martes, 14 de noviembre de 2023

Anti(pos)modernos españoles, de Armando Pego

En una colección de filosofía ha salido publicado este librito (el autor juega a llamarlo libelo, del latín libellus, librito): en principio no tiene nada de militante mostrar las cualidades de una serie de libros que gustan al autor por motivos que detalla con precisión, pero seguro que los popes (los jordigracias de la vida) que estén de guardia vigilando que el canon literario no se mueva un milímetro se llevarán un susto: ¡alguien que habla de escritores antimodernos! ¡Y además de anti(pos)modernos, porque son -como dice el autor, recordando un libro sobre Gaya- parte de otra modernidad!

Para empezar, en el arco entre finales del XIX y el siglo XXI entrado, comenzar no hablando del 98 y partir de Ganivet es sorprendente. Y a continuación salta desde ahí -saltándose toda la Edad de Plata- a una novela sobre la Guerra Civil de Wenceslao Fernández Flórez, reeditada solamente en 2021, en la que se habla del horror que vivió, pero sin caer en el nihilismo. Y pasa a Pemán y recuerda con su Antígona las heridas de la guerra. Luego, sospechamos que lo que más le gusta de Masoliver es que tradujese a Cavalcanti, dejando de lado sus conexiones con Ezra Pound.

Yo empecé a pisar en terreno conocido a continuación, cuando aparece Sánchez Mazas, con un libro fuera de época, La vida nueva de Pedrito de Andía, que recuerdo que me gustó mucho la primera vez que lo leí, pero que luego no me convencía tanto, y su hijo Rafael Sánchez Ferlosio, con Alfanhuí, maravilloso libro, que él define como "neorrealismo de cuño maravilloso" y del que dice que provoca el "efecto de una inmediatez paradójica, real y maravillosa a la vez". Le ve antecedentes en el Lazarillo, en Aldana y fray Luis de León, frente al barroco. En esa línea está también la Helena o el mar del verano de Ayesta -otro libro que me impresionó, sin rendirme del todo a él-, con el añadido aquí de las influencias de la poesía pastoril y mitológica.

De Cunqueiro -y otra vez pensé que el hecho de no leer yo a Cunqueiro es un enigma hasta para mí- dice que tiene "la alegría irrefrenable de relatar una melancolía muy honda" y, de otro modo, que está siempre a la defensiva. Sobre Gaya me gusta que contraponga su actitud a la de Ortega, al que ve abriendo el camino a Foucault. De Luis Rosales también me gusta que se pregunte por qué tiene más fama Gil de Biedma.

Y a partir de aquí es donde estuve más a gusto en el libro. El apartado sobre José Jiménez Lozano es una maravilla: lo ha estudiado a fondo y con una comprensión que es afinidad profunda, por ejemplo en torno a las inscripciones funerarias y la lectura de Qohelet. De Miguel d'Ors recoge lo que se ha convertido en un tópico, su dominio formal (que a otros les sirve de excusa frente a lo que perciben como negativo: "Aunque sea [todo eso que no me gusta], tiene un gran virtuosismo técnico") pero para resaltar aquí que en el ejercicio metapoético de d'Ors está una poética sustantiva: son palabras lo que pone delante en el poema y en su construcción está la hondura de ese poema justamente. De Martínez Mesanza  destaca sí, la épica, pero sobreviviendo en la arqueología simbólica; habla en él de fragmentariedad lírica para un horizonte épico, pero de derrotas. Luego viene un capítulo sobre Juan Manuel de Prada, al que no le tengo ninguna simpatía, sobre todo ahora, tras su asqueroso artículo sobre Palestina: nunca me convenció, aunque a veces algún artículo suyo me gustase. Por suerte, termina el libro en alto, con Enrique García-Máiquez, al que define con el esfuerzo de "no conformarse con nuestro tiempo", con una "vocación creadora" en busca de "esa escritura plena" en la que están representados todos los géneros que tan bien ejercita.

Es así un ensayo, un librito con vocación de libelo, reflexiones y comentarios sobre textos literarios que describen grandes líneas de nuestra época.

3 comentarios:

  1. ¿Por qué tras una segunda lectura no le convencía tanto La vida nueva de Pedrito de Andía?

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Pues no sabría decirlo: son dos lecturas de hace muchos años. Me gusta el relato de un adolescente-joven en ese mundo; quizá luego me gustó menos el trasfondo. No sé: tendría que releerlo y me está apeteciendo hacerlo.

      Eliminar
  2. A mí el Pedrito de Andía me gusta casi más que Rosa Krüger, que ya es decir. Y mejoró tras una segunda lectura al cabo de los años.

    ResponderEliminar