Por fin he podido leer la continuación de los Diarios de José María Souvirón, después de la enorme impresión que me había dejado el Diario I.
La edición de este Diario II es excelente: el texto es pulcro, no hay erratas, no hay notas que molesten; todo facilita la lectura. Mi más calurosa enhorabuena a Javier La Beira y Daniel Ramos López. ¡Y todavía me quedan tres volúmenes por disfrutar!
Aunque quizá "disfrutar" no sea la palabra exacta. Es una disfrute la lectura por la tersura, elegancia, precisión de la prosa en la que Souvirón va documentando, reflejando, considerando su vida. Más que "disfrutar" lo que vives es la cercanía de otra vida, ofrecida con verdad. Es doloroso muchas veces, y le llena a uno de compasión, leer los muchos momentos de soledad que padece el autor, la descripción de sus serios problemas de salud, la fuerte sensación de separación respecto a su familia en Chile, sobre todo de su hija, que se convierte en madre a su vez en ese periodo concreto: en estos tres cuadernos se abarca el periodo entre 1958 y 1960, cuando tenía entre 54 y 56 años. La separación definitiva de su esposa se hace todavía más definitiva en el viaje a Chile que está en el medio de este libro. Su amor por su hija es central para él, pero su vida está en España, donde tiene un trabajo en el Instituto de Cultura Hispánica y donde puede desarrollar su labor literaria, aunque quejándose del poco eco de su obra, sobre todo de su poesía, en los círculos culturales.
Lo que más me ha impresionado ha sido el análisis detallado, quirúrgico, de su intimidad, en concreto respecto a su deseo de amar y ser amado, de su necesidad de compañía, que él percibe a la vez como imposible por su situación de casado, aunque definitivamente separado de su mujer. Se muestra como un hombre que, si no fuera por lo que le dicta su conciencia, habría tenido muchos amores, o quizá un gran amor, que es lo que anhela, pero al que sabe que no debe aspirar, por la certeza tanto de fe como de prudencia humana: no sería feliz al final y no es lo que debe hacer. A la vez, tontea con mujeres, se da cuenta de que no está bien hacerlo, se confiesa, vuelve a empezar. Es titánico su esfuerzo por comportarse de acuerdo con la doctrina católica, con consecuencias tan gravosas desde una perspectiva de tejas abajo.
Esto es un autorretrato interesante:
Ayer hablaba con Pepe Coronel sobre mi soledad, mi soberbia, mis angustias, y le recordé (inoportuna, impropiamente) aquella frase de Bloy: «Me avergonzaría de tratar a un perro como Dios me trata a mí». (Lo que no deja de ser una animalada ingratísima). Pepe me dijo que en Bloy había algo de perro, de gran miseria perruna, mezclada con una grandeza profética y una Fe descomunal. Pero que yo no tenía nada de perro; más bien de gato, o de caballo de carrera. Hoy estoy hecho un gato intelectual, sin duda (207).
Sus grandes amigos son ya aquí Luis Rosales y Leopoldo Panero. A diferencia del primer volumen, este es mucho más de recuento interior que de crónica social o cultural o política, aunque sigue habiendo un trasfondo tremendamente interesante, o al menos a mí me lo parece (en una ocasión en un almuerzo están también Bergamín y Ramón Gaya). Luego yo recordé que la familia de Leopoldo Panero, que aquí aparece como modélica, fue la que luego protagonizó El desencanto, y caigo en la cuenta de que he quedado atrapado en el punto de vista de Souvirón, que quizá no fue capaz de caer en la cuenta de la trastienda de aquella familia, por ejemplo.
Hay algún puntito de humor, como cuando describe a Julián Marías como un "marista palentino" (151): la pinta la clava.
He encontrado otra reseña, de Javier Gallego, que aporta puntos de vista y datos complementarios a los míos.
Aquí una hoja de los Diarios manuscritos, que tomo de la noticia de la edición de este volumen por parte de la Diputación de Málaga:

La frase exacta de Bloy es: «Yo me avergonzaría de tratar a un perro sarnoso como Dios me trata a mí». Y se halla en una carta a E.Hello de abril 1880, una carta, por cierto, que da vergüenza leer, porque en ella el amigo Léon escribe, a los 33 años, con una inmadurez espiritual alucinante, que ha hecho todo lo posible por Dios y Dios no le ha concedido nada de lo que él le ha pedido.
ResponderEliminarYo tiendo a aceptar todo lo que dice Bloy como una verdad verdadera, al menos íntima.
Eliminar¿Das razón a Bloy contra Dios?
EliminarMe parece que Bloy hace una oración, y es recurrente a lo largo de su vida, de queja a Dios con toda su confianza de desesperado. Él es el "mendigo ingrato": a mí me impresiona mucho.
EliminarY conste que soy un gran admirador de Bloy desde hace muchos años, que es para mí uno de los 4 o 5 mejores estilistas franceses - que influenció mucho a Céline, otro gran estilista con una personalidad más que discutible (y paranoico también).
EliminarYo no veo la oración por ningún lado. Yo veo la misma mezquindad, por no decir la misma locura (Bloy era paranoico), que le llevaba a insultar a la gente que le ayudaba en general y a los que le daban dinero en particular. Salvo que en el caso de Dios la cosa es mucho más grave, pues demuestra que no ha entendido nada de lo que es la fe. La visión "comercial" que tiene de ella está en las antípodas de "El libro de Job", que para mí es el libro más profundo del Antiguo Testamento.
ResponderEliminarEl texto de su carta, traducido con DeepL.com (muy superior a Google Traduction) y corregido (porque ninguna máquina sabe aún traducir bien un texto literario, contrariamente a lo que la gente cree):
"Soy infeliz más allá de lo que se puede expresar y comprender. Estoy herido en mi fe, en mi esperanza y en mi amor. Hoy, lunes, por primera vez en mucho tiempo, no he comulgado ni he articulado una oración. Solo he podido encontrar en mí el resentimiento más amargo y feroz contra un Dios tan duro e ingrato. Lo he dado todo desde hace mucho tiempo. En casi todas mis oraciones he ofrecido mi cuerpo y mi alma a las torturas más espantosas, más infernales, con la condición de que Él se convirtiera en lo que dijo que quería ser, es decir, mi servidor. He logrado con la ayuda de su gracia, sin duda, pero a costa de sufrimientos que usted no conoce y cuyo solo recuerdo me desgarra, he logrado en dos años una obra de paciencia increíble, una obra tal que nadie querría creer que un hombre desprovisto de todo se haya atrevido a emprenderla, y esa obra era únicamente para la gloria de Dios. Pues bien, como recompensa se me niega todo. Yo me avergonzaría de tratar a un perro sarnoso como Dios me trata a mí."
A mí me parece una oración impresionante. Es como Job cuando se dirige a Dios:: puede ser injusto en su oración, pero qué oración más viva la de ambos
EliminarJob conserva la fe a pesar de todo lo que Dios "le hace". Bloy dice perderla en su carta (aunque luego la recupere).
EliminarNo entiendo cómo te puede parecer una oración algo que se parece más a un chantaje comercial: he trabajado mucho para ti y como tú no me das nada a cambio, mi decepción es enorme. Es decir: porque soy un gran creyente tienes que recompensar, obligatoriamente, mi fe. Para mí es casi una blasfemia. O como mínimo, como dice Souviron "una animalada ingratísima".
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