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miércoles, 23 de mayo de 2007

Último viaje a Vitoria (y IV)

Del último viaje a Vitoria quedaba de contar el momento en que supimos los resultados.
Nos habían dicho que los mandarían por correo electrónico. Dos horas después de hartarme de actualizar el correo, me fui para la Facultad. Acabamos juntándonos los cuatro opositores que estábamos en la ciudad. A las doce vimos a varios del tribunal: no quisieron decir nada, pero afirmaron que los resultados estarían a la una y media.
Nos fuimos a dar un paseo, que hubiera sido muy agradable en otras circunstancias: ¡gran sitio Vitoria para vivir y para ver pasar la vida!
A la una y cuarto ya estábamos otra vez en la Facultad. Apareció una secretaria con los papeles, para ponerlos en el tablón. Nos acercamos con miedo. Le pedí que leyera la lista: fue mencionando nuestros cuatro nombres. Nos abrazamos. Me di cuenta de que no estaba el nombre de una profesora a la que aprecio: tristeza.
Otra imagen que se me quedará grabada: a los dos minutos, cada uno de nosotros cuatro con un móvil, haciendo la ronda informativa.

viernes, 18 de mayo de 2007

Último viaje a Vitoria (III)

En Vitoria el día D tuve la mañana libre.
De paseo al lado de las vías del tren: allí cerca estaba Ajuria Enea, la casa oficial del presidente del Gobierno Vasco. Lo que descubrí es que es una casa en una zona de chalets que se hizo la burguesía vitoriana a principios del siglo XX.
Yo iba al lado, al Museo de Bellas Artes, otro chalet reconvertido. Había cuadros de pintores alaveses y vascos en general: Díaz de Olano, Fernando de Amárica, Gustavo de Maeztu, Zubiaurre, Zuloaga, Ucelay, Elías Salaverría. Una visita agradable, sin prisas.
Salí de allí y crucé las vías por un subterráneo: era un placer pasear como un burgués por esa zona, por los jardines de la Florida (castaños de indias florecidos también). Me llevé la alegría de ver una estatua de Ignacio Aldecoa (¡Sus cuentos: Young Sánchez, Salir de pobres!).
En la Catedral Nueva había una exposición sobre el Canciller Ayala, interesante, con algunas piezas muy llamativas. Pero lo mejor fue el propio interior de la Catedral Nueva, un intento neogótico más o menos logrado, con un programa iconográfico sobre el que me gustaría leer algo (la última vidriera era Pablo VI en la ONU: ¡sic!). En la girola han puesto ahora el Museo de Arte Religioso (otro ejemplo en este país de Catedral evolucionando a Museo), con piezas interesantes y alguna muy buena (un Greco, un Ribera). Para la geografía sentimental el retablo de Fontecha, un pueblo del que hablaba mi padre.

miércoles, 16 de mayo de 2007

Último viaje a Vitoria (II)

En el camino a Vitoria, unas horas en Burgos.
Comida y sobremesa en la plaza de Aragón.
Vamos a buscar a mis sobrinos. A las mayores las dejarán a su vez en clase de pintura; nosotros con Diego nos acercamos a la Cartuja de Miraflores. Los castaños de indias tienen unas flores que forman una especie de piña. Han restaurado el retablo. Ahora el cuadro de la Anunciación está a la entrada de la iglesia: ¡el verde que consigue Berruguete!
Fuera, nos sentamos y nos comemos unas juanolas. Diego se ha negado a entrar en la Cartuja. Es el primer día que va con pantalones cortos. Yo me acuerdo de ese día en Castrojeriz: nadie quería ser el primero, pero cuando aparecía uno todos llegábamos al día siguiente con pantalones cortos: ¡primer aviso del verano!
Y de ahí, a Vitoria, a pasar por el aro.

martes, 15 de mayo de 2007

Último viaje a Vitoria (I)

