viernes, 30 de octubre de 2020
Wang Lü among the peaks, Ming paintings of Mt. Hua
jueves, 29 de octubre de 2020
Tucídides sobre la peste 8
A continuación explica Tucídides cómo el amontonamiento de refugiados del campo dentro de los muros fue una causa decisiva para la propagación de la peste. La descripción de la destrucción del decoro en los rituales funerarios es otro punto culminante y tremendo del relato. Esta es la traducción de Francisco Romero Cruz (2.52, aunque yo he cambiado unas cuantas cosas):
Lo dificultaba todo el amontonamiento de gente del campo en la ciudad; y no menos lo notaron los desplazados; como no había casas, sino que hacían vida en chozas sofocantes por la estación del año, se producía una mortandad fuera de todo orden; los cadáveres se apilaban unos sobre otros al morir y los moribundos se arrastraban por las calles y en torno a todas las fuentes por su ansia de agua. Los santuarios en los que se habían montado tiendas estaban llenos de los cadáveres de quienes morían allí mismo, pues al obligarles excepcionalmente la enfermedad, los hombres sin saber qué hacer, tendieron al abandono por igual de lo sagrado y de lo profano. Todo el ritual del que se servían antes para los funerales quedo destrozado y enterraban como podían. Muchos se prestaron a exequias indecorosas ante la falta de lo preciso, por los continuas exequias que ya habían tenido que hacer previamente; unos, tras poner su muerto en piras ajenas, anticipándose a los que las habían preparado, les prendían fuego, y otros, mientras ardían otros cadáveres, echaban encima el que llevaban y se iban.Vuelvo a poner al lado la traducción del siglo XVI de Diego Gracián:
Además de la epidemia, apremiaba a los ciudadanos la molestia y pesadumbre por la gran cantidad y diversidad de bienes muebles y efectos que habían metido en la ciudad los que se acogieron a ella, porque, habiendo falta de moradas y siendo las casas estrechas y ocupadas por aquellos bienes y alhajas, no tenían dónde revolverse, mayormente en tiempo de calor como lo era. Por eso muchos morían en las cuevas echados y donde podían, sin respeto alguno, y algunas veces los unos sobre los otros yacían en calles y plazas, revolcados y medio muertos, y en torno de las fuentes por el deseo que tenían del agua. Los templos donde muchos habían puesto sus estancias y albergues estaban llenos de hombres muertos, porque la fuerza del mal era tanta que no sabían qué hacer. Nadie se cuidaba de religión ni de santidad, sino que eran violados y confusos los derechos de sepulturas de que antes usaban, pues cada cual sepultaba los suyos donde podía. Algunas familias, viendo los sepulcros llenos por la multitud de los que habían muerto de su linaje, tenían que echar los cuerpos de los que morían después en sepulcros sucios y llenos de inmundicias. Algunos, viendo preparada la hoguera para quemar el cuerpo de un muerto, lanzaban dentro el cadáver de su pariente o deudo y la ponían fuego por debajo; otros lo echaban encima del que ya ardía y se iban.
Diego Gracián se equivoca al pensar que el problema era de amontonamiento de muebles, y no de personas. Confunde los templos con cuevas. Pero qué tremendo final, de todos modos, echar los cadáveres de los seres queridos en piras ajenas, en plena desesperación.
Alguien puso aquí el otro día un verso de Lucrecio: es de ese pasaje tan tremendo de moribundos amontonándose al morir:
multaque humi cum inhumata iacerent corpora supra / corporibus (6.1215-16)
y muchos en el suelo, sin inhumar, yacían, cuerpos sobre / cuerpos
miércoles, 28 de octubre de 2020
Tucídides sobre la peste 7
Y eso [el desánimo] era lo que causaba mayor estrago. Si por miedo algunos no se acercaban a otros, morían solos: muchas casas quedaron vacías por falta de quienes les cuidaran; y si se acercaban, perecían, sobre todo los que se forzaban a actuar virtuosamente, pues por pudor no se excusaban de entrar en las casas de los amigos. Al final, incluso los familiares, derrotados por la extensión de la enfermedad, se cansaron de hacer lamentaciones por los que morían. Sin embargo, los que se habían librado mostraban una compasión mayor por el moribundo y el enfermo, por haber experimentado la enfermedad y estar ya en posición de seguridad, pues no atacaba dos veces a la misma persona hasta el punto de matarla; ellos recibían las felicitaciones de los demás e incluso tenían, ante la alegría extrema de ese instante, la vana esperanza de que en el porvenir ya nunca morirían de ninguna otra enfermedad.
La versión de la segunda parte de 2.51, de Diego Gracián empieza mal, con los médicos (se confunde con la palabra "curación", íama, de la misma familia que iatrós):
Por otra parte, la dolencia era tan contagiosa que atacaba a los médicos. A causa de ello muchos morían por no ser socorridos, y muchas casas quedaron vacías. Los que visitaban a los enfermos morían también como ellos, mayormente los hombres de bien y de honra que tenían vergüenza de no ir a ver a sus parientes y amigos, y más querían ponerse a peligro manifiesto que faltarles en tal necesidad. A todos contristaba mal tan grande, viendo los muchos que morían, y los lloraban y compadecían. Mas, sobre todo, los que habían escapado del mal, sentían la miseria de los demás por haberla experimentado en sí mismos, aunque estaban fuera de peligro, porque no repetía la enfermedad al que la había padecido, a lo menos para matarle; por lo cual tenían por bienaventurados a los que sanaban, y ellos mismos por la alegría de haber curado presumían escapar después de todas las otras enfermedades que les viniesen.
