viernes, 11 de abril de 2008

Pepe Becerra

Teníamos ayer el acto de becas en el Colegio Mayor La Estila, y le concedieron la beca de honor a don José Becerra, Pepe para los amigos, que durante muchos años se ha encargado del mantenimiento, pilotando con gran pericia la sala de máquinas, al grito de Más madera y con riesgo continuo de quemarse.
Pepe es de una generación que padeció la guerra o la primera postguerra de niños; se encontraron un mundo difícil y para ellos trabajar es lo que se suponía, como el valor en la mili (que hicieron, por otra parte porque había que hacerla, y la recuerdan muy contentos, a diferencia de las siguientes generaciones, que no tenemos ni mucho menos tan buen recuerdo). De esa generación era también mi padre. Mucho más mayor es don Luis Gil, eminencia de los estudios griegos en España, del que leía el otro día (citado no recuerdo en qué blog) un pasaje (me parece que del nuevo prólogo de su mítico Censura en el mundo antiguo, ahora reeditado) en el que reivindicaba el trabajo titánico de gente común o excepcional, entre los años cuarenta y los setenta. Así me imagino también a los padres de Paco.
Pepe recuerda con gran cariño sus primeros años, de pluriempleo. Creo que estuvo en una fábrica de hielo, por ejemplo.
Aquí, a veces se disfraza de ogro de Cuéntame y los universitarios jóvenes comprueban asombrados, fascinados y asustados que el ogro franquista existe de verdad. Él hace su papel con gran convicción y los que vemos el espectáculo nos divertimos mucho, porque pone cara de malo muy bien. Luego, en petit comité, le acorralamos a veces y se defiende con gran tino, mucha retranca y carcajadas, ya sea alabando La Coruña (con ele), ya protestando de nuestras quejas, ya señalando nuestro señoritismo.
Luego resulta que incluso tiene su corazoncito. Fue él el que me pasó un disco de Carlos Cano. O te viene un día con que vio una película taiwanesa (o pakistaní o finlandesa) y dice que le ha gustado mucho. Ahora ha dado en decir, para mi consternación, que el cambio climático es verdad: yo me acuerdo de lo de las nieves de antaño de François Villon y con eso me lo explico: antes, en su juventud, nevaba y llovía más, qué duda cabe y no seré yo quien lo niegue.

Claro, eran tiempos de Historias de la radio. Y ahora ellos no entienden nada de la nada montada.

martes, 8 de abril de 2008

Andrés Trapiello: La Manía

Bien, hace unos días acabé La manía, de T. Si fuera menos impaciente esperaría unos meses, volvería a leer el libro (que es lo que voy a hacer dentro de pocos meses) y tendría una opinión más fundamentada y más argumentada.
De hecho mi opinión poco importa (y aquí ensayo un poco de humildad fingida, ya lo sé, pero es que también es un hecho): lo que importa es la obra de Trapiello, tan importante para la literatura española (y para mí, y para mis gustos literarios y artísticos).
Gracias a la antología de Renacimiento preparada por Sánchez Rosillo (y la reseña de García-Máiquez) redescubrí su poesía y comprendí que es lo más valioso de su obra. Ahora estoy con Rama desnuda, que publicó en 2001, año que recoge en este volumen de sus Diarios, que está en continuidad con los demás, pero es el menos parecido a los anteriores. En La manía asistimos en primera fila al taller del escritor.
Lo que decía del prólogo el otro día (y el prólogo lo tenéis aquí, en pdf) es lo que leemos en este volumen; yo le recomendaría este libro a todo el que quisiera dedicarse en serio a ser escritor. Le diría: mira, mira cómo trabaja, mira qué constancia, qué rigor, como se parte la cara. Mira cómo es la vida literaria: cómo están todos mirándose, qué resquemores hay, cómo dependen tantas cosas de las críticas. Mira qué fuerza de carácter hay que tener para ser constante en un proyecto vital y literario que quizá se valore sólo con los años.
Sí, es lo que se dice en el prólogo: la manía de escribir, la grafomanía, la literatura y la vida, los diarios que sustituyen a la vida, el vivir para contar. Eso es lo que nos ofrece con una maestría prodigiosa en este volumen. No es un plato fácil: sería como la cecina (si no se asociara a una comida castiza), o quizá como la carne de venado (si supiera cómo sabe esa carne): es un plato fuerte, no apto para paladares delicados, pero sabroso, de madurez, de una madurez espléndida.
Pegas: demasiado espacio dedicado a glosar y corregir La noche de los cuatro caminos, que me pareció un libro fallido, por lo demás. Demasiado espacio dedicado a criticar a Vila-Matas, que ya había quedado bien retratado en el volumen anterior.
Sorpresas agradables: la alegría de ver que le gusta Verde agua, el libro de Marisa Madieri; y totalmente de acuerdo en valorarlo por encima de toda la obra del marido, Claudio Magris, que hace años a mí me gustaba tanto. Alegría de ver que también le harta Steiner.
Y las varias veces que me reí a carcajadas leyéndolo.
Y la visita a Venecia, lo mejor.
En otro blog veo que está otro prólogo, maravilloso, una alabanza de Madrid, la gran villa manchega. Ese mismo blog hablaba ya hace tiempo de esos diarios.

