martes, 17 de marzo de 2015

El Banquete de Platón 12 (Final) - Irrupción y discurso de Alcibíades

Platón es un escritor colosal. También es un dramaturgo excepcional; y se ve especialmente al final de esta obra. En el contexto apolíneo por el que había transcurrido la conversación irrumpe la bebida, representada por el dionisiaco Alcibíades, que va a coronar a Agatón y acaba coronando también a Sócrates, al que dirige un impresionante encomio: los elogios a Eros que habían hecho todos los presentes los supera Alcibíades alabando a Sócrates, la personificación de ese demon.

Su discurso está lleno de humor pederástico: habla de acoso, de celos, de un triángulo Alcibíades - Agatón - Sócrates, pero este último, además de inmune al vino, lo es a lo sexual. El de Alcibíades es un discurso de borracho: la verdad de la vida que corrobora la teoría (o no). ¿In vino veritas?  De todos modos, le pide a Sócrates que corrobore la verdad de lo que digo, y el hecho es que Sócrates no le corrige nada de lo que dice.

Comienza Alcibíades hablando de lo difícil que es mostrar la «extraña manera de ser de Sócrates». Decide que va a hacer su elogio sirviéndose en su discurso de imágenes: comienza con la de Sileno –el sátiro Marsias– que es también un flautista que encanta (no como las flautistas vulgares) pero solo con palabras desnudas: al oírle todos quedan estupefactos y poseídos. Al propio Alcibíades las palabras de Sócrates hacen que el corazón le dé saltos, como a los agitados por el arrebato de los coribantes, y se le derraman lágrimas: en cambio, al escuchar a Pericles, sentía interés, pero no pasión. Los discursos de Sócrates son también como silenos: de primeras parecen vulgares (habla de gente vulgar: zapateros, curtidores, etc.), pero dentro son los que más sentido contienen: son «muy divinos», contienen muchas enseñanzas de virtud.

El hecho es que en realidad Alcibíades, con lo que admira a Sócrates, en realidad huye de él: siente vergüenza de no estar a su altura; también de haberse dejado llevar por el afán de honores cuando no está a su lado.
El hecho es que el sileno Sócrates tiene una imagen divina dentro: no le afectan las pasiones. Por ejemplo, cuando Alcibíades (que tenía fama de ser uno de los hombres más guapos de Grecia) ha estado a solas con él, a Sócrates le daba igual: ni cuando se quedaban solos hablando, ni cuando hacían gimnasia solos, ni siquiera en una cena solos, ni durmiendo en la misma habitación, ni incluso estando abrazados toda la noche. En la expedición a Potidea le superó en aguante, tanto respecto a la comida como respecto al frío. Allí fue donde Sócrates se quedó de pie parado durante 24 horas seguidas, ante la estupefacción de todos los presentes.

El hecho es que Sócrates le engañó a él, pero también a otros como Cármides o Eutidemo: les hacía creer que era el amante, pero en realidad era el amado (pero en otro contexto de lo pederástico). Y a Agatón le avisa contra él (seguimos con las bromitas pederásticas). Sócrates reacciona en la misma clave: le atribuye su franqueza a un deseo de enemistarle con Agatón. Lo de Alcibíades ha sido un «drama satírico y silénico».

Y esta rendición de Alcibíades ante Sócrates queda interrumpida por una nueva irrupción de borrachos, lo que aprovechan varios de los presentes para despedirse. Quedan Sócrates, Agatón y Aristófanes: Sócrates les obliga a reconocer que es propio del poeta saber componer comedia y tragedia. A continuación se duerme Aristófanes y, ya de día, Agatón.
Sócrates se levanta de la reunión, pasa el día con normalidad hasta la noche, cuando se va a su casa y se acuesta.

Mi duda ahí es: ¿Platón nos ha pintado un demon y lo ha disfrazado de Sócrates? ¿Qué espera que hagamos con esa figura de Sócrates que nos ha pintado aquí, que ni siente ni padece y da lecciones sobrehumanas a los pobres mortales?

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