lunes, 22 de octubre de 2018

Historias de la Alcarama, de Abel Hernández 1

Había oído hablar muy bien de la obra de Abel Hernández y he leído con mucho interés (y alguna discrepación que dejó para el último día) sus Historias de la Alcarama, que recogen recuerdos de la infancia del autor en un pueblo de Soria ahora abandonado.
Quizá lo que más me impresionó fue su relato de un entierro, desde que está el féretro
(...) en la iglesia, de cuerpo presente, que había que sacar del templo con los pies por delante, y luego hasta el camposanto, en doble fila, con el ataúd a hombros, bordeando el ejido debajo de las eras. Sólo se oía el canto en latín del sacerdote, revestido con capa pluvial negra y el sonido lúgubre de las campanas tocando a muerto. Nunca olvidaré la impresión que me producía de monaguillo el golpe de la caja en el hoyo recién abierto, depositada cuidadosamente con sogas. El ataúd era un cajón rudimentario que hacía el carpintero de la noche a la mañana, forrado de tela negra con una cenefa amarilla en los bordes y un cristo barato encima (36).
No sólo es que esté bien escrito, con fuerza, es que me hace revivir escenas parecidas, aunque sin cantos en latín y con un ataúd más estandarizado. Yo estuve en muchos entierros así, también de monaguillo a veces, oyendo el ruido seco de la caja, y también el ruido de las sogas al soltarlas y el retumbar de los trozos de tierra en la tapa cuando echaban puñados los familiares (y nosotros también, que allí estábamos, en primera fila). También tengo esa imagen del crucifijo sobre la caja, pero yo recuerdo que lo quitaban y se lo daban a los familiares, creo.

viernes, 19 de octubre de 2018

Mis castañeras

A mí un prurito me impide ponerme lírico a estas alturas del año con las castañeras, pero puedo saludar la llegada del otoño con el suelo mojado de Santiago



y el roble rojo (Quercus rubra) a la entrada de la Facultad, que en dos días ha empezado a amarillearse por dentro (El roble en 2015 y en 2016 y en 2017):



jueves, 18 de octubre de 2018

La llorada estación de Castromil

Llorada periódicamente por las gacetas locales y los picheleiros de pro [ese es el nombre que se da a ese ser mitológico que casi ni conozco, el Santiagués-de-toda-la-vida], la estación de Castromil que estaba donde ahora la plaza de Galicia, es como el eco de todas las lágrimas de un pasado mejor.

En la exposición de Díaz Baliño y Díaz Pardo había un cartel, que no me aclaré si era del primero, un poco estropeado, pero bonito



Este sí que es seguro de Camilo Díaz Baliño (los pinos, fijaos en los pinos):

miércoles, 17 de octubre de 2018

Carteles del Santo Pucherazo

Hay una exposición (otra más) sobre Isaac Díaz Pardo. Al menos en este caso la mitad se la dedican a su padre, Camilo Díaz Baliño, pintor interesante al que mataron en el 36.

Hizo unas vistas de ciudades gallegas que estaban muy bien:




A mí lo que más me llamó la atención fueron los carteles del Estatuto, el último de Castelao y el primero de Díaz Pardo, en el que se aúna la estrella blanca que asociaban al galleguismo con la estrella roja comunista (ninguna simboliza la libertad, BTW):








Yo no sé por qué se tomaron tantas molestias con los carteles, si al final el Santo Pucherazo dio el siguiente resultado:
993.351 votos a favor,
6.161 en contra
1.451 papeletas en blanco

Y así se escribe la historia y por eso Feijoo reina como Letizia. No dudo del amor a Galicia (un amor asfixiante, pero bueno) de los llamados galleguistas; de lo que estoy seguro es de que de amor a la libertad, cero.

martes, 16 de octubre de 2018

Doña Emilia sobre la Aurora

Un amigo me manda esta cita de Los pazos de Ulloa, novela de doña Emilia Pardo Bazán que me estaba apeteciendo a mí releer, inserto como estoy en la realidad socio-económico-cultural a la que llega sólo un poquito de la Aurora:
La aurora, que sólo tenía apoyado uno de sus rosados dedos en aquel rincón del orbe, se atrevió a alargar toda la manecita, y un resplandor alegre, puro, bañó las rocas pizarrosas, haciéndolas rebrillar cual bruñida plancha de acero, y entró en el cuarto del capellán, comiéndose la luz amarilla de los cirios.

lunes, 15 de octubre de 2018

Pelocho

Estaba hablando con mi madre el sábado, por teléfono, y le salió una palabra que me dijo que no usaba desde hace muchos años: pelocho, el que tiene como frío, como de que le haubieran rapado al cero.
Yo, como pasa cada poco estos días, me he acordado hoy de Tersites, el malhablado (2.245 acritomythos: que habla sin juicio, charlatán) de la Ilíada, proto-héroe cómico. Homero lo describe con cabeza punteaguda (foxós), como de pelota de rugby, y con una pelusa (lachne) rala (psedné) en la cima (2.219-20):

También el pobre Blas estaba pelocho:

viernes, 12 de octubre de 2018

¡Viva la Policía Nacional!

Iba ayer por la carretera de Palmeira a Ribeira y me sonó el móvil (es nuevo y, a diferencia de los últimos meses con el malhadado Sony, suena) y lo cogí con la mano derecha mientras cruzaba varios pasos de peatones, con normalidad, pero con medio ojo comprobando si era otro estúpido mail de academia.edu prometiéndome citas en miles de artículos ignotos para mí por comprar la versión Premium.
Y ahí oí una sirena: había tenido detrás de mí todo ese rato un coche de la Policía Nacional.
Me paré al poco, se bajaron dos policías, me pidió uno el DNI, se fueron a comprobar que no fuese yo un delincuente.
Lo que me vino a la cabeza primero fue pensar cuánto me iba a costar la multa y si me quitarían puntos.
Se acercó otra vez el policía y le dije que había mirado un momento un mail y me explicó que cómo no me iban a parar en situación tan flagrante.
Me dijo que -por esta vez- no me iban a multar.

Muy majos los dos.

Yo estaba contrito y atrito, las dos cosas. Me pesaba haber cogido el móvil y me pesaba la posibilidad de la multa.
Muy majos los dos policías, ¡Viva la Policía Nacional!