jueves, 15 de septiembre de 2005

Visita a las Clarisas

Íbamos a marcharnos ya del pueblo, pero allí estaba el convento de las Clarisas y tampoco me resistí a un nuevo retraso en el viaje.
En el torno me identifiqué, y casi sin comerlo ni beberlo estábamos en una sala con dos sillas y una reja; del otro lado, todas las clarisas, sonrientes y haciéndome preguntas.
Reconocí a una, la hija del carretero, que nos tomaba las medidas para hacernos jerseys en una sala cercana, cuando yo no llegaba casi al borde de la repisa junto a la que ahora estábamos sentados. Un rápido cálculo: tendría yo menos de diez años.
Aquello se convirtió en una animada tertulia: recordamos a don Emiliano, el antiguo párroco, que es como el padre Brown, con pinta de saludable hombre del campo, una licenciatura en filosofía y un buen humor por arrobas. También hablamos de un curilla que me daba catequesis por aquellos años y que ahora es obispo en Perú. Hablamos de mi padre. El amigo que venía conmigo no salía de su asombro ante esta situación inédita para él; cuando les contó los problemas de su hernia las monjitas se compadecieron mucho de sus dolores.
Un rato muy agradable y un ruego: que rezase por ellas y buscase chicas que quisiesen ser clarisas. Yo no sé a quién decírselo, por lo que lanzo esta petición a los procelosos mares de la red mundial, con lo que sólo me falta rezar.
Bajando otra vez a la tierra: hacen unos dulces de caerse de espaldas (de venta en el convento de las Clarisas de Castrojeriz, Burgos, 800 años ininterrumpidos de oración por los pecadores del mundo en un rincón perdido de la podrida España).

4 comentarios:

  1. soy manolo de trapagaran y, viendo algunos comentarios sobre las hermanas clarisas de castrojeriz, quiero añadir por mi parte, que antes de saborear los brazos de San Francisco y otros dulces, os acerqueis a adorar el Santisimo, a las 5 de la tarde, y disfrutaréis de un momento mágico de paz y bien-estar, que no olvidaréis nunca.

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