Qué bien expresa (lo que he puesto en negrita) esa vergüenza de no ayudar que fuerza a algunos a ir a cuidar a los enfermos y les lleva a la muerte. Lo siguiente es una maravilla de castellano, esa parte que a mí me conmueve especialmente, porque refleja tan bien esa sensación que tuve al salir de la UCI de que tenía como derecho a estar sano (pero no funciona la cosa así).
martes, 27 de octubre de 2020
Micromundos
Yo no veía documentales de animales, me parecían un tostón: hay que decir que la mayoría lo son. Luego descubrí los de sir David Attenborough, hechos con ritmo, emoción, tensión narrativa e imágenes fascinantes. Por desgracia, los últimos son cada vez más choromiqueiros, siempre poniendo luego el pero: "el ortinorinco birmano qué bien, pero la rapacidad humana..." y así siempre, exigiéndonos cada tres minutos un examen de conciencia compungido.
Hemos empezado a ver Micromundos (Tiny World - Apple TV)
El primer capítulo, sobre la sabana, era una delicia, ver correr a la musaraña elefante entre las patas de los idem, sentir cómo sienten las gotas de lluvia las mangostas en un termitero. Pero el segundo ya era la caña, en torno a un árbol de la selva, donde pululaban los monos más pequeños del mundo, los titís pigmeos. Por encima gritaban los monos aulladores, que desde allí dejaban caer sus heces, diligentemente recogidas por unos escarabajos que se tiraban luego con su bola de mierda al suelo: todo fascinante. Veías a la rana flecha roja y azul (strawberry dart frog en inglés) subiendo con el tronco con su renacuajo como un moco a la espalda. Qué nombres: la abeja orquídea, el agutí, las hormigas cortahojas.
Hay muchas escenas de humor, chaplinescas, como de topetazos. A la vez, no ocultan en absoluto que la vida de los animales es de continuo terror. Son tremendas las peleas de colibríes con picos dentados al final: merecen un poema épico como los que hicieron en Grecia los Opianos, sobre peces y caza.
Cazador es el tigrillo, como un gato, pero mucho más killer. Un Lucrecio haría falta para recoger bien todo esto. La verdad es que las imágenes son increíbles, imposibles, metiéndose en sitios diminutos, ínfimos. Hay un ciempiés que se transforma en serpiente para defenderse.
Tremendo. Fascinante.
lunes, 26 de octubre de 2020
Longinos ciego (o cegato)
El otro día me enteré de que Longinos, el de la lanza (su nombre parece que viene de lonje λόγχη, "lanza"), figura que ha aunado el centurión que presidía la escena y el soldado que alanceó al Señor en la Cruz, aparece en parte de la tradición como ciego (o cegato): yo no daba crédito, pero así es. Le tendremos que echar la culpa a la Leyenda Dorada de Jacobo de la Vorágine, aunque seguro que la «idea» le viene de algún otro, que seguro que era amante de las historias milagrosas redondas: según esa versión, la sangre de Cristo, al tocar sus ojos, los curó. Yo estuve en la basílica de san Andrés de Mantua, donde se supone que hay algo de esa sangre, llevada allí por el propio Longino.
También me acordé del «mirarán al que traspasaron» (Jn 19.37), que parece que se lo saltan los inventores del episodio. Busqué y me encontré esto que escribió en 2007 Cristina Abad, a la que seguía entonces y que murió hace unos días: es más conmovedor todavía su texto leído ahora.
En la iglesia de las Ánimas me encontré a Longinos, mirando, pero para otro lado, en el momento en que están poniendo recta la cruz:
Creo que a partir de ahora voy a tener la tentación de mirar a ver si Longinos mira o no mira, en cada escena que me encuentre.
viernes, 23 de octubre de 2020
Dos canciones de Rameau
jueves, 22 de octubre de 2020
Tucídides sobre la peste 6
La enfermedad, si se dejan de lado muchos otros síntomas extraños debidos a las diferencias particulares que hay entre un individuo y otro, era así como he contado a grandes rasgos. No hubo por aquella fecha ninguna otra enfermedad de las habituales, y la que aparecía acababa llevando a esta. Morían unos por falta de cuidados, otros a pesar de ser cuidadadosamente atendidos. No hubo ni un solo remedio cuya aplicación fuese útil, pues lo que era conveniente para uno, perjudicaba a otro; ningún cuerpo, fuerte o débil, parecía capaz de hacerle frente: en todos hacía presa, aunque fueran sometidos a diferentes tipos de tratamiento. Lo mas terrible del mal en su conjunto era el desánimo cuando uno se notaba afectado —pues entregados a la desesperación se abandonaban mucho más y no le hacían frente— y el hecho de que al contagiarse por cuidar unos de otros, morían como ovejas (la traducción, de Francisco Romero Cruz, aunque aquí he cambiado bastante más yo).
Lo de morir como ovejas me recuerda a muchos pasajes bíblicos.
Venga, a comparar con la versión de Diego Gracián:
Dejando aparte otras muchas miserias de esta epidemia, que ocurrieron a particulares, a unos más ásperamente que a otros, este mal comprendía en sí todos los otros y no se sufría más que él, de suerte que cuanto se hacía para curar otras enfermedades aprovechaba para aumentarlo, y así unos morían por no ser bien curados, y otros por serlo demasiado, no hallándose medicina segura, porque lo que aprovechaba a uno hacía daño a otro. Quedaban los cuerpos muertos enteros, sin que apareciese en ellos diferencia de fuerza ni flaqueza; y no bastaba buena complexión ni buen régimen para eximirse del mal. Lo más grave era la desesperación y la desconfianza del hombre al sentirse atacado, pues muchos, teniéndose ya por muertos, no hacían resistencia ninguna al mal.
