Mostrando entradas con la etiqueta Baeza. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Baeza. Mostrar todas las entradas

viernes, 16 de noviembre de 2007

Baeza (VI)

Retazos de Baeza:
En el feo convento de santa Catalina, un reloj de cuco.
La guía que decía ¡vaya! (= ) como mis alumnas manchegas.
La custodia de la Catedral: experimentos de arquitecturas fantásticas. Poco platero soy.
Los del Congreso que compraron lotería diciendo que les daba igual el número y les dieron uno acabado en trece (¡estos andaluces, cómo son!).
La mayoría nos fuimos de Baeza en un microbús; el autobusero leonés nos iba ilustrando sobre relaciones de lo que veíamos con la provincia de León o con la Guardia Civil: era gracioso. En Ibros nos metió en una fábrica de aceite para comprarlo él más barato.
En el viaje pude ver de cerca los olivos llenos de aceitunas .
Pasamos La Mancha: entre que estábamos hablando y que el paisaje no se disfruta nada entre las nueve y las doce de la mañana, no pude disfrutar la vista; para ver paisaje hay que madrugar o esperar a después de comer o por la tarde, pero por la mañana no. Y otra vez que paso La Mancha de largo.
En Madrid quedé con un amigo en la Puerta del Sol, en el kilómetro cero (original que es uno): me invitó a un restaurante asturiano, el Teru, el Teñu o algo así, cerca de la Calle Mayor. Muy bueno el Cabrales, muy buenas las fabes.
Luego fuimos al Prado. He descubierto que como profesor tengo entrada gratuita y eso me da una alegría absurda, porque al fin y al cabo debería alegrarme de contribuir al mejor museo de España (y parte del extranjero), pero así somos. Vimos la exposición de pintura del XIX, muy bonita. Gran cuadro de Pradilla. Madrazo el retratista, admirable. Querría que me hubiese gustado más Rosales, pero no sé, me descolocó: tengo que procesarlo. El cuadro de Gisbert. Me gusta Sorolla menos que antes. Me gustá más Fortuny. Descubrí que la influencia de los nazarenos llegó también aquí.

jueves, 15 de noviembre de 2007

Baeza (V)

El último día tuvimos una visita guiada por Baeza. No estuvo mal: Serlio, un escudo de Juana la Loca, la Catedral con algunas cosas interesantes: dos rejas muy buenas, un púlpito metálico. Pero lo mejor fue acercarnos al mirador sobre el valle del Guadalquivir: de frente, la sierra de Mágina, abajo olivos por todas partes (69 millones en la provincia de Jaén, nos dijo la chica) y el sol que se iba poniendo y dejaba como unos tules rosados preciosos. Me acordé de cuando Alfanhuí se fue al ocaso y se llevó en unas tinajas los colores.
Por cierto que el otro día fui muy estricto con los criterios para pertenecer a la AA (Amigos de las Auroras), por lo que he pensado ampliar la asociación con los Amigos de los Ocasos (AO), aunque no tendrán derecho a los puestos directivos, que sólo se conseguirán a base de madrugones.
Yo, para que no digáis, al día siguiente me levanté pronto y volví al mirador; lástima que fuera demasiado tarde para ver la aurora, pero era enorme el sol que salía por un lado, con retazos de neblina por los olivos. Y esto sí que me parece a mí que merece ser patrimonio de la humanidad, los amaneceres y ocasos de Baeza.
Por la noche volví a Machado y fue emocionante encontrar este poema:

Caminos

De la ciudad moruna
tras las murallas viejas,
yo contemplo la tarde silenciosa,
a solas con mi sombra y con mi pena.

El río va corriendo,
entre sombrías huertas
y grises olivares,
por los alegres campos de Baeza

(...)

Lejos, los montes duermen
envueltos en la niebla,
niebla de otoño, maternal; descansan
las rudas moles de su ser de piedra
en esta tibia tarde de noviembre,
tarde piadosa, cárdena y violeta.

