Mostrando las entradas para la consulta jiménez lozano fray ordenadas por relevancia. Ordenar por fecha Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas para la consulta jiménez lozano fray ordenadas por relevancia. Ordenar por fecha Mostrar todas las entradas

miércoles, 7 de abril de 2021

José Jiménez Lozano y Américo Castro

La correspondencia entre ambos me interesaba por Jiménez Lozano, porque de Américo Castro no he leído nada y, más que ideas, de su obra lo que tengo son cuatro nociones tópicas, quizá hasta falsas. En sus polémicas yo siempre me habría puesto del lado de Sánchez Albornoz, al que tampoco he leído. Ahora esas discusiones sobre el ser último de España me pillan más bien cansado.

Estas cartas no me han ayudado a acercarme a Ámerico Castro, que aparece en ellas como un viejo aviejado, susceptible, siempre quejoso de lo que digan de él, pendiente de guerras académicas reales o ficticias, que pueden venir de decenios atrás, con otros catedráticos*. Todo esto escribiendo a un periodista como JJL, al que le debían importar muy poco esas peleas universitarias: de hecho, nunca entra al trapo.

Yo de esas cartas saco la bonhomía de Jiménez Lozano. Aquí le escribe a Castro unas cartas muy bonitas, llenas de deferencia y respeto. Da la impresión de que ha enlazado con lo que puede que fuera lo más valioso de este, su interés por las personas perseguidas, silenciadas, de la historia de España. Jiménez Lozano con ello lograría una síntesis única, por encima de confrontaciones, poniendo la atención en lo pequeño: la vida de la gente y las figuras verdaderamente grandes como san Juan de la Cruz, fray Luis de León o santa Teresa, porque aúnan todo y acogen todo, la grandeza de España y la ruindad y persecución, de la que salieron mejorados. 

Por encima de cainismos, de ver quién gana a posteriori la guerra o la historia de España, la atención de José Jiménez Lozano va a los débiles. Para mí, es un modelo de apertura de mente y de capacidad de fijarse en todo y en todos, pero poniendo la atención en lo verdaderamente valioso, por encima de los oropeles del prestigio vano.

---

*En el lío mete además al Opus Dei: se le nota a Castro un recelo muy típicamente institucionista. En esas cartas lo que hay es críticas a un catedrático concreto: los editores, en vez de ver esos recelos genéricos y peleas concretas con catedráticos concretos, le compran el argumento en bloque y lo dan como un hecho en la introducción: el Opus Dei contra Américo Castro.

lunes, 8 de junio de 2020

100 mejores libros

Estoy contento de cómo me ha quedado la lista, no de que estos sean los 100 mejores libros en absoluto. En el proceso me he descubierto grandes lagunas, pero creo que es un buen retrato mío, con todas sus carencias y dos ausencias gordas, Dante y Shakespeare. 
Quizá parte de las novelas que pongo, que leí en su inmensa mayoría hace años, ahora no me gustasen tanto: es, pues, un retrato mío, pero de mi historia de lector, no de mi presente, ahora que estoy mucho menos inclinado a la ficción. Como veréis, he hecho trampas en algunos casos, poniendo Obras completas, más que libros concretos.
En el último momento he quitado obras de amigos, que he rellenado con otras que me han señalado ellos mismos o que había quitado yo. No es que me parezcan peores, es que podría parecer que los pongo por amistad y ellos ya saben que admiro sus obras.
No pongo la Biblia, porque está aparte, claro:

1. Acción de gracias, Richard Ford 
2. Alicia en el país de las maravillas, Lewis Carroll 
3. Antología de poesía del XV-XVI (que tenga Romancero, Cancioneros y Poetas) 
4. Antología de poesía latina medieval (One hundred Latin Hymns - Dumbarton Oaks) 
5. Antología del cuento nortamericano, ed. Richard Ford 
6. Autobiografía, de Elias Canetti 
7. Confesiones, san Agustín 
8. Cosecha roja, Dashiell Hammett 
9. Cranford, Elizabeth Gaskell 
10. Cuentos completos, Antón Chejov 
11. Cuentos completos, Edgar Allan Poe 
12. Cuentos completos, Isaac Bashevis Singer 
13. Cuentos completos, Leopoldo Alas, Clarín 
14. Cuentos completos, Raymond Carver 
15. Diario de la felicidad, Nicolae Steinhardt 
16. Diario de un cazador, Miguel Delibes 
17. Diarios, Léon Bloy 
18. El Señor, Romano Guardini 
19. Don de la ebriedad, de Claudio Rodríguez 
20. Edipo Rey y Edipo en Colono, de Sófocles 
21. El Danubio, Claudio Magris 
22. El Jarama, Rafael Sánchez Ferlosio
23. Breviario de saberes inútiles, Simon Leys 
24. El mudejarillo, José Jiménez Lozano 
25. El primer círculo, Alexandr Solzhenitsyn 
26. El Quijote de la Mancha, Miguel de Cervantes 
27. El Señor de los anillos, J. R. R. Tolkien 
28. El Silmarillion, J. R. R. Tolkien
29. El trabajo gustoso, Juan Ramón Jiménez 
30. Elena, Evelyn Waugh 
31. En busca del tiempo perdido 1. Por el camino de Swann, Marcel Proust 
32. Escolios a un texto implícito, Nicolás Gómez Ávila 
33. Espada de Honor, Evelyn Waugh 
34. Europa, la vía romana, Remi Brague 
35. Fedón, Platón 
36. Fracasología, Elvira Roca Barea 
37. Grandes esperanzas, Charles Dickens 
38. Guía espiritual de Castilla, José Jiménez Lozano 
39. Historia de la Guerra del Peloponeso, Tucidides 
40. Historia de un alma, santa de Teresa del Niño Jesús 
41. Historias, Heródoto 
42. Hoja de Niggle, J. R. R. Tolkien 
43. Ilíada, Homero 
44. Imperiofobia y leyenda negra, Elvira Roca Barea 
45. Industrias y andanzas de Alfanhuí, Rafael Sánchez Ferlosio 
46. Introducción al cristianismo, Joseph Ratzinger 
47. Jesús de Nazaret, Joseph Ratzinger 
48. Juan Belmonte, matador de toros, Manuel Chaves Nogales 
49. La gente de Smiley, John le Carré 
50. La Ilíada o el poema de la fuerza, Simone Weil 
51. La regenta, Leopoldo Alas, Clarín 
52. La república, Platón 
53. Las Bacantes, Eurípides 
54. Las confesiones de un pequeño filósofo, Azorín 
55. Las grandes amistades, Raïssa Maritain 
56. Léxico familiar, Natalia Ginzburg 
57. Lírica griega arcaica (hay muchas antologías) 
58. Lo propio del hombre, Rémi Brague 
59. Los anillos de Saturno, C. W. Sebald 
60. Los hermanos Karamazov, Fiódor Dostoyevski 
61. Los novios, Alessandro Manzoni 
62. Los ojos del icono, José Jiménez Lozano 
63. Los trabajos de Persiles y Segismunda, Miguel de Cervantes 
64. Mi lucha contra Hitler, Dietrich von Hildebrand 
65. Middlemarch, George Eliot 
66. Milagros de Nuestra Señora, de Gonzalo de Berceo 
67. Muerte en el kibbutz, de Batya Gur 
68. Novelas contemporáneas, Benito Pérez Galdós 
69. Novelas ejemplares, Miguel de Cervantes 
70. Obra completa, Flannery O’Connor 
71. Obra completa, Fray Luis de León 
72. Obra completa, san Josemaría Escrivá 
73. Obra completa, san Juan de Ávila 
74. Obra completa, santa Teresa de Jesús 
75. Odas, Horacio 
76. Odisea, Homero 
77. Orgullo y prejuicio, Jane Austen 
78. Ortodoxia, G. K. Chesterton 
79. Pabellón de cáncer, de Alexandr Solzhenitsyn 
80. Perder y ganar, de san John Henry Newman 
81. Poema de Fernán González
82. Poesía completa, Ceslaw Milosz 
83. Poesía completa, fray Luis de León 
84. Poesía completa, Julio Martínez Mesanza 
85. Poesía completa, Miguel d’Ors 
86. Poesía completa, san Juan de la Cruz 
87. Poesía completa, Wislawa Szymborska 
88. Poesía completa, Zbigniew Herbert 
89. Por tierras de Portugal y España, Miguel de Unamuno 
90. Retorno a Brideshead, Evelyn Waugh 
91. Retratos y naturalezas muertas, José Jiménez Lozano 
92. Salón de pasos perdidos, Andrés Trapiello 
93. Sermones parroquiales, san John Henry Newman 
94. Simposio, Platón 
95. Sobre Dios y el mundo, Robert Spaemann, 
96. Teogonía/Trabajos y Días, de Hesíodo 
97. Todos nuestros ayeres, de Natalia Ginzburg 
98. Un día en la vida de Iván Denísovich, de Alexandr Solzhenitsyn 
99. Un puñado de polvo, Evelyn Waugh 
100. Vida de Santo Domingo de Silos, de Gonzalo de Berceo

