lunes, 6 de julio de 2026

Ernst Jünger, Radiaciones I

Pues ya considero a Jünger como mío. Es como que me hubiese tocado la lotería: se me abre un mundo de lecturas de sus obras. Era cuestión de esperar: llevaba mucho tiempo oyendo mencionar a Jünger y me parecía que me podría interesar, pero todavía no lo leía. Había comenzado hace años sus Diarios de la Primera Guerra Mundial, que me abrumaron, esa vida tremenda de las trincheras, pero los había dejado a medias. 

Ahora he leído el primer volumen de Radiaciones. Diarios de la Segunda Guerra Mundial, que recoge tres libros, y me ha impresionado ese estilo limpio, esa elegancia. De los tres libros aquí recogidos, el primero, Jardines y carreteras, lo publicó en 1942 y si es clamoroso algo en él, es el silencio sobre el régimen nazi, sobre el sentido de la guerra. Van avanzando sobre Francia y él adopta un tono frío: constata lo que ve. Llama la atención el número de caballos muertos que se encuentran. Se comporta con caballerosidad en las casas donde se aloja: se ve que ama lo francés, él, uno de los ocupantes. En el segundo libro habla mucho de sus lecturas de autores franceses, la mayoría absolutamente ignorados por mí, pero también de insectos, de visitas a franceses importantes, de sus paseos por la ciudad. Pasa por una crisis dura. Cuando se instala en París parece como si fuera un flâneur, salvo cuando nos recuerda que a veces va con el uniforme. Hay dos páginas en que cuenta que le toca organizar la ejecución de un desertor alemán en un bosque: son impresionantes. El último libro es en el frente del este y es completamente distinto, en el Cáucaso, los efectos del sistema soviético en un mundo profundamente oriental, los paisajes montañosos, las penurias, la sensación de los alemanes de ir perdiendo. Acaba con su vuelta, muerto su padre: los signos ominosos se acumulan en febrero de 1943.

Por poner alguna pega, quizá preferiría que no contase tantos sueños. Tampoco me gustan las referencias oscuras, lógicas por lo demás en un oficial del ejército nazi en París que no parece estar de acuerdo con la opinión dominante en Alemania. 

Aquí tenéis dos párrafos que podría ser representativos de sus días en París:

Paseo dominical, con lluvia, por el Bosque de Vincennes. Hemos dado la vuelta al Lac des Minimes, con sus islas, y luego hemos estado contemplando, en el límite del Bosque, a los jugadores de petanca; su despreocupada calma me produjo un gran deleite ya cuando los vi en otro tiempo en compañía de Höll. Las personas que allí están son hombres de edad comprendida entre los cuarenta y los sesenta años y en su mayoría son sin duda pequeños funcionarios y comerciantes. En una pista de cemento lanzan bolas de metal, que llenan aproximadamente la mano abierta, contra otra bola más pequeña, del tamaño de una mandarina, a la cual golpean siguiendo dos trazados. La impresión que se saca viéndolos es que el hundimiento de imperios, el fracaso de campañas militares son cosas que allí se perciben sólo de una manera vaga. De ahí que resulte reconfortante el contemplar esas pistas, es como acercarse a filósofos (357, Paris, 27 de septiembre de 1942).

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A última hora de la tarde en el Quai Voltaire, donde he encontrado a los hermanos Valentiner y a Poupet. Una niebla de color gris plata envolvía los edificios, y por encima de ellos las nubes eran de un gris azulado, con una orla gris que indicaba el crepúsculo. Algunos matices de color quedaban absorbidos; los claros muros de Saint-Germain-des-Prés parecían borrados y lo único que brillaba era el techo oscuro del campanario (366, París, 3 de octubre de 1942).


Me prometo muchos días de lecturas felices de otras obras de Jünger.

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