Mostrando las entradas para la consulta newman ordenadas por relevancia. Ordenar por fecha Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas para la consulta newman ordenadas por relevancia. Ordenar por fecha Mostrar todas las entradas

lunes, 8 de marzo de 2021

Gran biografía de san John Henry Newman

Me pilló por sorpresa la salida de un libro que yo ni me había atrevido a desear, una biografía de san John Henry Newman escrita por el mayor experto en español, Víctor García Ruiz, también excelente traductor de buena parte de sus obras. 

Lo llama Ensayo biográfico porque quiere subrayar que lo que quiere hacer en el libro es dar su visión más personal, pero sí que es una biografía lograda, producto de madurez, de la decantación de muchos años de lectura y traducción de obras de Newman y de estudios en torno a su figura. Me lo he leído como leía antes las novelas, como con prisa, sin querer que se terminara pero sin poder dejarlo. Son más de 400 páginas, pero yo hubiera preferido que hubiesen sido más de 800. 

El retrato de Newman que traza (por cierto que habla mucho de los que le pintaron) es impresionante, incluso para mí que ya creía conocerlo bastante. La verdad es que yo había leído varias biografías: de la de Morales tengo un buen recuerdo, pero lejanísimo, de la antología de textos personales que hizo el propio García Ruiz, Suyo con afecto, disfruté una barbaridad y tengo un recuerdo no tan bueno de la de Ian Ker, pesadísima, repleta de ese tono tan repelente de "yo estoy hablando en realidad para eruditos, así que si no sabes de qué va esto, es tu problema": la de Ker no volvería ni a mirarla, pero esta ya me apetece releerla.

Es la vida de Newman, escrita con libertad, sin tener que ir por carriles monótonos demasiado cronológicos y demasiado oficialistas. Como recoge al final datos de todas las biografías que se han escrito en español, que son bastantes, esta puede ser otra cosa. Yo creo que sobre todo se esfuerza en dar contexto: a mí me ha iluminado mucho sobre historia de la Universidad de Oxford en el siglo XIX, sobre el catolicismo inglés (y también el irlandés), sobre los efectos del clericalismo en el catolicismo, sobre las dificultades de gobierno de la iglesia inglesa desde Roma, con continuos malentendidos. Es un acierto que lo edite una editorial católica, para que nadie se llame a engaño, aunque yo el libro lo recomendaría a todo el mundo, porque creo que es uno de las mejores obras de historia del siglo XIX que podría haber podido leer (dentro de los que me apetecería leer, claro): es un retrato de los grandes ejes históricos, centrado en la lucha contra el liberalismo en religión, que es lo que marca la vida de Newman. Y Newman es una figura avanzada, innovadora, contraria a tradicionalismos varios, del irlandés al ultramontanismo clerical que dominaba y dejó una huella profunda en el catolicismo inglés. Él abre caminos, aunque en realidad sabe que lo que hace es seguir -con su conciencia iluminada por Dios- ese camino hacia Él: yo y mi Creador, esa es la seguridad básica que mueve a Newman, como se explica muy bien aquí.

Da coraje ver las dificultades con que tuvo que enfrentarse Newman y los fracasos que hubo de sobrellevar, zarandeado entre bandos clericales, en una pelea que marcó el catolicismo inglés, dominado por una jerarquía muy dirigista y muy dirigida, muy clerical y muy antiintelectual, al menos respecto a los laicos. Eso ha marcado claramente la historia de la humanidad desde entonces (no estoy exagerando): pero mucho de lo mejor del catolicismo de ese ámbito, con grandes repercusiones en el conjunto, se debe a Newman, una persona de cualidades excepcionales y virtudes asombrosas. En el libro se destaca sobre todo su humildad, su amor a la verdad, su laboriosidad, su fortaleza. 

Alguna crítica: al autor se le escapan algunos latinismos que podríamos dudar de que estén aclimatados aquí, como perfunctorio o hiato; a cambio tiene algún neologismo logrado: impeorable. Hay algunas erratas disculpables, pero tres que me fastidiaron, una latina (urbi et orbe, en vez de orbi) y dos griegas (τιμωροσ φονου en lugar de τιμωρὸς φόνου y οι περισσοι sin acentos: en la era postgutenberg en la que nos hallamos y teniendo amigos como los que menciona en el prólogo, poco le costaba poner οἱ περισσοί). Pero esto son ganas de ponerme borde, porque tengo miedo de dar la impresión de que estoy haciendo aquí una entusiasta reseña de esas oficiosas que abundan por España, cuando no es así: el libro es grandioso y me fastidia que aparezcan erratas tan tontas. Aunque fastidiarme, me fastidia más que nadie se haya enterado y yo casi de rebote medio año después de que saliera: compraos el libro, recomendadlo, leedlo, que si es por el autor no se va a enterar nadie. No sé si espera que la difusión se produzca por un milagro; Newman hubiera hecho lo contrario, con el talento publicístico que tenía.

lunes, 6 de mayo de 2019

Newman por el Mediterráneo

Todo lo que sale de Newman lo leo. En la editorial Encuentro han publicado buena parte de sus obras y casi todas editadas y traducidas por Víctor García Ruiz, una garantía. 
Esta vez ha hecho una selección de textos en torno al viaje que Newman hizo en 1833 con su amigo Hurrell Froude por el Mediterráneo, esperando vanamente de ello la curación de este. Cuando se publicaron los textos que había dejado Froude aquello fue una conmoción en el anglicanismo, porque se vio cómo se iba acercando a postulados «católicos». Yo lo que he visto es que al menos en este momento Newman estaba bien lejos de hacerse católico: no sólo es que siempre fue todo lo inglés que se puede ser, es que en este momento Roma para él es un lugar que le impresiona como enterramiento de los apóstoles, pero también porque es la Babilonia del Apocalipsis. En Roma conocerá a Wiseman, encontrará simpáticos a los ingleses católicos que conoce, pero da la impresión de que ni se le pasa por la cabeza hacerse católico.
A mí me ha parecido un libro fascinante, aunque no es exactamente entretenido. En primer lugar te enteras de lo poco cómodo que era viajar, aunque fuera por mar, de Inglaterra hasta Grecia, y eso que iban de colonia inglesa en colonia inglesa: Gibraltar, Malta, Corfú y otras zonas de Grecia entonces ocupadas tras la liberación de los turcos. 
Casi todo el libro son cartas, a su madre, a sus hermanas, donde describe todo en detalle. La mayor preocupación es saber cuándo llegarán las cartas, porque pueden tardar hasta dos meses; de hecho se pasará a veces semanas sin saber nada de Inglaterra. Hay también en el libro partes de su diario. Describe muy bien las incomodidades del viaje en barco, las semanas que tiene que pasar en cuarentena en Malta para poder cruzar a Italia, lo necesario que es llevar cartas de recomendación.
Sólo hay esbozos de lirismo en la descripción de paisajes, especialmente los griegos, que mira con la Odisea y Tucídides en la mano, y los sicilianos, que le impresionaron tanto que quiso volver allí. En Sicilia sufrirá la enfermedad que casi lo mata y que supuso un momento decisivo en su vida.
Si algo me ha llamado la atención es ver aquí a un Newman muy terreno, que sale de viaje lleno de preocupaciones por las sinecuras de la iglesia anglicana en Irlanda y los debates políticos que las ponían en discusión, intentando colocar a un amigo en la Universidad y con peleítas también con la máxima autoridad de su College. A la vez, es asombrosa la finura de su conciencia; cuando se ve cercano a la muerte le atormentarán esas peleas académicas, pero en conjunto podrá decir una frase que es central en su vida: No he pecado contra la luz.
Vuelto a Inglaterra, se apresta a la misión que ha visto en Sicilia que tiene que pelear: la liberación de la Iglesia (el cree todavía que es la Iglesia de Inglaterra la verdadera) de los enjuagues políticos, la vuelta a una fe que él cree que se puede revivir en la base del anglicanismo frente a las tentaciones protestantes. Es ahí cuando empieza aquellos folletos (los Tracts for the Times) que incendiarán el anglicanismo y que darán lugar al llamado Movimiento de Oxford, tan complejo.