domingo, 6 de abril de 2008

Sábado

A última hora de la mañana, por Conxo. Mientras esperaba, como no pude entrar a ver el Cristo otra vez, me fijé en la portada del monasterio, de Simón Rodríguez, barroco de placas del bueno (pero ni una foto en la red, oiga, y un buen rato buscando).
Parece como que ya hubiese previsto que el monasterio acabaría en Psiquiátrico, porque la fachada es desequilibrante (y perdón por el chiste), barroco de placas y con cilindros en lugar de capiteles, que parece que todo va a dar al suelo en minutos.
Y qué bien al solecito; entré en el cementerio, que nunca viene mal; entré en el centro sociocultural, que conmemoraba el banquete de Conxo (estuvo Pondal, el padre del infame Himno) y salí corriendo, porque vi que había programados a esa hora ensayos de gaita.
Y por la tarde, de paseo a la Feria del Libro, me crucé con invitados de (otra) boda en san Martín Pinario: de medio pelo, pero la novia, muy guapa, como siempre. En la feria -cuatro casetas mal puestas- vi los libros que han ganado el premio de la crítica de este año: en poesía en gallego, el libro de una profesora de mi Facultad (¡enhorabuena!) y en prosa una novela de Luis Rei Núñez, editor de la poesía completa de Luis Pimentel. Qué bien.
Y por la noche vimos Once (Una vez), película irlandesa que es como un buen cuento, una pequeña película con canciones que disfruté mucho y que os recomiendo.

sábado, 5 de abril de 2008

Espera ansioso

Hoy he descubierto que parte de la definición de esperanza que había entrevisto leyendo la Spe salvi, lo de que Dios nos espera ansioso, estaba ya en una homilía de san Josemaría, en relación con un texto de san Ignacio de Antioquía: el alivio de descubrir que yo no era original.

viernes, 4 de abril de 2008

Ayer

Qué bueno el desayuno en el hospital después de la gammagrafía, el café con leche en el vaso de duralex, la tostada con mantequilla, el trozo de tarta de chocolate después de diez días de dieta sin yodo (es decir: sin leche y derivados y sin huevos; sí, también sin pescado -bueno, eso me importó bastante menos; en resumen: que no podría comer esto, por ejemplo).

El dulce sabor de saber que por ese lado va todo bien.

Tendría que empezar a acostumbrarme a las revisiones, pero no sé, va a ser que no.

Dos días antes había ido a hacerme unos análisis: yo pensaba que había ganado mucho en valentía desde aquella vez. Casi era un trámite: sí, estaba la cola -media hora hasta el mostrador, a las ocho de la mañana y en ayunas deprimen a cualquiera-, pero apareció un niño que se llamaba Brais (=Blas, es un nombre de moda en Galicia, no me preguntéis por qué) correteando por el pasillo y nos alegró la espera. Pero media hora después se hoy llorar a niños al fondo; eso me puso los nervios de punta.
La enfermera que me sacó la sangre dijo: ¡estos hombres! Y me sorprendió: había cerrado los ojos para evitar marearme, porque se acumulaban las ayunas, el miedo y la espera. Mi cara hinchada y pálida -atiroideo un mes- debía de parecerle otra muestra de miedo. Todo me lo dijo con cariño y yo con cariño intenté explicarle que ya un análisis de sangre me es casi -casi- indiferente, que he mejorado mucho en ese terreno, al menos tal como yo lo veía, aunque no la convencí. Quedamos amigos de todos modos.

