jueves, 30 de agosto de 2007

En Valladolid (XI)

Entre ladrillos

De excursión ayer por el sur de Valladolid y norte de Ávila, territorio mudéjar: en Tordesillas el monasterio de santa Clara. La que nos guiaba era un poco dementor, pero no consiguió enfriar del todo mi admiración. Pero aquí tenéis la foto del artesonado, que quita el hipo:


Había también un retablito flamenco muy bueno, pero dentro de poco me olvidaré de él, como me olvidé de él la otra vez, hace más de diez años, que lo visité. Y sí que era muy bueno.
En Medina del Campo visita al castillo de La Mota y a la iglesia de la plaza mayor, que tenía un buen retablo. Fuera, en la plaza, el altar del Pópulo, donde decían Misa al aire libre a los feriantes en el siglo XVI.
Fuimos andando hacia el Museo de las Ferias (que queda para la próxima). Vimos unas portadas; nos paramos: había agazapada detrás una monjita muy bajita y muy mayor que se echó sobre nosotros. Quizá llevase ya tiempo ahí, escondida.
Se puso a contarnos cosas de Medina, de la importancia de la oración, de la cruz que compartimos (ZP), del Alzamiento (sic), de lo que quería hacer ella para ayudar a la gente. Nos dio una sesión de catequesis aderezada de recuerdos de su infancia marcada por la guerra.
Tenía un pelo muy fino que sobresalía de la toca. Su cara, muy delicada, anunciaba la calavera para pronto (me acordé otra vez de esa escena de Los muertos de John Huston en la que la tía anciana canta una canción y luego aparece -es una prolepsis- en el féretro). Era como una niña, que tenía mucho miedo a revivir el miedo que pasó de pequeña con la segunda República. Hablaba muchísimo, era imposible pararla. Notaba una afinidad: nos preguntó quiénes éramos. Le dije que era del Opus Dei. Ya se sintió en terreno seguro, aunque nos había calado desde el principio. Fue muy bonito cuando nos contó que ahora veía de modo nuevo cómo Dios había ido llevando su vida.
Se le escapó una frase: cantar a botón quito, expresión salmantina (= a pleno pulmón).
De allí nos fuimos a comer: buscábamos un árbol y justo en esa zona hay grandes extensiones de cereales (pensaba que con lo del biodiésel esto va a ser un forre). Al final en medio de la nada, unos pinos. El cielo era como una vaca pintada, en azul y blanco, claro. Había un aire fresco muy agradable. Se estaba muy bien allí, sólo viendo las nubes como ovejitas.
De ahí ya todo fue de caída: en Madrigal de las Altas Torres vimos la alta torre de la iglesia y las murallas de aparejo mudéjar. Ahí nació Isabel la Católica y ahí murió fray Luis de León. Cerca, Arévalo: más iglesias mudéjares. Buena pinta del castillo. Había un san Francisco de Gregorio Fernández, pero a oscuras.
Y yo que estaba ya entrando en barrena. Debe de ser el auténtico síndrome de Stendhal, pero tres semanas de ver arte del bueno me están empezando a pasar factura: veo cosas hermosas y me siento como implado.
Va a haber que volver ya a Galicia. Venga, mañana. Y todo lo que queda de contar de Valladolid, pues poquito a poco, que hay más días que morcillas.

martes, 28 de agosto de 2007

En Valladolid (X)

Una mañana de domingo vi a una monja que se había escapado del convento de las Huelgas Reales, que está al lado, y le pregunté que cuándo abrían la iglesia al común de los mortales: me dijo que el 15 y el 20 y que iban a enseñar el claustro herreriano y que había quedado precioso con la restauración.
Fuimos el 15 y tampoco había tanta gente. En el retablo -¡muy bueno!- hay una joya de Gregorio Fernandez: el crucifijo que se descuelga en brazos de san Bernardo:




El día 20, fiesta de san Bernardo, en la Misa aquello estaba de bote en bote. Al final la madre superiora desde el ambón agradeció la asistencia: estaban encantadas. Y ahí vino lo mejor: abrieron la puerta del coro: de morros me di con un crucifijo de Juan de Juni (también vi otro en el convento de santa Catalina de Siena; aquí en Valladolid eso entra dentro de lo normal, pero no deja de ser extraordinario).

Y poco más allá había una capillita con un retablito precioso de la adoración de los pastores. Un pálpito: es de Gregorio Fernández. Y sí, era de él. Pero sobre todo era un prodigio.

Las monjitas habían puesto en el claustro unas fantas y unas pastas y aquello era un jolgorio, lleno el convento de gente fisgona como yo.