En el tercer y definitivo viaje a Vitoria descubrí que todo paisaje es moral. Os dedico la explicación -y os la explico, como dice Carlos Cano en las Habaneras de Cádiz (qué andaluz eso de comentar la jugada y decir que uno la está comentando)- porque -ahí te voy- vemos lo que queremos ver:
A la ida, miraba con ojos extraviados las laderas de los montes entre Lugo y el telón de grelos: Becerreá, As Nogais, Piedrafita. Esas mismas laderas a la vuelta tenían un verde que no se puede recoger en un blog.
Los valles entre páramos que comienzan en Sahagún y continúan hasta Burgos: ese trocito de la provincia de León, la provincia de Palencia, el oeste de la de Burgos: el paisaje de mi infancia. No los veía a la ida, pero sí -¿o no?- a la vuelta.
El paisaje a la ida: yo lo que veía era a Villaamil, el protagonista de Miau, la novela de Galdós: pensar como él que no va a venir lo que se desea, como estrategia para que en realidad se cumpla eso que uno en realidad desea, porque si algo se desea mucho no se cumple, pero si se abandona luego en realidad llega, eso que describe Galdós tan bien del pensamiento mágico del deseo, pura elucubración mítica en la que concedemos a nuestros deseos un poder que no tienen.
Se me aparecía Flannery y yo me preguntaba si estaría a su altura caso de convertirme en uno de sus personajes, merecedor de un golpe demoledor de Dios, en lugar de una caricia. Yo viéndome con cara de sufrimiento, viendo en la lista que no estaba mi nombre y lamiéndome las heridas del orgullo. Me miraba así en el futuro y no sabía cómo reaccionaría.
Me acordé también de las plegarias atendidas de Santa Teresa (en la cita de Capote) y se me atragantaban los deseos y no veía el paisaje, que seguía allí cuando volví.

jueves, 12 de abril de 2007

De vuelta a Vitoria (y VIII)

De la vuelta en tren a Santiago, arrullado por las buenas noticias, el traqueteo y la lluvia fina:
Las casas parabólicas: a medio hacer -como en la parábola- y con antena parabólica.
Un bar en san Clodio, Ribas de Sil: bar River Sil: no tan bueno como el bar Chopenhauer, pero está bien.
Y las laderas de los montes en los cañones del Sil: alfombras de hojas en las ramas verdes de los árboles, todavía casi amarillas de tan poco verdes.
Mirabas al río y las gotitas formaban en la superficie círculos.

miércoles, 11 de abril de 2007

De vuelta a Vitoria (VII)

Mi madre me acompañó a la estación de tren de Burgos. Como había un retraso de veinte minutos y ante el peligro cierto de muerte por congelación optamos por refugiarnos dentro.
Allí estábamos intentando recuperarnos cuando mi madre vio a una prima de mi padre.
Breves antecedentes sobre estos años sin saber de ellos (yo no recordaba haberla visto nunca), y esa prima se lanzó en tromba a una batería de informaciones sobre conocidos y familiares en la que todos quedaban malparados, menos ella. Cada poco afirmaba, sentenciosa: a ese (a esa) le va la marcha. Ponía unos ojillos que añadían malicia a la frase. Era como la encarnación de la Maledicencia, tan prototípica que era patológica. A mí me empezó a dar la risa. Le di un codazo a mi madre, que yo creo que estaba en estado de shock y por eso no entendió al principio por qué le daba el codazo. Yo miraba para otro lado, no fuera a echarme a reír.
Al final, optamos por irnos al andén, que ya llegaba el Diurno a Galicia (y para poder comentar la jugada).

martes, 10 de abril de 2007

De vuelta a Vitoria (VI)

Había dejado tirado este relato, pero nunca es tarde: seis entregas y aunque parezca increíble, por fin en esta llego a Vitoria.
Lo primero: en Burgos hacía un frío sideral y en estos años de Galicia me he aburguesado metereológicamente hablando; en otros aspectos de mi burguesización preferiría no entrar ahora.
Luego en el viaje a Vitoria llovió lo que quiso: remató así el viaje de ida bajo el signo de la desgracia (puedo adelantar -eso en literatura se llama prolepsis- que la vuelta fue muchísimo mejor, tanto en coche hasta Burgos como en el tren hasta Santiago).
En Vitoria fuimos a casa de mis tíos. Allí está Chema, un perro de esos que te dan ganas de tener tú uno, aunque hasta entonces hayas pasado tu vida sin ellos. Mi tía nos contaba cosas de él mientras nosotros nos turnábamos para hacerle mimos: su predilección por las torrijas, sus enfrentamientos con otro perro que se llama Néstor (cuya dueña es idiota, explicó mi tía).
Bien, hice lo que tenía que hacer en Vitoria, salí contento y de vuelta, mientras me comía un tremendo bocata de jamón preparado por mi madre, miraba los montes Obarenes nevados, por los que tanto anduvo mi padre.

