Mi hermana Eva lo vio en un mercadillo y me preguntó que si me interesaba: le dije que sí y me he leído estas Memorias de Josep María de Segarra con mucho gusto, en la versión de Fernando Gutiérrez, que no sé si es el mismo que tradujo a Homero: en cualquier caso, el texto se lee con mucho gusto en la versión castellana.
Decidí leer el libro sin mirar nada ni sobre el autor ni sobre el libro. Comienza con sus antecedentes familiares, 200 páginas que se me hicieron largas; de hecho me salté las treinta últimas, sobre la familia de su madre. Luego habla de su infancia y juventud, de su época universitaria y termina con sus dos años de estudios en la Escuela Diplomática en Madrid. El libro se queda en 1918, acabada la Primera Guerra Mundial y con él dispuesto a continuar haciéndose un nombre en la poesía, el teatro y el periodismo en catalán de las primeras décadas del siglo. Son 24 años de vida, escritos cuando él tenía 60. Por desgracia no hizo una continuación, que habría sido bien interesante.
Me ha sorprendido su bonhomía y su talante a lo largo de todo el libro, de casi 900 páginas. Sin renunciar a sus principios e ideas (militaba desde joven en la Lliga de Cambó), siempre tiene buenas palabras para todos, sin maquillar lo que ve, pero con un espíritu siempre dispuesto a comprender a todo el mundo. Hay unas páginas sobre una visita a Barbastro, por unas maquinaciones políticas de Cambó que me recordaron a la Operación Roca, que describe con rasgos de esperpento muy logrados.
Sus dos años en Madrid son de continuo trato con los literatos más importantes, desde Juan Ramón a Ramón Gómez de la Serna, Ortega y Gasset o Unamuno. Su juventud en Barcelona yo espero que se estudie en los Grados de Filología Catalana, porque describe muy bien a figuras como Verdaguer, d'Ors, Maragall, Carner, Prat de la Riba, todos los que eran alguien en ese periodo de principios del siglo XX. También retrata muy bien el mundillo literario de Barcelona, donde dominaba el ambiente de los Juegos Florales, la poesía como fenómeno social y los periódicos y revistas que lo amplificaban, todo ello en el ambiente social y político convulso y a la vez festivo de la Barcelona de la época.
De todos modos, lo mejor con diferencia es el relato de su infancia y adolescencia, delicioso. Yo haría un libro aparte con esas doscientas páginas, que estoy seguro que encantarían a todo el que las leyera, entre la página 200 y la 400. Son páginas felices de la vida de un niño bien de Barcelona en torno a 1900.
Me impresiona, ya lo he escrito antes, el carácter y la bonhomía de Sagarra, su actitud abierta ante todos, y quizá más por estos años duros que hemos sufrido nosotros de políticos catalanes básicamente hoscos (desde Puigdemont a Maragall de Lluis Llach a Ada Colau, Artur Mas, Jordi Pujol, Oriol Junqueras o la muy hostil a todo Miriam Nogueras, por decir algunos), siempre cabreados, siempre quejosos, con expresiones convulsas. Han destruido, al menos en mí, la posibilidad de imaginarme a políticos de Cataluña de cualquier línea sin que tengan por qué no ser amables, respetuosos, en un contexto de civilidad. A partir de ahora, me acordaré de la figura de Sagarra, como excepción quizá. Cuando oiga hablar de seny, pensaré en él, al menos en él.

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