta (¿de verdad?) de que todo el vagón la estaba mirando. En el otro extremo, una mujer como la de Revelación, ese gran cuento de Flannery, sermoneaba a su marido y de paso a todo el vagón: oíamos a la señora y veíamos a la adolescente.
Llegué con tiempo, para adelantarme a Antón, que siempre es extremadamente puntual. En la plaza, mendigos y gente de mal vivir y yo. Pasaron dos chicas con un cartel (Abrazos gratis) y me dijeron que si quería: les dije que no. Luego me he enterado de que es un proceso viral en la red: un tío empezó a hacerlo y se ha extendido por el mundo. Es como cuando Forrest Gump se puso a correr por el mundo y otra muestra de buenismo. Seguro que a Zapatero le gustaría la idea, razón de más para que no me guste a mí y olé mi misantropía.
Al fin llegó Antón, diez minutos tarde. Me explicó que no funcionaba la máquina de entrada y que tuvo que ir andando a la siguiente parada de metro (es un poco calvinista, como veis, aunque en su blog escribe cosas tan hermosas como esta). Nos fuimos a una exposición en el Palacio Real, con obras maestras del Museo Capodimonte de Nápoles. Un cuadro maravilloso de El Greco, otro de Tiziano, otro de Ribera, otro de Anton van Dyck, uno medianejo de Mantegna (¡pero era de Mantegna!) y otros para rellenar. Como debe ser: varios cuadros hermosos y un rato para mirarlos. De ahí fuimos a la cripta de la Almudena, que es como un bosque de columnas y panteón funerario a la vez. Siempre me gustó (no como la Catedral), pero nunca la había visto iluminada: pierde, es mejor a oscuras, como una novela gótica, entre tumbas y columnas neorrománicas.
Nos tomamos algo en un bar, para comprobar lo faltones que son los camareros en Madrid: y sí, el que nos tocó lo era. Las patatas bravas, revenidas (en Galicia, resesas): otra cosa típica de Madrid.
En el vuelo de vuelta, agotado, con ganas de llegar a casa. Está bien viajar pero también es bueno volver.

lunes, 6 de noviembre de 2006

Hacia Cádiz (VIII)

En Cádiz (5)
En realidad, yo estaba en Cádiz para asistir a un Congreso. Pude oír algunas intervenciones interesantes. La que más me gustó fue una Ponencia de Antonio Melero, catedrático de griego de la Universidad de Valencia, que habló de las Las utopías de los confines: pueblos lejanos y exóticos de la Literatura griega.
Explicó que había que distinguirlos de a las repúblicas ideales que plantearon filósofos como Platón: él no quería tratar del deber ser, sino de cómo se representaban los griegos esos pueblos legendarios de los confines de la tierra.
Rasgos:
1. los hombres viven como dioses: son siempre jóvenes y si mueren la muerte es como un sueño que llega por sorpresa, sin dolor.
2. paz idílica (ἡσυχíα - hesychía): también se podría traducir por 'reposo' o 'tranquilidad'. A ello va unida la idea de justicia: puso como ejemplo el pueblo de los abios de la Ilíada (XIII, 6), a los que Homero llama 'los más justos'. Me vino a la cabeza la idea de que el ideal ético de muchos filósofos griegos (la ataraxia -'la ausencia de agitación'-) se podría relacionar con esto. Otro caso más de lo ridículo que es ese supuesto paso del mito al logos en la cultura griega que planteó Nestle.
3. automatismo: todo se realiza 'automáticamente' (αὐτομάτη -automate). Las puertas del cielo se abren automáticamente, los perros que cuidan el palacio del rey de los feacios, Alcínoo, en la Odisea, son automáticos, igual que los trípodes que tiene Hefesto o las criadas automáticas que le sirven. ¿Elogio de la pereza?

sábado, 4 de noviembre de 2006

Hacia Cádiz (VII)