miércoles, 4 de abril de 2007

De vuelta a Vitoria (V)

Está claro que la mejor zona para viajar en tren es la Meseta, sobre todo la tierra de Campos: Sahagún, Grijota, Palencia, Magaz, Villaquirán de los Infantes.
Ahí te puedes quedar tranquilo mirando las nubes desde abajo, los campos verdes, los pueblecitos, un pastor con ovejas. Me daba una gran alegría ver una línea de chopos, descubrir que los horizontes pueden ser amplios, ver los regatos y fantasear sobre las personas.
Me acordé de El tren, ese poema de Antonio Machado tan entrañable (sí, es la palabra):

El tren
Yo, para todo viaje
—siempre sobre la madera
de mi vagón de tercera—,
voy ligero de equipaje.
Si es de noche, porque no
acostumbro a dormir yo,
y de día, por mirar
los arbolitos pasar
,
yo nunca duermo en el tren,
y, sin embargo, voy bien.
¡Este placer de alejarse!
Londres, Madrid, Ponferrada,
tan lindos... para marcharse.
Lo molesto es la llegada.
Luego, el tren, al caminar,
siempre nos hace soñar;
y casi, casi olvidamos
el jamelgo que montamos.
¡Oh, el pollino
que sabe bien el camino!
¿Dónde estamos?
¿Dónde todos nos bajamos? (...)

El tren camina y camina,
y la máquina resuella,
y tose con tos ferina.
¡Vamos en una centella!


He quitado de la mitad del poema la descripción de la monjita, que podría tener algo que ver (o a mí me hubiera gustado) con la que hice yo ayer del testigo de Jehová. Fijaos también en que Machado va por la misma vía que yo (¡Ponferrada!).

martes, 3 de abril de 2007

De vuelta a Vitoria (IV)

Un señor mayor se sentó a mi altura en el tren, al otro lado del pasillo. Era bajito, de buen color y con esa serenidad de toda una generación que ha sufrido, que ha trabajado y que ve las cosas venir sin aspavientos.
Como es también normal en la generación de mi padre, al minuto dos estaba plácidamente dormido.
Cuando se despertó, pasado Monforte (se evitó ver la desfeita urbanística por dos veces, porque ahí el tren llega, para un cuarto de hora y cambia de dirección: otra parada en ese viaje eterno), se dio a comer: sacó un trozo de pan, un chorizo y con una navaja iba cortando trocitos. Yo me puse muy contento de ver aquello, como que se me permitiera volver al pasado, aunque sólo fuera con una escena así, que vi tantas veces cuando era pequeño: esos trocitos de chorizo cortados despacio sobre el pan, saboreando la operación (y el chorizo, que tenía buena pinta).
Luego sacó del macuto, lleno de cosas envueltas en bolsas de plástico, una botella de agua de dos litros (a esas alturas yo esperaba una bota o un porrón, pero bueno) y un catálogo de supermercados Froiz, de esos con fotos pequeñas de los productos y los precios al lado. Durante un buen rato se dedicó a mirar con detenimiento las ofertas.
Mientras me llegaban del asiento de delante olores de plátano y naranja, yo daba buena cuenta de unos bocadillos, pero no le quitaba ojo al hombre, para poder contarlo aquí. Y llegó el momento cumbre: el hombre sacó de la bolsa esta vez Atalaya, la revista de los testigos de Jehová. Eso sí que no me lo esperaba en absoluto. El hombre se puso a leerla despacio, moviendo los labios, silabeando en bajo lo que leía.
Cerca de León, la mítica frase que recuerdan todos los que han ido en este tren:
Mantecadas [de Astorga], hojaldres!

viernes, 30 de marzo de 2007

De vuelta a Vitoria (II)