[las fotos, de wikipedia, menos esta última que cogía de esta entrada excelente de un blog]

domingo, 26 de agosto de 2007

En Valladolid (IX)

El problema de autoestima de Valladolid es que su Catedral es herreriana y está sin terminar: sólo tiene la nave y un cierre chapucero, en el que pusieron un retablo maravilloso de Juan de Juni, pero que queda muy pequeño para tanta mole. Así no se puede presumir. Me diréis que hay ciudades que no necesitan catedral (San Sebastián, (L)a Coruña, pero es que tienen mar) y yo os recordaré también otras que la tienen, y muy bonita, y no son muy conocidas: Palencia, Zamora y O(u)rense se me ocurren ahora. Lo que me parece incontestable es que el problema de Valladolid es el de su Catedral.

Luego vienes aquí y te pasas un mes viendo maravillas en patios, retablos, conventos, portadas, museos. Un parque como el Campo Grande. Un cielo grande. Hasta la Catedral, incluso:

La Catedral quedó inacabada y no tiraron la antigua Colegiata, que ahora se puede visitar porque allí está el Museo Diocesano (aquí algunas fotos): y qué bonita es, qué labores mudéjares en los techos y qué colección. Imaginarse cómo podría haber sido también ayuda. Pero bastaba con el Ecce Homo de Gregorio Fernández. Sólo he encontrado una foto de la cara, buena pero que no le hace justicia:



Aunque se hundieran todos los edificios de Valladolid, si quedan las esculturas/imágenes de Gregorio Fernández, basta. Su Sagrada Familia de la iglesia de san Lorenzo, la Santa Isabel de su convento, los yacentes (¡el de san Miguel!), el santo Domingo de la Iglesia de san Pablo, el relieve de la adoración de los pastores que pude ver en la clausura de las Huelgas Reales (de Valladolid), lo que enseñan ahora en la sede provisional del Museo Nacional de Escultura.
Pero ese Ecce homo: qué desvalimiento, qué humanidad, qué cenosis, qué belleza y qué dolor. Siempre me gustó el que más Gregorio Fernández, pero cómo lo estoy descubriendo ahora, a ese lucense de Sarria que se estableció en Valladolid y es uno de sus mejores hijos (con Felipe II, o Miguel Delibes). Aquí su lápida, que vi el otro día en el Museo de Arqueología (el precioso Palacio de Fabio Nelli):



En el convento de santa Isabel vi también una imagen hecha hace poco, en 2004, del Cristo de la humildad. No es justa la comparación, pero comparad las imágenes y la diferencia es eso que llamamos arte, definido según unos estudiantes yanquis de bachillerato como a reasonable, creative expression of human emotion, una expresión racional y creativa de la emoción humana.
Por acabar, aunque referido a otro Ecce homo de Fernández: releyendo Los caballeros del punto fijo de Trapiello, me encontré esto, sobre un poeta que conoce en Granada, del que "todos dicen que es del Opus" (p. 153):
Unos dicen que le tienen en cuarentena por eso, por ser del Opus. Quién sabe. Podría ser. A mí me pareció un hombre encantador, bueno e inteligente. La gente dice de él también: es raro. Naturalmente. Si es encantador, si se es inteligente y si se es bueno, siendo poeta, como no sea un poco raro y un poco loco, no puede ser, y sería cosa muy rara que todo eso fuese posible. Yo me fijé en sus manos. Eran grandes, expresivas, fuertes. En eso se puede ver que podrían ser las manos de un loco, sí. Manos de ecce homo. Esas manos que Gregorio Fernández ata y pone encordadas junto a una columna, manos con las nervaduras bien destacadas, como venas de un caballo.

viernes, 24 de agosto de 2007

Colegio Mayor Peñafiel (II)


Estos días en el Colegio Mayor Peñafiel están dando para mucho, también para recordar: descubrí el archivo de fotos y me entretuve un buen rato: muchas caras, episodios, escenas. Por ejemplo, aquí estoy yo en la sala de estar: tendría unos 19-20 años y parece que estoy abriendo un paquete ¡con un libro!

jueves, 23 de agosto de 2007

En Valladolid (VIII)