En Cádiz (4)
En la Iglesia del Carmen, cerca de donde se celebraba el Congreso, un cartel: La Virgen del Carmen pide ayuda para restaurar su casa. La imagen tenía una banda cruzada, con la bandera de España, algo que nos choca al resto de los españoles, pero que aquí parece bastante normal. Mas raro resulta entonces todavía lo de que hayan definido a Andalucia como 'realidad nacional', pero yo, como ya paso de política, me encojo de hombros y a otra cosa.
Por la noche vuelvo a ver Canciones para después de una guerra, una película famosa de 1971; con imágenes de época y canciones de época se pretende hacer una obra subversiva que les dé otro sentido: ya sabéis, estábamos en el franquismo moribundo y había que luchar contra el régimen sorteando la censura. Es una película de montaje, y justo eso, el montaje, se ha quedado muy envejecido. Entre los resquicios del planteamiento ideológico vuelven a brillar las imágenes tremendas del reencuentro de niños con sus madres después de la guerra, o esas tan tristes de la despedida de los soldados de la División Azul. Y las canciones: se ve una escena en la que Imperio Argentina canta Échale guindas al pavo. Y qué canción tan bonita, como casi todas las que salen en la película. Sólo hay algunas imágenes actuales, como una Estrellita Castro totalmente envejecida y requetemaquillada, en su casa, el colmo del kitsch: un crimen de los modernos que hicieron esta película, que ni huelen lo bien que cantaba esa mujer. Pero amigos, esta película ha envejecido, mientras que la copla sigue igual de viva y las imágenes del dolor de los españoles de los cuarenta nos siguen golpeando.
A la mañana siguiente, veo en un oratorio un azulejo que representa la Sagrada Familia. Me parece bonito hasta que el demonio -que no debe de estar contento de lo que estoy disfrutando en Cádiz- me hace ver que la cara de la Virgen se parece ¡a Zapatero! Imposible volver a mirar hacia allí: me hago cruces y escapo. Si no fuera porque no huelo nada -anosmia de fumador- habría notado el olor de azufre.
Paseo por la ciudad. Una boda: los novios se hacen fotos; los fotógrafos les dan dos vasos y champán para hacerles una foto. Y me alegro de no tener que pasar nunca por eso.

viernes, 3 de noviembre de 2006

Hacia Cádiz (VI)

En Cádiz (3)
En la plaza de Mina el Museo de Cádiz salva a esta ciudad, que por lo demás tiene lugares muy hermosos. Esta es una placita con árboles increíbles, como un drago o un ficus australiano, con raíces/tronco que parecen arbotantes. El problema de Cádiz -pontifico- es lo estrechas que son las calles, aunque supongo que se agradecerá la sombra cuando hace calor. Yo me sentía un poco agobiado, hasta que podía salir a alguna placita o me escapaba al mar, que por lo demás está por todas partes (ventajas de ser península).
En el Museo es muy llamativa la colección de restos fenicios: no son hermosos precisamente, pero cuando lo son se ve la influencia griega. Los restos romanos son espectaculares: hay toda una serie de tumbas, de distintos tipos, que nunca había visto así. Además hay vasijas, platos, trozos de pintura al fresco de una enorme delicadeza. Lástima que no haya nada griego, aunque todo lo hermoso es al final griego (en sentido estricto y en sentido amplio).
En la colección de pintura brillan los Zurbaranes y los Murillos: ¡me gustan tanto! Hay una serie con pinturas de cartujos de vestiduras blancas de Zurbarán que es una de las cumbres de la pintura española (he dicho), y Murillo, qué delicadeza, cuánto me gusta. Hay un Ecce homo, una Inmaculada niña. Cómo me gusta Murillo.
Aquí san Bruno, de Zurbarán, muy distinto del de la Cartuja de Burgos:

jueves, 2 de noviembre de 2006

Hacia Cádiz (V)

En Cádiz (2)
Con la Licencia, me fui al Museo de la Catedral (y por hacer el gasto). Poca cosa: impresionantes Cristos de marfil, impresionantes custodias, pero no son mi género artístico favorito. Había una carta de santa Teresa.
Al lado, la antigua Catedral. Bastante gente: iban a rezar al Cristo de Medinaceli. También un grupo relativamente numeroso con san Pancracio (=el que gana todo; si me pusiera cínico pensaría que lo veneran por la etimología, pero no).
En un lado estaba una Virgen en un paso, lo más cerca que he estado nunca de la Semana Santa andaluza. No me va esa estética tan barroca, con las lágrimas de cristal en el rostro, prefiero las vírgenes de los pueblos castellanos, pero el hecho es que estaba todo cuidado hasta el más mínimo detalle: la Virgen, los vestidos riquísimos, las puntillas, las velas todas rectas, en el sitio adecuado. Me hizo gracia ver que la Virgen llevaba en la mano tres rosarios: ¡la Virgen rezando tres rosarios a la Virgen! Al final, puede ser una buena intuición: nos unimos a la Virgen para rezar con ella el Rosario, que como todos sabéis, se dirige a Cristo. Y no le haría ascos a estar alguna Semana por allí, a que se me pusieran loh velloh de punta, con lo sentimental que soy.
Lo triste era que en esa iglesia lo peor fuera el sagrario, todo como un decorado de teatro de pueblo: si lo mejoraran, todo estaría bien.
Y es bonito ver que le dan lo mejor al culto. No, amigos, no voy a caer en la crítica barata de 'el lujo del culto'. Si cada uno de los habitantes de la provincia de Cádiz diera cincuenta euros en diez años al culto, pues cincuenta millones de euros. Y en qué se va a usar el oro y las joyas, como diría mi filósofo autobusero: en el culto a Dios (al final una hipálage de otra cosa) y para que ese oro y esas joyas luchen con la belleza de las mujeres (si por competir con tu cabello), como debe ser. Hombre, siempre habrá los que prefieran ponerlo en forma de paralelepípedos en un sótano, pero yo no.