domingo, 19 de septiembre de 2004

Escritores

Me ha gustado muchísimo el artículo de Jiménez Lozano de hoy:
ABC 19 de septiembre de 2004.
GRULLAS Y RASTROJOS Por JOSÉ JIMÉNEZ LOZANO

POR estas fechas en que escribo, los rastrojos ya han dejado de ser dorados, o rojos si se han mirado con las últimas luces del día, que, ciertamente no tienen los dedos rosados como los del alba según dice Homero, sino más bien sanguinolentos, o de uñas pintadas; y el color rosado que extienden sobre esos rastrojos es muy subido, casi dramático como el de los troncos de los pinos, o el de una tierra arcillosa. A veces provoca este paisaje pensamientos oscuros, y se agradece que la noche se eche encima, porque, si los días son aún calurosos, resulta un refrigerio, pero, si esos atardeceres ya son fresquitos, aquélla es como terciopelo que nos echásemos sobre los hombros. Pero primero hablan, y dicen, los rastrojos.
Por estas fechas, con todavía un poco de calorina o ya con frescor, los rastrojos ya están ajados, y de un color moreno oscuro que no es el tostado, sino el del perecimiento, el que deja la vida cuando abandona a un viviente; y, si las lluvias llegan pronto y con alguna intensidad, el de la pudrición; pero de momento es el del abandono; y, mientras llegan, esos rastrojos aún pueden quemarse. Ya se hace esto con menos frecuencia que en otro tiempo, avisados como están los labradores de los inconvenientes efectos de esas quemas, aunque, diríamos que paradójicamente, arden miles de hectáreas de verdor y vida, pese a estar avisados también todos nosotros. Pero éste es otro asunto, y hace ya tiempo que no existen ni maldad ni crimen, ni respuesta a las incontestadas y quizás incontestables preguntas que suscitan.
Lo que iba a decir era que esos rastrojos quemados, cuando se trataba de grandes extensiones, dibujaban en el horizonte una maravillosa hoz de oro, que luego viraba al rojo, pero todavía con hilillos dorados, y semejaba una especie de fimbria o reborde del manto de la noche. Era, y es, un fabuloso espectáculo, y no el más pequeño de los que ofrece la naturaleza en los otoños, en esta austera tierra de Castilla, como si quisiera resarcirse de su no menor fama de ser tierra recia y hasta inhóspita, sólo vivible para místicos y ovejas, gente extraña.
Lo que pasa es que, aun sin la llamativa presencia de estos supuestos y raros habitantes, y llueva más o menos, enseguida estos rastrojos serán arados, y mostrarán el aspecto de un impresionante jardín de arena japonés, incluidas a veces las piedras que en este jardín representan islas. Y, en él, los surcos se trazan cada día y evocan el movimiento del mar, un suave oleaje; pero en las tierras aradas quedan rectos, en cualquier caso, como estelas solidificadas de barcos fantasmas, que hubieran pasado por aquí. Pero no significan nada, sólo dicen lo que son. El Maestro fray Fray Luis de León, por ejemplo, mira este paisaje, y ve que los bueyes van rompiendo los sembrados, es decir, la tierra en la que se va a sembrar; y oye que ya el ave vengadora / del Íbico navega los nublados / y con voz ronca llora. Esto es, la grulla, porque gracias a las grullas y su testimonio se descubrió al asesino del poeta Íbico; y añade: El tiempo nos convida / a los estudios nobles. Esto es, se acabaron las vacaciones, y hay que volver al tajo. ¿Cómo no nos llenaríamos de melancolía, pero cómo ésta no quedaría rota ante el reclamo del deber y del oficio?
El Maestro fray Luis, desde luego, era hombre que llevaba bastante cuesta arriba el trabajo y el inevitable tedio académicos, pero lo resolvía haciendo alguna escapadita o viajecillo, y, desde luego, dejando caer de sus manos, como él mismo decía, algún poema, y poniéndose al fin a los nobles estudios. ¿Cómo iba a poder imaginar siquiera que, en nuestro tiempo, este fin del estiaje y principios del otoño supondrían, según se dice, profundos traumas para muchas gentes ante la perspectiva de tener que volver a trabajar? Estas gentes, así golpeadas, parecen estar en la más profunda postración y desgana, y no las bastarían, para salir de ellas, aquellos polvos que al Maestro mismo le componía, en Madrigal de las Altas Torres, una monja hija de boticario y con habilidades en los mejunjes médicos, para sus melancolías y pasiones de corazón. ¿También éstas del otoño?
En un poeta como Isaías, el hebraísta fray Luis podía leer lo que sin duda también había lacerado su corazón de niño, allá, en su Belmonte natal, y seguramente siguió lacerándole en el paisaje salmantino, o de Ávila y Valladolid o Madrid, por los que tanto transitó. Es decir, que la extrema derelicción de un ser humano, o de toda un ciudad como Jerusalén, era la de quedar como cabaña en viña, como choza en melonar, cuando viña y melonar, con sus frutos ya recogidos, son una devastación de muerte, y choza y cabaña se yerguen todavía inmensamente solitarias, con una soledad solemne, en una desolación ella misma devastada. Pero cuando Munch, pongamos por caso, quiere hacernos presente esa soledad de desecho en nuestro mundo en uno de sus cuadros, echa mano de una atroz representación de una multitud que transita la calle de una gran ciudad, y los rostros de cuyos componentes son sus calaveras, porque ya no puede evocar aquella imagen de la cabaña solitaria. Como tampoco podría hacerlo un poeta de hoy, aunque no por la sociológica razón de Perogrullo de que ya no estamos en una sociedad con una presencia agrícola entitativa y determinante, sino porque nuestra relación con la naturaleza y sus representaciones intelectuales y sentimentales no son verdaderas, y ya no van más allá del ecologismo; porque ya no somos capaces de amarla, y, por eso, tampoco de un lenguaje simbólico y carnal que nombre verdaderamente, y torne presente lo nombrado. O porque, siendo cómplices de un nihilismo autosatisfecho, nada nos importa nada; ni la hermosura del mundo, ni la humana soledad inmensa que evocan la cabaña o la choza solitarias, o el grito de la grulla, ni las esferas todas de cristal de los cielos. Y, desde luego, no las víctimas humanas del horror diario, que nos explicamos, y justificamos. El horror tampoco es nada, sólo quizás la honorabilidad de los verdugos es. Felices y redondos, como vio Nietzsche a los hombres últimos, nada nos puede concernir.
La enseñanza antigua daba un gran importancia a la poesía porque aportaba el conocimiento necesario, a través del fulgor de la belleza, sobre la realidad del mundo y la frágil y perversa consistencia de la condición humana; porque, de otro modo, como decía Emerson, la mayoría de los hombres sólo se percatará de ello un cuarto de hora antes de morirse. Pero los ojos de los bueyes, el vuelo de una garza, el lamento de una grulla, la choza y la cabaña en medio de la desolación misma de un paisaje, o del ánima de los hombres, siempre dicen la verdad. Y sobre todo de las víctimas, y del amordazamiento que se hace a sus preguntas.
Quizás entonces, mientras quede algún rastrojo de hombre, ya que nosotros estamos bastante envilecidos, se citará de nuevo a las grullas, como testigos de la muerte de Íbico.