La primera parte se ve que no acaba de comprenderla del todo, juntando lo de los síntomas más característicos (frente a los más esporádicos) con el hecho de que otras enfermedades desembocaban también en la peste. Y ese afán de juntar le lleve a meter ahí también lo de la indiferencia de ser tratado con mucho cuidado o no para resistir la enfermedad. No hay en Tucídides mención de cuerpos muertos. Aquí naufraga claramente, pero le salvan las dos últimas líneas, en un castellano precioso.
miércoles, 21 de octubre de 2020
Tucídides sobre la peste 5
En 2.50 continúa Tucídides valorando el grado de dureza de la peste (traducción de Francisco Romero Cruz con pequeños retoques):
La imagen de la enfermedad es superior a lo que se pueda contar y en los demás aspectos, atacó a cada uno más duramente de lo que puede soportar la naturaleza humana. También en lo siguiente se vio sobre todo que era algo distinto de lo habitual: las aves y cuadrúpedos que comen carne humana, a pesar de las muchas personas que había insepultas, o no se acercaban o perecían tras probarlas; una prueba: hubo una clara desaparición de tal clase de aves y no se las veía ni en las circunstancias mencionadas ni en otras; los perros se prestaban más a la observación de lo sucedido por su convivencia con el hombre.
Así lo recoge Diego Gracián de Alderete:
En conclusión, este mal afectaba a todas las partes del cuerpo; era más grande de lo que decirse puede y más doloroso de lo que las fuerzas humanas podían sufrir. Que esta epidemia fuese más extraña que todas las acostumbradas lo acredita que las aves y las fieras que suelen comer carne humana no tocaban a los muertos, aunque quedaban infinidad sin sepultura: y, si algunas los tocaban, morían. Pero más se conocía lo grande de la infección en que no aparecían aves ni sobre los cuerpos muertos ni en otros lugares donde habían estado; ni aun los perros que acostumbran a andar entre los hombres más que otros animales, de lo cual se puede bien conjeturar la fuerza de este mal.
Es casi lo mismo, pero mucho más bonito, aunque no dice Tucídides que la enfermedad tocase a todas las partes del cuerpo, sino que era mayor en su forma de lo que se pueda contar (γενόμενον γὰρ κρεῖσσον λόγου τὸ εἶδος τῆς νόσου).
Aparece ahí el término «naturaleza humana» (τὴν ἀνθρωπείαν φύσιν), que Gracián traduce por «las fuerzas humanas», que no es mala traducción.
Sobre los perros, un amigo contó que el suyo no se subía al coche desde marzo. La pena es que nos estropea el paralelismo, porque sí que se volvió a subir al coche hace unas semanas, y la pandemia la seguimos teniendo.
martes, 20 de octubre de 2020
La importancia del contexto
Aqui hoy hace calor, cae una nieve tenue o más bien un atisbo de nieve, pero aún así resulta agradable que todo se haya cubierto un poco de blanco.
Lo que hace a este párrafo único es que lo escribe Pavel Florenski el 29 de diciembre de 1933, a su hija Olia, de 15 años, desde Svobodni, en el extremo de Siberia tocando con China, donde el récord de frío en diciembre es -47 ºC y el récord de máximas ese mes es 0 ºC (ni frío ni calor).
Allá, en esa punta, donde el viento (helado) da la vuelta, estaba recluido y era capaz de escribir eso.
lunes, 19 de octubre de 2020
La epifanía de Pan
Entre leer todo Homero en traducción en mes y medio con los de primero, traducir la peste con los de tercero y releer la batalla de Maratón con los de segundo, estoy bastante servido. Homero lo es todo en Grecia, Tucídides es una mente analítica superior, Heródoto es el gran narrador.
Esta lectura, que es relectura de Heródoto, porque ya lo traduje en clase el año pasado, está siendo muy interesante también. Aquí me voy a parar en el viaje del correo Filípides (en un manuscrito florentino pone Fidípides, que podría ser hasta una coñita, porque significa "el que ahorra en caballos" y él iba a pie, corriendo), que se hizo doscientos kilómetros en dos días para transmitir a los espartanos la petición de que ayudaran a los atenienses contra los persas (los espartanos no fueron porque tenían que esperar a que fuera luna llena, porque estaban en medio de las fiestas de Apolo Carneo, parece: estos sí que son ultracatólicos, no yo).
En lo que me quiero fijar es que cuando pasaba Filípides por Arcadia se le «apareció» por el monte Partenio el dios Pan, que se le quejó de que los atenienses, con todo lo que él había hecho por ellos, no le daban culto. Es una epifanía, una "aparición-sobre-un-lugar". En esta segunda lectura me he estado fijando más en cómo es exactamente esa "presentación", porque casi parece que lo que percibe Filípides es solamente la voz del dios, que le grita (βώσαντα) su mensaje. Es como un relato sobre «alrededores», donde un dios como que se presenta en un ámbito amplio, entre ecos y voces.
En el texto, Heródoto se harta de poner la preposición peri-, empezando con la primera frase: A Filípides por (περὶ peri) el monte Partenio, Pan se le cae por ahí (περιπίπτει peripíptei): lo que solemos entender es que Pan se le "aparece", pero literalmente es que "cae por allí". Eso se replica en el discurso de Filípides a los espartanos, diciéndoles que no mirasen a los lados (περιιδεῖν periideîn) en la cuestión de que Atenas iba a caer (περιπεσοῦσαν peripesoûsan) en manos de los persas. Esto de repetir una palabra talismán estoy viendo cada vez más que es muy típico de Heródoto, estirando el chicle hasta extremos curiosos, porque el último caso, el de "caer en manos" como que está cogido con pinzas, aunque tiene paralelos en otros pasajes, donde significa "caer en desgracias".
Os pongo aquí la traducción de Bartolomé Pou, del siglo XVIII:
... por heraldo a Fidípides, natural de Atenas, hemerodromo (o correo de profesión). Hallándose este, según él mismo decía y lo refirió a los atenienses cerca del monte Partenio, que cae cerca de Tegea, apareciósele el dios Pan, el cual habiéndole llamado con su propio nombre de Fidípides, le mandó dar quejas a los atenienses, pues en nada contaban con él, siéndoles al presente propicio, habiéndoles sido antes muchas veces favorable y estando en ánimo de serles amigo en el porvenir. Tuvieron los de Atenas por tan verdadero este aviso, que estando ya sus cosas en buen estado, levantaron en honor de Pan un templo debajo de la fortaleza, y continuaron todos los años en hacerle sacrificios desde que les envió aquella embajada, honrándole con lámparas y luminarias.
