jueves, 19 de junio de 2014

De cómo leer

S. Juan de Ávila* sobre cómo leer la Sagrada Escritura
Y, si se mira dónde armó Dios el lazo con que los judíos y herejes fuesen enredados y castigados, parecernos ha que es cosa más para temblar que para hablar. Preguntando a los judíos en qué estriban para seguir su error con pertinacia tan manifiesta y tan porfiada, dirán que en la Escriptura divina del Viejo Testamento y en los dichos de los profetas que aún no están cumplidos. Preguntados esotros herejes en qué fundan sus herejías, dirán que en el Evangelio y Escriptura apostólica. Y así se verá abiertamente la profecía del profeta David: Fiat mensa eorum coram ipsis in laqueum, et in retributionem, et in scandalum (Sal 68,23). ¿Viose cosa más al revés, tornarse la mesa de vida en lazo de muerte; la mesa de consolación y perdón, la mesa en que hay lumbre para saber el camino que lleva a la vida eterna tornarse en tropiezo para lo errar y andar por el camino de muerte? No debe ser pequeña la culpa que tal castigo merece, que el hombre se ciegue en la luz y se le torne en muerte la vida. Justo es Dios, y justos son sus juicios, y ninguna maldad hay en él; mas hayla en los que usan mal de los bienes que Él da, y por eso es justicia que tropiecen en ellos y se los quiten; y, como dice el Señor, se les quite el reino de Dios y se le dé a los que usaron bien de él y hagan buen fructo. Gran merced nos hizo Dios en darnos su divina Escriptura, provechosa y necesaria para saberle servir (cf. Mt 25,28). Mas, porque, siendo el viento que en esta mar sopla viento del cielo, que es el Espíritu Santo, quisieron algunos navegar por él con vientos de tierra, que son sus ingenios y estudios e impuros afectos, no acertaron la navegación, y ahogáronse en este gran mar, permitiéndolo Dios en castigo de sus pecados. Porque así como con las parábolas que el Señor predicaba en la tierra eran secretamente enseñados aquellos que tenían disposición para ello y con ellas mismas eran otros cegados por justo juicio de Dios, así el mismo Señor tiene diputado el profundo mar de su divina Escriptura para enseñar y hacer misericordia a los humildes e inocentes corderos que nadan en él con bien suyo y ajeno, y también para hacer justicia y castigo cegando a los elefantes soberbios para que se ahoguen en él a sí mismos y ahoguen a otros.
Temida, y muy temida, debe ser la entrada en la divina Escriptura, y nadie se debe arrojar a ella sino con mucho aparejo y sujeción de entendimiento al sentido y tradiciones de la Iglesia católica, y sin pureza de vida, y sin subsidio de otras facultades que para bien la entender se requieren. Porque lo que se saca de la atrevida entrada en este profundo mar sin el conveniente aparejo, probado lo ha en nuestros tiempos la desdichada Alemania y otras tierras también; permitiéndolo o Dios con su justo juicio que los mayores hayan perdido el entendimiento verdadero de la Escriptura divina, y los mayores y menores hayan perdido la fe católica en castigo de no haber usado bien de ellas y en testimonio de no haber guardado lo que San Pablo dice a los romanos: Tu autem fide stas; noli altum sapere, sed time. Si enim Deus naturalibus ramis non pepercit, ne forte nec tibi parcat. Vide ergo bonitatem et severitatem Dei;· in eos quidem qui ceciderunt severitatem, in te autem, bonitatem Dei, si permanseris in bonitate; alioquin et tu excideris (Rom 11 ,20-22). Hase de poseer la fe con mucho agradecimiento, como cosa no heredada de carne y sangre, sino dada por merced de Dios y a persona indigna. Hase de poseer con gran temblor, acompañándola con buenas obras, para que no permita el Señor que la perdamos queriéndonos contentar con ella sola. Hase de poseer con mucha humildad, no engriéndose quien la tiene contra quien no la tiene, ni contra quien viene de quien no la tiene. Porque, como Dios es capital enemigo de la soberbia y del desprecio de prójimos, no es maravilla que donde estas culpas hallare, ejercite su justa ira y deje caer el que está en pie, quitándole, como dijo san Augustín, lo que le había dado de balde
*Causas y remedios de las herejías [en Obras Completas de san Juan de Ávila, II ed. L. de Sala Balust y F. Martín Hernández, BAC, Madrid, 2001, 521-568], 552-554.

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