lunes, 12 de octubre de 2020

Un artículo sobre José Jiménez Lozano

Al hilo de lo que estuve mirando en mi reseña/cabreo del libro de Ignacio Peyró, he rescatado este artículo que salió publicado en 2013 en Suma Cultural, porque no parece que ya esté en línea. Aquí lo dejo, en su menesterosidad. A mí, releído, me ha gustado:

José Jiménez Lozano, por amor al arte

Ángel Ruiz

Primero, me pondré la venda: en esto del arte soy –ya me parece mucho- un amateur. Por eso, no voy a poder hacerle justicia a la visión del arte de José Jiménez Lozano; y como ni en mil años llegaría a creador (como mucho, a crítico, uno de esos que «entienden de lo que no comprenden», en frase dolorosamente certera de Ramón Gaya), tampoco por la vía de la afinidad –en cualquiera de las artes- iba a conseguir llegar al núcleo tan valioso de su visión del arte.

Al menos sí que puedo dar un consejo: Retratos y naturalezas muertas, del año 2000, es su libro sobre arte que prefiero, la culminación por ahora de un interés sostenido, que coronaba otros logros admirables previos, bien tangibles por lo demás; en buena parte gracias a él surgió el proyecto de Las Edades del Hombre, en torno al arte de las diócesis de Castilla y León. Quedan para la memoria una serie de exposiciones y algunas publicaciones memorables, especialmente su libro Los ojos del icono, de 1988, la guía de referencia de todo el proyecto, y Estampas y memorias, de 1990, para el que escribió un grandioso texto liminar. Aquello fue mucho más que una exposición de arte religioso siendo solo eso; más adelante explicó él que «nunca quisimos otra cosa que mostrar cosas hermosas» y a fe que lo lograron. Ya había dicho antes que «la pretensión espontánea de belleza (…) es la única razón de ser y la única ética de una pintura» (Los ojos del icono, 33), pero qué emocionante fue aquella primera exposición en la Catedral de Valladolid, quizá por eso mismo: porque no se instrumentalizaba el arte por la vía de las buenas intenciones, al fin y al cabo secundarias respecto a lo primero en el orden de la creación, el bien de la obra de arte en sí misma, algo que no se cansó de recordar su muy querida Flannery O'Connor. Por otro lado, a las críticas de Port-Royal al arte como engaño contra la verdad, les contesta: «yo soy más papista, lo que quiere decir, naturalmente, más griego, y que la belleza no es para mí, entonces un artificio, sino un trascendental del ser al igual que la verdad y la bondad. La belleza no es un instrumento o artificio para deleitar o embellecer y de este modo hacer bello lo que no es. Porque lo que no es no es, y no hay que dar la sensación de que es con cosméticos de ninguna clase, y en este sentido sí recojo con mucho gusto las advertencias de Port-Royal» (Retratos, 91).

Seguramente él nunca se haya planteado decir palabras definitivas sobre arte. Pero así es como las dice: recordando las limitaciones de este, por más que algunas veces bien que nos ayude y consuele el arte entre las dificultades de este camino de la vida. La suya es una mirada atenta, contemplativa y apreciativa, llena de comprensión a todo lo que el hombre ha querido crear. «Nada», repetía san Juan de la Cruz, pero repitiendo esas «nadas» en un emocionante dibujo esquemático que nos recuerda repetidamente Jiménez Lozano para que comprendamos la paradoja. Es esa misma aparente contradicción que san Bernardo intentó conjurar despojando al Císter de decoración «y quizá así le parece que ha conjurado a esa belleza, pero en realidad lo que ha hecho ha sido alcanzar la más alta y la más pura estética». Quedan solo los muros de piedra: «y los monjes tratarán a estas piedras como reliquias; no porque sean sagradas, sino porque son hermosas y llevan, además, en ellas las huellas del trabajo humano (Los ojos del icono, 32). A veces, al final se encuentra la belleza, pero la estética no es el fin y por eso hay que renunciar a centrarse en ella, para que quede la verdad, que es, paradójicamente, bella.