Despachado, pues, Fidípides por los generales, y haciendo el viaje en que dijo habérsele aparecido el dios Pan, llegó a Esparta el segundo día de su partida, y presentándose luego a los magistrados, hablóles de esta suerte: —«Sabed, lacedemonios, que los atenienses os piden que los socorráis, no permitiendo que su ciudad, la más antigua entre las griegas, sea por unos hombres bárbaros reducida a la esclavitud; tanto más, cuando Eretria ha sido tomada al presente y la Grecia cuenta ya de menos una de sus primeras ciudades.» Así dio Fidípides el recado que traía: los lacedemonios querían de veras enviar socorro a los de Atenas, pero les era por de pronto imposible si querían faltar a sus leyes; pues siendo aquel el día nono del mes, dijeron no poder salir de la empresa, por no estar todavía en el plenilunio, y con esto dilataron hasta él la salida (6.105-106).
Lo que quiero decir es que Pan "se aparece por ahí": no es que lo vea Filípides frente a él, con las patas de cabra y todo. Por otro lado es fascinante el tono quejoso de Pan, que no castiga como otros dioses, sino que se queja de no ser reconocido, él que es un dios terrorífico, que da un miedo especial, un miedo pánico.
viernes, 16 de octubre de 2020
Whitney - Rain (Official Audio)
jueves, 15 de octubre de 2020
Tucídides sobre la peste 4
Continúa Tucídides describiendo más síntomas tremendos de la enfermedad. Sigo con la traducción de Francisco Romero Cruz con algunos cambios míos:
Exteriormente, su cuerpo, si lo tocabas, no estaba demasiado caliente; tampoco pálido, sino sonrosado, lívido, con florecimientos de pequeñas pústulas y llagas. Por dentro, en cambio, estaba tan ardiente que no soportaban ponerse encima ni la ropa más fina ni sábanas ni otra cosa que no fuera estar desnudos, y con gusto se arrojarían al agua fría. Muchos, al no tener quien les cuidara, se tiraron a pozos, dominados por una sed insaciable; lo mismo daba el mucho beber o poco.
A esto se añadía una desazón e insomnio permanentes. El cuerpo tampoco se agotaba mientras estaba en su apogeo la enfermedad, sino que resistía al sufrimiento, contra lo que se pudiera esperar, hasta el punto de que la mayoría moría a los siete o nueve días por efecto de la quemazón interior, conservando algunas fuerzas, o si se libraban, al afectar la enfermedad a los intestinos y producirse una fuerte ulceración al mismo tiempo que le acometía una diarrea líquida, la mayoría perecía después, de la debilidad causada por ella.
El mal, que se localizaba primero en la cabeza, recorría a partir de ahí todo el cuerpo, y si uno sobrevivía a los ataques mas graves, la afección de las extremidades era signo de su presencia, pues se cebaba en los genitales y en las puntas de manos y pies, y muchos se salvaban tras perder esos, algunos hasta los ojos. De los convalecientes se apoderaba al instante una amnesia general y ni se conocían a si mismos ni a sus deudos (2.49.2-8).
La traducción de Diego Gracián es preciosa:
El cuerpo por fuera no estaba muy caliente ni amarillo, y la piel poníase como rubia y cárdena, llena de pústulas pequeñas: por dentro sentían tan gran calor que no podían sufrir un lienzo encima de la carne, estando desnudos y descubiertos. El mayor alivio era meterse en agua fría, de manera que muchos que no tenían guardas se lanzaban dentro de los pozos, forzados por el calor y la sed, aunque tanto les aprovechara beber mucho como poco. Sin reposo en sus miembros, no podían dormir y, aunque el mal se agravase, no enflaquecía mucho el cuerpo, antes resistían a la dolencia más que se puede pensar. Algunos morían de aquel gran calor, que les abrasaba las entrañas a los siete días, y otros dentro de los nueve conservaban alguna fuerza y vigor. Si pasaban de este término, descendía el mal al vientre, causándoles flujo con dolor continuo, muriendo muchos de extenuación. Esta infección se engendraba primeramente en la cabeza y después discurría por todo el cuerpo. La vehemencia de la enfermedad se mostraba, en los que curaban, en las partes extremas del cuerpo, porque descendía hasta las partes vergonzosas y a los pies y las manos. Algunos los perdían; otros perdían los ojos, y otros, cuando les dejaba el mal, habían perdido la memoria de todas las cosas y no conocían a sus deudos ni a sí mismos.
Yo me he permitido traducir la palabra exanthema (de anthos, flor), por florecimientos en vez de erupciones, que es lo que ponía Romero Cruz, para recoger lo que me parece un antecedente interesante del género de terror, ese ir detallando lo sanguinolento. No creo que Tucídides buscara un efecto truculento, pero veo en los del género del gore características similares.
De todos los síntomas, tremendos, el de la amnesia es el que más me ha tocado, porque no recuerdo en absoluto los primeros días de la UCI: como que se me han robado. Tengo como dos o tres fotogramas. Todo esto lo digo porque esta lectura de Tucídides no está siendo en absoluto neutra para mí.
Lucrecio (1205-12) lo recogió en su obra, interpretando como mutilaciones voluntarias las de las extremidades. He encontrado la traducción del abate Marchena, de 1791, que recoge también lo que fui poniendo estos días anteriores. No me da la vida para comparar con el latín de Lucrecio ahora, pero lo podéis leer, que es interesante:
Las extremidades
De sus cuerpos no obstante parecían
Estar no muy ardientes, ofreciendo
Tibia impresión al tacto: al mismo tiempo
Estaba colorado todo el cuerpo,
Con úlceras así como inflamadas,
Como si hubiera sido derramado
Fuego de San Antón sobre sus miembros.
