domingo, 26 de agosto de 2007

En Valladolid (IX)

El problema de autoestima de Valladolid es que su Catedral es herreriana y está sin terminar: sólo tiene la nave y un cierre chapucero, en el que pusieron un retablo maravilloso de Juan de Juni, pero que queda muy pequeño para tanta mole. Así no se puede presumir. Me diréis que hay ciudades que no necesitan catedral (San Sebastián, (L)a Coruña, pero es que tienen mar) y yo os recordaré también otras que la tienen, y muy bonita, y no son muy conocidas: Palencia, Zamora y O(u)rense se me ocurren ahora. Lo que me parece incontestable es que el problema de Valladolid es el de su Catedral.

Luego vienes aquí y te pasas un mes viendo maravillas en patios, retablos, conventos, portadas, museos. Un parque como el Campo Grande. Un cielo grande. Hasta la Catedral, incluso:

La Catedral quedó inacabada y no tiraron la antigua Colegiata, que ahora se puede visitar porque allí está el Museo Diocesano (aquí algunas fotos): y qué bonita es, qué labores mudéjares en los techos y qué colección. Imaginarse cómo podría haber sido también ayuda. Pero bastaba con el Ecce Homo de Gregorio Fernández:



Sólo he encontrado esta foto y una de la cara, buena pero que no le hace justicia:



Aunque se hundieran todos los edificios de Valladolid, si quedan las esculturas/imágenes de Gregorio Fernández, basta. Su Sagrada Familia de la iglesia de san Lorenzo, la Santa Isabel de su convento, los yacentes (¡el de san Miguel!), el santo Domingo de la Iglesia de san Pablo, el relieve de la adoración de los pastores que pude ver en la clausura de las Huelgas Reales (de Valladolid), lo que enseñan ahora en la sede provisional del Museo Nacional de Escultura.
Pero ese Ecce homo: qué desvalimiento, qué humanidad, qué cenosis, qué belleza y qué dolor. Siempre me gustó el que más Gregorio Fernández, pero cómo lo estoy descubriendo ahora, a ese lucense de Sarria que se estableció en Valladolid y es uno de sus mejores hijos (con Felipe II, o Miguel Delibes). Aquí su lápida, que vi el otro día en el Museo de Arqueología (el precioso Palacio de Fabio Nelli):



En el convento de santa Isabel vi también una imagen hecha hace poco, en 2004, del Cristo de la humildad. No es justa la comparación, pero comparad las imágenes y la diferencia es eso que llamamos arte, definido según unos estudiantes yanquis de bachillerato como a reasonable, creative expression of human emotion, una expresión racional y creativa de la emoción humana.
Por acabar, aunque referido a otro Ecce homo de Fernández: releyendo Los caballeros del punto fijo de Trapiello, me encontré esto, sobre un poeta que conoce en Granada, del que "todos dicen que es del Opus" (p. 153):
Unos dicen que le tienen en cuarentena por eso, por ser del Opus. Quién sabe. Podría ser. A mí me pareció un hombre encantador, bueno e inteligente. La gente dice de él también: es raro. Naturalmente. Si es encantador, si se es inteligente y si se es bueno, siendo poeta, como no sea un poco raro y un poco loco, no puede ser, y sería cosa muy rara que todo eso fuese posible. Yo me fijé en sus manos. Eran grandes, expresivas, fuertes. En eso se puede ver que podrían ser las manos de un loco, sí. Manos de ecce homo. Esas manos que Gregorio Fernández ata y pone encordadas junto a una columna, manos con las nervaduras bien destacadas, como venas de un caballo.

5 comentarios:

  1. Chico, estás sembrado. Estas postales castellanas son deliciosas (sé que me repito, pero es que tú mantienes el nivelazo). El Ecce Homo de Gregorio Fernández siempre me ha parecido magnífico. Y la reflexión sobre la catedral resulta muy enjundiosa. Hoy son otros los edificios que dan "la talla" de las ciudades (auditorios, centros de arte "contemporoide", recintos feriales, cortesingleses), pero una catedral es una catedral... Casi va a darme pena que vuelvas a Santiago.

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  2. Es preciosa la lápida de Gregorio Hernández que reproduces -me gustaría que me hicieran una así, cuando la necesite-. La letra romana de la primera parte está muy bien hecha, la del añadido de 1721 es mucho peor, con esos siete de aluvión y sus renglones torcidos. Hoy seguramente estarían grabadas a láser. ¡Qué desgracia la nuestra!

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  3. Aquello que diferencia el Cristo de Fernández del otro del 2004 (aquello a lo que llamamos "arte"), lo glosa muy bien Josep Pla en "Vida de Manolo": "En arte, entre lo bueno y lo malo, cabe un alfiler. La verdadera calidad es algo minúsculo, irrisorio pero muy precioso. En muchas porterías de las casas burguesas de Barcelona hay una estatuilla de un negro con una lámpara, colocado a modo de pomo de escalera, que fue fundida por la casa Comas en Barcelona, a principios de siglo, y está más cerca de Praxiteles que cualquiera de nuestras obras. Ocurre, sin embargo, que al negro le falta aquello preciso y diminuto por lo que nunca podrá salir de la escalera, como si estuviese condenado."
    Estamos enganchados a tu blog. Los Berruguete también nos apasionan.

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  4. Magnífica entrada, que leo, como se ve, con retraso. Es curioso, pero, por referirme a la apostilla final de Trapiello, también yo me di cuenta de las manos enormes del poeta de marras... Me llamaron poderosísimamente la atención, casi no me pude fijar en otra cosa.
    La descripción de "manos de eece homo" me parece acertadísima. Eran manos que parecían haber blandido antes azada o arado que pluma. Manos trabajadas y fuertes.

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