En realidad en Palencia (I)
Ya he renunciado a estar al día en el blog de lo que hago; la vida ha podido a la literatura y me alegro: mucho visto, mucho que contar de estos días en Valladolid (y todavía me queda hasta el 31). Hoy, sobre la excursión de ayer:
Fuensaldaña: castillo, cerrado.
Mucientes: pasamos al lado del último campo donde jugué al fútbol -es un decir- en tiempos.
Cigales: enorme iglesia; muy bonita de lejos; de cerca, banal.
Ampudia: el castillo, cerrado. Abre sábados y domingos: una pena. La iglesia, bien: púlpito de Alejo de Vahía.
Mirador de Autilla: enorme extensión de Tierra de Campos. Los que vienen conmigo no son muy sensibles al amarillo, yo sí. Muchas nubes, frío: delicioso mes de agosto fresquete.
PALENCIA: la CATEDRAL (van adjetivos ponderativos): admirable, elegante, esbelta, con retablos maravillosos, tablas flamencas, una cripta con columnas de los balbuceos del fin del mundo antiguo. Y por qué la gente no viene en masa por aquí. Paseo por la calle Mayor. Comemos en el Monte el Viejo, en las afueras.
A Frómista. Miro con malos ojos la iglesita de san Martín, tan perfectamente románica que parece una maqueta en tamaño natural (estoy desarrollando una fobia a la palabra 'maqueta').
Monzón de Campos: castillo muy bonito de ver desde abajo. En realidad, abandonado.
PAREDES DE NAVA: conmoción en la Iglesia de santa Eulalia. Retablo con tablas de Pedro Berruguete (hijo del pueblo) y esculturas de su hijo Alonso Berruguete (hijo del pueblo). Caigo en la cuenta de que otro hijo del pueblo, Jorge Manrique, quizá no viera (por edad) ni las tablas ni las esculturas y me da pena.


Los rojos y los verdes de las tablas, el encanto de las escenas, la delicadeza. Me dan ganas de robar alguna, como ya hicieron hace años. Más tablas en una capilla. Un san Joaquín y santa Ana de Alejo de Vahía, que vivió en el pueblo de lado, Becerril, que nos quedamos sin ver [Miro ahora en Google y resulta que Becerril tiene un museo de caerse de espaldas, con montones de cosas de Berruguete, de Alejo de Vahía y de otros; me consuelo pensando que no se puede hacer todo en un día].
Grijota: el cura, muy majo, nos lleva de la iglesia a la ermita, mientras nos cuenta el bien que están haciendo en el pueblo dos monjas que se han instalado allí con lo puesto -en sentido estricto- y en la más estricta pobreza -en el sentido más estricto-. Alegría de ver la santidad por las calles de un pueblo de nombre que les sonará a los alumnos de historia del español: Grijota, que viene de Ecclesia alta, aunque parezca mentira.
Baños de Cerrato: la iglesia de san Juan de Baños, seguramente la más antigua de España, dedicada por Recesvinto el 661. Y otra maravilla, para recordar junto a san Cebrián de Mazote y Celanova: iglesitas salvadas por milagro. La pobreza y la elegancia. Las columnas de mármol, los capiteles de decadencia clásica o de albor de otra cosa, que algunos llamaron Edad Media:


Fin de recorrido en La Trapa. Y vuelta a Valladolid.

martes, 21 de agosto de 2007

En Valladolid (VII)

Torrelobatón, La Santa Espina, San Cebrián de Mazote, Urueña, Villagarcía de Campos (y III)
Tengo que acabar de contar esta excursión, porque ya han pasado diez días y está haciendo tapón para el montón de cosas que comentar, pero el hecho es que entre escribir y ver estoy eligiendo lo primero: menos blog y más disfrute. Ya habrá tiempo para escribir. Nunca pensé que disfrutaría tantísimo en Valladolid. Bien: volvimos a San Cebrián de Mazote. Ahora sí que estaba abierta: columnas de mármol frías, capiteles romanos, los arcos que los mozárabes hicieron aquí, en plena tierra de Campos, en siglo X. La chica que atendía la iglesia fue muy amable; se veía que sabía: nos aclaró algunas dudas.
Y bastaba esa visita para que la excursión fuera memorable: una iglesita perdida, pero qué bien.

De allí, pensando en ir a Medina de Rioseco, paramos en Villagarcía (de Campos). Yo sólo había estado una vez, y fuera, así que la visita acabó siendo una conmoción; no estaba en absoluto preparado para lo que vi: una iglesia majestuosa, esculturas inolvidables de Gregorio Fernández (y meritorias de Pedro de Sierra, en la capilla relicario), una colección de ornamentos litúrgicos como nunca la había visto. Había un san Jerónimo igual al de Carducho en Castrojeriz.
Llegamos a un edificio muy feo, el colegio que hicieron los jesuitas en 1959, cuando recuperaron la propiedad, que perdieron con la expulsión (había en una pared un relato de un testigo de entonces, contando cómo los ¡ochocientos! novicios fueron reunidos en una sala para la expulsión, con un gran miedo, sin saber qué iba a pasar. Me acordé de Azara y Mr. Quaker, claro). De la puerta salía un paseo con árboles, que recorrían en soledad y a trechos varios jesuitas muy mayores. Si yo fuese más atrevido me hubiera ido a decirles que me contasen cosas de sus vidas, pero me limité a mirarles. Daba como pena verles, y admiración, porque seguro que han pasado por mil y una. El que estaba en la portería nos dijo que iban disminuyendo, pero con una sonrisa, ya de vuelta de muchas cosas. La señora que nos enseñó el edificio era también muy competente: iba explicando muy bien, y sobre todo a las niñas de un matrimonio que se había unido a la visita. Qué bien, qué suerte poder ver cosas tan hermosas.

lunes, 20 de agosto de 2007

En la casa de mi madre

Hace dos días fuimos a ver a mi madre al pueblo en el que nació y donde está pasando unos días. Nosotros veraneábamos allí, al lado de Silos, pero yo me aburría de pequeño: no había tele. Ahora daba ganas de quedarse eternamente, en una especie de Nirvana castellano.

