viernes, 4 de abril de 2025

Repaso del blog en enero, febrero y marzo de 2024

Ponía textos de la Segunda Parte de la Monarquía Mística de fray Lorenzo de Zamora: uno sobre los carneros, otros sobre Dios que se hace el encontradizo, otro sobre la aurora. También sobre la brevedad de la vida. Y la vida humana como una capea.

También de traducciones de los salmos por fray Luis de León.

Una entrada que fuimos escribiendo con los comentaristas es sobre escribir en el agua.

En enero empecé a leer los Diarios de Karl Ove Knausgård y no paré hasta que los terminé. Comencé con el primer volumen, de requisitoria a su padre.

Recogía comentarios y traducciones de poemas de Gerald Manley Hopkins, de Consolación de la carroña y de Como se incendia el martín pescador (bueno, esto el 31 de diciembre).

Ponía cosas típicas de pueblos castellanos. Eso fue cuando visitamos Castrillo Solarana y antes Solarana sin más.

Recogía palabras que dice mi madre y aprovechaba para explicar cómo hace las croquetas.

Disfruté mucho de Brighton Rock, la novela de Graham Greene.

Empezaba a releer las novelas de Batya Gur. Comencé con Un asesinato musical. Luego seguí con El asesinato del sábado por la mañana. Y continué con Un asesinato literario.

El miércoles de ceniza me pillaba por sorpresa.

Leía con mucho provecho El deseo de comprender, de Luis Daniel González.

jueves, 3 de abril de 2025

Cartel de la pastilla

En un pasillo de la Facultad me fijé hace unos días en un cartel de un Congreso de Iniciación a la Investigación, porque tenía un título curioso ("IV xiiielc", no muy eufónico, la verdad) y una llamativa estética, en la que destacaba el dibujo del ala de la Facultad donde están los despachos de los profesores (incluido el mío), lo que llaman los arquitectos una "pastilla". 

En el cartel además han puesto en un lado el típico libro de mi Facultad con el papelito de las fechas de devolución, pero con el título del tema del Congreso de Metodología y Epistemología. Debajo están, como una muestra, algunas de las teselas que recubren la zona de aulas. Es realista además en las pintadas de los pilotes de hormigón que sostienen la "pastilla" lecorbusierana, bien que estén más en la de aulas: han unificado en una las dos "pastillas" de la Facultad, la de los despachos y la de las aulas. 


Para que os hagáis una idea respecto a las fotos:


Y aquí, las teselas verdes como de piscina de la zona de aulas:

miércoles, 2 de abril de 2025

Fe en el amor que te tiene

Me llamó la atención este pasaje de Nudo de víboras, de François Mauriac:

Como a veces me mirabas a hurtadillas, el recuerdo de aquellas misas permanece ligado a aquel maravilloso descubrimiento que estaba haciendo: ser capaz de interesar, de gustar, de conmover. El amor que sentía se confundía con el que inspiraba, o creía inspirar. Mis propios sentimientos no eran nada reales. Lo que contaba era mi fe en el amor que tenías por mí. Me reflejabas en otro ser y mi imagen así reflejada no era nada repelente. Deliciosamente relajado, florecía. Recuerdo aquel deshielo de todo mi ser bajo tu mirada, aquellas emociones que brotaban, aquellos manantiales liberados. Los más vulgares gestos de ternura, una mano cogida, una flor guardada en un libro, todo era nuevo para mí, todo me encantaba (26).

El protagonista se dirige a su mujer y recuerda cuando eran novios, cómo él creía en que ella le amaba y cómo eso le transformaba: "Lo que contaba era mi fe en el amor que tenías por mí".

Es justo lo que está repitiendo el Prelado del Opus Dei, por ejemplo recientemente en su carta sobre la alegría. Yo resalto en negrita la misma noción, pero en este caso referida a la seguridad, de fe, de que somos amados por Dios, lo cual se reflejaría en los noviazgos, que se basan en una fe humana:

La alegría cristiana no es la simple alegría «del animal sano» [Camino, 659], sino fruto del Espíritu Santo en el alma (cfr. Gal 5,22); tiende de suyo a ser permanente, porque se fundamenta en él, como nos exhorta san Pablo: «Alegraos siempre en el Señor; os lo repito, alegraos» (Flp 4,4).
Esta alegría en el Señor es la alegría de la fe en su amor paterno: «La alegría es consecuencia necesaria de la filiación divina, de sabernos queridos con predilección por nuestro Padre Dios, que nos acoge, nos ayuda y nos perdona. –Recuérdalo bien y siempre: aunque alguna vez parezca que todo se viene abajo, ¡no se viene abajo nada!, porque Dios no pierde batallas» (Forja, 332).

martes, 1 de abril de 2025

Nudo de víboras de François Mauriac

Había oído hablar mucho y bien de François Mauriac, pero esta es la primera vez que lo leo, en concreto este Nudo de víboras, que me ha gustado y me ha hecho pensar. 