Un ardor interior los devoraba
Hasta los mismos huesos, y la llama
En su estómago ardía como hornaza:
La más ligera ropa los ahogaba;
Al aire y frío expuesto de continuo,
Unos a helados ríos se tiraban
A causa de aquel fuego en que se ardían,
En las aguas más frías zabullendo;
Desnudo el cuerpo se arrojaban otros
En hondos pozos; con la boca abierta,
Ansiosos de beber, a ellos venían,
Y su insaciable sed no distinguía
Las aguas abundantes de una gota
Cuando sus cuerpos áridos metían:
Ningún descanso el mal les otorgaba;
Tendido estaba el cuerpo fatigado;
La medicina al lado barbotaba
Con temor silencioso: revolvían
Noches enteras sus ardientes ojos
A un lado y otro sin probar el sueño.
(...)Atacaba los nervios, se extendía
El morbo por los miembros, y cogía
Hasta las mismas partes genitales:
Y unos, temiendo la cercana muerte,
Vivían por el hierro mutilados
De su virilidad; privados otros
De manos y de pies, quedaban vivos;
Y perdían, en fin, otros la vista:
Tan poderoso miedo de la muerte
Cogió a estos infelices, y hubo algunos
Que perdieron del todo la memoria
Y aun a sí mismos no se conocían. (1777-88)
miércoles, 14 de octubre de 2020
Tucídides sobre la peste 3
El relato que hace Tucídides de la peste hace un gran travelling, como una a modo de vista de pájaro que va desde Etiopía hasta Atenas. Luego entra en la persona enferma y va bajando de la cabeza hasta las extremidades (salvo si el paciente muere antes).
Es una enfermedad (se ha sugerido que sería sarampión, tifus, paperas) de efectos tremendos y tremenda mortalidad, mucho peor que el COVID, dónde va a parar.
Sigo con la traducción de Francisco Romero Cruz, con pequeños cambios, de la primera parte de los síntomas, hasta que llegaba al estómago:
Aquel año, como se reconocía generalmente, resultó ser especialmente benigno en lo que concierne a las restantes afecciones, pero si se padecía con anterioridad alguna de ellas, en esta todas las demás abocaban. En cuanto a los demás, a los antes sanos, sin causa aparente, de pronto les entraban primero fiebres intensas que afectaban a la cabeza, enrojecimiento e inflamación de los ojos, y, por dentro, la garganta y la lengua se volvían sanguinolentas y exhalaban un aliento extraño y pestilente. Luego, a partir de esos síntomas, sobrevenían estornudos y ronqueras y, en no mucho tiempo, la afección bajaba al pecho acompañada de fuerte tos; cuando se fijaba en el estómago lo trastornaba y producía vómitos de bilis de cuantas clases son mencionadas por los médicos, acompañados de gran malestar. A la mayoría de los enfermos les daban arcadas que causaban fuertes convulsiones, a unos después de debilitarse los síntomas, a otros mucho después (2.49.1-2).
Por seguir con la comparativa de la traducción de Diego Gracián, es precioso ver con qué maravillosas palabras describe los síntomas:
Primero, sentían un fuerte y excesivo calor en la cabeza; los ojos se les ponían colorados e hinchados; la lengua y la garganta, sanguinolentas, y el aliento hediondo y difícil de salir, produciendo continuo estornudar; la voz se enronquecía, y, descendiendo el mal al pecho, producía gran tos, que causaba un dolor muy agudo; y, cuando la materia venía a las partes del corazón, provocaba un vómito de cólera que los médicos llamaban apocatarsis, por el cual con un dolor vehemente lanzaban por la boca humores hediondos y amargos; seguía en algunos un sollozo vano, produciéndoles un pasmo que se les pasaba pronto a unos, y a otros les duraba más.
La gran discusión en este pasaje es cómo traducir kardía, que en principio significa corazón pero que aquí parece que en realidad es el estómago. Gracián se queda con el corazón; Romero con el estómago.
"Sollozo vano" no sé qué es (quizá él tampoco), pero es sugerente. Lo que no recoge Gracián es eso de que había "vómitos de bilis de todas las clases que han identificado los médicos"; él habla de "apocatarsis" y supongo que ese será un buen indicio para saber de dónde tomó el texto de Tucídides y si de verdad lo que seguía era una traducción latina.
martes, 13 de octubre de 2020
Pintadas de mi Facultad - Technicolor
La verdad es que últimamente el nivel había bajado mucho, pero el otro día hicieron esta pintada, muy currada, los comunistas/indepes-lusistas:
lunes, 12 de octubre de 2020
Un artículo sobre José Jiménez Lozano
Al hilo de lo que estuve mirando en mi reseña/cabreo del libro de Ignacio Peyró, he rescatado este artículo que salió publicado en 2013 en Suma Cultural, porque no parece que ya esté en línea. Aquí lo dejo, en su menesterosidad. A mí, releído, me ha gustado:
José Jiménez Lozano, por amor al arte
Ángel Ruiz
Primero, me pondré la venda: en esto del arte soy –ya me parece mucho- un amateur. Por eso, no voy a poder hacerle justicia a la visión del arte de José Jiménez Lozano; y como ni en mil años llegaría a creador (como mucho, a crítico, uno de esos que «entienden de lo que no comprenden», en frase dolorosamente certera de Ramón Gaya), tampoco por la vía de la afinidad –en cualquiera de las artes- iba a conseguir llegar al núcleo tan valioso de su visión del arte.