El volumen tiene alguna pega: tipográficamente no está tan cuidado como debiera: hay erratas, los textos del Diario no se separan claramente de las cartas, con lo que parecen casi notas a pie. Todo hubiera estado mejor con una revisión completa. Sobre todo me ha asombrado lo mal transcritos que están los nombres griegos y que cuando Newman cita algo en griego el editor lo traduzca, pero no ponga, ni siquiera en nota, el texto original.

[aquí tenéis las primeras páginas en PDF]

lunes, 30 de agosto de 2010

Más de Bloxham

Al poco de poner la cita de Newman el otro día me empezó a rondar por la cabeza el miedo de que ya la había puesto antes (¡me repito!, pensé).
Luego miré y era otra suya sobre la primavera, pero de 40 años después, que había puesto hace tiempo. La comparación es muy interesante para el que quiera hacerla.


Pero a lo que iba: la cita del otro día es de un libro* que leí en Inglaterra, hecho a partir de los documentos que guardó el Rev. R. J. Bloxham, que fue auxiliar de Newman en Littlemore. Son sobre todo cartas entre ellos, desde que tenían unos treinta años hasta que murieron muy viejos los dos, aunque uno a la mitad de su vida se hizo católico y el otro se quedó en la iglesia anglicana pensando que era católico [era anglicano, de los que se consideran católicos, pero no consideran que para ser católico haya que ser 'romano'].
Y apunté varias cosas:
En p. 118-119 se recoge una carta de 1841 (se convirtió en 1845) en la que Newman explica lo que pensaba sobre los católicos ingleses e irlandeses:
Rome must change first of all in her spirit. I must see more sanctity in her than I do at present. Alas! I see no marks of sanctity -or if any, they are chiefly confined to converts from us. [recuerda lo del por sus frutos los conoceréis...] I do verily think that, with all our sins, there is more sanctity in the Church of England and Ireland, than in the Roman Catholic bodies in the same countries.
Se queja también de la alianza de los irlandeses (católicos) con los liberales ingleses. A eso le respondió el destinatario final, un católico entusiasta que buscaba la unión con los anglicanos, un tal Philips, con el argumento de los lazos de la High Church con la orden de Orange. [No sé de qué me suena todo esto, pero me suena a algo].
Y al poco de convertirse Newman, busca convertir a Bloxham (p. 187). Le invita a un retiro y le habla de la cruz con el lignum crucis que le ha mandado el Papa al poco de convertirse. Y pasa (p. 191) al ataque directo: le explica que quizá les ofrezcan crear un Oratorio en Malta y le anima a convertirse y marcharse con ellos:
Come and be a novice with us - help us to keep it [el nuevo Oratorio], for we want hands.
Y treinta años después (p. 193) todavía sigue intentándolo:
I wish we could keep you here. Alas, Alas! how pleasant it would be if you lived and died among your old friends.
Me parece admirable que Newman se convirtiera, a pesar de su escasísima simpatía por la Iglesia católica y que Bloxham, a pesar de todo, se quedara en la Iglesia anglicana. Misterios.

*Newman & Bloxham. An Oxford Friendship, by R. D. Middleton, M. A., Oxford University Press, London, 1947

miércoles, 4 de julio de 2012

La anámnesis y la conscientia

«El Señor mete la verdad en cada uno de nosotros; no hay posibilidad de no entender»

---

En un libro del entonces cardenal Raztinger sobre la iglesia, incluyó al final una extraordinaria conferencia sobre la conciencia [en inglés aquí]. 

El núcleo es aquel brindis del cardenal Newman:
Ciertamente si yo pudiese brindar por la religión después de una comida -lo que no es muy indicado hacer-; brindaría por el papa. Pero antes por la conciencia, y luego por el papa.
Eso mismo el hombre moderno lo puede percibir como una alternativa: o decides obedecer al Papa o decides seguir  tu conciencia, porque vivimos instalados en ella: moral de la autoridad (=sujeción) frente a moral de la conciencia (=libertad).

El hecho es que es central en la moral católica el deber de seguir siempre la conciencia como norma suprema, incluso cuando esté en contraste con lo que mande una autoridad. Por eso el Magisterio de la Iglesia, si habla de moral, solo puede proponer "elementos para la formación de un juicio autónomo de la conciencia": no puede forzar a nadie a ir contra su conciencia.

Decía Fichte: «la conciencia es infalible» [siempre acabamos en esos años a caballo entre los siglos XVIII y XIX].
Si seguimos a Fichte «puesto que los juicios de conciencia se contradicen, no habría más que una verdad del sujeto, que se reduciría a su sinceridad» (147). 
Esto lleva a lo siguiente: habrá que afirmar que no existe verdadera libertad y que los dictámenes de la conciencia no son más que el reflejo de las condiciones sociales que la moldean.

Cuenta ahí una anécdota de un colega que elogiaba a Dios por haber hecho que muchos fuesen no creyentes de buena conciencia, porque así se salvarían.
El trasfondo [en parte culpa de tanta literatura en esa línea, añado] es la idea de la fe como un peso difícil de sobrellevar, una especie de castigo con el que se carga.
Y así se llega a la paradoja de que la fe haría más difícil salvarse [lo que se dice, un regalo envenenado]. Plantemientos en esa línea son los que han paralizado la evangelización [a ver quién se va a ir al corazón de África a cargar con el fardo de la fe a los felices increyentes que se comieron al anterior misionero con limpísima conciencia].

Por esa vía, la conciencia no es una «vía de la verdad, sino reducto de la subjetividad, en la que el hombre puede huir de la realidad y esconderse de ella» (150).
Esto es la visión liberal: «la conciencia no abre el camino liberador de la verdad, que o no existe en absoluto o es demasiado exigente para nosotros. La conciencia es la instancia que nos dispensa de la verdad; se transforma en la justificación de la subjetividad, que no admite ser cuestionada» (150-151).
Por todo ello, desaparece el deber de buscar la verdad: «basta estar convencido de las propias opiniones y adaptarse a las de los demás» (151).

Otra anécdota aquí: colegas que le decían que si todo lo anterior era cierto, entonces los de las SS (y hasta Hitler) se salvarían. Y cuenta que fue entonces cuando él tuvo la seguridad de que algo no encajaba en todo esto [me fascina que lo diga así: una reacción visceral como turning-point de esta cuestión: no todo es deducción lógica: y aquí estamos en el terreno de la intimidad].

Para salir de ese callejón sin salida, se apoya en los planteamientos del psicólogo Albert Görres (Communio 1984.5: pdf): el sentido de culpa pertenece a la esencia misma de la estructura psicológica del hombre.
El sentido de culpa rompe una falsa serenidad de conciencia. Es tan necesario -en cuanto síntoma- como el dolor físico. El que no percibe la culpa está espiritualmente enfermo: el publicano, frente al fariseo, puede volver a Dios. [El de las SS encantado de gasear judíos es un monstruo, y si no se da cuenta, es que tiene el equivalente de un cáncer terminal]

Carta de san Pablo a los Romanos 2.1-16: el pagano que descubre a Dios en su conciencia.
Reducir el hombre a subjetividad no libera en absoluto: le hace esclavo, víctima de las opiniones dominantes. A lo más que se puede llegar por esa vía es a una «seguridad pseudorracional, mezcla de autojustificación, conformismo y pereza. La conciencia se degrada convirtiéndose en mecanismo de desculpabilización».

Y llega a Newman: «su vida y obra (...) un único y gran comentario al problema de la conciencia». Recuerda el brindis, que tiene sentido porque para Newman conciencia y autoridad están unidos en la verdad: esa es, en su opinión, la clave de todo Newman.
Para Newman, «la conciencia (...) significa (...) la presencia perceptible e imperiosa de la voz de la verdad dentro del sujeto mismo; la conciencia es la superación de la mera subjetividad en el encuentro entre la interioridad del hombre y la verdad que procede de Dios».
Cita como modelos de esto a santo Tomás Moro y al propio cardenal Newman, que un año antes de convertirse decía que no sentía ninguna simpatia hacia la Iglesia católica romana. Justamente la conciencia se puede descubrir [aunque habría mucho que precisar aquí] cuando no coincide con los propios gustos y deseos, cuando no se identifica con lo socialmente más ventajoso, con el consenso del grupo o con exigencias del poder político o social.

Actualmente [habla en 1990] vemos que la verdad ha sido sustituida por el «progreso».  Y se remonta a la disputa Sócrates / sofistas, en la que ve como clave reconocer que se pueda llegar a la verdad. Ahí es donde están también los mártires: «capacidad de verdad del hombre como límite de todo poder y garantía de su semejanza divina».

Hay que formular un concepto de conciencia que recoja todo lo que se ha discutido sobre el tema.
En la tradición medieval, la corriente principal de la escolástica distinguía dos niveles, la sindéresis (del griego 'synteresis') y la conscientia.
El de sindéresis es un término confuso (que además puede llevar a confusiones con la doctrina estoica del microcosmos) por lo que él propone recuperar un término platónico, el de anámnesis, que lingüísticamente es un término más claro [literalmente memoria - hacia arriba: hacía atrás (en el tiempo)] y concuerda [vamos, que no lo recupera por ser platónico, sino por su valor propio] con temas esenciales del pensamiento bíblico y la antropología desarrollada a partir de la Biblia.
Por anámnesis entiende lo de Rom. 2.14: ley escrita en los corazones, según lo atestigua su conciencia. Cita a san Basilio: «chispa del amor divino, que ha sido escondido en lo más íntimo de nosotros» (PG 31.908).
Es el nivel primero de la conciencia: ha sido infundido en nosotros algo semejante a una memoria originaria del bien y de la verdad. (...) tendencia íntima del ser del hombre hecho a imagen de Dios, hacia cuanto es conforme con Dios».
Es una «anámnesis del origen».

De ahí la necesidad de la misión, de evangelizar: todos están esperando el Evangelio.

El nivel segundo es el de la conscientia [lo que solemos entender por 'conciencia']: a partir de la sindéresis (íntima repugnancia del mal, íntima atracción al bien) santo Tomás llega a la conscientia como acto, con 3 elementos: reconocer (recognoscere), dar testimonio (testificari) y finalmente juzgar (iudicare).

Hay que seguir la conciencia errónea: la culpa no está ahí, sino en la negligencia que hace a uno sordo a la voz de la verdad y a sus sugerencias interiores. Por eso Hitler y Stalin son culpables.

Conclusión: es difícil el camino de la verdad. Pero permanecer encerrado en uno mismo no libera.

Y acaba con un ejemplo de la mitología: Cuando Orestes mata a su madre está siguiendo su conciencia (sigue lo que le dice el dios Apolo), pero es perseguido por las Erinias (también entendibles como su conciencia). Es la tragedia de la condición humana: lucha entre dioses que refleja un conflicto íntimo de la conciencia.

Y un final redondo:
En el cristianismo el logos es perdón: la verdad nos hace libres y «somos libres para escuchar con alegría y sin ansiedad el mensaje de la conciencia».

jueves, 9 de mayo de 2019

Newman quejándose

No ha sido menor la alegría de ver cómo se enfada Newman, el ahora Beato Newman y dentro de poco San Juan Enrique Newman. Por ejemplo, lleva muy mal que en la estafeta de Nápoles no le quieran dar cartas de su familia y amigos:
Y los desgraciados de Correos, adonde he ido ya cinco veces, la mayoría porque ellos me han dicho que fuera, no se han dignado mirar si me han llegado tus cartas [está escribiendo a su hermana Harriet], aunque estoy seguro de que han llegado (223).
Los desgraciados de Nápoles no te dan ni una sola carta que se mande allí. Lo mismo da tirarlas a la bahía que mandarlas a la estafeta de correos (260).
A[l futuro] san Juan Enrique Newman Nápoles le probó los nervios:
En Nápoles te extorsionan, sopla viento a todas horas, está siempre lloviendo, las calles son muy peligrosas por lo grasientas que están (a pesar de la lluvia); siempre te pasan por encima; hay chicos rateros que te asaltan los bolsillos (a Froude le quitaron dos pañuelos, yo pillé a 3 o 4 ladrones) y las montañas de alrededor son feas y chatas.
Y de política inglesa dice en otro momento:
En absoluto puedo ufanarme de haber obtenido el don de juzgar con frialdad, y leyendo los periódicos de principios y mediados de febrero [esto lo escribe el 9 de marzo de 1833], odio a los whigs (cristianamente, claro, como dice Rowena [un personaje de Ivanhoe]) con más rabia que nunca (258).
Qué bien, verle así, me consuelo de lo mío, aunque sea este consuelo mío muy tonto. Ya le podría imitar en todo lo demás también.

