Había leído hace muchos años El gatopardo en la edición de Letras Universales de Cátedra. Me había dejado poca impresión: supongo que es un libro para la edad madura.
Este año vi la espléndida película de Visconti, que me espoleó a releer la novela. Ha sido casi una nueva lectura, pero casi más una revisión de la película, o al menos en la parte de la novela que aparece en la película, porque los últimos capítulos no están filmados, con lo que cambia completamente la perspectiva.
Ahora con lo que me quedo es con la película, porque la novela me ha dejado un sabor amargo: es desolada, bien escrita, muy melancólica, con escenarios conmovedores y personajes con muy poco movimiento, figuras esculpidas, formando todos un retrato familiar con esa amargura de La familia de Carlos IV de Goya.
No hay nada permanente: quizá Sicilia solo, esa inercia histórica presentada como una gran pasividad, un dejarse morir mientras pasan reinos e invasores. No sé qué pensarán los sicilianos del roto que les hace Lampedusa aquí: a mí no me gustaría que me retrataran de ese modo. No sé si son así, pero lo dudo mucho, porque no hay colectividades, creo, que se dejen morir en la pura negatividad, africanos asándose bajo un sol inclemente, en una pobreza subsahariana y con unos nobles acartonados y la iglesia pudriéndose.
La filosofía de la historia, todo igual aunque/para que todo cambie, ese planteamiento cíclico es lo menos conservador que se podría imaginar, salvo que el Remolino Universal como explicación de la realidad cambiante, tal como lo planteaba Empédocles, sea "conservar". Lo que a mí me fascina en la película, esos palacios, esos paisajes de grandes lontananzas, hasta el amor que podría imaginarse que podría florecer entre una Claudia Cardinale y un Alain Delon de novela, las estancias con frescos, la figura bien plantada en su madurez de Burt Lancaster, los jardines descuidados y hermosos, las iglesias barrocas, los perros de caza: todo eso en la novela es reducido al polvo, terminando con esa tremenda escena final de echar a la basura al perro disecado. Un capítulo último es una burda crítica al ridículo oratorio que las hijas del príncipe de Salina hacen en su palacio de Palermo a principios del siglo XX, con reliquias de pega y un cuadro de una muchacha con una carta confundido con una Madonna: qué ridículo. Qué dice de todo el libro un episodio tan absurdo [y resulta, según una carta del autor recogida en el prólogo, que el episodio es histórico, con lo que lo que se cuenta de antes queda desenfocado, si la familia era tan cutre a principios del siglo XX].
Yo, sin haber querido mirar quién fue Giuseppe Tomassi di Lampedusa, más bien lo veo como alguien que mira con desprecio todo lo que pudiera haber de verdaderamente bueno en Sicilia. No sé si retrata una Sicilia al gusto de los burgueses de Turín y Milán, para que confirmen sus prejuicios. Quizá no han tenido en Sicilia una a modo de Flannery O'Connor que les hiciera justicia, pero falta les hace. Esta es la Sicilia que miran los progres con conmiseración, con la Iglesia inmovilista como parte del problema. En pendant, parece haber como una nostalgia de una ilustración que no existió. Hasta asoma la patita el marqués de Sade, lo que me parece el colmo de la estupidez. En medio de todo ello hay una figura curiosa, el jesuita que funge de capellán, demasiado personal como para no ser un retrato de alguien concreto, complaciente con el príncipe de Salina y al final un quedabién [vaya, en el prólogo, que leo ahora, recogen una carta en la que dicen que era un personaje concreto, como el príncipe de Salina era el abuelo de Lampedusa: lo que no me cuadra, ni de lejos, es que se lo llevase el príncipe para ir él a sus amoríos, sabiendo los dos de qué iba todo: muy burdo, también eso].
Los olores son de pudrición, de orinales, de habitaciones cerradas, de polvo y sudor.
A mí ahora Sicilia me parece un enigma todavía mayor. Cómo me gustaría visitarla, en marzo quizá, en días de no frío. Yo no renegaría de la Sicilia griega, de la Sicilia española, eso no.