(...)

Los caminitos blancos
se cruzan y se alejan,
buscando los dispersos caseríos
del valle y de la sierra.
Caminos de los campos...
¡Ay, ya, no puedo caminar con ella!

miércoles, 14 de noviembre de 2007

Baeza (IV)

Me hizo mucha ilusión ver el aula donde supuestamente Antonio Machado dio clase de 1912 a 1919: pupitres de madera, su mesa con brasero, la oscuridad general a pesar de que el aula da a un patio. En el medio, vitrinas con documentos: nombramiento, sueldo (4500 pts. al año), faltas de asistencia, una hoja de su expediente en la que me emocionó ver en 'Otros méritos' lo siguiente: "es autor de Soledades, Soledades, galerías y otros poemas y Campos de Castilla".
Por la tarde hicimos una visita guiada por la ciudad y volvimos a ver el aula. También estuvimos en el Paraninfo (donde, por cierto, estuve el cuadro de la Trinidad de Ribera). La guía, una chica simpática, nos contó una película de miedo sobre libros prohibidos que pasaba de matute san Juan de Ávila (¡nada menos!). Sí, en Baeza estuvo este santo plenamente ortodoxo (aunque quizá heterodoxo para los estrechos, y de sangre judía), que me es muy querido, porque nació en Almodóvar del Campo (Ciudad Real) y escribió ese maravilloso libro que es el Audi, filia. De quien no supe nada fue de san Juan de la Cruz, que pasó varios años en Baeza también.
Mañana volveré a ello, pero aquí Machado lo debió de pasar mal, recién muerta Leonor:
Por estos caminos de la tierra mía,
bordados de olivares polvorientos,
voy caminando solo,
triste, cansado, pensativo y viejo.
Y por ese verso final me olvido de todos los poemas (¡tan injustos!) que también escribió aquí: Del pasado efímero, El mañana efímero. De ellos me acordé al ver a unos chavales del instituto que se reían de los que pasábamos: esa es la España que él pensó que iba a nacer, la "España del cincel y de la maza", "implacable y redentora, /España que alborea / con un hacha en la mano vengadora, España de la rabia y de la idea".
Las críticas a la España dormida, más o menos justas, pero cargando las tintas, no acaban de cuadrar con esa profecía que me suena a soviética. Pero bueno, le perdonamos todo a este hombre solo.

martes, 13 de noviembre de 2007

Baeza (III)

Por la tarde me metí por la ciudad: en oleadas, guardias civiles jóvenes, bandadas de ellos, chicos y chicas de la Academia con unas horas de permiso. Mataban el tiempo: de paseo, comprando pizza, en cafeterías, todos en perfecto estado de revista. Me deprimí pensando en mi mili, en el agobio de pensar en aquellas tardes lastradas por la vuelta a aquel antro, al infinito aburrimiento cuartelero. A la vez me alegraba de verles, los pobres, una vida tan arrastrada al servicio de los demás, pasando miedo en el País Vasco, de guardia en las noches de los pueblos perdidos, en esas casas-cuartel tan abominables.
Iba camino de la iglesia de san Andrés, donde está la patrona. En un lateral una imagen de la Virgen que me gustó, sobre una especie de calabaza que representaba el purgatorio; las demás, no mucho: tipo 'Macarenas' (ya me entendéis), con mucha puntilla y mucho bordado: qué le vamos a hacer, yo no crecí entre imágenes de vestir.
Por suerte, al final de la Misa me dio por darme una vuelta por la iglesia: descubrí en la sacristía unas tablas hispanoflamencas más bien góticas: estaban muy bien, aunque no eran de primera fila, pero sí con destellos de genio.

lunes, 12 de noviembre de 2007

Baeza (II)

