Matar a Sócrates. El hombre que desafía la ciudad lo leí en su primera versión en 2015. Ahora que ha salido en una edición revisada he vuelto a él y creo que he podido disfrutarlo incluso más.
El libro se centra en los momentos fundamentales en torno a la acusación, proceso, condena y muerte de Sócrates, con una lectura pausada (cito de la p. 36: "La lectura lenta se interesa sinceramente por la verdad del texto"), sobre todo de algunos Diálogos decisivos de Platón, Eutifrón, Apología, Critón y Fedón, situados dramáticamente en sus últimos días. Todo culmina cuando leemos otra vez en el Fedón su muerte y yo me vuelvo a emocionar, con lo que sigo sin estar a la altura de la contención que esperaba Sócrates de sus discípulos en aquel momento: me declaro vencido, eso sí, por el grandísimo genio dramático de Platón en ese pasaje.
Todo gira en torno a la pregunta sobre la muerte de Sócrates, sobre cómo pudo suceder algo así. La situación política, social de Atenas en aquel momento era muy compleja y hay que explicarla, pero no es todo. Tampoco basta con domesticar a Sócrates y hacerse cruces sobre su condena, es todo más complicado. Sócrates no es tan fácilmente encuadrable en esquemas fáciles: en él estallan las costuras entre la filosofía y la política; en cierto modo sí que es un peligro para la ciudad, al menos entendida de un modo concreto, para los jóvenes, para las tradiciones. Yo, llegados a cierto punto, ya no sé cómo salvarlo y salvarme a mí mismo en ese contexto.
Hay un párrafo del libro que sirve como frase lapidaria en torno a la que giran muchas cuestiones aquí tratadas:
En el origen está el tabú. En la crítica del tabú está la filosofía. En la piedad hacia el tabú, la filosofía política (31).
Qué es el tabú, habría que discutirlo. Lo que está más claro, leyendo este libro, es que entre la filosofía y la política no hay relaciones fáciles: saber eso no es poca ciencia. Apunté esto: "La filosofía se empeña en evaluar la consistencia de lo nuestro a la luz de lo bueno, sin ser siempre consciente de que lo bueno para la ciudad quizá no es siempre lo verdadero, sino lo que está políticamente inmediatamente por debajo de la verdad: el consenso" (32-33). A continuación añade que "el diálogo no conduce fatalmente ni a la verdad ni al acuerdo" (...) "Si para algo sirve el diálogo, es para clarificar diferencias" (34).
Aquí dejé de tomar notas y lo que quería era ya leer el libro a mi placer, confrontándome con lo que ahí me iba enseñando. Os lo recomiendo vivamente.
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Escrito lo cual, he mirado a ver qué anoté en mi primera lectura hace más de diez años y he visto que me quedaba muy en la superficie. Más piedad sí creo que tengo, más paciencia y hondura espero que también.

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