Y así ocurre con las imágenes, los «iconos» que tan magistralmente trató en sus libros de finales de los años ochenta: «El relato que nos hace el icono paraliza la historia entera y torna ceniza al mundo y a sus poderes –"como si no hubiera mundo", decía Teresa de Ávila- cuando ponemos los ojos sobre esos otros ojos, unas manos, un llanto, una sonrisa, una llaga, un ángel, una partera, un niño, un verdugo, un pez, un perro, un asno o la ballena Leviathan. La historia entera se relativiza y se desquicia: vemos la trama de la mentira y sufrimiento sobre la que está construida y de la que se alimenta; y vemos también lo que debería y debe ser antes de que acabe en catástrofe. Con toda claridad lo vemos: como a la luz de la candela que hacía traslúcidas, cual si fueran de alabastro rojo, nuestras manos infantiles. Y entonces, esperamos. Porque este es el poder y la gloria del icono» (Estampas y memorias 38-39).

Y aquí aparece la luz de la candela, imagen central en toda su obra. Donde otros buscan tenebrismo o efectos de luz, él ve recuerdos de niñez, la mirada cercana a lo iluminado precariamente, las caras con fiebre y miedo y la palidez de los círculos rojos en las mejillas. Pero no es sentimentalista de la infancia; menos de la patria, pequeña o grande: su Guía espiritual de Castilla, de 1984, el otro libro que hay que recordar aquí como fundamental para su visión del arte, no es una glorificación ni del pasado ni de lo local ni de lo propio. Es reflexión sobre el dolor acumulado en siglos: judíos y criptojudíos, mudéjares (sus edificios de ladrillo entre Valladolid y Ávila son su mundo de niño), cristianos nuevos, todas las pobres gentes que dejan a veces solo el recuerdo de unas lozas con una línea azul sencilla, o una pared de adobe en un suelo de tierra. La huella del arte en lo pequeño. Pero eso mismo lo busca en las cajas de Cornell, en todo Georges de la Tour, por las estancias holandesas de Pieter de Hooch, y nos hace sentirnos a gusto –quién nos lo iba a decir- en Port-Royal y allí nos pasmamos de la serenidad que trasluce un exvoto de Philippe de Champaigne. Nos hace fijarnos en Gerrit Dou o en Paul Klee, en las iglesias vacías de Saerendam, en un cuadro sobre Judith en el que nos descubre el drama de dolor de su autora, Artemisia Gentileschi. O nos señala los pájaros del cuadro de los cazadores en la nieve de Brueghel el Viejo. Y volvemos a san Baudelio de Berlanga y a Santiago de Peñalba y a las ilustraciones de los Beatos milenaristas. Y las celdas de los carmelos teresianos, pura sobriedad, y los castillos interiores de costosísimos materiales preciosos que describe –otra paradoja- la propia santa.

Son caminos los suyos no seguidos por el gusto dominante y menos por las modas de círculos buscadamente minoritarios y exquisitos. La suya es una «conciencia de soledad, de marginalidad producida por el hecho de que mi universo, mi visión del mundo y mi mirada sobre él son diferentes y quizás demasiado singulares; mis intereses intelectuales distintos, mi concepción estética, mi tradición y mi familia espiritual extrañas a la cultura española convencional, y también anacrónica o pura alteridad respecto al "espíritu del tiempo" y la modernidad y postmodernidad triunfantes» (Unas cuantas confidencias, 1993, 23).

Ante el peligro de esas tormentas cíclicas del gusto que parecen conseguir imponerse, «los alejandrinismos, las diversiones o masoquismos barrocos» y que especialmente en nuestro mundo corremos el peligro cierto de que se conviertan en «un gran pedrisco en mayo, habrá que meter los tiestos a cubierto: Spinoza, Kierkegaard, Juan de la Cruz, Hegel, Simone Weil, Melville, Flannery O'Connor y los otros» (Unas cuantas confidencias, 27). En literatura tenemos refugios así; también el arte nos lleva al principio: «la experiencia estética en sí misma: no un láudano para olvidar, ni retórica que embellezca, o falsee, o evada la realidad, sino una necesidad humana elemental» (Los ojos del icono, 29). Ni engaño, pues, ni droga, ni adornos: la atención –mucho habló de ello Simone Weil- es una necesidad humana básica, «aguzar la mirada humana sobre el mundo e irse librando de todo lo que se interpone entre ambos», incluyendo ahí «nuestra propia sensibilidad estética» por refinada que sea: «la belleza es de un instante. A los hombres no se nos ofrece otra belleza u otra posibilidad de captarla más que en un instante. Y todos buscamos su permanencia» (Unas cuantas confidencias, 14).

Otro peligro sería, huyendo del sentimentalismo, correr lejos del sentimiento: «se tiene la sensación de que solamente la dulzura que emana de ciertas Vírgenes románicas o góticas, de grandes ojos y encantadora sonrisa, ha sostenido a los hombres de la cristiandad occidental en esa larga noche infernal». Se está refiriendo a la crisis en torno a la Peste Negra, pero también pone de ejemplo a fray Luis en la cárcel, que «no encuentra en su acerbo encierro inquisitorial de Valladolid otro consuelo o asidero para soportar su vida que recurrir a la figura de la Virgen en unos espléndidos versos» (Los ojos del icono 77-78).

Anhelo de verdad, conciencia de fugacidad pero a la vez del consuelo verdadero que tienen las cosas, aprender a mirar con ojos atentos. Quizá estas sean claves para intentar precisar cómo considera José Jiménez Lozano el arte. Explícitamente lo dice en una definición que hace de «una teoría de la literatura: sólo lo que es lejano o débil es importante, sólo lo que es pobre o frágil es hermoso, y la extrema belleza nunca es obvia, ni fulgura» (Unas cuantas confidencias, 33).

Todo ello está en Retratos y naturalezas muertas, el libro de arte de Jiménez Lozano que me atreví a recomendar especialmente, así como en ficción guardo un recuerdo especial de El mudejarillo o Los grandes relatos, o como elogié repetidamente su biografía de fray Luis de León o, de entre sus Diarios, Loscuadernos de letra pequeña. Y en poesía, todo (y por fortuna ahora tenemos al alcance de la mano, en una excelente selección, la antología El precio). En este Retratos llega a una serenidad quizá lograda por el recurso al diálogo, un diálogo consigo mismo, interior pero pacífico, que es meditación a partir de lo mejor de la Francia del siglo XVII: los Pensamientos de Pascal, las pinturas de Philippe de Champaigne, los cuadros de Georges de la Tour, por ejemplo la Magdalena Terf, de la que había escrito un poema que comienza así: «La lamparilla, el libro, / la mano en la mejilla, pensarosa; / la redondez de la rodilla tan rotunda, / tan leve la del vientre, y la otra mano / sobre la calavera en su regazo» (El tiempo de Eurídice, de 1996). A propósito de ese cuadro recoge lo que dice Pascal Quignard de que la obra de este pintor se resume en «confrontar al hombre consigo mismo con ayuda de una llama». Y a ese propósito, escribe este texto admirable sobre lo que era la luz de la candela en su infancia: «Los niños (...) acercaban sus manos a la llama, y éstas se volvían rojas y traslúcidas, dejaban ver el armazón de sus huesos; los rostros de las muchachas se sofocaban como sólo el amor podría colorearlos más tarde, y de bien distinto modo, aunque no menos hermoso que como el aire helado del invierno ponía rojo en sus mejillas extendiendo la palidez en torno» (Retratos, 16).