Yo salí con el CR hasta Burgos y desde allí marchamos con mi abuela y mis hermanas. Hablamos de los truños que han visto por culpa de su gran conciencia social: películas afganas, iraníes, coreanas, todas de temáticas que se podrían denunciar por inducción al suicidio. Ahí se acordó Eva de aquella vez en que se encontró a la salida de una película de esas, pero especialmente depresiva, con uno que le sonaba: empezaron a hablar y resultó que era un vecino que había matado a su tía a golpes. Nos dio un ataque de risa recordándolo y mi hermana condujo todavía más despacio (si cabe) un poco por el miedo que le daba acordarse y otro poco porque no podía ver de las lágrimas de risa.

Estábamos contentos: de estar juntos, de ir al pueblo a ver a mi madre, de la mañana con nubes como deshilachadas y el sol que salía entre ellas, de estar de vacaciones.

Al llegar a la casita, que fue de mis bisabuelos, vimos a mi madre, que allí se transforma: qué contenta estaba de estar allí y de que estuviéramos allí. Ya había hecho huevos rellenos y el pollo estaba a punto de ser inmolado en el horno (nuevo). Eva se puso a hacer tartas, para variar, y Marga a ordenar un altillo, que casi podríamos convertir en museo familiar: allí estaban los Hollister, los Tres Investigadores, varias series de Enid Blyton. Estaban los trofeos de Misión Rescate, un concurso escolar de TVE que ganó varias veces mi padre. Había también unos diseños que hicimos en un aula de cerámica que había en la escuela.

Comimos a gusto, con hambre, comentando la jugada, con un vino ecológico que estaba bueno y que había dejado allí mi cuñado. Se habló de un sermón de un cura hijo del pueblo, que había sido polémico: a propósito de la Asunción habló de la importancia de las mujeres en la vida familiar, ilustrando esta tesis -que no necesita demostración- con su experiencia en Togo. Por lo que parece el sector masculino del pueblo se picó, aunque otros hablan de que se había alargado mucho. Ya veis: un pueblo en el que se discuten los sermones. Yo recuerdo hace años las polémicas en casa con los sermones de Ventura, un jesuita hijo del pueblo, que se ladeaba a la izquierda.

A los postres, unos primos de mi madre, primos o tíos nuestros, nunca lo he tenido claro. El marido es mi único familiar gallego (autóctono), de Palas de Rei (como Pepiño Blanco); responde al estereotipo: habla poco (y muy cerrado), pero con retranca cuando lo hace.
Luego, la tradicional partida de subastao: yo mirando.
Al final de la tarde, nos dio tiempo a ver a mis tíos, que llegaban entonces. Mi tío venía emocionado de hacer un tramo del Camino de Santiago: tenía la cara transformada. Mi tía en cambio traía el brazo en cabestrillo, de una caída. Me dijo que no pusiera nada de eso en el blog, y lo prometido es deuda.

jueves, 16 de agosto de 2007

En Valladolid (VI)

Torrelobatón, La Santa Espina, San Cebrián de Mazote, Urueña, Villagarcía de Campos (II)

A San Cebrián de Mazote: cerrado. De allí a Urueña. Por esa carreterita llegamos a la ermita de la Anunciata, románico lombardo en pleno páramo castellano (la foto, de aquí):


Urueña es un pueblo amurallado. Así lo ves cuando llegas (foto, de aquí):



La vista desde las almenas, un mar de campos que se mete en Zamora (la foto, de aquí):


Curiosamente quieren convertir este pueblo en unas especie de centro cultural y lo han proclamado villa del libro, así, a lo grande. No sé: es muy pequeño y no lo veo claro en invierno; el hecho es que en una librería, Almadí (de las ¡diez! que hay; es un pueblo de trescientos habitantes) me encontré un libro de segunda mano de René Girard.

miércoles, 15 de agosto de 2007

En Valladolid (V)