Sobre todo me impresiona la capacidad de Mauriac para crear un personaje como el del protagonista, cuyo corazón es un nudo de víboras, o así lo ve él, y también su entorno familiar, o así lo ve él.

No había leído una caracterización más convincente de cómo puede corroer un alma la conciencia de no ser amado, quizá errada, pero que trastorna todo su vida y la de todos los que le rodean. A ello se une una tremenda avaricia sobrevenida, más consecuencia que causa. 

Tiene la fuerza de la tragedia griega en la medida en que parece inevitable lo que sucede y contemplarlo nos llena de compasión y temor. Tiene que ser muy duro estar corroído por la amargura. Tiene que ser tremendo vivir pendiente del dinero, solamente de tenerlo, ganarlo y acrecentarlo. En medio están los personajes, víctimas de sí mismos y de su incomprensión mutua. Ese nudo de víboras parece que al final se rompe (las tres menciones están en la wikipedia en francés):

« Je sentais, je voyais, je touchais mon crime. Il ne tenait pas tout entier dans ce hideux nid de vipères: haine de mes enfants, désir de vengeance, amour de l'argent; mais dans mon refus de chercher au-delà de ces vipères emmêlées. Je m'en étais tenu à ce nœud immonde comme s'il eût été mon cœur même [...]. »
Sentía, veía, tocaba mi crimen. No abarcaba solo aquel repugnante nido de víboras: odio a mis hijos, deseo de venganza, amor del dinero; sino también mi negativa a buscar fuera de aquellas víboras enredadas. Me había limitado a aquel nudo inmundo como si hubiera sido mi propio corazón (XVIII, p. 158, trad. Almudena Montoro Micó) 

Leeré más cosas de Mauriac, sí.

lunes, 31 de marzo de 2025

Esquema de una sesión sobre dignidad

Hablé el otro día media hora sobre la dignidad. Había hecho un esquema. Mi público, aunque no estaba seguro de que fueran todos receptivos a que yo lo centrara todo en el Catecismo, reaccionó bien, aunque creo que esperaban una visión más orientada a cómo se articula la dignidad en lo político, pero yo me fui a mi querencia. 

Aquí os dejo el esquema, que básicamente es una declaración de ignorancia y luego un repaso de un apartado del Catecismo:

1. Mis limitaciones; no he leído a Kant, no he leído nada sobre el tema desde un punto de vista filosófico "moderno". Puede que Dignidad de Javier Gomá sirva a los que buscan algo así: en el libro, que no he leído, parece que se constata que la dignidad existe, que mueve masas, sociedades, movimientos. Al autor le parece muy importante esta frase: “Vive de tal manera que tu muerte sea escandalosamente injusta”, que a mí no acaba de gustarme.

2. Limitaciones de un concepto autosustentante de la "dignidad": es como el barón de Münchhausen, que se saca a sí mismo de una ciénaga tirando de su coleta.
La frase de Flannery O'Connor sobre la Eucaristía ("If it's a symbol, to hell with it"), aplicada a la dignidad así entendida: a mí me dan ganas de tirarla por la ventana y convertirme en el Misfit (el "Desequilibrado") de la propia Flannery O'Connor, si la dignidad es meramente un presupuesto de base de un mera visión humana no fundada en la trascendencia.

3. Ilustraciones de cómo se usa el término "dignidad" en algunos ambientes: 
-"Muerte digna" (=eutanasia), una visión de óptica liberal de la persona, en la que lo fundamental es que esta se pueda autodeterminar en aspectos éticos esenciales (Ejemplo en la serie Rapa). No me vale, claro.
-"Dignidad de los animales". Por la indiferenciación de lo humano cuando no hay referencias. Luego es una demostración a contrario de que la dignidad va por otros derroteros.

4. Darle vueltas al término "digno": 
-"Ponerse digno": significado irónico.
-Nos hacemos dignos, pero dignos de algo: de elogio / de rechazo (así, al menos, es en griego). En la Grecia antigua, que yo sepa, no discutían sobre la dignidad en abstracto.