En las cuatro horas de viaje por Galicia me fijé en las casas: una tragedia es lo que son las casas en el campo gallego.
Miles de casas sin enfoscar.
Montones de casas hechas con granito de Porriño, una bofetada.
Todo disparejo: cada casa a un altura, cada casa un estilo (como si fueran obras de arte contemporáneo), cada casa un atentado.
Casas pretenciosas, casas hechas con lo primero que habían pillado.
Ver Monforte de Lemos fue un dolor, aunque bien es verdad que juzgar desde la ventanilla del tren es injusto. El castillo al fondo parecía bonito. Canabal, una monstruosidad. O Carballiño, uno de los ejemplos más monstruosos que conozco.
Pensaba que no sé para qué tenemos un gobierno de izquierdas en Galicia. Si al menos se molestaran en poner una multa de diez mil euros a cada casa sin terminar, si crearan un impuesto de lujo de cien mil euros a cada casa hecha con granito de Porriño, aún vale. Diríamos: es una vergüenza lo de este gobierno, pero al menos se ha molestado por arreglar un poco el paisaje.
Yo iría más lejos: bombardeos selectivos, prohibición total de construir en Galicia hasta que se mejore lo que hay. Prohibir el granito de Porriño.
Y es otro elemento diferencial de Galicia, que bien que me fijé cuando entramos en el Bierzo, y no era lo mismo, no. Había casas feas, pueblos feos, pero no monstruos.
A intervalos, cuando no me daba con las casas, veía algo bien bonito: los pequeños bancales formados por piedras en las laderas que iban a dar al Sil. En cada uno, dos o tres vides, un trocito de tierra. Era como ver Birmania, no sé, pero a escala reducida.

jueves, 29 de marzo de 2007

De vuelta a Vitoria (I)

El domingo mi madre me contaba del funeral de mi tía Agustina en el pueblo y me dijo que le hubiera gustado que yo hubiese estado para que lo contase aquí, porque debió de ser muy emotivo y porque hacía un día precioso.
Con un elogio así (bien que de la propia madre de uno), se tienen grandes ánimos para embarcarse en contar por menudo estos tres días de viaje a Vitoria.
Como estoy sin tiroides (y desde hace unos días sin la pastilla que produce la hormona) me vi obligado a ir en tren, no fuera a darme un yuyu al volante (exagero, pero me vino bien, a la vuelta estaba cansado).
La última vez que había ido en medios públicos fue hace cinco años. Diréis (dirá alguno): ¡mira qué insolidario, con el calentamiento global que hay! Y yo redarguyo: De Santiago a Burgos ocho horas de reloj, y ¡cuatro horas de Santiago al límite con Castilla (desde Coruña serían cinco)! en el único tren que hace el recorrido de la (llamémosla así, sólo con propósitos descriptivos) España norte. Autobuses: sólo uno por la noche.
¿Queredes saber cal é o feito diferencial galego? Ben fácil: é la comunidade autónoma/rexión/nación/nazón (marque o que proceda) con máis coches nas rúas por habitante.
Galicia: eso que está tan lejos.
Pero el viaje en tren fue muy agradable: reflexiones regeneracionistas sobre Galicia, el paisaje de las márgenes del río Sil, la inmensa hermosura de la meseta en Palencia y Burgos, el último volumen de Trapiello (maravillosa segunda parte).

jueves, 1 de marzo de 2007

A Vitoria

El color rosado de las ramas de los árboles entre Lugo y Piedrafita.
Los campos verdes de Castilla, cuando esperaba campos grises.
Paseo por Vitoria: ciudad amplia, vivible, aunque no encontré ninguna librería y qué hacer sin libros allí: ¿dar vueltas en bici como un zombie por las amplias zonas arboladas?
Mucho borroko por el Campus de la Universidad: van todos de uniforme, con esos pantalones de escalada y la mítica coletilla torera. Veo que en la Universidad han descubierto un (otro) modo de tener más profesores: en cada asignatura hay un profesor que la imparte en castellano y otro en euskera. Y los negritos muriéndose de hambre.
Carteles a favor de De Juana, pero todos tachados, rotos, marcados.
Varias veces me llaman modesto. Luego me tratan de acuerdo con mi modestia.
Humor de perros que prefiero atribuir a este prolongado estado de mono sin tabaco. Ya se sabe, evitar la responsabilidad de los propios actos: ¡todo es química!
Volveré a Vitoria dentro de un mes y esta vez seré todo un pedante, pura soberbia, un monumento andante a la erudición vana.