viernes, 10 de agosto de 2007
En Valladolid (II)
martes, 18 de septiembre de 2007
Bobin sobre Mozart
Más en estas referencias jugosísimas de Bienvenidos a la fiesta: esta y esta.Yo tan sólo escucho a Mozart, y es buena señal. No conozco nada con más frescor que esta música, sólo comparable al susurro de los ríos o a los balbuceos de los recién nacidos. Una perfección semejante no prueba en absoluto, como a veces se pretende, la existencia de Dios. Por otra parte, una existencia -aunque sea la de Dios- no se 'prueba'. Se acoge o se rechaza, y no es lo mismo ni el mismo lenguaje. Probar es un deseo de sabio o de policía. Acoger es un deseo de enamorado. Mozart no prueba nada, simplifica.
Ya no sé de dónde saqué esta tontería, sin duda de un libro muy serio, la sonrisa va muy bien con la seriedad: los ángeles cuando están ante Dios interpretan a Bach y cuando están entre ellos, interpretan a Mozart. Realmente esta historia es un poco injusta para Bach, pero si no podemos burlarnos de los que amamos, ¿de quién nos burlaríamos entonces?
Esa es la primera parte de mis días: café negro, tabaco negro, Mozart azul.
He encontrado un texto largo (de hecho es larguísimo para leerlo en el ordenador) pero muy bueno -lo que he leído.
A mí me ha venido muy bien Bobin (¡fijaos qué aliteración).
sábado, 29 de diciembre de 2007
Mejores libros 2007 (no poesía)
viernes, 4 de mayo de 2012
El pábilo vacilante
Leer su blog a diario es una suerte; y sería una suerte simplemente releerlo (en papel o como sea). Pero es que leer este libro no es releer: esto es una selección de lo mejor del blog, revisada, corregida y ordenada de modo que se pueda leer en un conjunto mayor, que forma una unidad diferente buscada, pensada, con un argumento y líneas de fuerza claras.
Están las marcas de la casa: pequeñas escenas cotidianas, hermosos poemas breves, razonamientos morales (en el mejor sentido de la palabra), aforismos (que se empeña en llamar con nombres distintos), lecturas iluminadoras, pero aquí enhebrados como en una sinfonía.
El primer tema de fondo es la vida de un matrimonio sin hijos: el vértigo de una conversación en mise a abyme con Leonor en el Prado, solos los dos ante «Susana y los viejos» (31) y el amor que ilumina la «apagada cena conyugal» (40) y que se descubre en una «lista de la compra» (48).
Entre medias se introduce aquella vez en que alguien recordó a su madre citar el «pábilo vacilante» (32). Era una broma, pero tiene fondo, que comparte con encontrarnos aquí aquel verso tan emocionante de la petición de Pia de Tolomei a Dante: Ricorditi di me, che son la Pia (49), o, poco más adelante, el haiku de la imagen pisoteada de Jesús: ese Zesukirishito (68) que se trasparenta bajo el papel.
Y moviéndonos en ese ambiente nos damos con una en principio extemporánea definición de poesía: «palabras para cuando no hay palabras» (69), que se aclara en una entrada titulada Mi madre en el hospital, de buena mañana (72), con estos versos:
El sol te ve cada díaAhora descubrimos que todos estos textos tenían de fondo la música de los últimos días de su madre. Y nos alegra mucho poder encontrar ahora ahí un artículo suyo rescatado del periódico para ese lugar del libro: la necrológica en la que la emoción solo se descubre entre líneas, si uno se fija mucho.
nuevamente. Esta mañana
con qué ilusión, con qué luz
te iluminaba la cara.
Y lo que viene después queda teñido de esa muerte: un aforismo de Vicente Núñez (75), un poema de Vicente García, otro suyo a la Virgen del Carmen (81, primerizo, pero muy bonito a pesar de todo lo que diga), el haiku amargo de Issa (85).
Eso es justamente lo que ganamos al pasar del blog al libro: páginas como estas, pero ordenadas por Enrique así, con el orden de la vida pero con el cuidado de la literatura (disfrazado de amenidad 185-6) para lograr referirse al dolor, pero mostrado con pudor. El tono lo dio ya empezar el libro con la admiración de Bobin -y de Enrique al citarla- por una frase de Mozart sobre un concierto que le había salido «brillante», pero «falto de pobreza».
Y pronto, otro tema (pero relacionado: el pábilo vacilante que parece que se va a apagar pero no, ya nunca): la vida que ya no se espera, pero llega. Un poema de Juan Bonilla sirve de contrapunto a otro suyo. Y justo ahí, en esa renuncia, el anuncio por sorpresa de la vida nueva (103) tan alegre -pero todo el mundo lloraba al saberlo- que se culmina en otra cumbre del libro: el nacimiento de Carmen (159).
Yo recordaba del blog un relato nada sentimental de cuando asistió al parto (eso se ha caído de la selección: a mí me gustaba). No importa, en el libro, qué emocionante modo de contarlo, cuando la recibe con estos versos de Miguel Hernández: Rival del sol /Porvenir de mis huesos / y de mi amor. Y luego la alegría y la tristeza en el bautizo -muerte ritual (volvemos a lo mismo).
La tercera cumbre esta el final: el nacimiento de su hijo; pero los varones en este libro quedan en un segundo plano. Son caballerosos los Enriques y este es un libro de mujeres: Leonor, su madre, Carmen, su suegra, Amparo (¡qué gran personaje!).
Y esto ya se ve que no es una crítica de un libro: es contar algo de lo mucho que me ha emocionado leer El pábilo vacilante: ¿una emoción distinta del blog? pues no sé, yo me he dado de baja de la Teoría de la Literatura.