5. Comentario del Catecismo de la Iglesia Católica (1700-1709)

Resumen en 1700 La dignidad de la persona humana está enraizada en su creación a imagen y semejanza de Dios (artículo primero); se realiza en su vocación a la bienaventuranza divina (artículo segundo). Corresponde al ser humano llegar libremente a esta realización (artículo tercero). Por sus actos deliberados (artículo cuarto), la persona humana se conforma, o no se conforma, al bien prometido por Dios y atestiguado por la conciencia moral (artículo quinto). Los seres humanos se edifican a sí mismos y crecen desde el interior: hacen de toda su vida sensible y espiritual un material de su crecimiento (artículo sexto). Con la ayuda de la gracia crecen en la virtud (artículo séptimo), evitan el pecado y, si lo han cometido recurren como el hijo pródigo (cf Lc 15, 11-31) a la misericordia de nuestro Padre del cielo (artículo octavo). Así acceden a la perfección de la caridad.

1. CEC 1700 La dignidad de la persona humana está enraizada en su creación a imagen y semejanza de Dios.

2. CEC 1701 “Cristo, [...] en la misma revelación del misterio del Padre y de su amor, manifiesta plenamente el hombre al propio hombre y le descubre la grandeza de su vocación” (Gaudium et Spes 22,1). En Cristo, “imagen del Dios invisible” (Col 1,15; cf 2 Co 4, 4), el hombre ha sido creado “a imagen y semejanza” del Creador. En Cristo, redentor y salvador, la imagen divina alterada en el hombre por el primer pecado ha sido restaurada en su belleza original y ennoblecida con la gracia de Dios (GS 22).
-Cristo, clave hermenéutica del hombre.
-Dignidad = grandeza de la vocación, ser Cristo.

4. CEC 1703 El hombre, el único amado por sí mismo. Destinado desde su concepción a la bienaventuranza eterna.

6. CEC 1706 Mediante su razón, el hombre conoce la voz de Dios que le impulsa “a hacer [...] el bien y a evitar el mal” (GS 16). Todo hombre debe seguir esta ley que resuena en la conciencia y que se realiza en el amor de Dios y del prójimo. El ejercicio de la vida moral proclama la dignidad de la persona humana.

7. CEC 1707. El pecado: pero el hombre "conserva el deseo del bien".

8. CEC 1708 Cristo nos salvó y restauró lo que el pecado había deteriorado.

9. CEC 1709 El que cree en Cristo es hecho hijo de Dios. Esta adopción filial lo transforma dándole la posibilidad de seguir el ejemplo de Cristo. Le hace capaz de obrar rectamente y de practicar el bien. En la unión con su Salvador, el discípulo alcanza la perfección de la caridad, la santidad. La vida moral, madurada en la gracia, culmina en vida eterna, en la gloria del cielo.
"Señor, no soy digno de que entres en mi casa, pero di una palabra y mi siervo quedará sano" (Mt. 8.8).
El centurión es digno de elogio de Cristo y es modelo del que recibe a Cristo en la Eucaristía, de su divinización (enthousiasmós).

lunes, 24 de marzo de 2025

jueves, 20 de marzo de 2025

Y mientras, un salmo

En otra asignatura estamos con el griego de la koiné. Ayer leímos el salmo 136, el de los ríos de Babilonia, que ya he mencionado aquí más veces, con la versión musical de Fauré y la traducción preciosa atribuida a san Juan de la Cruz.

Les leí luego la versión de fray Luis, que comienza así (está entero, pero buscándolo en la página, aquí):

Cuando presos pasamos
tus ríos, Babilonia sollozando,
allí nos asentamos
a descansar llorando,
de ti, dulce Sión, nos acordando.

Allí, de descontentos,
colgamos de los sauces levantados
los dulces instrumentos,
que en Sión acordados,
solían tañer a Dios salmos sagrados. (...)
Sigue mucho y es todo igual de bonito. Luego leí la versión libre de Ernesto Cardenal, que en paz descanse:
Que se me pegue la lengua al paladar,
si no me acuerdo de Ti, Señor.

En las montañas y en las playas
nos poníamos a rezar
con nostalgia de nuestro Dios.

En medio de la gran ciudad,
aturdidos y agitados,
nos sentíamos desterrados.

Inmersos en sus plazas,
corriendo por sus calles,
viajando cómodamente en trenes confortables,
nos dejábamos invadir por la añoranza de otra tierra. (...)

Yo la primera versión que oí fue esta: