miércoles, 7 de junio de 2017

Vadocondes I

El sábado, aunque Burgos estaba de un gris plomizo, nos fuimos de excursión por la ribera del Duero. Como premio, hizo el tiempo ideal: primavera con sol.
El viaje hasta La Aguilera yo lo repetiría cada semana: los campos estaban verdes, de ese verde de cereales verdes crecidos (aunque no tanto, por la poca lluvia), había amapolas, la carretera bajaba a veces a vallecitos donde había pueblos arremolinados, entre el adobe y el ladrillo.
En La Aguilera sólo pudimos comprar trufas y naranjas en chocolate de las monjas de Iesu Communio, porque la iglesia donde yace san Pedro Regalado estaba cerrada. Había familias con muchos niños a la puerta, también un padre que quería ver a su hija monja (que, según contaba, tiró por la ventana su carrera a punto de terminar), gente que iba llegando para la profesión de una chica cordobesa.

De allí nos fuimos a Vadocondes, que está en un meandro del Duero. Y qué bonito era el río allí:



Compramos pan bregado (pero en barra: qué novedades raras), nos sentamos en la plaza, con un rollo jurisdiccional elegante en el medio:



Al fondo había una casa que me llamó la atención. Le hice una foto;



Pero me la estropearon las sombras. Menos mal que está esta otra foto que tomé de la red:


Sentados en la plaza, mi hermana nos leía del Diario de Burgos las últimas noticias sobre mi homónimo Ángel Ruiz, que es lo más cercano que ha tenido la provincia a un asesino en serie, mientras nos tomábamos un mosto, cuando un señor se nos acercó y se ofreció a enseñarnos la iglesia. Nos estábamos acordando bastante de nuestro fracaso del año pasado en la vecina Sinovas, así que nos sorprendimos. Resultó ser el sacristán, Mariano, todo amabilidad.

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