Tenía que ir al CHUS, había huelga de autobuses, llovía, había alerta amarilla por viento además. No me quedó otra que ir en coche, si no quería llegar calado: estaba Virgen de la Cerca atascada, no por los habituales autobuses escolares que bloquean esa única calle que rodea la almendra del casco antiguo (y que -qué cachondos son en el Ayuntamiento- la quieren cerrar también al tráfico: tendremos que ir volando con autogiros), sino por los coches de gente que no podía recurrir a los autobuses.
Ni podía aparcar cerca del hospital. Ya sabía que incluso el de pago estaría lleno: de la imposibilidad de aparcar por allí ya me quejé aquí en 2007, cuando lo del tiroides, y nadie ha hecho nada: Santiago es una ciudad paralizada para lo importante, toda postureo y desmoronándose.
Para tener donde aparcar, me fui por primera vez en mi vida al del CITIUS, un centro de investigación superferolítica de la Universidad (los proletarios universitarios damos clase sin más y publicamos cosas sin más) y allí metí el coche, sin aclararme mucho de por dónde ir o no entre los sótanos: la mitad de mis giros debieron de ser por direcciones prohibidas.
Llegué al hospital, esperé una hora (lo normal), y al salir volví a sentir el alivio que tan bien recreó Woody Allen en una escena que recuerdo en esos casos, que expresa admirablemente la libertad condicional de cuando sales de una consulta médica con bien. Mi problema además es que ahora estoy leyendo (releyendo, para más inri) Pabellón de cáncer, de Solzhenitsyn. Pues el hecho es que salí alegre y aliviado del Hospital.
Cien metros más adelante, pisé en la calle una baldosa suelta y me caló por los tobillos.
Ya de vuelta, en la Facultad estaba el aparcamiento repleto, también el reservado a los profesores: de milagro encontré un sitio en plena calle. Llovía. Viento. Piensas: -Señor, cuánto más durará esto.
Toca Homero, la maravilla del canto XI de la Odisea. Habla Elpénor y atribuye su muerte al vino ἀθέσφατον (11.61). Buscándolo en Logeion, me encontré con que se usa en la Ilíada (3.4), aplicado a la lluvia: inexpresable (por su cantidad), dice el DGE para traducir ἀθέσφατον ὄμβρον: la lluvia inexpresable (por la mucha que cae). Qué bien lo dice todo Homero.

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