A la mañana siguiente abrí la ventana y surgió el prodigio: la aurora, línea de rojo rosado difuminado que separaba el cielo (que era cielo y era azul) del mar de tejados y paredes de Baeza.
Baeza era un mosaico de paredes blancas y colores de la gama del marrón claro: sin llegar a ocre, sin ser un marrón sucio, sin ser tan brillante como el albero: un marrón muy bonito, no tan dorado como el de Salamanca, como más andaluz. Me acordé de Carmona, aunque era distinto.
Luego los edificios de Baeza no me convencieron mucho. Bien, sí, no están mal: renacimiento andaluz y bla, bla, bla, pero tampoco una cosa tremenda. Para renacimiento andaluz el palacio de Carlos V en Granada: eso sí que son palabras mayores.
Ahora: el amanecer, inolvidable.
Y se me ha ocurrido la idea de crear una asociación de amigos de las auroras. Hace poco leía un artículo sobre gente que iba a ver a nubes, por ejemplo una en Australia de nosecuántos cientos de kilómetros. Nosotros podríamos hacer lo mismo: viajaríamos a sitios especiales, a la búsqueda de la aurora. Nos podríamos llamar los Titonos (envejeceríamos viendo auroras). Algún poeta de renombre pondría los adjetivos pertinentes cuando nos quedásemos sin palabras. Habría que pegarse buenos madrugones, pero luego podríamos montar pantagruélicos desayunos. Los residentes en Galicia nos quejaríamos de tener tan pocos días el cielo despejado. El sueño común sería contemplar una aurora boreal. Luego discutiríamos sobre los mejores sitios, los mejores días, si con nubes o sin nubes. La asociación se podría llamar Centinela la aurora. La reunión anual más importante sería el Domingo Gaudete. Y yo sería el presidente, claro. La primera reunión, para ver la aurora en el monte Pedroso (pago yo).

sábado, 10 de noviembre de 2007

Baeza (I)

En el avión a Madrid con las Poesías Completas, en la pésima edición de Manuel Alvar, con minucias de filólogo (en el peor sentido de la palabra) y otras del tipo "ya escribí yo sobre esto aquí (y todo lo demás que se haya escrito me importa un X)".
A pesar de todo, la poesía conseguía salir a flote (¡qué habría sido en una edición de Los papeles del sitio!): creo que es una de las veces que más me he emocionado leyendo poesía: parecía una señorita en plena época romántica, todo hipidos con los poemas de la época de Baeza, entre ellos A José María Palacio.
Entre lágrima y lágrima, miraba por la ventana los ríos en los que reflejaba el sol y pensaba: líneas de mercurio, papel de plata de los belenes, alquitrán. Como si fuera un poeta ultraísta, pero en prosa.
De Madrid a Baeza en el tren, no de tercera, pero sí Regional Exprés. Era de noche, la primera vez que cruzaba La Mancha en ocho años y era de noche: no me podía imaginar a Machado recostado en un vagón, no veía las llanuras; no se veía nada y yo queriendo continuar con la poesía y las lágrimas.
Por suerte se me vino a la cabeza la escena de Chihiro con banda sonora interpretada por Hernán. Era así: pasar por estaciones vacías y con farolas desperdigadas en la soledad de los andenes. Hice un sudoku, el crucigrama, seguí con los poemas, pero eran los de la cáscara amarga los que leía: me cabreé con Machado, con el viaje nocturno, que me cegaba para La Mancha: Valdepeñas, Manzanares, Santa Cruz de Mudela.
En el taxi desde la estación de Linares-Baeza, Radiolé: el infierno debe de ser oír siempre Radiolé. Eran canciones interminables, una pesadilla cada una: letras vomitivas, canciones repetitivas. La primera era de cuatro soldaditos, cantada por unos tíos como una rumba y debía durar como media hora, de lo larga que se me hizo.
Los del Congreso estaban acabando la cena. Hablamos un rato en la mesa. Una chica a mi lado me preguntó si yo era el del blog Compostela. ¡Glup! ¡La celebridad! (Saludos, Mónica, si lees esto).