miércoles, 1 de noviembre de 2006

Hacia Cádiz (IV)

En Cádiz (1)
El viernes lo pasé en el Congreso, que en esta vida estamos de paso y algo hay que purgar, pero también esta vida es el cielo (incoado), así que aproveché algún rato para ver qué me ofrecía la ciudad más antigua de Occidente.
No me gustó mucho, la verdad. Mucha casa cutre, aunque siempre tienes la opción de escapar de las calles estrechas y ponerte a mirar el mar. Si hubiera que valorar lo que una ciudad tiene de hermoso, habría que descontar el hecho de que estén al lado del mar: pones a Cádiz veinte kilómetros al interior y es una ciudad bien fea (afirmación apresurada, basada en dos paseos no muy largos). Yo la recorría con la banda sonora de las canciones de Carlos Cano y me dio mucha alegría descubrir Puertatierra (=la Puerta de tierra de la muralla, aquí se comen muchas letras), la plaza del Mentidero, la playa de la Caleta, pero porque salían en las Habaneras de Cádiz (incurable literaturización padezco, señores, y ¡con Carlos Cano!, que otra cosa sería, no sé, citar a Georg Trakl o Merleau-Ponty, a los que lamentablemente no tengo el gusto de conocer, salvo de nombre).
Primera escapada: a la Catedral. En la entrada (4 euros) pone: Santa y Apostólica Iglesia de Cádiz - LICENCIA - para visitar la Catedral y su Museo. ¡Tremendos estos andaluces! Y luego hay algunos que niegan lo de la 'realidad nacional'. Con mi licencia para entrar vi una Catedral llena de caries y con redes a media altura que recogían los fragmentos de las molduras: se cubrió de gloria el que eligió la piedra para hacerla. No está mal pero no pasará a la historia de mi memoria; en todo caso la cripta, que valdría para cualquier videojuego de misterio. Entre los obispos y canónigos enterrados, las tumbas de Pemán y Falla. Me gustó que estuvieran allí: dos buenos cristianos. La diferencia entre ellos estaba en la lápida: en la de Pemán ponían 'poeta y escritor' (¿hendíadis? / ¿diplosis?) y el Toison de oro (que no creo que le dejen ponérselo en el cielo), mientras que en la de Falla lo que estaba escrito era: Soli Deo Honor et Gloria. Habría sido perfecto si la Diputación de Granada no hubiera añadido debajo que ellos habían donado la piedra de Sierra Elvira (cómo somos).

martes, 31 de octubre de 2006

Hacia Cádiz (III)