Torrelobatón, La Santa Espina, San Cebrián de Mazote, Urueña, Villagarcía de Campos (I)
Pasamos Zaratán y Wamba deprisa, sin parar, para llegar a tiempo al castillo de Torrelobatón. Llegamos a las dos menos cuarto. Acababa de celebrarse una boda, todo estaba lleno de confettis, el coche de la novia (supongo) estaba lleno de corazones de cartulina. Habría sido un espectáculo ver esa boda (por lo civil, oficiada por la alcaldesa).
Le pedimos a la encargada que nos dejara dar una vuelta: se negó, aunque le explicamos que uno de nosotros había escrito un artículo sobre el castillo (y era verdad). Era muy lerda, era la funcionaria obstruccionista de libro, toda dificultades. Sólo podíamos ver el castillo pagando y chupándonos hora y media o dos horas del centro de interpretación de los Comuneros que han plantificado en el castillo. Y a mí los comuneros, cómo decirlo, me importan un bledo. El nacionalismo castellano me pone tan enfermo que me dan ganas de vomitar (y lo mismo o más, el leonés). Mal está ser nacionalista gallego, por ejemplo, ¡pero castellano! Acabáramos.
Afirmo: entre maquetas y centros de interpretación va a visitar los monumentos de Castilla su padre. Ahora me he acordado de otras maquetas que vi en Tordesillas hace unos días: supongo que si las ves te evitas tener que mirar los originales, otro motivo no lo encuentro. Y para qué tanta basura, si bastaría con ver lo que hay, para qué esos centros de interpretación, salvo para colocar a superlerdas cancerberiles. Pero si sólo visitando las iglesias Castilla es inabarcable.
De allí a la Santa Espina, antiguo monasterio cisterciense que conserva la reliquia de una espina de la corona de espinas de Cristo. Allí se encontró Felipe II con su hermanastro don Juan de Austria. Otra boda, esta vez por lo religioso (es un decir). Los invitados, como en la otra boda, la civil, llevaban los trajes como yo el de submarinista. Entramos a todo correr, cuando salían los novios. Mayorcitos eran y no parecían especialmente embelesados cuando salían por la nave central solos; supongo que se temerían la escena del arroz y luego estaba el hecho de que lo más importante eran las fotos.
Nosotros sólo oímos el ¡Vivan los novios! Cuando salimos, el típico gracioso le estaba dando a la novia la bolsa del arroz, para no tirarla al suelo. Así era el tono: como para ahorcarse.
Al hermano de La Salle que iba a cerrar le pedimos que nos dejase verlo un poco, pero nada. Estuve por recordarle que tengo un tío de su marca, pero ya desconfiaba de peticiones, después de la gran lerda de Torrelobatón. Nos quedamos sin ver la capilla de la santa Espina. La iglesia era bonita, pero así, a toda velocidad y amenazado de cierre no lo disfrutas.
Nos sentamos a comer allí mismo, en un banco en un prado, con arbolitos. Qué bien se estaba allí, parecía La Flecha de fray Luis, aunque sin río. Una hora después salieron del recinto los novios, que habían estado haciéndose fotos.
Menos mal que el resto de la excursión fue mucho mejor.

domingo, 12 de agosto de 2007

Pedro de Miguel

Esta mañana se ha muerto Pedro de Miguel. No he llegado a conocerle. Seguía su blog. Sabía que también era del Opus Dei. Pedro recomendaba libros que a mí me gustaban.
De su blog me emocionó especialmente esta entrada, por el momento en que la leí y sobre todo cuando me contaron poco después que estaba muy enfermo. Aquí la pongo, en homenaje a él y como agradecimiento por los libros que leí gracias a sus críticas literarias:

Ánimoterapia.
No estás del todo bien: debilidad, cansancio. Estás, vaya, hecho unos zorros. Entonces llega el optimista:

-Te veo bien.

Estás a punto de decirle que se limpie las gafas, que vaya al oculista, que tenga más pesquis, pero optas por poner tu peor cara, para infundir compasión.

-En serio, te veo mucho mejor que la semana pasada.

La semana pasada zampabas alubias, ibas al monte, leías incluso a Philip K. Dick.

-Además, hay que tirar para alante. Luchar.

No sé a qué se refiere el sano con lo de "luchar". Se imagina que la enfermedad es como un combate de boxeo: te dan pero contestas, te tumban pero al caer le pones la zancadilla al rival. A un pastillazo respondes con un palíndromo.

-Pues mira -le dices al optimista-, estoy bastante jodido, lo que pasa es que me ves con buenos (y miopes) ojos.

Y entonces viene lo que más temes: la palmada en la espalda, el codazo cómplice en los riñones, el puñetazo cariñoso en el hombro:

-Venga, chaval.

La enfermedad es una lucha contra los sanos.


Pedro, que en el cielo nos encontremos. Rezo por ti. Y quizá hablaremos de libros (o no).
Sobre él escriben aquí y aquí.