El arte es la luz y el calor de una candela. Hasta de las Meninas lo que importa al final es que la princesa protagonista murió. Y el arte es camino. Dos poemas de Elegías menores, de 2002, lo explican mejor:

 

Las meninas

Le dijiste al crítico de arte:

Está bien su explicación, pero

yo sólo vengo a ver a María Bárbola,

a Nicolasillo Pertusato, al perro,

y a ver abrir la puerta al Intendente Nieto.

Te callaste

que en aquella habitación no se respira;

la Princesita bebe agua ¡Pobre!

¿Y si me preguntase?

Yo he visto su sepulcro en Viena.

 

Oficio matutino

La pobre mujeruca, anciana,

pisada como aceituna en la almazara de la vida,

con sus duras arrugas en el rostro,

sus sarmentosas manos, lentos

y aguzados, al mirar, sus ojos,

acude con el alba a la iglesita,

pintada y de brillantes cristaleras.

Y allí mira a los santos en derredor de Cristo

caballeros y reyes, obispos con sus vestiduras refulgentes,

filósofos, y el último, con su mano en el rostro,

sentado en su silla de oro, está Agustín:

luego hay un príncipe, una dama

con su armiño, y ángeles y arcángeles

y su propia silla –la de la mujeruca-, allí junto,

para cuando pase de esta vida.

Sonríe y sale luego, bendecida y solemne

y ¡con qué cortesía trata a las gentes

del mundo! A las palomas y gallinas

al perro y a los pájaros. ¡Con cuánta

misericordia y alegría va cargada!


martes, 10 de marzo de 2020

Dos cartas de José Jiménez Lozano

José Jiménez me escribió dos veces, a mano, con letra pequeña. Contestaba a cartas mías: la primera es respuesta a mi envío de dos trabajos sobre fray Luis. Creo recordar que yo acababa de leer su libro y supuse que podía interesarle un trabajo mío sobre una mención en De los nombres de Cristo, a un innominado poeta griego, que descubrí que era una cita de Sófocles vía Filón de Alejandría. Quizá le mandé también mi trabajo sobre citas en fray Luis de León de poetas griegos.

Alcazarén (Valladolid) 10-dic-07
Sr. D. Angel Ruiz
Santiago de Compostela

Mi estimado amigo – si me permite llamarle así, ya que sus letras y su envío son tan amistosos-, en primer lugar quiero pedirle excusas por mi tardanza en contestarle, y es ahora cuando me percato de que en su tarjeta incluye su dirección electrónica, porque, de otro modo, le hubiera enviado el recibo de su envío.
Este pasado mes de noviembre, y hasta la fecha, se me han juntado unas cuantas charletas y corrección de pruebas, y no podía leer los trabajos que usted me envía con un poco, siquiera el mínimo, sosiego y atención. Me di cuenta, en seguida, que son una hermosura. Es una hermosura esa búsqueda y tanteo de unos versos, de un poema, de una idea o de una formulación. A menos que –y le pregunto al decirle esto- un determinado número de experiencias humanas se expresen del mismo modo en todas las culturas, a través de las mismas imágenes y de formulaciones similares.
Por ejemplo, teniendo por mi parte esta intuición, quedé muy confirmado en ella, cuando estuve en una tesis en Israel, en Bar-Ilam, cuya autora sostenía y probaba que las imágenes de “Las Moradas” de Santa Teresa eran las mismas en culturas no europeas ni cristianas, cuando se trataba de la expresión de una experiencia interior. Como ocurre, pongamos por caso, con sentirse en un pozo, o en una noche, variando luego, naturalmente, el vigor, la dulzura o delicadeza, según las posibilidades del idioma y la subjetividad del escritor o poeta.
Y no es el caso, sin duda, de fray Luis, porque me parece que usted muestra la conexión con la literatura clásica, dependencia que les importaba a esos escritores, ya que eran capaces de su reformulación de lo mismo con un poder y un lirismo admirable. y de veras que he disfrutado sus trabajos. Gracias por enviármelos. Los repasaré con mucho gusto.
Esperemos que este no sea un contacto esporádico, y que incluso lleguemos a conocernos alguna vez y que esto no sea muy tarde.

Aquí me tiene, con mi amistad, y un cordialísimo saludo

José J. Lozano
Mi correo electrónico: jjimenezlozano@telefonica.net

La segunda es contestación a otro trabajo mío, sobre la visión del paisaje en los escritores del 98 en relación con ideales bucólicos (en línea, en mi academia.eduen línea está un trabajo previo, sobre Galdós):

Alcazarén (Valladolid) 24, dic, 09

A Ángel Ruiz
Santiago de Compostela

Mi estimado amigo, gracias muy de veras por su recuerdo en esta Navidad, que es como una fuente y tejadillo de alegría y esperanza. ¡ojalá le acompañen! Y luego lo mejor para usted y los suyos.
Le agradezco también su trabajo sobre el bucolismo de Castilla en esos escritores. ¿No le parece que hay una especie de incapacidad española para ver un paisaje, y más el castellano quizás? Los amigos mismos del 98 ¿no retorizaron o ideologizaron el paisaje que veían?
Espero que algún día podamos echar una charleta sobre esta y otras cosas.

Con un fuerte abrazo
José J. Lozano


Son dos cartas llenas de bonhomía, de amabilidad, de detalles finos de aprecio (sin conocerme). Y con una delicadeza extraordinaria.

sábado, 20 de septiembre de 2008

¡Nueva edición de De Los nombres de Cristo!