Íbamos a Carmona -a mí me hacía mucha ilusión- porque había una lectura de poemas de Amalia Bautista.
Llegamos de noche, nos perdimos, acabamos en una calle estrecha; la única salida era una bajada con escalones cada poco. Allá que nos lanzamos mientras nos miraba con horror –como a una aparición- uno de un restaurante que nos veía pasar parapetado detrás de la puerta. Los primeros escalones los pasamos bien, pero en el último rozó el fondo del coche (sonido fúnebre). Sólo quedaba rezar (aunque no lo hice, qué le vamos a hacer) para que no se hubiera roto nada. Allí lo dejamos, a la busca del lugar de la lectura.
Llegamos tarde; era una sala pequeña, con luz suave; el prologuista estaba acabando de presentar a Amalia. Ella empezó a leer, de la Antología que ha sacado Renacimiento. Tenía una voz muy bonita. Leyó con cara seria poemas: Galatea, Cuéntamelo otra vez, el poema que acaba 'Buenos días, tristeza', A dieta, El poema del autobús, Pide un deseo, alguno de los poemas de la araña. Sólo cuando leyó Los pies sonrió. Al final aplaudimos, un poco sobrecogidos: se había creado una intimidad en la que ella mostraba su dolor, lo difícil que es el equilibrio en el amor de una pareja, lo frágil que es el mundo de los sentimientos; y resquicios de algo mejor: al menos deseos. Cuando estaba leyendo El dolor, que es un poema que yo no apreciaba mucho, G.-M. me susurró que recordaba al himno de la caridad de san Pablo; yo estaba pensando en otra cosa, sobre la unión de dolor y miedo y sobre la presencia constante del infierno en su poesía. Todo unido, comprendí que ahí había un gran poema. Más tarde, el paciente Virgilio, por la noche andaluza, me explicó también el poema del autobús, que descubrí que tampoco había entendido: clase teórica y práctica de poesía por el morro.
Luego, como debe ser, nos sentamos a comer: cerveza (Crujcampo) gambas en gabardina, torreznos, tortillas, en fin: cosas que hacen la vida mejor. Estaban al lado del prologuista su mujer, siempre sonriente, y sus tres niñas. Toda la familia formaba un grupo maravilloso: la sonrisa de la madre, muy de madre, la serenidad del padre, las niñas que iban de azul; una de ellas tenía unas perlas de pendientes y los ojos como la de Vermeer, pero en niña y con acento andaluz. Otra tenía gafas, como mi sobrino. El padre es poeta y un magnífico editor. A la espera de leer otra vez su poesía, le hablé de tipografía, balbuceando yo mis escasos conocimientos del tema por el libro que estoy leyendo de Trapiello. Supongo que sería como cuando me preguntan si el griego antiguo tiene que ver con el actual o sobre la utilidad del griego: es buen momento de ejercitar la paciencia y explicar cosas evidentes, que es lo que hizo.
Al final hablé con Amalia: encantadora; fumaba Ducados (otro punto a su favor), iba vestida de negro. Es una persona muy cálida: se ve que su dolor lo deja para los poemas. Me despedí, pero luego G.-M. le dijo que yo era 'Compostela': había entrado una vez en este blog (gran honor). Yo me sentí un poco avergonzado, tan a gusto como estoy en mi semianonimato, aunque tampoco hace falta ser Sherlock Holmes para saber quién soy: con dos minutos en Google se ve.
A la vuelta teníamos que encontrar el coche, entre las calles de Carmona. Estábamos hablando y en la conversación ¡tan interesante! nos olvidábamos de mirar por dónde íbamos. Me acordé de cuando el Quijote y Sancho entraron de noche en El Toboso. No había gente por la calle, las tapias eran blancas, era un pelín manchego Carmona, un pueblo que me gustaría conocer alguna vez, lleno de iglesias (una como la Giralda), murallas, parece que en un alto, con lo que la vista de la llanura de alrededor –tan castellana, aunque andaluza- tiene que ser preciosa. Una puesta de sol quizá estaría bien: poneos en contacto conmigo si queréis pagarme una estancia en el Parador. Tuvimos que desandar el camino y por suerte encontramos el coche y pudimos salir de la trampa de Carmona sin problemas.
Un día intenso, el primer día en Andalucía.

lunes, 30 de octubre de 2006

Hacia Cádiz (II)

Salimos con el coche en dirección a Carmona. Fueron dos horas de conversación a la ida y dos a la vuelta. Casi se nos pasa la entrada del pueblo, enfrascados en la conversación. Yo escuchaba y lo que yo mismo decía me parecía más interesante que otras veces, que es lo que tienen los buenos amigos, que nos hacen parecer mejores.
Yo había sido tan cafre de decirle en el correo en el que le anunciaba mi llegaba que tenía miedo de que nos cayéramos mal. Es verdad que no nos conocíamos, pero a mí me gusta mucho todo lo que escribe: su poesía, sus artículos, su blog, así que jugaba sobre seguro, pero quizá es que me estaba guardando las espaldas, porque tenía miedo de ser yo el típico tío plomo que cae sobre un lector desprevenido de mi blog, que con toda su buena voluntad tendría que soportarme, aunque fuera unas horas. Fui un grosero y no tenía motivos para ello, aunque también era la primera vez que me encontraba con una personalidad virtual en el ‘mundo real’™. En el peor de los casos, pensaba (y lo mismo me dijo luego García-Máiquez) podríamos contarlo en el blog (se ve que estamos atrapados, los dos, en esto de la escritura virtual). Hablamos de literatura, no de cotilleos. En el paisaje, llanuras en barbecho de color oscuro, a la puesta de sol. Pueblos blancos.
Lo que me enseñó el maestro García-Máiquez:
Tengo que leer poesía en voz alta, marcando las pausas versales y las cesuras.
Es dífícil: me puede la prisa, tengo mentalidad de scanner; como el scanner reconozco mal lo que leo y la poesía se pierde entre los resquicios. Durante años vamos leyendo cada vez más deprisa (supongo que algo tendrá que ver la mentalidad de extraer información que se nos mete a los que jugamos a investigadores), pero hay que leer cada vez más despacio, sobre todo lo que vale la pena. Yo venía de releer Campos de Castilla de Machado y acababa de comprender que las otras veces no había entendido nada.

