lunes, 22 de enero de 2018

Jerusalén 38 - Belén

Se acababan los días en Jerusalén y todavía no habíamos visitado Belén, que está al lado, pero en poder de la Autoridad Palestina. Los taxis sólo llegan hasta el paso fronterizo, porque los judíos no pueden entrar, so pena de ser secuestrados o peor. Nosotros cruzamos el paso andando junto con los cientos de palestinos que trabajan en Israel y que pasan todos los días sin problemas por el principio diplomático que rige en esa dirección: al enemigo que huye, puente de plata (otra cosa es al revés). Ahí veías el famoso muro, que algunos llaman de la vergüenza (por el lado palestino, lleno de pintadas de los reyes de la superioridad moral), pero que yo no puede evitar pensar que ha salvado muchas vidas.
Salías del túnel y había un caos de gente, tenderetes llenos de fruta y de productos dulces como en paelleras repletos de avispas y una zona de taxis «a la caza del guiri». Uno nos ofreció un precio muy bueno y un segundo después otro casi le rompe la crisma por su táctica de dumping. Acabamos yendo con el acosador, al que tuvimos que convencer de que no queríamos una excursión más larga porque íbamos solo a la Basílica de la Natividad. Fue todo muy emocionante en el peor sentido de la palabra y espero que haya sido mi última experiencia, en lo que espero que me quede de vida, del otro lado del muro que separa Occidente del resto del mundo.

La Basílica la tienen, por desgracia, los ortodoxos. Estaba todo en obras y no pudimos ver nada. Pero bajo el suelo está la cueva donde Dios se hizo hombre, algo tan impresionante que todavía me da escalofríos al recordarlo ahora. En el momento, gran parte de la emoción, con tantas emociones pugnando en dirección contraria, se había escondido, pero así y todo fue una gran suerte poder estar allí:

Eso es el sitio donde nació Jesús, nuestro Señor. Mayor anonadamiento no es posible:



Al lado había otro cubículo. En cuevas así se refugiaron la Virgen y san José:



Allí no te podías quedar (ya digo, lo ocupan los ortodoxos, romos para todo), así que nos fuimos a la iglesia franciscana, justo al lado, muy cuidada y que debajo tiene las cuevas adyacentes. En una de ella fue donde san Jerónimo tradujo la Sagrada Escritura al latín:


Aquí han puesto nombres de sus discípulas, esas a las que escribió aquellas cartas tan impresionantes:


Los franciscanos (mil veces mejores que los ortodoxos, por si os quedaba alguna duda a estas alturas) tenían este dibujo del sistema de cuevas donde está la que acogió a nuestro Señor al calor de la mula y el buey. Nadie más humilde que Él:

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