Al menos sí que puedo dar un consejo: Retratos y naturalezas muertas, del año 2000, es su libro sobre arte que prefiero, la culminación por ahora de un interés sostenido, que coronaba otros logros admirables previos, bien tangibles por lo demás; en buena parte gracias a él surgió el proyecto de Las Edades del Hombre, en torno al arte de las diócesis de Castilla y León. Quedan para la memoria una serie de exposiciones y algunas publicaciones memorables, especialmente su libro Los ojos del icono, de 1988, la guía de referencia de todo el proyecto, y Estampas y memorias, de 1990, para el que escribió un grandioso texto liminar. Aquello fue mucho más que una exposición de arte religioso siendo solo eso; más adelante explicó él que «nunca quisimos otra cosa que mostrar cosas hermosas» y a fe que lo lograron. Ya había dicho antes que «la pretensión espontánea de belleza (…) es la única razón de ser y la única ética de una pintura» (Los ojos del icono, 33), pero qué emocionante fue aquella primera exposición en la Catedral de Valladolid, quizá por eso mismo: porque no se instrumentalizaba el arte por la vía de las buenas intenciones, al fin y al cabo secundarias respecto a lo primero en el orden de la creación, el bien de la obra de arte en sí misma, algo que no se cansó de recordar su muy querida Flannery O'Connor. Por otro lado, a las críticas de Port-Royal al arte como engaño contra la verdad, les contesta: «yo soy más papista, lo que quiere decir, naturalmente, más griego, y que la belleza no es para mí, entonces un artificio, sino un trascendental del ser al igual que la verdad y la bondad. La belleza no es un instrumento o artificio para deleitar o embellecer y de este modo hacer bello lo que no es. Porque lo que no es no es, y no hay que dar la sensación de que es con cosméticos de ninguna clase, y en este sentido sí recojo con mucho gusto las advertencias de Port-Royal» (Retratos, 91).
Seguramente él nunca se haya planteado decir palabras definitivas sobre arte. Pero así es como las dice: recordando las limitaciones de este, por más que algunas veces bien que nos ayude y consuele el arte entre las dificultades de este camino de la vida. La suya es una mirada atenta, contemplativa y apreciativa, llena de comprensión a todo lo que el hombre ha querido crear. «Nada», repetía san Juan de la Cruz, pero repitiendo esas «nadas» en un emocionante dibujo esquemático que nos recuerda repetidamente Jiménez Lozano para que comprendamos la paradoja. Es esa misma aparente contradicción que san Bernardo intentó conjurar despojando al Císter de decoración «y quizá así le parece que ha conjurado a esa belleza, pero en realidad lo que ha hecho ha sido alcanzar la más alta y la más pura estética». Quedan solo los muros de piedra: «y los monjes tratarán a estas piedras como reliquias; no porque sean sagradas, sino porque son hermosas y llevan, además, en ellas las huellas del trabajo humano (Los ojos del icono, 32). A veces, al final se encuentra la belleza, pero la estética no es el fin y por eso hay que renunciar a centrarse en ella, para que quede la verdad, que es, paradójicamente, bella.
Y así ocurre con las imágenes, los «iconos» que tan magistralmente trató en sus libros de finales de los años ochenta: «El relato que nos hace el icono paraliza la historia entera y torna ceniza al mundo y a sus poderes –"como si no hubiera mundo", decía Teresa de Ávila- cuando ponemos los ojos sobre esos otros ojos, unas manos, un llanto, una sonrisa, una llaga, un ángel, una partera, un niño, un verdugo, un pez, un perro, un asno o la ballena Leviathan. La historia entera se relativiza y se desquicia: vemos la trama de la mentira y sufrimiento sobre la que está construida y de la que se alimenta; y vemos también lo que debería y debe ser antes de que acabe en catástrofe. Con toda claridad lo vemos: como a la luz de la candela que hacía traslúcidas, cual si fueran de alabastro rojo, nuestras manos infantiles. Y entonces, esperamos. Porque este es el poder y la gloria del icono» (Estampas y memorias 38-39).
Y aquí aparece la luz de la candela, imagen central en toda su obra. Donde otros buscan tenebrismo o efectos de luz, él ve recuerdos de niñez, la mirada cercana a lo iluminado precariamente, las caras con fiebre y miedo y la palidez de los círculos rojos en las mejillas. Pero no es sentimentalista de la infancia; menos de la patria, pequeña o grande: su Guía espiritual de Castilla, de 1984, el otro libro que hay que recordar aquí como fundamental para su visión del arte, no es una glorificación ni del pasado ni de lo local ni de lo propio. Es reflexión sobre el dolor acumulado en siglos: judíos y criptojudíos, mudéjares (sus edificios de ladrillo entre Valladolid y Ávila son su mundo de niño), cristianos nuevos, todas las pobres gentes que dejan a veces solo el recuerdo de unas lozas con una línea azul sencilla, o una pared de adobe en un suelo de tierra. La huella del arte en lo pequeño. Pero eso mismo lo busca en las cajas de Cornell, en todo Georges de la Tour, por las estancias holandesas de Pieter de Hooch, y nos hace sentirnos a gusto –quién nos lo iba a decir- en Port-Royal y allí nos pasmamos de la serenidad que trasluce un exvoto de Philippe de Champaigne. Nos hace fijarnos en Gerrit Dou o en Paul Klee, en las iglesias vacías de Saerendam, en un cuadro sobre Judith en el que nos descubre el drama de dolor de su autora, Artemisia Gentileschi. O nos señala los pájaros del cuadro de los cazadores en la nieve de Brueghel el Viejo. Y volvemos a san Baudelio de Berlanga y a Santiago de Peñalba y a las ilustraciones de los Beatos milenaristas. Y las celdas de los carmelos teresianos, pura sobriedad, y los castillos interiores de costosísimos materiales preciosos que describe –otra paradoja- la propia santa.
