lunes, 19 de noviembre de 2007

Baeza (y IX)

Vino a buscarme ese amigo, aunque nunca nos habíamos visto: era un amigo de blog, nueva categoría que por suerte crece y uno de los motivos principales para seguir escribiendo aquí, junto con el propio placer de escribir. Era todo un poco criminal para él, porque acababa de volver de un viaje largo en avión, y más para su mujer, que tuvo que cargar con los preparativos para acogerme en su casa a la vuelta de un viaje así.
Yo tenía miedo de desilusionarles, porque he comprobado que salgo con una pinta mejor que la real en este blog, pero desde que nos vimos empezamos a charlar como continuando una conversación. Y allí estaba yo, en una casa con un maravilloso silencio y a la vez niños, preciosos, muy educados, muy cariñosos: Juan sabía cómo se llamaba el caballo de Alejandro Magno; la niña, Carmen, de tres o cuatro años, tenía pequeñas cicatrices en la nariz, de un golpe que se había dado, y estaba muy graciosa: teníais que haber oído cómo bendijo la mesa. Manuel tenía cara de pillo y era el más teólogo. Dormido estaba el pequeño y perdido entre las rosas otro, el más malote (partiendo de la base de que eran niños maravillosos, ya lo he dicho).
Estuvimos viendo sus libros. Yo pontificaba un poquito, con la boca pequeña, como luego, en la sobremesa, cuando vino X, otra amiga de blog y amiga común, y yo les puse en guardia contra el platonismo, ¡a estas alturas de sus vidas! Nada, no puedo salir de casa, que saco la pata del banco a la mínima.
Él ha caído con armas y bagajes en la fascinación por Trapiello, prueba (junto a muchas otras, como su amor a la poesía) de que no vamos a poder hacer carrera con él (¡él, que tiene una carrera profesional tan brillante!). Yo, si fuera más cínico, le habría animado a relacionarse más con la élite del poder y el dinero y olvidarse de la literatura, pero estaba hablando conmigo, que no voy a poder devolverle ningún favor, en su casa, con su mujer y sus hijos. Este amigo es un letraherido (imposible no acordarse del poema Contraste de D'Ors) y no hay mucho que hacer, salvo alegrarse de que haya gente como él y compadecerle por esa insatisfacción vital que le impide apoltronarse donde está, buscando en los libros satisfacción a ese anhelo que todos sabemos que no está allí (o no sólo).
Bien, fue un rato breve: comer y un poco de sobremesa, pero daba pena marcharse. De allí me fui con la primera edición de Europa (la de 1986) de Julio Martínez Mesanza y El mal, de Charles Journet.
En la T4 de Barajas se veía el ocaso rojo sobre Madrid, esa ciudad que no es mía pero que me gusta tanto: está viva; no hay forasteros, todo está palpitando.
El vuelo se retrasó una hora. El que fue a buscarme había dejado el coche lejos. Yo me cabreé: tanto buen rollito, que si las auroras, que si El Prado, que si emocionarse con las flores; con mi mejor cara para tanta gente y en casa con cabreo, sin saber muy bien por qué: quizá las hormonas todavía desarregladas del tiroides, quizá el volver a la rutina, el haberme perdido varias cosas buenas, o acaso las absurdas normas de seguridad en el aeropuerto (¡es por nuestro bien!, dijeron a mi lado unas jubiladas del IMSERSO), o quizá que me encontré con un no saludado en el avión que no tuvo más remedio que saludarme, pero poco, para no tener que dar conversación: ese retorcimiento que hace tan difíciles las relaciones entre las personas, la negra provincia.

11 comentarios:

  1. Me encanta: me ha venido la idea de que tu blog es, en verdad, un libro de viajes.

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  2. Es precioso, a Carmen y a los niños les va a encantar.

    Muchas gracias.

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  3. Preciosa entrada. Qué bien lo pasamos, y qué corto se nos hizo... snif, snif.

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  4. Increíble. Has conseguido meterme en casa de tu amigo. Y en tu viaje.

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  5. Me ha gustado tanto, que por primera vez en mi vida voy a hacer un comentario. ¡Muchas gracias!

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  6. Pla añadiría hoy una nueva categoría entre los amigos: aquellos a los que leemos. No me digan que esto de internet no es maravilloso.

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  7. Es verdad: es maravilloso...

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  8. Veo que estuvimos a punto de tropezarnos un par de veces. De hecho, el jueves a mediodía (el mediodía madrileño se entiende, que vienen a ser las tres), disfrutando del sol de noviembre por el paseo del Prado, me estuve fijando por si veía a alguno que pudieras ser tú para acercarme y saludarlo. Menos mal que no vi a nadie a nadie mirando detenidamente los cercas, los lejos, los aires color de caramelo... habría sido un corte. Te perdiste las tapas en la Daniela, pero me consuela ver que te han cuidado bien, y que Madrid te dijo adiós con uno de sus prestigiosos ocasos.

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  9. cb, la próxima vez que vaya a Madrid, quedamos y probamos las tapas de la Daniela.

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