Pasaba el otro día por los estantes de la Biblioteca de la Facultad, a la caza de novedades (no se molestan en ponerlas en un sitio aparte, hay que ir buscando por los estantes) y me llevé una sorpresa mayúscula: una edición nueva de De los nombres de Cristo*, y una gran edición que viene a sustituir a la muy buena pero ya de hace 30 años de Cristóbal Cuevas en Cátedra. Y me llevé el alegrón porque la edición estaba a cargo de Javier San José Lera, profesor de Salamanca y uno de los grandes expertos en fray Luis. Y esto, poco después de la de la poesía de Antonio Ramajo Caño en la misma colección.
Pero lo que pasa, que no dura la alegría en casa del pobre: esta colección, heredera de la que Francisco Rico (que es listo como el hambre) comenzó en la editorial Crítica, siempre tiene un 'estudio preliminar' delante, en realidad unas páginas de lucimiento, puestas allí supongo que para dar cancha y royalties a las vacas sagradas. Bien, podrían haber puesto como prologuista a Colin Thompson o a José Jiménez Lozano o a Ricardo Senabre, pero han sacado de su tumba a don Fernando Lázaro Carreter (que murió en 2004) para decir dos tontadas (y perdón, de mortuis, etc.) sobre Renacimiento=pagano y sobre fray Luis y sus posibles dificultades vitales (voy a decirlo así, porque ya sabéis que era un fraile, je, je), cosas archisobadas sobre sus sonetos amorosos y falsas de toda falsedad. Además tiene una enorme pinta de refrito de no sé dónde [busco en google dos segundos y sí, refrito de esto, de 1995; y me temo que refritado luego aquí, en 1996], porque de lo que no habla casi es de Los nombres de Cristo, que tengo para mí que no leyó nunca o leyó mal: una obra cuyo tema es los nombres de Cristo en la Sagrada Escritura qué iba a importarle. Él se leía las poesías castellanas, buscaba datos eruditos y se los clavaba como chinchetas, leía el prólogo sobre la lengua y hacía unas verónicas sobre las lenguas vulgares y lo demás le daba igual, al menos a juzgar por la ignorancia oceánica que muestra sobre fray Luis, en el que ve sólo lo que quiere ver: sus cuatro ideas tontas sobre el Renacimiento, en las que fray Luis no le encaja.
La lástima es que a Lázaro Carreter todo el mundo le rió la gracia de El dardo en la palabra (porque somos muy policías -también en las lenguas- y nos va el rollo de se puede/no se puede decir esto o lo otro y espero no estar pisando muchos callos ahora, pero es lo que pienso) y le hemos convertido en el gran sabio, cuando sí, bien, era un catedrático, pero sobre todo un hombre bien relacionado y editor de libros de bachillerato (con los que se forró, y eso no me parece mal): y gracias a él nos hemos cargado el gusto de los españoles de las últimas generaciones (¡aquel libro de Literatura de COU!). Bueno, me callo, que me embalo y me despeño. Y pudiera ser que le encargasen esos folios y hubiera reutilizado sus cuatro papeles y luego la edición se hubiese retrasado, que todo puede ser, pero el hecho es que es una mierda el texto de Lázaro Carreter.
Menos mal que al dejar esas penosas páginas detrás, nada más comenzar el estudio de Javier San José la cosa cambia como de la noche al día: para empezar, con un par, dice lo que hay que decir: que fray Luis era ante todo y sobre todo un biblista (es lo que te tiene cuando alguien lee los textos de verdad). Y podría haberlo comparado con Ratzinger, que es la figura que veo más cercana a él, pero quizá hubiera estado fuera de lugar. Y hasta aquí he leído sólo, que me queda todo el estudio preliminar, que promete mucho. Y la edición seguro que estará muy bien, visto el nivel de las otras ediciones que ha hecho Javier San José.
Os lo recomiendo vivamente: un must, un libro para comprar y quedárselo (arrancando lo de Lázaro Carreter con un cutter). Los 35 euros los vale de sobra.
*Fray Luis de León. De los nombres de Cristo. Edición, prólogo y notas de Javier San José Lera. Estudio preliminar de Fernando Lázaro Carreter, Barcelona, Galaxia Gutemberg - Círculo de Lectores, 2008, ISBN 978-84-8109-693-4

viernes, 25 de febrero de 2005

Fray Luis y San Juan

Fray Luis de León, De los nombres de Cristo:

Para que el fuego ponga en el madero su fuego; esto es, para que del madero nazca fuego encendido se avecina primero el fuego al madero y con la vecindad se le hace semejante en las cualidades que recibe en sí de sequedad y calor, y crece en esta semejanza hasta llegarla a su punto, y luego se lanza en él, y le da forma.

San Juan de la Cruz, Noche oscura:

Porque el fuego material, en aplicándose al madero, lo primero que hace es comenzarle a secar echándole la humedad fuera y haciéndole llorar el agua que en sí tiene; luego le va poniendo negro, oscuro y feo y echando fuera todos los accidentes feos y oscuros, que tiene, contrarios al fuego; y finalmente comenzándole a inflamar por fuera y calentarle, viene a transformarle en sí y ponerle hermoso como el mismo fuego.

Y comenta José Jiménez Lozano en su semblanza de fray Luis (de él tomo todos los textos, p. 120-121):

Y, como en un Caravaggio, un De la Tour, un Honsthorst, cuyas figuras son iluminadas por un fuego, desnudan su alma el uno y el otro, fray Luis y Juan de la Cruz, y nos ofrecen sus adentros. Se trata verdaderamente, en esas líneas que escribieron, de dos magníficos autorretratos: de hombre de escuela y platónico fray Luis, aristotélico y materialista Juan de Yepes; pero, filosofías y talantes aparte, vemos aquel fuego con los ojos diversos de uno y otro; como niño puesto ante él en una sillita, o luego en su sillón frailero, mientras lee o escribe en el caso de fray Luis; y viendo a Juan de la Cruz como muchachuelo que incluso lucha por encender maderos húmedos o aún algo verdes -los que podían allegarse a la casa-, y maravillado luego por su transformación en luz incandescente, tanto consuelo contra el frío, y luz del alma.

lunes, 9 de marzo de 2020

José Jiménez Lozano

Me acabo de enterar de que se ha muerto don José Jiménez Lozano. Ahora hago lo que todos, rebobinar: considerar que él estaba -eso me parece- muy bien preparado para la muerte; valorarlo como uno de los grandes escritores españoles de la historia, y luego hacer algo que no es tan pertinente, mirarme a mí en relación con él; recordar las dos veces que estuve con él en su casa de Alcazarén, acordarme de que hace una semana escuchaba una conferencia suya de 1996 y que la disfrutaba una barbaridad, mientras cruzaba los campos verdes de Palencia, hacer un repaso de lo que puse aquí (bien poco para la importancia que ha tenido en mi vida) de algunos libros suyos: Los cementerios civiles, Las llagas y colores del mundo (el libro de conversaciones con Guadalupe Arbona), Retratos y naturalezas muertas, Los cuadernos de Rembrandt, Advenimientos, Anunciaciones, Libro de visitantes, La estación que gusta al cuco, Guía espiritual de Castilla, Los ojos del icono, Fray Luis de León. Pero qué poco para lo que eran.

Y no encuentro nada en este blog de libros suyos que son importantísimos para mí, como El mudejarillo o Los grandes relatos.

Me he acordado también de que me escribió dos veces: voy a buscar sus cartas. Mañana las pongo.

Me llegaban sus artículos (un fiel seguidor suyo nos los enviaba a unos cuantos) y hace poco también la información de un Congreso dedicado a su obra en julio.