Son caminos los suyos no seguidos por el gusto dominante y menos por las modas de círculos buscadamente minoritarios y exquisitos. La suya es una «conciencia de soledad, de marginalidad producida por el hecho de que mi universo, mi visión del mundo y mi mirada sobre él son diferentes y quizás demasiado singulares; mis intereses intelectuales distintos, mi concepción estética, mi tradición y mi familia espiritual extrañas a la cultura española convencional, y también anacrónica o pura alteridad respecto al "espíritu del tiempo" y la modernidad y postmodernidad triunfantes» (Unas cuantas confidencias, 1993, 23).
Ante el peligro de esas tormentas cíclicas del gusto que parecen conseguir imponerse, «los alejandrinismos, las diversiones o masoquismos barrocos» y que especialmente en nuestro mundo corremos el peligro cierto de que se conviertan en «un gran pedrisco en mayo, habrá que meter los tiestos a cubierto: Spinoza, Kierkegaard, Juan de la Cruz, Hegel, Simone Weil, Melville, Flannery O'Connor y los otros» (Unas cuantas confidencias, 27). En literatura tenemos refugios así; también el arte nos lleva al principio: «la experiencia estética en sí misma: no un láudano para olvidar, ni retórica que embellezca, o falsee, o evada la realidad, sino una necesidad humana elemental» (Los ojos del icono, 29). Ni engaño, pues, ni droga, ni adornos: la atención –mucho habló de ello Simone Weil- es una necesidad humana básica, «aguzar la mirada humana sobre el mundo e irse librando de todo lo que se interpone entre ambos», incluyendo ahí «nuestra propia sensibilidad estética» por refinada que sea: «la belleza es de un instante. A los hombres no se nos ofrece otra belleza u otra posibilidad de captarla más que en un instante. Y todos buscamos su permanencia» (Unas cuantas confidencias, 14).
Otro peligro sería, huyendo del sentimentalismo, correr lejos del sentimiento: «se tiene la sensación de que solamente la dulzura que emana de ciertas Vírgenes románicas o góticas, de grandes ojos y encantadora sonrisa, ha sostenido a los hombres de la cristiandad occidental en esa larga noche infernal». Se está refiriendo a la crisis en torno a la Peste Negra, pero también pone de ejemplo a fray Luis en la cárcel, que «no encuentra en su acerbo encierro inquisitorial de Valladolid otro consuelo o asidero para soportar su vida que recurrir a la figura de la Virgen en unos espléndidos versos» (Los ojos del icono 77-78).
Anhelo de verdad, conciencia de fugacidad pero a la vez del consuelo verdadero que tienen las cosas, aprender a mirar con ojos atentos. Quizá estas sean claves para intentar precisar cómo considera José Jiménez Lozano el arte. Explícitamente lo dice en una definición que hace de «una teoría de la literatura: sólo lo que es lejano o débil es importante, sólo lo que es pobre o frágil es hermoso, y la extrema belleza nunca es obvia, ni fulgura» (Unas cuantas confidencias, 33).
Todo ello está en Retratos y naturalezas muertas, el libro de arte de Jiménez Lozano que me atreví a recomendar especialmente, así como en ficción guardo un recuerdo especial de El mudejarillo o Los grandes relatos, o como elogié repetidamente su biografía de fray Luis de León o, de entre sus Diarios, Loscuadernos de letra pequeña. Y en poesía, todo (y por fortuna ahora tenemos al alcance de la mano, en una excelente selección, la antología El precio). En este Retratos llega a una serenidad quizá lograda por el recurso al diálogo, un diálogo consigo mismo, interior pero pacífico, que es meditación a partir de lo mejor de la Francia del siglo XVII: los Pensamientos de Pascal, las pinturas de Philippe de Champaigne, los cuadros de Georges de la Tour, por ejemplo la Magdalena Terf, de la que había escrito un poema que comienza así: «La lamparilla, el libro, / la mano en la mejilla, pensarosa; / la redondez de la rodilla tan rotunda, / tan leve la del vientre, y la otra mano / sobre la calavera en su regazo» (El tiempo de Eurídice, de 1996). A propósito de ese cuadro recoge lo que dice Pascal Quignard de que la obra de este pintor se resume en «confrontar al hombre consigo mismo con ayuda de una llama». Y a ese propósito, escribe este texto admirable sobre lo que era la luz de la candela en su infancia: «Los niños (...) acercaban sus manos a la llama, y éstas se volvían rojas y traslúcidas, dejaban ver el armazón de sus huesos; los rostros de las muchachas se sofocaban como sólo el amor podría colorearlos más tarde, y de bien distinto modo, aunque no menos hermoso que como el aire helado del invierno ponía rojo en sus mejillas extendiendo la palidez en torno» (Retratos, 16).
El arte es la luz y el calor de una candela. Hasta de
las Meninas lo que importa al final es que la princesa protagonista murió. Y el
arte es camino. Dos poemas de Elegías
menores, de 2002, lo explican mejor:
Las meninas
Le dijiste al
crítico de arte:
Está bien su
explicación, pero
yo sólo vengo a ver
a María Bárbola,
a Nicolasillo
Pertusato, al perro,
y a ver abrir la
puerta al Intendente Nieto.
Te callaste
que en aquella
habitación no se respira;
la Princesita bebe
agua ¡Pobre!
¿Y si me preguntase?
Yo he visto su
sepulcro en Viena.
Oficio matutino
La pobre mujeruca,
anciana,
pisada como aceituna
en la almazara de la vida,
con sus duras
arrugas en el rostro,
sus sarmentosas
manos, lentos
y aguzados, al
mirar, sus ojos,
acude con el alba a
la iglesita,
pintada y de
brillantes cristaleras.
Y allí mira a los
santos en derredor de Cristo
caballeros y reyes,
obispos con sus vestiduras refulgentes,
filósofos, y el
último, con su mano en el rostro,
sentado en su silla
de oro, está Agustín:
luego hay un
príncipe, una dama
con su armiño, y
ángeles y arcángeles
y su propia silla
–la de la mujeruca-, allí junto,
para cuando pase de
esta vida.
