jueves, 24 de noviembre de 2016

Memorias de un güelfo desterrado

Lo único que me preocupó del texto que escribió hace dos días Cavalcanti sobre este blog, que tanto me gustó, fue pensar que yo tenía previsto hablar de su último libro hoy (es la presentación hoy en Sevilla): no querría que parezca que esto es una competición de bombos mutuos (por otro lado, ni él ni yo somos el Babelia). Tampoco me voy a poner a rebajar los elogios que quería hacerle por dar una «impresión de objetividad» basada en el distanciamiento: el hecho es que su libro me parece muy bueno; lo he disfrutado un montón y me alegra muchísimo que le haya salido tan bien.

Dicho lo cual, pasemos a la portada



Es una foto muy chula del castillo de Úrbel y yo me atribuyo el mérito (presunto), porque él en un viaje pasó por allí pensando (erróneamente) que yo le había animado a que lo visitara. El hecho es que yo no he estado nunca en ese sitio, aunque ahora sí que quiero ir, viendo la elegancia y altura que tiene. Además, a mí me recuerda lo de Lutero (con perdón): Ein feste Burg ist unser Gott.

El libro es de estructura similar a los otros dos de la trilogía (XXI Güelfos y Teología güelfa), pero en este caso es más memorialístico: quien nos habla nos explica que está aquí incómodo, aunque por suerte acompañado. Sus anclajes están en el recuerdo de su padre y su hermano, en su madre, sus hijos, su mujer. Nos explica de su vida diaria en un mundo extraño, el del desterrado, en el que ve que su salida es la de crear un «monasterio familiar» como abrigo de los vendavales de una realidad que parece que ya se fue al garete, si se ve con unos ojos tan escrutadores y tan dotados para la indagación filosófica como los del autor, que tiene un asidero mejor arriba.

A mí lo memorialístico me gusta mucho y si es de un amigo, más, porque hemos tenido pocas ocasiones de hablar, aunque siempre muy jugosas: en el aeropuerto de Barcelona básicamente (parecemos espías). Por eso leer un párrafo como este sobre la casa de su abuela me impresiona y me divierte a la vez:
En aquellas interminables tardes infantiles de sábado, que me enseñaron el ritmo exacto del aburrimiento, me escondía solo en el mirador que daba a la calle de Velázquez y repasaba con los dedos los lomos de los libros arrinconados de Chesterton y de Balmes que mi tío había leído una y otra vez apasionadamente.
Mientras, por aquel enorme piso mi tía daba voces preguntándose dónde me había metido, sintetizadas en una frase final de impotencia: «¡Este muchacho está tan loco como su padre!». Como él, me refugiaba y me protegía de una bondad clausurada en los recuerdos de otra época. (19)
Justamente el retrato que hace de su padre es de lo más conmovedor del libro: un hombre bueno, de los «difíciles». como su hijo. Yo me acordé de aquellos de la generación del 27 que quedaron más arrinconados, como Ramón Gaya, que pagan el no amoldarse con la preterición, esos que han llamado «la generación de los difíciles», frente a los «de la amistad», tan jaleados. El autor de este libro tiene cualidades para aparecer en la portada de Babelia, pero no. Y él y yo sabemos que es mejor, porque si el mundo funcionara así, no sería el mundo que conocemos. Yo (no, no, no soy Babelia) le voy a hacer un elogio de los gordos, gordos a este respecto: en ese capítulo sobre su padre y en el de su hermano, el versículo final de Tobías (18) y el de Esaú (22) que cita son mucho más emocionantes, intensos y profundos que si se hubieran leído sin más. No es que haya superado la Escritura, es que nos ayuda a leerla con más profundidad.

Poco despuès cita unos versos suyos de juventud (27):
Tengo por ciertas pocas cosas,
las maneras tal vez, y la distancia
Y qué bien se retrata ahí. La distancia le permite ahondar y acertar en lo que otros no ven: el capítulo que dedica a Bob Dylan es anterior e indiferente al Nobel, pero da la clave en la evolución de la crítica literaria que hizo posible que se lo dieran. No es casualidad, son muchos años de estudio y lectura de literatura, teoría de la literaria (eso sí que tiene mérito, madre mía) y ahora cada vez más filosofía pura y dura. Ha asistido a la muerte de la literatura y nos lo cuenta.

Hay muchas otras cosas en el libro: el diagnóstico de la admiración por lo británico en lo superficial o en lo mejor (Campion), una crónica descacharrante sobre unas jornadas «pedagógicas», un comentario fascinante al estudio de Recalcati sobre Ulises y Telémaco,

Y yo voy a redondear esto, a propósito de su comentario al texto maravilloso de JRJ en Platero sobre el autor llamado loco por los niños de Moguer, con un envío al texto en paralelo de san Juan de Ávila.

3 comentarios:

  1. Ángel, en el primer enlace enlazas la foto que has puesto, no el texto que quieres enlazar. No hace falta que publique esto.

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    1. Sí que lo publico, para que lo sepa quien viese este enlace mal antes. Mil gracias, Antón.

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