martes, 10 de marzo de 2026

Solo, feliz y desdichado

Hay momentos especialmente logrados en el Diario II de José María Souvirón, en el uso de los adjetivos. Por ejemplo en una descripción breve:

el cielo castellano estaba hermoso: anubarrado, diverso, con sol en ocaso, rojo y grandes cúmulos azules, grises, dorados, negros. La carretera está mojada y brilla admirablemente, Es una de esas tardes en que todo tiene una belleza comunicada, trasmitida, compartida. Pasan unas niñas en bicicleta: son amables y bellas. Una vieja que camina: es bella y amable. Unos soldados, labradores, obreros, y todos son hermanos, amigos, todos -ellos y nosotros- estamos en la misma vida casi de paraíso que nos une, nos establece y nos comunica. En estas tardes soy tan humanamente feliz, que pienso en el cielo como esto en mejor. Da gusto haber sido creado (210-211).

Aquí cuenta que entra en un bar donde hay alguien que toca el acordeón de modo especialmente inspirado y que acaba emocionándole:

Estoy encantado. Sueño. Pienso en mis hijos aquí. ¡Cómo gozarían con esto! La música me conquista, me domina. Belleza de lo primoroso vulgar. La noche es bella. No hace frío. Me gustaría estar acompañado. Tal vez por P. F. Pero no: mi hija, mejor, que participaría conmigo, como nadie, de este encanto de la hora extraña. El hombre que lleva el compás se ha puesto soñador hasta el colmo; ya no está ahí, sino en otra parte, con alguien que, también él, quiere que le acompañe. De pronto no puedo más. Pago y salgo corriendo, hablando solo, feliz y desdichado (147).

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