jueves, 15 de diciembre de 2016

Acabé los Sermones parroquiales de Newman

He terminado el octavo y último volumen de los Sermones parroquiales de Newman Si a mi yo de hace 25 años le hubiesen dicho que a estas alturas yo estaría acabando libros de sermones de Newman y a la vez las obras completas de san Juan de Ávila, no me lo habría creído. Pero a eso hemos llegado, a base de poquitos (y de la ayuda de la norma de piedad de la lectura espiritual).
No creo que ninguno de los sermones de Newman me haya parecido estúpido, erróneo o superfluo. Todos son admirables, como mínimo. Y luego hay párrafos como este, que dejo aquí con cariño para los repentistas que nos torturan en Misa con elucubraciones buenistas que llamamos «fervorines» y también «oración de los fieles», que los pobres creen buenos en cuanto que espontáneos:
Imitamos a todos los santos que nos han precedido, incluidos los santos apóstoles que jamás emplearon sus propias palabras en el culto solemne, sino las que Cristo les enseñó, las que el Espíritu Santo les enseñó o las que el Antiguo Testamento les enseñó. Esta es la razón por la que en la iglesia siempre oramos siguiendo un libro. Los apóstoles dijeron a Jesús «enséñanos a orar» y nuestro Señor se dignó darles la que se llama Oración del Señor. Por esa misma razón nosotros empleamos la Oración del Señor y usamos los salmos de David y de otros hombres santos, e himnos que se nos dan en la Escritura, pensando que es mejor usar las palabras de profetas inspirados que no las nuestras. Y por la misma razón usamos peticiones breves como «Señor, ten piedad de nosotros», «Oh Señor, guarda a la reina», «Oh Señor, abre mis labios» y otras parecidas, sin gastar muchas palabras, ni hacer frases redondas, ni permitirnos oraciones excesivamente largas.
(Qué bueno el toque inglés de rezar por la reina, incluso siendo como era una reina tan vulgar en el fondo como me da la impresión que debió de ser Victoria)

jueves, 18 de septiembre de 2008

Idea consoladora

Y otra cosa de la biografía de Ian Ker* (y tengo más): el que luego sería el grandísimo poeta Gerald Manley Hopkins fue recibido en la iglesia por Newman (aquí la primera carta que le escribe).
A aquel chaval, luego jesuita, cuando lo visitó por primera vez, le llamó la atención la observación que le hizo Newman de que
far from the learned having no excuse, it was they who were most likely to be in invicible ignorance.
Nada más lejos de la verdad eso de que los eruditos no tengan disculpa [de su ignorancia de Dios]: ellos eran los que con más probabilidad [que los ignorantes] se encontraban en una 'ignorancia invencible'.
Ignorancia invencible es la que impide a alguien acceder a la verdad sin culpa de su parte. Yo siempre había pensado que se daría sobre todo en la gente con menos capacidad intelectual, por eso me consuela esa intuición de Newman (que es tan de san Pablo) de la incapacidad de los sabios de descubrir a Dios y por lo tanto de su falta de culpa cuando su saber les impide llegar a él; pero el tema se las trae y me temo que sólo lo resolveremos en el Juicio Final (como tantas otras cosas).

*John Henry Newman. A Biography, Oxford University Press, 1990, p. 595

lunes, 15 de julio de 2019

Newman sobre navegar

En el libro del viaje por el Mediterráneo que hizo Newman en 1833, aparece esta descripción de Gibraltar:
Tuvimos un rato de descanso maravilloso en el jardín del Convento que, incluso en este tiempo del año, estaba exuberante y lleno de fragancia: cactus enormes, dátiles, naranjas, limones, chirimoyas, terebintos, pitayas y por último, pero no menos importante, las palmeras (de unos 18 pies de altura), un árbol de lo más singular. O sea, el perfecto jardín de Alcínoo. [Carta a Harriet Newman, en el barco, 08.12.1832, p. 152]
Y esto es lo que dice cuando llega frente a las costas de Grecia:
Es extraño esto del barco; te vas abajo y te dedicas a tus asuntos. Te llaman a cubierta y lo que encuentras es todo nuevo. Te encuentras escenas como por arte de magia y te cuesta creer que sean verdad. Ayer fue el día más delicioso que he tenido. Al principio, cuando vi la costa española, mis raptos fueron más fuertes; pero ahora he superado esas turbulencias y estoy tan lleno de alegría que hasta se me sale, porque estoy en el mar de Grecia, el lugar de los cantos del viejo Homero y de las historias de Tucídides. (...) Llovía (...) y sólo pudimos mirar Zante (...) y Cefalonia (la Samos de Homero) a la izquierda. [aquí hace una descripción muy bonita de lo que ve] (...) Zante, la antigua Zacynthus, famosa por ser un puesto ateniense en la Guerra del Peloponeso (...) Al pasar con el barco entre las dos islas, vimos el Peloponeso a lo lejos, «la gran isla dórica de Pélope» como la llama Sófocles [Edipo en Colono 695]. (...) A la izquierda, muy a lo lejos, se veía la costa de Acarnania, cerca de la boca del Aquéloo (174).
Es sorprendente no que cite a Homero, sino a Tucídides. Es muy iluminador de la actitud de Newman, tan brillantemente político como fue en sus guerras de ideas y perdedor también como Tucidides desde el punto de vista más a ras de tierra.

lunes, 23 de agosto de 2010

Sentimentalismo y romanticismo

De una carta de J. H. Newman*:
I was speaking of the beauty of Sicily, now this too is really a strong incentive to me to visit the island. Spring has been to me the most elevating and instructive time of the year. Somehow it whispers of the good which is to come when our bodies are to rise -and it throws the thoughts back upon the Eden we have lost, and makes the heart contrite by the contrast between what it is and what it might be. Now really do believe me to despise sentimentality: I am up in arms against the Shelleyism of the day, which resolves religion into a feeling and makes it possible for a bad man to have holy thoughts. Doubtless no religious emotion is worth a straw or rather it is pernicious, if it does no lead to practice. Good thoughts are only so far good as they are taken as means to exact obedience: or at least this is the chief part of their goodness. Do not think me carried away with the mere poetical pleasure of an indulged imagination (ingenti percussus amore). In truth I find nothing so supporting in trouble and anxiety as bright seasons which remain in the memory and are recalled at pleasure. Why was St Paul caught into the third heaven, but that he might have a vision to soothe him amid the dust of the world?
Estaba hablando de la belleza de Sicilia: y sí que es un gran incentivo para que yo visite la isla. La primavera ha sido para mí el momento de más elevación y más instructivo del año. De algún modo, susurra lo bueno que está por venir cuando nuestros cuerpos resuciten: y empuja los pensamientos de vuelta al Edén que hemos perdido, y hace al corazón contrito por el contraste entre lo que es y lo que podría ser. Pero créeme que rechazo completamente el sentimentalismo: estoy en pie de guerra contra el Shelleyismo del día, que convierte la religión en un sentimiento y hace posible que un hombre malo tenga pensamientos santos. No hay duda de que ninguna emoción religiosa vale un céntimo (o más bien es perniciosa), si no conduce a la práctica. Los buenos pensamientos son sólo buenos en la medida en que son medios para exigir obediencia: o por lo menos esta es la parte principal de su bondad. No me creas llevado por el mero placer de una imaginación poética consentida (ingenti percussus amore [Virgilio, Geórgicas 2.476: golpeado por un ingente amor]). En verdad que no encuentro nada de tanto apoyo para las épocas de problemas y angustias como las estaciones brillantes que permanecen en la memoria y se recuerdan a placer. ¿Por qué san Pablo fue llevado al tercer cielo, sino para que pudiera tener una visión que lo consolase entre el polvo del mundo?

*Newman & Bloxham. An Oxford Friendship, by R. D. Middleton, M. A., Oxford University Press, London, 1947. En p. 23 esta carta de Newman a su amigo Walter Trower, en Nápoles, 16 de abril de 1833 [y está en un manuscrito de Bloxham, que copió la carta: MS. Cardinal Newman, vol. i, pp. 114-17, en la biblioteca de Magdalen College, Oxford]

domingo, 27 de mayo de 2007

Sermones parroquiales

Por un comentario de paso en el blog de Agus me entero de que se han empezado a publicar los Sermones parroquiales de John Henry Newman: aquí información de la editorial Encuentro sobre el volumen I.
Yo tengo una inmensa admiración por John Henry Newman y leo todo lo que encuentro de él. También lo recomiendo vivamente a todo el mundo, especialmente gente con mente abierta. Newman nunca da gato por libre, no busca atajos, no es meloso, ni piadosito: lo que plantea lo plantea a fondo, porque lo ha estudiado antes a fondo. No suelo recomendar sermones, pero por estos (que no he leído) pongo la mano en el fuego.
Una de las grandes cosas que tiene la editorial Encuentro es que puedes leer en pdf las primeras páginas de sus libros. Os las recomiendo vivamente: Víctor García Ruiz, el traductor y editor, relaciona a Newman con Muriel Spark y también aparece por ahí la gran Flannery; todo enormemente interesante, pero llega un momento en que el pdf se acaba y te quedas con las ganas. Esperemos poder leer el prólogo entero y todo el libro pronto: ya habrá entonces tiempo de hablar de ello.
Ya de hace meses, un comentario sobre el libro aquí.

martes, 22 de mayo de 2012

arriba en Newman y Platón

Tanto Newman como Platón se plantean hasta qué punto 'arriba' es una metáfora.

Newman*:
La Ascensión de Cristo a la derecha del Padre es algo admirable porque es una prenda segura de que el cielo es un lugar determinado y no un mero estado. Esa presencia corporal del Salvador con que los apóstoles trataron ya no está aquí. Está en alguna otra parte: en el cielo. Esto contradice las ideas de gentes muy cultas y especulativas, y humilla la razón. La filosofía considera más racional suponer que Dios Todopoderoso, como Espíritu que es, está en todas partes y no en un lugar más que en otro. Si pudiera, la filosofía diría que el cielo es un puro estado de felicidad; pero para ser coherente, tendría que ir más allá y negar, con los herejes de la antigüedad a que se refiere san Juan, que «Jesucristo ha venido en carne mortal» y mantener que su presencia en la tierra fue meramente aparente. Lo cierto es que Cristo, que apareció sobre la tierra, subió desde la tierra y una nube lo ocultó de la vista de los apóstoles. Y aquí surge una nueva dificultad al considerar el punto en cuestión: ¿adónde fue? ¿Más allá de sol? ¿Más allá de las estrellas? ¿Atravesó el inmenso espacio que se extiende tras ellas? Y ¿qué se entiende por «ascendió»? Los filósofos dirán que no hay diferencia entre arriba y abajo en lo que se refiere al cielo; pero, con todos los problemas que plantea la palabra, difícilmente podremos tomarla como una mera expresión popular por la reverencia debida a la Palabra Sagrada.
Esto nos hace considerar qué distintas son las noticias de la Escritura sobre el mundo físico y las noticias que nos dan los filósofos, tanto en su carácter como en sus efectos. No me refiero a si unas y otras son reconciliables o no. Sólo digo que sus efectos respectivos son distintos. Cuando deducimos lo que deducimos por la razón mediante el estudio de la naturaleza y luego leemos lo que leemos en la palabra inspirada, y nos encontramos con que las dos deducciones son discordantes, el sentimiento que creo deberíamos tener es éste: no la impaciencia de hacer algo que va más allá de nuestras posibilidades como sopesar pruebas, resumir, considerar, decidir, reconciliar y arbitrar entre las dos voces de Dios; sino que hemos de sentir la completa nada que somos, nuestra sencilla y absoluta incapacidad de contemplar las cosas como realmente son; debemos percibir nuestra nulidad ante la gran Visión de Dios, nuestra «belleza convertida en corrupción y nuestro quedarnos sin fuerzas»; convencernos de que lo que vemos, lo natural y lo sobrenatural, aunque es verdadero en tan pleno sentido que lo respetamos por encima de todo, no es más que un barrunto que nos es útil para este o aquel fin, útil en la práctica, útil en su esfera «hasta que rompa el día y las sombras se desvanezcan», útil de manera que tanto lo natural como lo sobrenatural puedan usarse a la vez, como dos lenguas distintas, dos aproximaciones diferentes a la Verdad Desconocida y Asombrosa, ninguna de las cuales, en sus respectivos campos, podrá extraviarnos.
Platón** (está Glaucón hablando de astronomía):
Me parece que es evidente que la astronomía obliga al alma a mirar hacia arriba y la conduce desde las cosas de aquí a las de allí en lo alto.
[Sócrates] -Tal vez sea evidente para cualquiera, excepto para mí, porque yo no creo que sea así.
[Glaucón] -Pero ¿cómo?
-Del modo que la tratan los que hoy procuran elevarnos hacia la filosofía, hace mirar hacia abajo.
-¿Qué quieres decir?
-Que me parece que no es innoble el modo de aprehender, de tu parte, lo que es el estudio de las cosas de lo alto; pues das la impresión de creer que, si alguien levantara la cabeza para contemplar los bordados del techo, al observarlos estaría considerándolo con la inteligencia, no con los ojos. Tal vez tú pienses bien y yo tontamente; pues por mi parte no puedo concebir otro estudio que haga que el alma mire hacia arriba que aquel que trata con lo que es y lo invisible. Pero si alguien intenta instruirse acerca de cosas sensibles, ya sea mirando hacia arriba con la boca abierta o hacia abajo con la boca cerrada, afirmo que no ha de aprender nada, pues no obtendrá ciencia de esas cosas, y el alma no mirará hacia arriba sino hacia abajo, aunque se estudie nadando de espaldas, en tierra o en mar.
*John Henry Newman, Sermones parroquiales (traducción de Víctor García Ruiz), 2, p. 193-4
*Platón, La República 7.529a-b (traducción de Conrado Eggers Lan, BCG 94, Madrid, Gredos, 1986, 359-60).

