Para una vez que hago algo, ya ni lo cuento aquí. Un amigo me dijo que le habían invitado a presenciar en la base aérea de Lavacolla el despegue de los helicópteros y aviones acrobáticos que iban a participar en el desfile del Día de las Fuerzas Armadas de Vigo, el 30 de mayo.
Era un buen grupo de helicópteros. Al fondo había 7 avioncitos de acrobacias. Era un buen grupo de gente. Nunca había estado cerca de algo así. Sabía que hacen ruido y viento, pero una cosa es verlo en las películas y otra notarlo al lado, que te haga tambalearte un poco. Era pasmosa la capacidad de los helicópteros de quedarse parados en medio del aire, a dos metros del suelo.
Bueno, pues todo esto quedó en agua de borrajas por unas nubes (envidiosas, las llamó fray Luis a las que taparon a Cristo en la Ascensión): todos tuvieron que volver a la base media hora después.
Los avioncitos eran como esos mosquitos que planean sobre nuestras narices algunas noches:
Estábamos entre los mecánicos de vuelo y los que organizaban todo, como si fuera Top Gun. Luego vimos que detrás de las vallas había gente, los spotters, que hacen fotos de aviones, se dedican como hobby a eso: qué tremenda cosa es el hombre, dijo más o menos Sófocles.


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