Vi en una librería de viejo Hijos de la medianoche, de Salman Rushdie, en la impresionante traducción de Miguel Sáenz. Era la misma edición en que lo había leído hace más de treinta años, aunque no me acordaba de nada, quizá solamente de que se hablaba de encurtidos. Sí que recordaba que me había impresionado.
Así que he vuelto a leerlo. Es una novela impresionante, en forma de autobiografía de un personaje que le cuenta a una tal Padma su vida. Nace, es uno de los Hijos de la Medianoche, justo con la independencia de la India, lo que crea paralelismos más o menos forzados por el narrador con la historia de la India, la partición de Pakistán, la creación de Bangladesh, el dominio de Indira Ghandi.
Pero eso es solamente la carcasa, lo impresionante es el abrumador modo de narrar, en cierto modo como la imagen abigarrada que tengo del arte indio. Por las páginas pasa la historia familiar, entremezclada de humor, de capas históricas, de repeticiones nunca aburridas, como en espiral, de una serie de personajes que podríamos pensar que son los de la familia de Rushdie, tan vivos están. Todo se realiza de modo melodramático, como si fueran las Mil y una noches, como una película de Bombay, que debían de ser muy pródigas en giros teatrales. Todo eso lo va orquestando Rushdie con una maestría increíble. Es abrumador. Quiza lo que falte para que sea una obra maestra es más hondura. Pero como texto, como narración es impresionante.

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