viernes, 24 de enero de 2020

Cosas de Newman sobre el paisaje griego

Cuando Newman llegó a Grecia, sus referentes eran Homero y Tucídides, la veía con los ojos de ellos y poniéndose en su lugar. Ítaca es sus lecturas de infancia y Tucídides la reflexión histórica. Hace comentarios muy interesantes sobre el tema del paisaje en la literatura. Os pongo tres párrafos largos, los dos primeros sobre Ítaca:

[Pasan por Ítaca] Nunca pensé que ver estos lugares me iba a encantar de esta manera. No es que haya tenido desde siempre mucho apego al viejo Homero, pero pensaba que mi imaginación era lenta a la hora de emocionarse a la vista de las cosas que ya conocía por haberlas leído. Pero cuando me encontraba durante horas a media milla de Ítaca, como esta mañana, ¿cómo describir mis sentimientos? No los causaba ninguna asociación de tipo clásico, sino el pensamiento de que yo veo ahora ante mí, en forma real, esos lugares que habían sido las primeras visiones de mi niñez. Ulises y Argos habitaron esa misma isla que yo veía. Respondía plenamente a la descripción: un peñasco inmenso y árido, de piedra arenisca (a lo que parecía), de un gris soso escasamente cubierto de maleza, que contenía diversas masas redondeadas, con gargantas profundas, que eran los puntos principales donde los lugareños habían osado intentar sus cultivos -aunque las laderas de los montes también estaban trabajadas con cultivos-. Veíamos los olivos; pero las viñas, como las cortan en invierno, no se ven desde el mar. (...) Homero llama a la isla pequeña y querida, y lo es. Me la quedé mirando durante un buen cuarto de hora y me dio mucho gusto la vista del peñasco. [Carta a Mrs. Newman, en el barco, 29.12.1832, p. 180]

Ojalá pudiera decirte cómo me encantó ver Ítaca, la tierra patientis Ulyssei. Había estado releyendo la Odisea los quince días antes, desde el momento en que entramos en el Mediterráneo; pero no me hacía falta, porque es el primer libro del que aprendí cosas, siendo niño (la traducción de Pope); y al ver Ítaca, mi niñez y las escenas de la niñez como que revivieron. Era una cosa tan extraña mirar las rocas de Nérito como en una visión ¡y no poder tocarlas! Suspirábamos por una avería en el sistema de vapor (cosa que ha ocurrido varias veces, cuando menos lo deseábamos) que nos diera la excusa de bajar a tierra. Te aseguro que lo que he visto de Grecia (con mis propios ojos un poco, y bastante más a través de dibujos) ha puesto el conjunto de su historia a una nueva luz para mí: aquello es un perfecto camino de cabras; poco más que cumbres altas, quebradas profundas y pasos de montaña difíciles. No logro explicarme cómo tenían lugar las relaciones entre unos lugares y otros, cómo pudieron hacer la guerra, cómo pudieron desarrollar el pensamiento. (...) Con  lo mucho que me emociona todo esto ahora, estoy seguro de que me emocionará mucho más al recordarlo, y me enfadaré mucho conmigo mismo por no haberme emocionado todo lo que tenía que haberme emocionado en el momento de estar en el lugar. (...) [Carta a Isaac Williams, desde Malta, 16.01.1833, 207-9]

Sobre Tucídides
[En Corfú] Esta mañana he podido casi revivir los tiempos griegos; es decir, imaginarme a Homero y Tucídides aquí; lo único que me asombra es lo poco que dicen acerca del paisaje; aunque ellos, claro, estaban acostumbrados a él. Es tan abrumador pararse a pensar que el lugar tuvo en sus tiempos exactamente el mismo aspecto: no hay floración vegetal, pero tiene el sello de los rasgos indelebles de «los collados eternos» (Gen. 49, 26). Aquí tuvo lugar la famosa acción que cuenta Tucídides, que fue la primera del combate entre oligarquía y democracia que finalmente se extendió por toda Grecia. (...) Ningún cambio es tan grande que no pueda ocurrir; lo que para mí da a esta reflexión toda su fuerza es el hecho de que estoy en el sitio. Si Tucídides saliera de la tumba, reconocería el sitio, señalaría las montañas, que tienen el mismo aspecto que en los viejos tiempos; por eso tengo algo en común con él, y conociendo sus palabras y viendo los cambios, estoy en su lugar, por así decir, y veo las cosas en su lugar. Soy Tucídides, pero con el don de la segunda mirada. (...)
190 Nuestras cabalgadas por el país me han dado una clara idea (antes no tenía ninguna) de lo que suponía viajar por Grecia en tiempos de Tucídides etcétera; ahora me doy cuenta (sobre todo con la ayuda de unos dibujos que he visto) cómo era realmente Grecia; y me asombra haber leído tanto sobre un país sin llegar a captarlo. Y me maravilla cómo pudo llegar a convertirse en un país, cómo llegaron a relacionarse unos con otros, y cómo fueron a la guerra, etcétera, porque es una masa de montañas, amontonadas ahí de la manera más salvaje que cabe imaginar. [Carta a Harriet Newman, Corfú, 2.01.1833, 185 y 190]

miércoles, 10 de septiembre de 2008

La primavera de Newman

En Bratislava me acabé el libro de Ian Ker sobre Newman*; lo acabé agotado (750 páginas) y cansado (demasiado detalle en las polémicas y especialmente al final en problemas eclesiásticos y demasiado poca atención a la vida del hombre: ¡al acto mismo de su conversión le dedica sólo dos líneas el cabrito, sólo dos líneas! estos ingleses, cómo son.
Pero claro, a pesar de todo es un gran libro y de lectura muy provechosa. De lo que me apunté, iré soltando perlas aquí, por ejemplo cómo describe la primavera (en 1876, con 75 años, p. 697). Si podéis, leed el texto inglés, mi traducción pierde:
Spring (...) it is too intense in its nature, to be unaccompanied with pain, I may say, great pain ... now especially as life is waning, and friends dropping away, the extreme beauty of the ever-recurring triumphant spring seems to have something of young mockery in it, till one recollects that that beauty is an image and a promise of something more sweet and more lasting than itself.
La primavera (...) es de naturaleza demasiado intensa como para no ir acompañada de dolor -de gran dolor, diría, (...) Sobre todo ahora, con mi vida en declive y mis amigos que van desapareciendo, la extrema belleza de la triunfante primavera que siempre vuelve parece como que tiene algo de burla juvenil, hasta que uno cae en la cuenta de que esa belleza es una imagen y una promesa de algo más dulce y duradero que ella misma.
*,John Henry Newman. A Biography, Oxford University Press, 1990

jueves, 10 de septiembre de 2020

Los amigos de Newman

Mi lectura favorita de este verano ha sido "Los amigos de John Henry Newman y un viejo capote azul", un artículo de Víctor García Ruiz en el último número de Scripta Theologica. Sí, leo revistas de teología: ya, es verdad, leo cosas muy aburridas, pero es que son las que me interesan ahora. 