Descanse en paz: qué alegría va a tener en el cielo tan grande.

viernes, 25 de octubre de 2024

Sobre la Biblia y JJL

He leído El viaje a Oxford que nunca tuvo lugar. Un diálogo tranquilo y casero en torno a la Biblia, que publicó S. Stuart Park tras la muerte de José Jiménez Lozano. En él recoge los textos de ambos básicamente en torno a la Biblia y a su importancia (o las carencias que se observan en) la cultura española, con la inglesa como término de comparación. 

Es un librito que se lee con gusto. A mí me daban ganas como de intervenir en la conversación, comentando por ejemplo que a George Borrow, el famoso repartidor de biblias que escribió La Biblia en España no lo miraba con buenos ojos Luis Usoz, uno de los protestantes más significados del siglo XIX, porque consideraba que pecaba de fantasioso. También me hubiera gustado intervenir diciendo que la prohibición de la Biblia en lengua vulgar en el XVI se compensaba con los comentarios y citas (a veces muy largas, por ejemplo en las obras de fray Luis de Granada), que seguro que leían con pasión.  Y luego estaban los sermones, que duraban horas: podéis mirar los miles de páginas de san Juan de Ávila, por no repetir a fray Luis de Granada. Y a toda la literatura espiritual del XVI, de un volumen impresionante. Claro que conocían la Sagrada Escritura en la España del siglo de Oro.

Pero ya digo que yo intervendría, en un contexto de conversación amigable, por ejemplo en el Lyon d'Or de Valladolid, donde quedaron los dos por primera vez, dejando yo claro que había ido allí a aprender, no a aportar, porque el tema me apasiona, pero no lo conozco a fondo (a veces me parece que nadie lo conoce a fondo, pero quizá sea una sensación mía falsa). 

Otra cuestión es la influencia de la Biblia en la literatura española, que yo creo que en esta conversación no lo saben torear. Supongo que daría para mucho. No vale solamente medirlo todo como si la traducción del rey James fuera la regla áurea de la verdad eterna, cosa que no es. 



martes, 14 de noviembre de 2023

Anti(pos)modernos españoles, de Armando Pego

En una colección de filosofía ha salido publicado este librito (el autor juega a llamarlo libelo, del latín libellus, librito): en principio no tiene nada de militante mostrar las cualidades de una serie de libros que gustan al autor por motivos que detalla con precisión, pero seguro que los popes (los jordigracias de la vida) que estén de guardia vigilando que el canon literario no se mueva un milímetro se llevarán un susto: ¡alguien que habla de escritores antimodernos! ¡Y además de anti(pos)modernos, porque son -como dice el autor, recordando un libro sobre Gaya- parte de otra modernidad!

Para empezar, en el arco entre finales del XIX y el siglo XXI entrado, comenzar no hablando del 98 y partir de Ganivet es sorprendente. Y a continuación salta desde ahí -saltándose toda la Edad de Plata- a una novela sobre la Guerra Civil de Wenceslao Fernández Flórez, reeditada solamente en 2021, en la que se habla del horror que vivió, pero sin caer en el nihilismo. Y pasa a Pemán y recuerda con su Antígona las heridas de la guerra. Luego, sospechamos que lo que más le gusta de Masoliver es que tradujese a Cavalcanti, dejando de lado sus conexiones con Ezra Pound.

Yo empecé a pisar en terreno conocido a continuación, cuando aparece Sánchez Mazas, con un libro fuera de época, La vida nueva de Pedrito de Andía, que recuerdo que me gustó mucho la primera vez que lo leí, pero que luego no me convencía tanto, y su hijo Rafael Sánchez Ferlosio, con Alfanhuí, maravilloso libro, que él define como "neorrealismo de cuño maravilloso" y del que dice que provoca el "efecto de una inmediatez paradójica, real y maravillosa a la vez". Le ve antecedentes en el Lazarillo, en Aldana y fray Luis de León, frente al barroco. En esa línea está también la Helena o el mar del verano de Ayesta -otro libro que me impresionó, sin rendirme del todo a él-, con el añadido aquí de las influencias de la poesía pastoril y mitológica.

De Cunqueiro -y otra vez pensé que el hecho de no leer yo a Cunqueiro es un enigma hasta para mí- dice que tiene "la alegría irrefrenable de relatar una melancolía muy honda" y, de otro modo, que está siempre a la defensiva. Sobre Gaya me gusta que contraponga su actitud a la de Ortega, al que ve abriendo el camino a Foucault. De Luis Rosales también me gusta que se pregunte por qué tiene más fama Gil de Biedma.

Y a partir de aquí es donde estuve más a gusto en el libro. El apartado sobre José Jiménez Lozano es una maravilla: lo ha estudiado a fondo y con una comprensión que es afinidad profunda, por ejemplo en torno a las inscripciones funerarias y la lectura de Qohelet. De Miguel d'Ors recoge lo que se ha convertido en un tópico, su dominio formal (que a otros les sirve de excusa frente a lo que perciben como negativo: "Aunque sea [todo eso que no me gusta], tiene un gran virtuosismo técnico") pero para resaltar aquí que en el ejercicio metapoético de d'Ors está una poética sustantiva: son palabras lo que pone delante en el poema y en su construcción está la hondura de ese poema justamente. De Martínez Mesanza  destaca sí, la épica, pero sobreviviendo en la arqueología simbólica; habla en él de fragmentariedad lírica para un horizonte épico, pero de derrotas. Luego viene un capítulo sobre Juan Manuel de Prada, al que no le tengo ninguna simpatía, sobre todo ahora, tras su asqueroso artículo sobre Palestina: nunca me convenció, aunque a veces algún artículo suyo me gustase. Por suerte, termina el libro en alto, con Enrique García-Máiquez, al que define con el esfuerzo de "no conformarse con nuestro tiempo", con una "vocación creadora" en busca de "esa escritura plena" en la que están representados todos los géneros que tan bien ejercita.

Es así un ensayo, un librito con vocación de libelo, reflexiones y comentarios sobre textos literarios que describen grandes líneas de nuestra época.

miércoles, 28 de diciembre de 2011

Mejores de 2011 (1)

