En el Paris ocupado por los nazis, tal como recoge en Radiaciones I, el oficial Ernst Jünger lee los diarios de Léon Bloy, al principio con distancia y cierta incomprensión, pero esto es lo que dice al concluirlos, que en cierto modo es un autorretrato de sí mismo:
Acabado: La porte des humbles, de Léon Bloy. En esta obra se nota que el viejo león se ha vuelto más manso; un mosto tan fuerte como éste necesita setenta años para eliminar las heces.
La lectura de este libro me ha procurado goces numerosos, especialmente en los descansos del mediodía. El verdadero encanto de los diarios no está en las noticias extravagantes e insólitas. Mucho más difícil resulta describir el simple decurso de la existencia cotidiana, la regla fija que la vida ha llegado a adquirir. Todo esto se halla bellamente conseguido en esta obra; participamos con el autor en el discurrir de sus días. De este modo vuelven los años idos a colmarnos de regalos, de igual manera que más de un verano sigue calentándonos en la leña que arde en la chimenea.
(...) La vida de Léon Bloy es un ejemplo de que no son los errores los que ponen en peligro nuestra soberanía en el momento de cruzar aquel último arco de triunfo a que se encamina anhelante nuestro espíritu. Podría ser, antes por el contrario, la ausencia de errores lo que se sintiese en ese momento como desnudez. Nos despojamos de nuestros errores como se despojaba Don Quijote de su armadura; y ese quitarnos la máscara va acompañado de alegría (Paris, 6 de octubre de 1942, 367).

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