Este artículo en concreto es una delicia también por el modo en que está escrito. La pena es que no será accesible para todo el mundo (en línea) hasta 2023, salvo si estás suscrito (aquí tenéis la bibliografía que cita).

Es un repaso a los amigos del hoy santo John Henry Newman; no es que haya ningún dato realmente nuevo, pero a mí me gustó mucho volver a ver cómo quería a sus amigos, qué pendiente estaba de todos, hasta el punto de que tenía fotos de ellos en su capilla particular para rezar por cada uno. Hay amigos que perdió al hacerse católico y con los que pudo volver a estar muchos años después, casi al final de sus vidas. 

De todos modos, del propio Víctor García Ruiz son las traducciones de la novela autobiográfica Perder y ganar. Y suyo es Suyo con afecto, un libro más difícil de conseguir (en la editorial Encuentro podrían reeditarlo, pero aquí lo tenéis a un precio más o menos asequible), una biografía a partir de sus diarios y cartas: los dos son libros maravillosos.

domingo, 21 de septiembre de 2008

Newman y Grecia

De la biografía de Newman*, dos cosas sobre Grecia:

p. 9 [con quince años entra en Oxford]: he found the classes in Classics 'childishly easy' (= ridículamente fáciles).

p. 58-9 en su viaje a Grecia queda fascinado por el paisaje y descubre en Corfú lo poco que Homero y Tucídides habían hablado del paisaje.
Al descubrir también lo montañosa que era Grecia escribe: I think travelling a good think for a secluded man, not so much as showing him the world, as in realizing to him the limited sphere of his own powers (=Pienso que viajar es bueno para un hombre aislado, no tanto por mostrarle el mundo, sino para que caiga en la cuenta de lo limitado de sus propias capacidades).
También tenía la conviction of the intellectual weakness which attaches to a mere reading man -his inability to grasp and understand and appropriate things which befall him in life (= convicción de la debilidad intelectual que le afecta a un hombre que sólo se dedica a leer -su incapacidad de intuir y comprender y asumir lo que le pasa en la vida).

*Ian Ker, John Henry Newman. A Biography, Oxford University Press, 1990

martes, 20 de marzo de 2012

El primer día en el cielo

Cumpleaños en el cielo, según Newman (y cómo será el cielo, según Newman):
¡Felices los destinados a contemplar las maravillas en que ya ahora viven, y ven, pero sin reconocerlas del todo! ¡Felices quienes verán lo que el ojo mortal no ha visto aún y solo la fe goza! Las maravillas del mundo nuevo existen ahora tanto como existirán después. Son inmortales y eternas, y las almas las contemplarán con la paz y majestad que siempre han tenido. ¿Pero quién podrá expresar la sorpresa y el rapto que sobrevendrán a los que por fin las posean y tengan por vez primera semejantes percepciones? ¿Quién podrá imaginar en un vuelo de la fantasía los sentimientos de quienes, habiendo muerto a la fe, despierten a la felicidad? La vida que entonces comience durará siempre, pero si la memoria es allí lo mismo que en esta vida, ese día será un día que celebraremos en el Señor durante todas las edades de la eternidad. Podremos aumentar indefinidamente en conocimiento y amor, pero aquel primer despertar de la muerte, aquel día de nuestro nacimiento y a la vez de nuestros esponsales, permanecerá siempre entrañable y como santificado en nuestra mente. ¡Qué hondos, incomunicables e inimaginables pensamientos se nos despertarán, qué profundidades se removerán dentro de nosotros, qué armonías latentes, aparentemente inalcanzables por la humana naturaleza, sonarán cuando nos encontremos, después de un largo reposo, dotados de nuevos dones, fuertes con la semilla de la vida eterna, capaces de amar a Dios, conscientes de que toda pena, dolor, angustia y aflicción han pasado, felices en el mayor afecto posible hacia los amigos a quienes amábamos tan pobremente, a quienes tan débilmente podíamos proteger mientras estaban en la tierra junto a nosotros...; y, sobre todo, cuando seamos visitados por la Presencia inmediata, visible e inefable de Dios Todopoderoso con su Hijo Único, nuestro Señor Jesucristo, y su Espíritu coeterno, visión que contiene para siempre la plenitud del gozo la felicidad! Las palabras humanas son completamente inservibles para reflejar semejantes atisbos. Cerremos los ojos y guardemos silencio.
[Beato] John Henry Newman Sermones parroquiales /4, Encuentro, Madrid, 2010, traducción de Víctor Garcia Ruiz y José Morales, p. 235

[Esto lo tenía copiado hace dos semanas; no lo pongo ahora por polemizar]

sábado, 2 de agosto de 2014

Dublin 4

La iglesia que hizo Newman para la Universidad me interesó muchísimo y me gustó mucho:


Había aprovechado una parcela rectangular para una iglesia con aire de basílica romana:


Me quedé, sentado, mirando la iglesia pobre -si se compara con la riqueza de las basílicas romanas y de inglesas similares-, ejecutada con cierta tosquedad -si seguimos comparando, que no deberíamos. Pero todo me hablaba del inmenso cariño que le puso Newman, entre dificultades sin cuento: al final, tuvo que poner él buena parte del dinero.

Aquello me pareció un trasunto del cielo (lo que debe de ser toda iglesia, por lo demás):


El ábside tenía un modelo en san Clemente de Roma. Pero aquí estaba la Virgen en el medio, rodeada de santos:


El altar, con la decoración también de aire romano, tenía esa curiosa cubierta de inclinación similar al púlpito (me imagino que para facilitar la reverberación del sonido):


Ya digo que era una iglesia que se quedaba pobre, pero en aspiraciones era grande. Y en los laterales, santos. Entre ellos, san Felipe Neri:


Y empezó la Misa y una chica cantaba con una voz tan bonita que daba ganas de morirse allí mismo. Yo ya había estado en Misa a las 7 de la mañana (un sacerdote asistente al Congreso, que nos leyó un pasaje de Revelation en la homilía, justamente la escena apocalíptica), pero me quedé allí hasta el sermón -tercer cura negro en tres iglesias distintas de Dublin en tres días seguidos- por escuchar aquella música maravillosa, pura piedad en su sencillez, que podíamos cantar todos y que era grandiosa a la vez.