Sonríe y sale luego,
bendecida y solemne
y ¡con qué cortesía
trata a las gentes
del mundo! A las
palomas y gallinas
al perro y a los
pájaros. ¡Con cuánta
misericordia y
alegría va cargada!
jueves, 8 de octubre de 2020
Una fe de vida presuntamente gloriosa
miércoles, 7 de octubre de 2020
Dibujos de Santiago y del Camino
Después de una tediosa reunión, pasé por Platerías, Ya está casi libre de andamios: un alivio, en estos meses de encierro, confinamientos y obras, poder volver a ver la Torre del Tesoro y lo de Rodrigo Gil de Hontañón limpio y como nuevo.
En el Museo de las Peregrinaciones había una exposición de dibujos de Chencho Pardo Valdés de lugares del camino de Santiago en Galicia. Me alegró verlos, era como volver a un mundo anterior:
El castillo de Pambre:
martes, 6 de octubre de 2020
Tucídides sobre la peste 2
El capítulo 2.48 es primero el relato del recorrido de la enfermedad, de Etiopía a Atenas. Es fascinante el modo de mirar el mapa que tiene: donde empieza, Etiopía, está arriba, de ahí baja a Egipto y a Persia y cae todavía más abajo hasta Grecia. El puerto del Pireo es el lugar de llegada, de donde se transmite a la ciudad de Atenas. Lo que dice literalmente es que la peste cayó en Atenas (ἐνέπεσε enépese; Herwerden propuso corregir por ἐσέπεσε esépese "cayó dentro"). De Etiopía a Atenas es como un ave que sobrevuela un territorio y acaba cayendo, pero abatiéndose en un lugar concreto.
Vuelvo a poner la traducción de Francisco Romero Cruz, con algunas modificaciones mías:
Comenzó, según se cuenta, primero por Etiopía, mas arriba de Egipto, luego bajó a Egipto y Libia, y a la mayor parte del territorio del rey persa. Sobre Atenas cayó de un modo inesperado y atacó primero a las personas del Pireo, por lo que decían ellos que los peloponesios habían envenenado los pozos, ya que aún no había fuentes públicas allí. Posteriormente llegó hasta la ciudad y empezaron a morir ya en mayor numero.
En fin, que cada uno, médico o profano, según sus conocimientos diga cuál pudiera ser su origen probable y las razones que crea motivadoras de cambio tan grande como para posibilitar esa transformación; yo me limitaré a decir cómo se desarrolló y aquello con cuyo examen, caso de sobrevenir en otra ocasión, pueda conocérsela mucho mejor al tener información previa; eso lo expondré por haber padecido la enfermedad yo mismo y ver yo mismo a otros padecerla.
El tema del envenenamiento de los pozos es un clásico de la literatura de pestes. Es como lo de los untadores en el Milán de Los esposos de Manzoni.
A mí me conmueve que Tucídides sufriese la peste; me lo hace muy cercano. Es muy interesante que quiera contarla como hacían los médicos con las enfermedades, tabulando los síntomas para reconocer la enfermedad si volvía a surgir. Alguien que leí estos días se quejaba de que la enfermedad en concreto no hemos podido reconocerla (hablan de sarampión o tifus pero no está nada claro), así que el objetivo de Tucídides no sirvió de mucho a largo plazo (a corto plazo, la peste se repitió tres años después).
Diego Gracián traduce así, no del todo bien pero con un castellano muy bonito:
diré cómo vino, de modo que cualquiera que leyere lo que yo escribo, si de nuevo volviese, esté avisado, y no pretenda ignorancia.
lunes, 5 de octubre de 2020
Tucídides sobre la peste I
Así se celebró el funeral ese invierno, en cuyo transcurso acabó el primer año de la guerra. Nada más comenzar el verano, los peloponesios y sus aliados, con dos tercios de las tropas de la primera vez, invadieron el Ática (bajo la guía de Arquidamo el de Zeuxidamo, rey de los lacedemonios) y una vez puestos sus reales, se dedicaron a devastar el país. Cuando aún no llevaban muchos días en el Ática, empezó a extenderse la enfermedad entre los atenienses, aunque se decía que con anterioridad había afectado a muchas localidades por la zona de Lemno y otros lugares, pero, con todo, no se recordaba que en ninguna parte se hubiera dado una epidemia tan grande y tal mortandad de personas. Al principio, por ignorancia, ni los médicos eran capaces de curarles, sino que incluso ellos eran los que morían en mayor número, por cuanto eran los que más contacto tenían, ni existía ningún otro recurso humano: cuantas plegarias se hacían en los santuarios o recurrir a santuarios oraculares o similares, todo resultaba inútil; finalmente desecharon esos medios, doblegados por la enfermedad.
viernes, 2 de octubre de 2020
jueves, 1 de octubre de 2020
Denosiña
Denosiña es un nombre que usó ayer alguien de Orense para referirse a la comadreja, y no elogiosamente. Yo me fui al Dicionario (con una c) de la RAG a trastear y resulta que prefieren donicela. Luego, en un segundo plano admiten doniña, mi favorita garridiña y hasta el más prosaico, aunque también con encanto, asaltaparedes.
La que se queda castigada en el limbo de una entrada secundaria es denociña, que será todo lo que sea pero es una palabra bien bonita. La denosiña que oí ayer yo ya debe estar en un círculo bastante hondo del purgatorio, como variante de seseo.
Mirando por ahí, resulta que es un animal con múltiples nombres, muchos no sé si eufemismos o metáforas cariñosas, que la comparan con una señorita caprichosa y chulita, garridiña. Yo me he puesto a fantasear con que denociña/denosiña tuviese algo que ver con la palabra dignidad, como un diminutivo crítico a la vez que cariñoso: la dignita, la chulita. Seguro que la etimología me contradice, pero yo, mientras, me divierto, y hasta junto donicela con doncella.