En Valladolid (IV)

Con dos de mis hermanas el viernes. Comimos en el Jero una comida para recordar. ¡Qué pinchos! Mezclas extrañas, por ejemplo anchoas y manzana asada. No, no era una comida a lo bruto,para salir de mal año, no, no era de esas de ponerse ciego de morcillas, mollejas y rabo de toro: eso se los dejo a los nacionalistas del terruño, esos que piensan que es inmoral comer algo medianamente elaborado o que no sea de la vaca de su tía Virginia. Esos que se quejan de que no salga la comida por los bordes del plato. A mí dadme una comida innovadora, no racial, mezclada. Y ya puesto a ofender a los puristas del nacionalismo gastronómico, ahí va eso:


¡Viva McDonald's!




Hacía tiempo que quería ponerlo, así que me he quedado muy ancho. McDonalds no tiene nada que ver con el Jero, pero bueno, me he acordado.


Bien; de arte, el convento de santa Catalina de Sena: un crucifijo de Juan de Juni muy bonito. Pero es que Valladolid es arte del mejor a quintales: patios como el del edificio de la Diputación, donde nació Felipe II.Tiene una ventana renacentista muy famosa:


Otro patio: el del Archivo de Castilla y León, antiguo palacio que yo conocí derrumbado. Qué patios, Dios mío. La antigua plaza de toros, como una corrala octogonal:



Para que no todo fuera bueno nos topamos con la incompetencia en la iglesia de san Pablo. Están restaurando la fachada y la Junta de Castilla y León y Cajamadrid han montado un sistema para verla sentados en una especie de ascensor: una oportunidad única de ver la fachada a todo lo largo y a un metro. Bien, vamos por la mañana: por la tarde habrá plazas. Vamos a las seis, desafiando el calor: está lleno, a las seis y media hay un grupo que lo ha reservado; a las siete y cuarto. Si vienen a las siete y cinco tendrán entradas. Mi hermana mayor se acercó a las menos cinco: ya no había entradas. Nos quejamos: como antes, un chico dice que son unos mandados, que no es culpa suya, que no, que si queremos hacer una reclamación. Mi hermana mayor y yo presentamos una, en lo que se puede comprobar nuestro espíritu irremediablemente ilustrado. Mi hermana pequeña, que es funcionaria y sabe de qué va la cosa ni se molesta. Yo pongo en la reclamación que lo voy a escribir en este blog: y aquí lo tenéis.

ACTUALIZACIÓN: me escribieron para pedir disculpas los de la restauración de la fachada de la Iglesia de san Pablo. Otro día fui, sin decir nada, con un amigo: era bonito ver la fachada a un metro, desde el ascensor. Mereció la pena. Os lo recomiendo.

sábado, 11 de agosto de 2007

En Valladolid (III)

Para recuperar el coche tuvieron que llevarme al Camino Viejo de Simancas: los encargados me miraron con cara de palo y yo no sonreí para no decepcionarles, aunque los 90 euros me escocieron, claro, pero en el fondo estaba contento.
De ahí a Olmedo, que es donde pensábamos ir, pero por un camino distinto: Puenteduero, Serrada, Matapozuelos. Algo de vides, campos de trigo segados (¡pues a mí me gustan!), llanura y al fondo cerros.
En Olmedo vimos un montaje audiovisual multiaventura 3D con efectos estelares sobre El Caballero de Olmedo. Puf. Fuimos a un parque temático con maquetas de edificios mudéjares. Entre medias un scalextric de trenes monumental y a la vez un jardín de especies autóctonas. Puf.
Lo que salvó la tarde: en la maqueta más grande, de cinco metros de altura, la del castillo de La Mota en Medina del Campo, estaba un grupo de vascos-pues, supongo que hijos del pueblo emigrados, esos que de pequeños llamábamos 'los de Bilbao' o 'los forasteros', con un poco de rencor, porque ellos no se habían chupado el invierno de Castilla y venían a disfrutar del verano.
Copié frenéticamente lo que decían:
-¡Sí que es bonito de ver!
-¡Naroa, Iskander, mirar para aquí!
-¡Irune, dale al botón donde hay un cuadradito!
-¡Ama, amachu!
-Marimar, tenías que ver las panorámicas que se ven¡ ¡Ancha es Castilla!
-¡Vaya bien que te lo estás pasando!
A la vuelta, en Radio 3, un programa, Kaleidoscopio, con muy buena música.
Pasamos delante del cuartel donde empecé la mili. Lo van a demoler: me alegro.

viernes, 10 de agosto de 2007

En Valladolid (II)