Y en un lateral está ahora Newman:


Y si os han sabido a poco mis desvaídas fotos, aquí tenéis una serie excelente y aquí otra.

miércoles, 9 de octubre de 2019

La última celebración del beato John Henry Newman

Eso es así porque a partir del domingo ya no habrá «beato», sino que será san John Henry (o Juan Enrique, por qué no) Newman. He estado leyendo Via media. (el volumen II; aparte está el tracto 90), donde recogió textos de esa época en la que pensaba que la Iglesia Anglicana era el medio perfecto entre los excesos de los luteranos y los de los católicos. Me ha impresionado una barbaridad, otra vez más, su honradez intelectual y he podido constatar hasta qué punto era anglicano y hasta qué extremos era inglés, hasta las cachas. Que se hiciera católico es para mí un milagro de los gordos, pero de los gordos, gordos.
Yo pensaba que sería un libro aburrido. No es para menos si ves que un capítulo es «La restauración de los obispos sufragáneos», pero hasta ese me acabó interesando. O me he vuelto muy aburrido en mis lecturas (y creo que sí) o es que Newman es alguien siempre grande como escritor.
Hay un capítulo en el que discute un ataque que un catedrático de Oxford había hecho al libro de su amigo Hurrell Froude, ese con el que se fue al Mediterráneo de viaje, que era percibido como «demasiado ladeado hacia lo católico». Ahí aparece, al principio, este párrafo esplendoroso:
Estoy seguro de que, cuanto más se remuevan esas opiniones que usted censura, más se extenderán. De esto hemos tenido abundantes pruebas durante el curso de los últimos años. Sean cuales sean los errores y faltas de sus defensores, esas opiniones tienen en sí esa raíz de verdad que -lo creo firmemente- lleva aparejada una bendición. No pretendo decir que llegarán a ser tremendamente populares: esa es otra cuestión; la Verdad no es nunca -o, al menos, nunca lo es por mucho tiempo- popular; y tampoco digo que tendrán sobre la mayoría esa externa influencia que a menudo ha poseído esa Verdad que ha sido patrimonio de unos pocos, los cuales la han valorado, entronizado y recibido de ella su fuerza; ni tampoco que no estén destinadas -como lo ha estado a menudo la Verdad- a ser repudiadas o pisoteadas como algo odioso. Pero de esto sí estoy seguro: que, en esta coyuntura, en la medida en que esas opiniones sean conocidas, se abrirán camino en la comunidad, haciéndose con lo que es suyo y buscando y encontrando refugio en los corazones de cristianos, de arriba y de abajo, aquí y allá, con este hombre y con aquel, según sea el caso; y harán su labor en su día, y constituirán un memorial y un testimonio para esta generación caída de lo que ha sido, de lo que Dios siempre ha tenido y de lo que será un día en la perfección; y eso, no por lo que son en sí mismas, ya que, cuando se las observa en lo concreto, están mezcladas -como sucede con todo lo humano- con el error y la enfermedad, sino por razón del espíritu, la verdad y la antigua vida y poder católicos que hay en ellas (p. 192).
La traducción, sobresaliente, en un volumen tremendamente bien editado y con índices y explicaciones excelentes, es de José Gabriel Rodríguez Pazos, al que no tengo el gusto de conocer, pero al que le estoy tremendamente agradecido por el libro.

miércoles, 17 de marzo de 2010

Newman ya

Beatificación del Cardenal Newman el día 19 de septiembre.

Y de los Sermones parroquiales (I, Encuentro, Madrid, 2007, p. 158-9, traducción de Víctor García Ruiz) este texto que me llamó la atención:
Dios acepta a los que se le acercan con fe, sin nada en las manos más que la confesión de sus pecados. Esta es la más alta dignidad a la que aspiramos normalmente, a entender nuestra propia hipocresía, insinceridad y superficialidad; a reconocer, cuando rezamos, que no somos capaces de rezar como conviene, arrepentirnos de nuestros arrepentimientos frustrados, y a someternos completamente al juicio de Dios que, si bien puede ser exigente con nosotros, nos ha manifestado su amor y su bondad al mandarnos rezar. Mientras nos comportamos así, nos iremos dando cuenta de que Dios lo sabe todo antes de que se lo digamos, y mucho mejor que nosotros. Él no necesita enterarse de nuestra ínfima valía. Lo nuestro es rezar con el espíritu y el tenor del mayor abajamiento, pero no necesitamos buscar palabras con que expresarlo adecuadamente, porque en realidad no hay palabras demasiado malas para nuestro caso. Hay hombres disconformes con la confesión de los pecados que se hace en la Iglesia porque les parece demasiado suave; pero es que no puede ser más fuerte. Contentémonos con esas palabras moderadas que se han usado siempre; será muy buena cosa si entramos en ellas. No hace falta buscar palabras apasionadas para expresar el arrepentimiento cuando ni siquiera entramos como es debido en las expresiones más corrientes.
Así pues, cuando ores, no seas como los hipócritas, que actúan hacia fuera, ni hagas vanas repeticiones como los paganos. Calmémonos, pongámonos en silencio y de rodillas como quien se prepara para algo que le supera, dispongamos nuestro espíritu para nuestra imperfección de orantes, repitamos mansamente las palabras de nuestra maestra la Iglesia y hagamos nuestro el deseo de los ángeles de comprenderlas. Cuando llamamos a Dios nuestro Padre Todopoderoso o nos reconocemos miserables pecadores y le pedimos que nos perdone, acordémonos de que, aunque estemos usando una lengua extraña, Cristo está pidiendo por nosotros con esas mismas palabras y con un completo entendimiento de ellas y poder efectivo; y que aunque no sabemos lo que debiéramos pedir, el Espíritu mismo intercede por nosotros con gemidos inenarrables.

Y también hoy pone Agus un texto admirable de Newman en su blog.

lunes, 14 de octubre de 2019

San John Henry

Ya es santo el pobre John Henry Newman, ese que veía su vida como "una sucesión de fracasos" (gran artículo sobre ello de Ian Ker) y qué bien que lo sea.

Hace unos meses alguien se quejaba, en una comida a la que asistí, de esos que hablan tanto de gente de fuera, como Newman y Waugh: yo no me di por aludido, al menos al principio, pero sigo a lo mío, a continuar leyendo a ambos todavía más, al santo Newman y al pecador Waugh, grandísimos escritores los dos.

Y por si queréis animaros a conocerlo, algunas indicaciones:
Yo empezaría con Perder y ganar, su novela autobiográfica (¡eh, que es el primer santo novelista, dicen aquí!), reeditada ahora por Encuentro. Como buena parte de lo que tenemos traducido, el poder leerla en excelente español se lo debemos a Víctor García Ruiz.
Es una novela biográfica y de ideas y no diré que es divertida o entretenida (y hay gente que parece lista y a la que no le gusta), pero a mí sí que me gustó mucho, cuando la leí y cuando la releí.
Escribió otra novela, Calixta, que no he leído, pero que creo que sí que voy a intentar leer pronto.

La Apología es otro gran libro, al menos para aburridos como yo (ya aviso). Ahora ha salido en una edición conmemorativa con +extras. Seguro que en inglés será todavía mejor, pero lo bueno, es bueno en cualquier idioma, al menos si la traducción es rigurosa, como es el caso (otra vez de V. García Ruiz).

Yo, recomendar ocho volúmenes de sermones, y de un anglicano, por más que acabase siendo santo, no sé si me atrevería, pero sí, me voy a atrever: ¡cuidado, sólo para gente con aguante y para leerlo a poquitos, que no hay prisa! Cada sermón es una maravilla.

El último libro que leí es el del Viaje al Mediterráneo: menor quizá, pero al final un gran libro.

Pero bueno, mirad todo lo que he ido poniendo yo por aquí, que tengo unas citas excelentes y algún comentario que espero que sea pertinente.