No hemos venido a divertirnos es el segundo libro que leo de Nina Lykke y me ha gustado menos que Estado del malestar. De hecho, pensaba mientras lo leía que no me estaba gustando, y me fastidiaba que no me gustase tanto, pero el hecho es que ahora que lo he terminado le veo cualidades que no le valoraba tanto mientras lo leía.
Sobre todo destacaría su sátira del mundo literario noruego, que, por lo que describe, está hipersubvencionado (con el añadido de que allí están forrados de dinero) y con la misma hipocresía que retrató tan bien aquí Andrés Trapiello en sus diarios. En la novela se habla de actos culturales sin público, de lecturas a dos espectadores como mucho, de parafernalias sin otro objetivo que hacer que la rueda siga girando. Sobre todo, describe con detalle unas jornadas literarias en Lillehammer que son de traca, sobre todo por la descripción de un público pretendidamente culto que es ovejuno en realidad, riendo las gracias del mundillo progresista que domina la cultura, con poses rupturistas de gente que chupa del bote, mientras hace gestos de rechazo efectistas. Si fuera solamente por eso, este libro es saludable, y no solo para Noruega. Está muy bien cómo describe las risas sumisas del público a los gestos de rebeldía adolescente de escritores supuestamente consagrados. Cuenta por ejemplo que invitan a una sesión de las Jornadas a dos mujeres somalíes con hiyab que dirigen revistas feministas. Es todo delirante pero doloroso, porque es algo que está pasando, es real, en Noruega, aquí y en todo Occidente.
La descripción del protagonista, Knut, escritor de un libro de éxito que no sabe cómo reencontrar la fórmula para repetirlo, es la de gente de mi generación que no sabe envejecer (sobre ello escribió un artículo muy bueno Paco Sánchez) y resulta patética: es desolador ver cómo se arrastra en una debacle de relaciones fortuitas, de mero sexo, descrito con trazos brutales aquí, con familias destrozadas que no saben por qué acabaron hechas pedazos, mientras anhelan, sin saber muy bien, lo que era una familia de toda la vida, pero sin atreverse casi ni a desearlo.
Hay un momento en el que el protagonista piensa en algo que acaba de oír a la Ministra de Cultura, que les ha animado a hacer "literatura provocadora" y se le ocurre imaginarse como personaje literario a un cura
que esté en contra del divorcio. Él mismo empieza a estarlo. Y después el sacerdote puede estar en contra de la inmigración, del islam, de los cambios de sexo, del matrimonio gay y de que las mujeres sean sacerdotes. Knut sonríe para sus adentros. No tiene claro si un libro así rompería tabúes y superaría los límites, pero provocador sería seguro. Si es que consiguiera publicarlo.
Además, ese cura estaría en contra del travestismo, "del sexo antes del matrimonio y de otras posturas que no sean la del misionero" (169-170). Eso es lo que al protagonista le parece el colmo de la contracultura dominante: es un batiburrillo de cosas que ni la propia autora defiende, pero es ilustrativo, me parece. Por lo demás, se nota que anhelan lo que ni se atreven a desear. Quizá eso explique esas contradicciones en la sociedad noruega (y en la española).
Hay otro aspecto que me interesa: la crítica que hace, recorriendo ese camino en su propio libro, a una veta de la literatura del yo que domina cada vez más, que no está libre tampoco de imposturas y quizá más todavía en una sociedad como la noruega: ese ajustar cuentas a cuenta de una exposición brutal de la intimidad convertida en arma arrojadiza frente al imperio de lo políticamente correcto, que es la clave del libro.

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