miércoles, 16 de marzo de 2016

Adviento en la montaña

Esta novelita de Gunnar Gunnarsson (qué chulos son siempre los hombres de los islandeses) aparece en la colección literaria de Encuentro, que dirige Guadalupe Arbona (insigne flanneróloga), con traducción de un amigo, Teo Manrique. Así que cómo no iba a estar muy bien dispuesto al adentrarme en ella.
Ha sido una muy agradable sorpresa: un tal Benedikt, con un perro y un carnero, los últimos días de Adviento, buscando ovejas perdidas en el paisaje congelador de Islandia. Mientras camina, va recordando lo que ha leído del evangelio del domingo, de una manera vívida, con composiciones de lugar muy logradas. Y lo que le mueve nunca está explicitado, pero impresiona su determinación. Se podría explicar diciendo que es la actitud contraria a la de Jack London: no es la lucha nietzscheana, no es el poder, es el servicio.

Y a todo esto, va el prologuista, Jón Kalman, que cultiva el estilo de la reticencia, que a mí me pone tan nervioso, consistente en negar cada vez que parece que afirma y todo ello contestando a unos supuestos expertos innominados, en una conversación a la que asistimos sin saber de qué va (es una manera de decir que es un erudito y que nosotros no) y va y dice que no le ve tonos cristológicos y se queda tan pancho.
Manso. Eso lo entendía Benedikt a la perfección. ¿Cómo podría el Hijo de Dios ser de otra manera? Y además cabalgando a lomos de la cría de una bestia de carga. Claro que nada hay demasiado pequeño en el mundo que no pueda prestar un servicio, ni nada tan miserable que no pueda ser consagrado por medio del servicio. Ni demasiado grande. Incluso el Hijo de Dios. Y sólo por medio del servicio. De repente Benedikt sintió que conocía al borriquillo y que sabía cómo era, y también cómo se había sentido Jesús en aquella hora sagrada (37).
Yo, que no cultivo la reticencia, felicito a la editorial, me alegro un montón de la traducción que ha hecho Teo y le mando a espigar a Kalman (y que santa Lucía le conserve la vista).

Aquí tenéis una muy buena reseña de Adolfo Torrecilla y otra de Felipe Hernández.

El libro, en Amazon.

3 comentarios:

  1. Siempre me he preguntado por la sinceridad de tus gustos literarios. Estas mojigateces sin sustancia, estos bodrios infumables, ¿de verdad te gustan? Estos autores catetos con ínfulas, estos listillos gazmoños que vienen a enmendarle la plana al personal dando lecciones de teología y de espiritualidad con tanta torpeza como ineptitud: estos fsriseos prepotentes de Chesterton, Vaugh, Newman, estos mindundis nórdicos... No puedo entenderlo. No puedo entender cómo consumes con tal delectación estas cutreces. Me parece tan anti intelectual como anti espiritual.
    Orígenes, Eckhart, Gregorio de Nisa... a esos se conoce que no los publican en Encuentro.

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    1. Mis gustos literarios son muy sinceros. Siento que no estén a la altura de sus expectativas. Fíjese que yo, pudiendo haber estudiado Filosofía o Teología, elegí Filología.
      Yo adoro a esos «fariseos prepotentes». Por cierto que he organizado un curso de verano sobre Filosofía y poesía, justo sobre esa cuestión que plantea: si la poesía es un engaño, frente a la Filosofía, así, con mayúsculas.

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