domingo, 29 de octubre de 2006

Hacia Cádiz (I)

Bien despierto a las siete de la mañana, vi un cartel de un pueblo/aldea/parroquia y se me ocurrió que podría servir de título para un kindergarten bilingüe: Forniños (perdón por el chiste malo, pero no quería quedármelo para mí solo).
En el vuelo a Madrid, un hecho que reputé como felicísimo augurio: se me destapó el oído, condenado varios días por el resfriado-humedad ambiente. Bien abierto lo necesitaba y el buen Dios me lo abrió (por causas segundas, que para eso están).
En el vuelo, jugadores de baloncesto del Breogán de Lugo; entre ellos reconocí a Alfonso Reyes; iba leyendo Archipiélago Gulag II (¡bien!). Luego, haciendo tiempo en la T4, vi pasar a Valdano. No hay nada como viajar.
Entre vuelo y vuelo, fui a misa a la Terminal 2; bastante fea la capilla, pero con el excelente humor que tenía me alegré: así me centraba mejor en la Misa y la estética no se convertía en obstáculo. Con todo y con eso (muletilla) estuve despistado: ni con consideraciones cenóticas se sujeta a la loca de la casa: me fijaba en la lista de misas y pensaba que estaría bien ponerla en el blog, en vez de pasar un montón de tiempo buscándola; luego hacía sociología eclesíastica mientras miraba a los otros asistentes a la Misa. Que me sirva de penitencia el post que pongo a continuación con la lista de misas: quizá otros estén más atentos que yo.
El aeropuerto de Jerez, como de juguete. Desde el cielo un paisaje bastante pobre; no sé cómo será en verano, o en primavera, pero ahora es bastante sobrio (y nadie, que recuerde, lo pone a parir, como se hace tanto ¡y tan injustamente! con el de Castilla).
Una chica dijo ¡Vaya! igual que Lolita Sevilla en Bienvenido, mister Marshall.
Llovía. El buen Dios me hizo un guiño: un arco iris perfecto, muy bajito, como aplanado, cuando salía con el autobús camino de Cádiz.
El autobusero se puso a hablar con dos de delante: uno de ellos había estado quince días en Galicia y afirmó que casi sucumbió a una depresión. Convienen en que el mejor clima es el de allí. El problema es que con eso toda la vida están de fiesta y no luchan por los derechos obreros. Largas exposiciones marxistas-obreristas-estoico-anticonsumistas. Nos han convertido en esclavos del consumismo. El autobusero explicó que tenía tres camisas y dos pantalones. Si quería comprar una flor (dijo una) a su mujer, por qué tenía que hacerlo el 14 de febrero. Lo que el quería era vivir, comer, pero los empresarios-políticos consiguen que la gente se dedique a consumir; por eso necesitan más dinero: así los tienen cogidos los empresarios. “Hacemos lo que le conviene al gobierno”. Los sindicatos: unos vendidos.
Entretenida la conversación, entre rachas de lluvia. Nunca dejaba de notarse el sol al fondo, así que era como una lluvia de mentiras.
Llego al Congreso, saludo a amigos. Expongo mi comunicación: pego una puñalada (sin remordimientos) a Valle-Inclán, otra a Antonio Machado (esa sí que me dolió), a cuenta de Castilla (en la línea de lo que dice Baltanás). El atento público, bien que escaso (siete -7-, entre amigos, conocidos y desconocidos) está atento. Me lee más gente en el blog que en todos los congresos a que he asistido.
Salgo corriendo; bajo, hago el signo masónico y reconozco a G.-M. en la entrada.