Y la alegría del jardín ayer después de comer, ya sin dieta. De banda sonora, de primeras pensé poner aquí Il y avait un jardin de Moustaki, pero es una canción pagana y va contra los preceptos del cine danés de Dogma: mejor el sonido directo de la chilla de los pájaros, incluso de las gaviotas, esas ratas voladoras -bien que blancas-, pero que acercan el mar a Compostela.

Los paganos de todo esto: el bolsillo de Javier respecto al desayuno -yo descubrí en la cafetería que iba sin dinero- y los nacionalismos postmodernos, que me sirvieron de pinpanpúm en este mes de atiroidismo.

A última hora de ayer, más terapia de jardín. Y esta mañana leí en la biografía de Newman esto que escribió en Sicilia cuando se recuperó de una enfermedad que le dejó para el arrastre (su criado Gennaro se desmayó en una sangría que le hicieron a Newman: no soy el único):
As I sat in the chair, I could not command myself, but cried profusely, the sight of the sky was so piercing (Ker 1990: 78).

Yo no llegué a llorar, pero estaba muy contento, ante las hortensias, que están echando todas las hojas -las que plantaron el año pasado incluso han empezado a tener brotes apretados blancoverdes de flores-, viendo las mínimas hojitas que se desplegaban en el liquidámbar, un poco temeroso por las gardenias, que han sufrido tanto estos días de frío, sentado al lado de las azaleas -rosas unas, rojas otras- que lo están dando todo en este do de hecho que es el jardín de mi casa. Y el cielo muy azul.
Fíjate, Diego, qué buena labor de azada la tuya el año pasado. Y las rosas, que pronto echarán flores (-Hijo, la rosa no cansa, le decía su madre a JRJ, dice A. T. en La manía) y los narcisos que ya murieron bajo la hoz. Y la incógnita de los agapantos. Y la higuera, que puede tener -no, no exagero- doscientas brevas y hojas que crecen en las puntas, de un verde traslúcido al sol de la primera tarde.

jueves, 3 de abril de 2008

Donkey, Chesterton

Vi en este buen blog The Donkey, un poema de Chesterton. Me dio por traducirlo, sin pretensiones poéticas, sólo eso, traducirlo:

When fishes flew and forests walked
And figs grew upon thorn,
Some moment when the moon was blood
Then surely I was born.

With monstrous head and sickening cry
And ears like errant wings,
The devil's walking parody
On all four-footed things.

The tattered outlaw of the earth,
Of ancient crooked will;
Starve, scourge, deride me: I am dumb,
I keep my secret still.

Fools! For I also had my hour;
One far fierce hour and sweet:
There was a shout about my ears,
And palms before my feet.
El burro
Cuando los peces volaban y andaban los bosques
Y crecían higos en los espinos,
En un momento en que la luna era sangre
Entonces es cuando puede que naciera.

Con cabeza de monstruo y matador rebuzno
y orejas como alas errantes,
la parodia del diablo andante
entre las cosas de cuatro patas.

El rastrero andrajoso fuera de la ley,
de antigua voluntad torcida;
matadme de hambre, azotadme,
reíos: soy mudo, pero mantengo mi secreto.

¡Locos! También tuve mi hora;
Una gran hora lejana y dulce:
Hubo una grita sobre mis orejas
y palmas bajo mis patas.
y luego me acordé de que quizá estuviese en Lepanto y otros poemas, la antología con traducciones de Chesterton (y nada menos que de -¡agarraos!- José Julio Cabanillas, Enrique García-Máiquez, Luis Alberto de Cuenca, Julio Martínez Mesanza, Regla Ortiz y Francisca Delgado). Allí estaba la versión de Enrique García-Máiquez, esta sí poética (en el buen sentido), con un verso especialmente logrado: One far fierce hour and sweet es en su versión mi hora / que fue inmortal, tremenda y dulce.

martes, 1 de abril de 2008

Microrretrato

Esta mañana, en el espejo, se me ha ocurrido [por humildad no digo que ha sido una inspiración] un microrretrato mío (o microautorretrato):
Con buenos ojos, Mayor Oreja; con malos, el Solitario.