El Síndrome Stendhal-Máiquez o síndrome Asagao (SMA; AMS en inglés) me está afectando como el año pasado en Austria.
No me lo esperaba: me hacía ilusión volver a Valladolid, pero estos días están siendo un continuo disfrute. Para colmo, hace un tiempo ideal.
Y qué contar: patios maravillosos por toda la ciudad, como el del Palacio de los Vivero (donde ¡atención al dato! se casaron los Reyes Católicos). El que es sobrecojonante es el Patio Herreriano, que también han restaurado. Es tan precioso que para compensar han puesto en él un Museo de Arte Contemporáneo. Todos los museos que veo hacen bueno al CGAC y este lo mismo. Pero el patio, qué patio, qué maravilla, qué sobrio, qué bien. Y así por toda la ciudad, patios sobrios, pequeños normalmente pero con una elegancia enorme.
El hecho es que hace unos diez años que me fui de Valladolid; salvo visitas esporádicas no había estado aquí con tranquilidad. Ahora me encuentro reconstruidos muchos edificios en ruinas de entonces. Mucho por hacer todavía, pero Valladolid, que destrozaron en los sesenta, da síntomas de mejoría dentro de la gravedad.
Y un montón de librerías. Han cambiado de sitio Margen. Fui hace dos días y el librero me reconoció; al lado, un buen amigo y autor de un gran blog (en la columna de la derecha), con el que pasé luego un rato largo hablando.
Me dejó un libro de Christian Bobin, Autorretrato con radiador, que me obliga a reformular el síndrome inicial, que a partir de ahora será síndrome de Stendhal-Máiquez-Asagao-Bobin (BAMS en inglés). Y cómo estoy disfrutando del libro de Bobin. Qué bien. Qué contento estoy. ¡Nuevo astro que surge!, diría el padre de Léxico familiar.
El demonio, como es tan remalo, se empezó a preocupar y me mandó a la grúa: 90 euracos para la saca del Ayuntamiento de Valladolid.
Y a mí qué, yo sigo muy contento. Más.

miércoles, 8 de agosto de 2007

Poética de Amalia Bautista

(...) me limitaré a repetir unas cuantas obviedades: que en poesía, como en cualquier otra actividad, no todo vale; que hay que aspirar a decir cosas, y no sólo palabras; que la originalidad no se alcanza por el simple hecho de pretenderla y que, una vez conseguida, no garantiza la calidad; y que prefiero la poesía inteligible porque aún no he conseguido emocionarme con lo abstruso ni con lo vacío.
De la Poética de Amalia Bautista recogida en José Luis García Martín, La generación del 99. Antología crítica de la joven poesía española, Oviedo, Ediciones Nobel, 1999, p. 114.

martes, 7 de agosto de 2007

En Valladolid (I)

En el viaje, una constatación: o soy un machista de libro o nueve de cada diez de los que aceleraban cuando iba a adelantarles, se ponían a adelantar en el peor momento, se quedaban detrás de los camiones en la autopista cuando deberían adelantar, etc. (muchos etc.) eran mujeres.
Al llegar, muchos recuerdos al entrar en el Colegio Mayor Peñafiel. Algunos cambios, pero sustancialmente igual.
Ayer, primer paseo por Valladolid.
Me gustó mucho en el retablo mayor de la iglesia del Salvador, la escena central de la Transfiguración, un conjunto de esculturas impresionantes. En la parte de arriba del retablo estaban Adán y Eva y sobre ellos Dios Padre; en una cartela: o felix culpa! Había una capilla lateral de un santo vallisoletano, san Pedro Regalado (a san Pedro Regalado no le mires el diente, dice el chiste clerical de dudoso gusto que he estado dudando en poner aquí, pero ya veis, lo he puesto). San Pedro Regalado es el patrón de los toreros: y no sólo por eso es un gran santo.
También me gustó el Santuario Nacional de la Gran Promesa; lo rehicieron en la primera mitad del siglo XX y yo lo recordaba como un pastel, pero ahora me gustó más que entonces. La gran promesa que hizo el Sagrado Corazón fue: Reinaré en España y con más veneración que en otras partes. Había muchas referencias a España y a la Hispanidad: podría hacer algún comentario, pero mejor lo dejo así antes de tirarme de la moto poniendo los pies por delante.

domingo, 5 de agosto de 2007

Colegio Mayor Peñafiel

Esta tarde, después de llamarle de todo a Hamilton, me voy hasta finales de agosto al Colegio Mayor Peñafiel, en Valladolid.
Allí viví los tres primeros años de la carrera: mucho estudio, grandes recuerdos, de risas, de aprender mucho, de los primeros años fuera de casa, añorando Burgos. Valladolid era como el demonio para un burgalés como yo, pero después de once años allí es una ciudad a la que le tengo un cariño enorme.
Sólo me gustaría que no haga demasiado calor, pero habrá que arriesgarse: merece la pena por saludar a amigos de entonces. Voy con el propósito de ver mucho, mucho arte, en la ciudad y en los alrededores. Veré algunas cosas del paseo (sentimental) que hice hace tiempo con la memoria.
Será una ocasión de comprobar si he idealizado el recuerdo de Valladolid y Castilla, si añoraré Galicia.
No sé si actualizaré mucho el blog. Supongo que sí, pero no lo sé.

