viernes, 15 de agosto de 2008

Las ollas de Egipto

El miércoles en Budapest me compadecía de las pobres ancianitas japonesas a las que estaban arrastrando de monumento en monumento y era otra forma de darme pena de mí mismo, que me iba arrastrando por lo que hay que ver mientras me acordaba de mi habitación fresquita de Santiago (dormí con dos mantas hasta el día 9 de agosto, record absoluto hasta la fecha).
La humedad que subía del inmenso Danubio y el sol inclemente, que pinchaba a modo, me fundieron los plomos. Y qué importaba haber quitado de mi lista de desconocidas a la ciudad de Budapest, si yo lo que quería era estar a la sombra

Y mientras miserable-
mente se están los otros abrasando
en sed insacïable
del no durable mando,
tendido yo a la sombra esté cantando.
Y la fortaleza de Buda y la iglesia del rey Matías Corvino y la columna de la peste (otra más) y la basílica de Pest, que conserva el puño de san Esteban de Hungría (y me acordé de esos pasteles, los puños, que hacen las clarisas de Castrojeriz) y todos los edificios burgueses, todo eso me daba bastante igual.
Una ciudad bonita, vale, pero bueno, qué. Por recordar, además del calor, y por ponernos positivos, me hizo ilusión encontrarme una placa a Sandor Marai, que tanto le gusta a mi hermana Eva, y ver en algunas estatuas un aire a Gondor o incluso a Rohan, como por ejemplo en las muchas águilas que han puesto o en la estatua de san Esteban


Ya estaba tan aplanado que incluso pensé en pasar de visitar el Museo de Bellas Artes. Al final entré, aunque sólo fuera por el qué dirán y aunque sólo teníamos media hora: y en ese tiempo me pegué una pasada infame (lo voy a tener que llamar síndrome de Viena) por toda la colección de arte griego, etrusco y romano y por casi toda la pintura. Buen museo, con obras de segunda fila de autores de primera: cosas bonitas de Zurbarán y Murillo, de Goya, un cuadro normalito de Velázquez, cosas de Durero, Leonardo, Van Eyck, Cranach, Rafael. Y ya se me están olvidando. Este cuadro de Murillo, quizá

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