Mejores libros de los que he leído en 2011, en orden alfabético

Julio Caro Baroja, Los Baroja (Memorias familiares) (Madrid, Taurus, 1978).
Isabel Escudero, Fiat umbra (Pre-textos, Valencia, 2007) y Nunca se sabe (Pre-textos, Valencia, 2010)
Enrique García-Máiquez, De ida y vuelta (La isla de Siltolá, Sevilla, 2011).
Fina García Marruz, El instante raro (Antología poética) (Pre-textos, Valencia, 2010).
Jerónimo Gracián de la Madre de Dios OCD, Peregrinación de Anastasio (Barcelona, Juan Flors, 1966)
José Jiménez Lozano, Libro de visitantes (Encuentro, Madrid, 2007) y La estación que gusta al cuco (Pre-textos, Valencia, 2010).
Fray Luis de León, De los nombres de Cristo, edición de Javier san José Lera (Barcelona, Galaxia Gutenberg, 2008).
Leslie Kane (ed.), Conversaciones con David Mamet (Alba, Barcelona, 2005).
Gregorio Luri Medrano, Introducción al vocabulario de Platón (Fundación ECOEM, Sevilla, 2011)
Efrén de la Madre de Dios OCD y Otger Steggink OCD, Tiempo y vida de santa Teresa (BAC, Madrid, 1982).
José Mateos, Canciones (Pre-textos, Valencia, 2000).
Joseph Ratzinger, Jesús de Nazareth 2 (Encuentro, Madrid, 2011) e Imágenes de la esperanza. Itinerarios del año litúrgico (Encuentro, Madrid, 1998).
Roberto Rondanina, Simone Weil, mística y revolucionaria (San Pablo, Madrid, 2004).
Andrés Trapiello, Apenas sensitivo (Pre-textos, Valencia, 2011) y Los vagamundos (Barril & Barral, Barcelona, 2011).
Miguel de Unamuno, De mi país (Obras completas 6, Turner, Madrid, 2004).
Evelyn Waugh, Cuentos completos (RBA, Barcelona, 2011) y Rendición incondicional (Cátedra, Madrid, 2011).
Simone Weil, La fuente griega (Trotta, Madrid, 2005).

viernes, 28 de diciembre de 2007

Mejores libros 2007: poesía

Ayer vi lo mejor del 2007 según El Cultural y me deprimí: ninguna novela que conociera (ni que tuviera ganas de leer), de poesía sólo el libro de González Iglesias (y los demás tenían una pinta penosa). Conclusión: he perdido defitivamente el tren de la actualidad y es ridículo que haga como otros años y presente una lista de lo mejor de 2007, pero vuelvo a caer. Aquí está mi lista de poesía, penosa, como veis: antologías, poetas muertos, otros ya consagrados, pero esto es lo que me ha gustado más de lo que he leído en 2007.

-Fray Luis de León, Poesías, ed. de Antonio Ramajo Caño, Galaxia Gutenberg-Círculo de Lectores, Barcelona, 2006
-Antonio Machado, Poesías completas [aún esperando que salga una edición decente de su poesía]
-Luis Pimentel, Poesías Completas, Granada, Comares, 1990
-José Jiménez Lozano, El tiempo de Eurídice, Fundación Jorge Guillén, Valladolid, 1996
-Andrés Trapiello, El volador de cometas. Antología poética, Renacimiento, Sevilla, 2006
-Mario Quintana, Puntos suspensivos, Los papeles del Sitio, Sevilla, 2007
-Francisco Vighi, Nuevos versos viejos, edición y prólogo de Andrés Trapiello, Granada, Comares, 1995
-Julio Martínez Mesanza, Soy en mayo. Antología (1982-2006), Renacimiento, Sevilla, 2007
-Jaime García-Máiquez, Otro cantar, Pre-textos, Valencia, 2007
-Andrés González Blanco, Poemas de provincia, Granada, Comares, 1999

viernes, 9 de junio de 2023

Repaso del blog en marzo de 2020

De aquellos convulsos meses, me alegra recordar que estuve en Burgos al acabar febrero: luego nos encerraron y pasó de todo. El Domingo Laetare me congratulaba de que todos estuviéramos bien, aunque confinados.

Mientras estaba encerrado, acabé de contar el viaje a Florencia, seis meses después, con la iglesia de la Annunziata. Antes había recogido en el blog un día que fuimos desde Florencia a Prato, Pistoia y Lucca, una excursión memorable, donde visitamos la impresionante Catedral de Prato y la Basílica de Santa María delle Carceri, Luego Pistoia tenía una Catedral y Baptisterio impresionantes. Y Lucca, también impresionante. De Florencia misma, el penúltimo día allí visité el palazzo Pitti. Tengo un gran recuerdo del Cenacolo de Andrea del Castagno. Y el Museo del Bargello, que maravilla, el edificio y una estatua de Verrocchio y luego las esculturas, de las mejores de la historia de la humanidad, y la colección de marfiles. Y el Palazzo Rucellai.

Además, hablaba de Sohrab Ahmari, al que he ido siguiendo desde entonces, en la primera línea de las guerras culturales que hay que pelear.

Me enteraba de la muerte de José Jiménez Lozano y recogía dos cartas suyas.

Ponía textos del Siglo de Oro, en concreto esto de fray Lorenzo de Zamora, de Dios como cazador:

no hay huir de los divinos ojos, porque ellos siguen al pecador como alguaciles y con el hurto en las manos prenden al culpado y le encarcelan. Semitam meam et cubitum meum cinxisti, tiene Dios cercado el vivar, la red de sus ojos esta encima, no se le escapará el pecador por ninguna parte. Iter in quo ambulo et locum in quo recumbo explorasti. Aunque haga el hombre más marros que la raposa, aunque se agazape más que un conejo, aunque siga con más velocidad que los ciervos el galope, aunque esconda la cabeza más que la perdiz y de más mañas use, todo lo ve Dios, todo lo advierte y lo mira, porque sus ojos son mucho más claros, más resplandecientes y hermosos que el sol del mediodía. Multu plus lucidiores sunt super solem.

lunes, 21 de febrero de 2005

Morriña

Acabo de leer Fray Luis de León, de José Jiménez Lozano, una semblanza maravillosa, centrada en el proceso inquisitorial y con muchas sugerencias. Hoy un texto (p. 86) que cita, de una carta de un inquisidor que quería poner una sede en Galicia. Hacía falta porque los gallegos llevados a las cárceles de la Inquisición de Castilla se ponían tristes
paresciéndoles esta tierra extraña, que muchos mueren acordándose de la suya.
Primera formulación de la morriña (que yo sepa).

jueves, 10 de febrero de 2005

Léxico de Castilla

Mi madre me recordó el otro día la palabra curioso (con el significado de limpio, cuidadoso): es una persona muy curiosa significaría es una persona muy cuidadosa de su casa, de sus cosas. ¡Mira qué curiosita esa niña! se decía para alabar a una niña que iba muy limpia. Hacía años que no la oía.
Temeroso: en el sentido de temible. Me reía porque lo usaba un amigo de Valladolid (hace un frío temeroso). Luego vi que lo usaba así José Jiménez Lozano y me la volví a encontrar ayer en fray Luis de León, en la Profecía del Tajo (poema maravilloso y que quizá no debiera citar en nuestro mundo políticamente correcto). Ahora es una acepción que me parece muy bonita:
Oye que al cielo toca
con temeroso son la trompa fiera
que en África convoca
el moro a la bandera.
Inmenso artículo de Félix de Azúa en El país de hoy (lo pone Arcadi en su blog): la emprende con Barthes e tutti quanti que pasaban por dioses de la crítica hace no tantos años. ¿La de veces que he oído citar a Barthes en las Facultades de Filología! Menos mal que nunca me dio por leerle.