sábado, 4 de agosto de 2007

En Sanxenxo


Iba a ir un amigo a Sanxenxo [x en gallego = sh en inglés], así que aproveché y me fui con él; allí estaban Verónica y Alberto desde el día anterior: buena ocasión de conocerlos y de ver ese pueblo por primera vez.
Habíamos quedado en la terraza de un hotel en un lado de la playa; llegué yo, les llamé al móvil y me quedé sentado a la sombrita, viendo a lo lejos las barcas, los bañistas, alguien que hacía esquí acuático, uno que empezó a volar en parapente desde el mar, empujado -creo- por una barca: todo eso que es tan exótico para mí como las caravanas del Sahara. De secano que soy. Debía de ser el único en Sanxenxo que iba con pantalones largos y calcetines. Menos mal que iba con mi camisa de Arrow a cuadros azules.
Y qué bonito el mar, azul: es muy bonito el mar en las Rías Bajas; se entiende muy bien por qué viene tanta gente a veranear allí. Si yo veraneara en la costa, allí que me iría, o a Asturias. Algún día de sol, otros de lluvia y ver los barquitos a lo lejos, pero sin mojarme (de los cuarenta parriba no te mojes la barriga).
Llegaron y nos pusimos a hablar como si nos conociéramos de toda la vida. Verónica echaba flores a este blog para que me sonrojara. Contó cosas de la conferencia de Madrid de E. G.-M., de los poemas que leyó después M. d'O. Contó algo más del poema a Beliña: escalofríos.
Se estaba tan bien allí. Hablamos bien de todo el mundo, alabamos a Enrique, elogiamos a David, al que luego llamamos al teléfono, y me hablaron maravillas de Carmen, su mujer.
Yo hice mis pinitos de pedantería: que si el Antiguo Testamento, que si Jiménez Lozano, que si escribir, que si yo antes era un pedante pero ya no.
De allí fuimos a rescatar a los niños: los tres eran niños muy guapos y lo mejor es que eran normales. El mayor estaba enfadado porque la segunda -que miraba con cara de malota- le había roto unas gafas de bucear. El pequeño les miraba con unos ojos enormes.
Salimos: el mayor le pegó un empujón a su hermana. Verónica le exigió que pidiera perdón y lo hizo al instante. Gran chaval, todavía con cara de cabreo pero ya a punto de olvidarse de por qué se había enfadado.
Fuimos a comprar helados. Estábamos en esas y de repente había desaparecido el mayor (seis años tiene). Creo que a partir de ahora me acordaré de eso en lo del Niño perdido y hallado en el templo. Fueron unos momentos, pero angustiosos. Estaba al lado, viendo en la tele el partido del Madrid: ya digo, gran chaval también en eso de sus preferencias deportivas. Le recordé luego a Verónica el relato de Natalia Ginzburg en Las pequeñas virtudes, lo de que los padres pierden la serenidad cuando tienen un hijo, porque su vida empieza a girar alrededor de ellos.
Pasamos al lado de la Iglesia: no entramos porque íbamos con los helados, pero parecía muy acogedora: pequeñita, fresca, umbría, en un día de calor como aquel.
La segunda (unos tres/cuatro años) dijo: mamá, me acuerdo cuando era pequeña-.

jueves, 2 de agosto de 2007

Reenvíos

Perezosote estoy. Y para qué escribir si uno puede dedicarse a oír a Hernán mientras mira escenas de El viaje de Chihiro (más aquí). Y cómo mejoraría el mundo si los niños en vez de ver películas de Walt Disney vieran las de Miyazaki.

Y leer:
-La genial entrada de Antón sobre las fiestas de san Fiz en Vilar de Barrio.
-Una buena descripción de la nueva librería Couceiro.
-De El café de Ocata dos entradas antológicas, sobre Bergman y sobre Educación para la ciudadanía.
-Un ataque de risa de Conde-Duque.
-Uno se acostumbra al hecho de que Julio Martínez Mesanza escriba entradas a diario en su blog Mesanza y cuando dejan de aparecer queda un vacío. Hoy no, hoy ha vuelto a escribir.
-Por suerte, aunque todo el mundo se fuera de vacaciones, nos quedaría Enrique, que está sembrado (más, si cabe): mirad aquí, aquí, aquí y aquí.